Cuatro ensayos breves sobre el arte de escribir

Enrique Jaramillo Levi

 

Algunos modos de ser de la escritura

La escritura no solo implica la expresión esquemática de ideas y la articulación de sentimientos mediante el uso de un lenguaje eficaz, sino la capacidad de profundizar en esas ideas y en esos sentimientos de tal forma que el lector pueda comprenderlos e, idealmente, compartirlos con el autor. Por tanto, los razonamientos y las intuiciones planteadas deben ser convincentes.

Aunque por supuesto no existe ninguna fórmula mágica o receta infalible que permita alcanzar ese logro, sí hay algunas premisas básicas, resultado de la experiencia, las cuales, a manera de sugerencias y al margen del estilo personal que tenga cada quien al escribir -el cual sin duda debe respetarse a menos que semántica y gramaticalmente esté viciado-, conviene que sean expuestas y explicadas para que se tengan en cuenta al momento de escribir.

Lo primero que es preciso tomar en consideración es la naturaleza misma de la escritura. Sucesivas en el tiempo y en el espacio al  combinarse para formar frases, las palabras deben ser lo más precisas y concisas posible al momento de representar una idea o un sentimiento, y obedecen a un esquema gramatical que rige de antemano la construcción de dichas frases que, al irse enlazando unas con otras, habrán de formar párrafos significativos.

De ahí que sin un conocimiento cabal previo de las diversas estructuras gramaticales y el dominio de un vocabulario amplio y variado, el lenguaje con el que habrán de expresarse las ideas y los sentimientos no tendrá fuerza ni trascendencia alguna: simplemente morirán en su cuna, incapaces de permitir que aquellas despeguen, mucho menos que logren transmitir lo que se propone el autor. En este sentido, lo primero, lo más elemental -materia de estudio y aprendizaje en los primeros años de la escuela primaria- es ejercitarse en la costumbre de redactar bien. Es decir, con corrección y claridad. Y en este sentido, qué duda cabe, la lectura es fundamental. Así, quien no entiende lo que lee tampoco será capaz de escribir lo que piensa y siente. En la práctica, ambas cosas deben darse de forma simultánea, y realizarse desde muy temprana edad, yendo de lo más sencillo a lo más complejo.

Otra premisa importante que debe tomarse en cuenta es que, en términos generales, difícilmente podemos redactar pensamientos o emociones sobre los que nosotros mismos no tenemos un grado aceptable de claridad. Es decir: ¿cómo pretender explicarle a otros lo que nosotros mismos no entendemos?

Si bien es cierto que cuando se trata de una escritura más compleja, como la que se da en un texto literario -poema, cuento, novela-, a menudo el autor escribe precisamente para tratar de comprender mejor su caos interior o el del mundo externo (a veces incluso a manera de terapia), lo cierto es que el arte de escribir bien implica esa necesidad previa de entender al menos exactamente qué es lo que no se entiende, válgase la paradoja. Paradoja en realidad solo aparente, puesto que el solo hecho de saber plantear los  elementos de lo indescifrable, lo enigmático, lo misterioso, lo contradictorio o lo absurdo de la vida, ya es una forma de empezar a descifrarla.

Además, la escritura no siempre busca dar respuestas: es más común que una buena novela, por ejemplo, cumpla su  misión artística e indagadora planteando de forma oblicua, sugerente, las preguntas más pertinentes. Y una manera de hacerlo en las obras de ficción literaria es creando -con talento por supuesto- situaciones, ambientes y personajes en los que encarnan esas dudas o esos contrasentidos en su manera de accionar, de tal manera que tanto el autor como sus lectores se vean confrontados por la incertidumbre que implica la complejidad de la experiencia humana y, en consecuencia, se sientan impelidos a pensar y a sentir como nunca antes lo habían hecho.

En cambio, la escritura periodística es otra cosa, pero viene de las mismas premisas. Ya sea en la redacción de una noticia, un artículo de opinión, una nota editorial, una reseña crítica, una crónica o un reportaje, debe haber una elemental claridad en la redacción, la cual debe formularse de la manera más directa, menos complicada posible, contrario a la creación literaria cuya complejidad estilística tiende a imitar la de la vida misma que pretende reproducir. Es decir, el periodismo, en sus diversas modalidades, busca comunicar diversos aspectos de lo sucedido, serle fiel a la realidad real, de la manera más inmediata y trasparente posible. La escritura que ha de servirle como molde debe, por tanto, ser un vehículo capaz de transmitirle al lector la mayor sensación de veracidad, precisión e inmediatez posibles.

