Traicioneras

Sobre la novela homónima de Félix Luis Viera

Marco Tulio Aguilera Garramuño

Traicioneras
Félix Luis Viera
Alexandria Publishing House, Miami, 2017

 

Novela divertida, picaresca, de entretenimiento, que entrevera la vida de un gran amante (que va de mujer en mujer, privilegiando los gustos del cuerpo por encima de cualquier consideración amorosa o espiritual) con la azarosa existencia política de un protagonista que no está dispuesto a ser manipulado por la sociedad que lo rodea y la política existentes, es ésta de Félix Luis Viera, que se desarrolla en la Cuba de la década de 1940.

Traicioneras, obra que se lee con agrado por su agilidad, por el uso indiscriminado, feroz, de un realismo crudo y sin embargo poético, sincero y despiadado.

Novela que se intuye escrita con prisa, casi sin aliento, y que se lee con la misma celeridad y ansia, nos ofrece algo así como un coito interminable, configurando lo que el autor de esta nota llamó en una de sus obras primerizas, Mujeres amadas,  un sobresaliente Currículum genital.

El primer capítulo arranca con levedad. En el segundo el ejercicio de la más honesta e inocente  lujuria con una explosiva mulata de exposición casi ganadera le da color, sabor y textura a la narración.

El contrapunto con observaciones ácidas, corrosivas, implacables sobre la Cuba de entonces, va imprimiendo densidad a lo que parecía la exhibición casi exclusiva y excluyente de la trayectoria genital del protagonista; un protagonista que llega a parecer “ninfómano” —aun capaz de practicar el onanismo mientras espera una cita con la fenomenal Jabá, una dama   que “tiene los ojos verde intenso y la piel ocre fuerte, y brillante”. Mientras espera la culminación de sus lúbricos deseos, reflexiona: “En ocasiones, cuando yo me he sentado en el borde de la cama luego de terminar el sexo, la miro a todo lo largo y se me ocurre que es un fanal restándole algo de oscuridad al cuarto de Eulalia”.

A continuación reproduzco los mensajes por chat que intercambié con el autor de la obra,  mientras leía la novela:

(Aclaro, querido Félix: Esta opiniones están concebidas mediante un vil vuelaplumazo y debes leerlas con feliz irresponsabilidad. Te iré comentando poco a poco por medio de Facebook lo que me parezca, despierte y suscite  tu novela. Por el momento no tengo paz para sentarme a hacerlo sesudamente paso a paso. Un concurso con más de 1000 cuentos y otros asuntos como tocar violín, ir a la natación y asistir a la oficina, me ocupan. Pero lo tuyo es prioridad. Seguiremos informando).

Y ésta fue la respuesta de Viera: “¿Coño! ¡Cómo vas a aceptar ser jurado de un concurso de 1000 o 1500 cuentos? Deja eso y dedícate a comentar mi obra”.

A lo que respondí: “Sencillo: en el primer párrafo descalifico con impiedad el 95 por ciento de los cuentos”.

Luego escribí: “Félix: Ya voy por Mercedes, cuarta o quinta de la serie de piezas de amor o placer. Me parece muy intensa la escena del desfallecimiento erótico en la oficina, en la que —dice el protagonista—“´aquella mirada que me hizo cimbrar los huesos´ desencadena el mutuo, épico, goce sexual a distancia”.

A medida que van llegando más mujeres a la convocatoria erótica, la novela va tomando cuerpo y uno no puede evitar preguntarse hacia dónde va: ¿Un catálogo de cópulas o de mujeres copuladas que se convierten en muescas en la cacha de una pistola de vaquero genital? ¿Un inventario de mujeres amadas o casi amadas? Lo mío no es crítica: es curiosidad. Y esto me lleva más allá, a un nivel, digamos trascendente: ¿acaso no es precisamente eso la cruda vida: un catálogo de situaciones y personajes que discurren frente a los ojos y los cinco o seis sentidos del protagonista y que van tanteando como ciegos del implacable y juguetón destino  lo que se ofrece y tomando lo que conviene y a veces lo que no conviene. (Favor disculpar la anterior frase que no por churrigueresca espero deje de tener algo de sustancia).  En el anterior sentido considero que tu obra va más allá del ya famoso currículum genital.

Además encuentro en la novela algo digno de gozar y meditar: el asunto del lenguaje cubano, cubanísimo —si bien moderado de tal modo que resulta legible para cualquier lector—, y las divertidas y profundas divagaciones  sobre el idioma revolucionario y el “contraidioma” de quienes no están dispuestos a rezar los rosarios de una nueva fe de la Utopía comida por el comején del tiempo (favor disculpar los nuevos dislates retóricos: se trata de una debilidad semibarroca de este colombiano decimonónico que se atreve a apodarse Mistercolombias).