 

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Escritura automática: lo que verdaderamente importa 

Escribir creativamente sobre diversos aspectos que conforman nuestras dudas más hondas y acechantes o las más consumadas certezas, en torno a abismos aterradores y anheladas cimas, o bien procurando entender lo que a menudo nos inquieta o a ratos más nos conforta, es la mejor manera de entrar a fondo en nosotros mismos y, al entendernos, de paso comprender mejor los enigmas que caracterizan marcadamente a los demás. Pero el proceso puede también darse a la inversa: a partir de imaginar o de testimoniar lo que sucede con los otros, llegar a cierta sabiduría sobre nosotros mismos.

Cómo negar que a veces ocurre -en mi caso particular, muy a menudo- que al ponerse uno a escribir (sobre todo me pasa al crear cuentos y poemas) no hace falta de antemano poner en blanco y negro desglose o plan temático alguno, porque hay una especie de corriente creativa subterránea que en seguida se desata y empieza a organizarse sola en una suerte de lógica interna propia que pareciera en un primer momento ser ajena al autor. Es cuando ciertos escritores sienten -sentimos- que una indeclinable voz o fuerza anónima, que nada tiene que ver con la voluntad, les (nos) dicta las secuencias continuas de un texto permitiendo que a través del accionar de los dedos mediante la pluma o moviéndose lentamente o frenéticas sobre las teclas aquél fluya ininterrumpidamente durante un cierto trecho.

Para explicar este fenómeno se habla a menudo de “escritura automática”, que no es más que una especie de fluir de la conciencia mediante la escritura, auxiliado por una inevitable serie de asociaciones de ideas que van permitiendo que el texto tenga una mínima coherencia interna. Las frases y, dentro de éstas,  las diversas combinaciones de palabras, tienden a nacer ya hechas, sintácticamente armónicas en su integración; e incluso, a veces, impecables en su estilo, que no es más que una identificable y muy personal forma de ser en sí mismos.

Pero hablar de escritura automática en realidad no explica nada si no entendemos que, aunque no lo sepamos de forma consciente, nuestro ser irremediablemente está almacenando siempre conocimientos, experiencias, impresiones, ideas y emociones que en un momento dado, azuzados por cualquier resorte situacional, se disparan haciendo aflorar ese hasta entonces subliminal arsenal de elementos aparentemente inconexos o disociados, pero que a través del lenguaje se van articulando al tomar forma en busca de un sentido, hasta que poco a poco empiezan coherentemente a significar.

El por qué salen a relucir en determinado momento, de cierta manera, con un particular lenguaje, hasta podría decirse que con un estilo propio e intransferible, es algo mucho más misterioso. Y por tanto no tengo una respuesta exacta. Pero sospecho que el fenómeno depende de la cultura que posee cada cual, de sus lecturas, de su idiosincrasia y su visión de mundo, y finalmente del propio estilo personalísimo de pensar, sentir y finalmente redactar. Es como si la mente se hiciera cargo de ser congruente con ciertas características endógenas largamente acumuladas, preexistentes en quien redacta.

Otras veces, lo que parece ocurrir es una especie de hibridación creativa: el pensamiento estructurado, previo al acto de escritura como tal, se va combinando con la improvisación para formar una amalgama imposible de diferenciar. Algo así como lo que sucede en las mejores sesiones jazzísticas.

En todo caso, lo que verdaderamente importa, lo que interesa en última instancia, es el producto final: el texto con el que un buen día el lector se topa y que, al degustarlo, con suerte lo hará pensar y sentir, tal vez actuar. Incluso, es sabido, hay textos que por su intensa significación, por su poder de transformar o por su carácter provocador, son capaces de cambiarnos la vida, tanto al escribirlos (si somos escritores) como al leerlos en la producción de otros. Sobre todo cuando en este último caso resulta que por diversas razones hay afinidades con las emociones y las ideas que denota o connota la escritura; o bien, por el contrario, cuando frente a ella surgen vehementes rechazos.

 

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Mi ideal de escritor

 

(Para Carolina Fonseca, socia y amiga)

Hay una forma singular de talento que se reconcentra en los abismos interiores sin dejar de otear el mundo, y haciéndolo rompe todos los límites. Ajeno a los oropeles y halagos, la mirada hacia adentro se complementa en la observación minuciosa del detalle exterior. Una obstinación innata lo sustenta en su diario quehacer, y la vida la vive en función de la elaboración artística de los avatares de ésta que habrán de seguir. Todo lo que ocurre o deja de ocurrir parece destinado a plasmarse tarde o temprano en un texto, tras pasar por el incandescente filtro de una imaginación contenida o del todo desbocada. Pero, lógicamente, habrá de hacerlo con disciplina inquebrantable y con oficio.