Por lo pronto tu obra tiene de entrada un primer sello de garantía: entretiene.

Querido Félix: Ve guardando mis comentarios porque no podré hacer una evaluación general debido a trabajos y perezas urgentes. Quiero terminar lo tuyo pronto para no perder el gusto y el hilo…

Hay además un logro que me agrada en la novela: ese tono ligero, entre inocente e ingenuo (tras el cual está la malicia del escritor curtido y percudido por la vida) que se mantiene a lo largo de la narración. También esa especie de educación sentimental en el sexo; esa ciencia que va desarrollando el “cabroncito de la vida” (tu protagonista; no tú, estimado Félix, que eres un alma de Dios) y en la cual se extraen enseñanzas de los libros de  VIL (Vladimir Ilich Lenin) para aplicarlas a la sexualidad.

Te confieso, Félix: la escena del onanismo a distancia y mutuo en la oficina entre la secretaria y el protagonista, me pareció magnífica; ah, es genial asistir de mirón  a los goces de ese par de reprimidos hipócritas.

A lo que respondió Félix: “Esos personajes no son hipócritas, son víctimas. Y debes estar de acuerdo, ¿o no?”

Continúo en otro mensaje: “Ya voy por Margarita Aranda, `la que respira con todo el cuerpo´. Te digo que es un alivio que el protagonista no llegue rápidamente a nada concreto, sexualmente hablando, con ella.

(Una acotación: repites la palabra ´erógena´ varias veces en pocas páginas. Me parece palabra demasiado científica o técnica, sin pimienta, para incluirla en una novela picaresca como la tuya).

Terminé tu libro en tiempo record porque como te dije tengo deberes pendientes y quise sacar en limpio lo tuyo, que es mucho más divertido que todo lo que me espera. Tu texto es una gozadera, una ´templadera´, un ´filosofeo´, muy ligero y muy legible. Yo prefiero que sea así: una novela ´irresponsable´. La colección de mujeres es de antología y supongo que podrías seguir en este tono por muchas páginas… que yo seguiría leyendo con grande gusto. Es claro que esta novela es  parte de una serie de novelas y eso me gusta. El protagonista es un pícaro fornicador irresponsable, un fornicador sentimental. Pero también es un animal político que tiene convicciones y las defiende. En síntesis: me gustó, me divirtió. Pienso que el estilo a veces está descuidado y que debes pulirlo, no para hacerlo más literario, sino más de acuerdo al tono de divertimento que manejas.

Espero seguirte enviando mensajes con observaciones puntuales sobre detalles pequeños”.

Y al día siguiente le escribí a Félix:

“He seguido pensando en tu novela: la niña de los bucles, la que le puso los cuernos  al protagonista, es débil, no es el contrapunto necesario a tanta cogedera, no encuentro en el capítulo dedicado a ella la ilusión primera que desencadena la posterior singadera, de modo que la novela queda desequilibrada. Además no se termina de probar la tesis de que esas mujeres son traicioneras. Me parece que este texto es apenas parte de una novela mayor y que me la diste muy en borrador, ¿o me equivoco?”

Y me respondió Félix: “No, Pollo, ese primer capítulo lo revisé muchísimo. Esa niña cabrona no da para más. Quise que fuera un capitulito de apertura, ágil, y que justificara la reacción posterior del narrador. No, no es ´muy borrador´. Y quiero que te fijes en el asunto: ¿no es cierto que en ocasiones una mujer traiciona por ´necesidad´? Yo ya di la novela por terminada (considera que ésta es la primer parte) y cuando tú me envíes las notas que me prometiste, la publico”.

Y continúa Félix: “En la Segunda Parte (que espero poder escribir) se ahondará en esa tesis de la mujer traidora, pero desde otro ángulo, justificándola, digamos”.

Y le contesté a Félix: “

Dame unos días pa mandarte otras notas, el caso es que yo querría que desarrollaras a la niña con más detalle, como contrapunto; pero no: vas y te abalanzas sobre el erotismo —más lujuria que episteme amorosa— sin ningún recato; es como si de la carne asada te comieras primero sólo la rica grasita. Me gustaría que mostraras más a la niña como una perversilla tipo Lolita o la Violeta que se atribuye a Víctor Hugo —protagonista de la mejor novela erótica que conozco”.

Fin de estos comentarios con una disculpa para el lector o auditor: No sé si Félix corrigió la novela en correspondencia con mis opiniones finales. Lo haya hecho o no, me permito recomendar la lectura de este divertido panfleto, palimpsesto, inventario, memorial de agravios, vituperio contra ciertas mujeres sin las cuales el mundo sería un desierto por completo desierto, obra que es parte de una obra mayor que merece toda la atención de esta incalificable y muchas veces solemne, sangrienta y aburrida humanidad.