Nada le es ajeno a este tipo de creador de mundos, salvo la precisión de las palabras mismas con las que habrá de convivir para poder expresar sentimientos e ideas, temores y esperanzas, ansia de salvación ante los embates de un mundo fundamentalmente indiferente y básicamente hostil al ser profundo. En estas condiciones, el verdadero artista sólo tendrá de su lado la fuerza abrumadora de un lenguaje propio, originalmente articulado, con el que, inclaudicable en su visión de mundo, habrá de plasmar toda suerte de vivencias y fantasías cuando ya no sea capaz de contenerlas palpitando oblicuamente o a mansalva en la frágil piel de su alma.

Lo inaudito le será tan familiar como el tedio de obligadas convenciones y las viejas costumbres inducidas. No tendrá necesariamente metas fijas en la vida, sino más bien vidas intensas y personalísimas vividas a trasmano de lo predecible. El absurdo y lo fantástico le resultarán  fenómenos casi cotidianos y aceptables pese a todo, de tan usuales, mientras que el murmullo y las sombras de los sueños, vividos tanto de noche como en pleno día se impondrán a la rutina harto sabida de memoria por estársele repitiendo sin remedio a diario, alimentando así el imparable flujo de ese mismo sinsentido.

En esta clase de artista de las letras –pero igual puede ocurrir con ciertos adelantados de la humana creatividad en cualquier otro territorio del Arte y la Ciencia–, hay sin duda, y a contracorriente de lo que podría esperarse de él si realmente tiene talento, una suerte de entrañable ascetismo; de no-me-importaismo a menudo chocante o incluso agresivo; de rompimiento, declarado o no, con las expectativas de la sociedad. Sobre todo cuando ésta es, como suele ocurrir, un sólido entramado de apariencias, fingimientos o intereses rebuscados cuya forma de mantenerse estable y por tanto vigente da por sentado que todo el que rompe reglas establecidas y crea sus propias normas y para colmo  les es fiel; todo el que propicia extrañamiento, otredad, transgresión, es decir formas de ser o pensar diferentes; todo el que crea paradigmas nunca antes sustentados, es un ser peligroso, algo así como un francotirador; o simplemente un loco. Por lo que hay que reprimirlo o ignorarlo.

Este artista, cuando es genuino hasta la raíz, no hace concesiones, no repite fórmulas, a nadie imita o quiere impresionar o complacer ni con su conducta ni con lo diferente de sus obras. Sólo busca expresarse a sí mismo, comprenderse, entender a fondo las contradicciones de la realidad, sobre todo las suyas. Sus textos tienen densidad, substancia, conmueven. En última instancia, permanece fiel al análisis y al autoanálisis de todo lo que acontece fuera y dentro de su ser  –y a la vez fiel a sus intuiciones–, como una manera de estar raizalmente en el mundo sin ser un vegetal. Y lo hace como la forma más genuina de comprender mejor sus propios sentimientos y creencias, sus limitaciones y sus fobias. Sus gustos. Para sobrevivirse con dignidad.

 

Sin duda hay otros tipos de escritores meritorios, valiosos, que han aportado sus obras a la literatura universal. Siempre los ha habido y siempre existirán. Sin embargo, ese ser que he descrito como controvertido, indagador de sí mismo y del mundo, a ratos contestatario, sin duda poco sociable, pero profundamente auténtico, es mi ideal de escritor.

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Vuelos y ataduras

I

Escribir creativamente es, sin duda alguna, un arte. Un difícil y fascinante arte que implica todo un lento y meticuloso aprendizaje, lo cual a su vez presupone un caudal de experiencias acumuladas, un manejo ágil de la capacidad inventiva y un uso impecable del lenguaje, instrumento esencial que permite en última instancia la comunicación más  idónea con el lector.

Quienes escribimos como una forma de auscultar la vida, de entenderla mejor y de hacerla comprender en sus múltiples aristas y contradicciones mediante una sensibilidad acaso privilegiada dentro de un mundo mercantilista en el que son otros los temas que parecen obsesionar a buena parte de los lectores potenciales, debemos estar conscientes de los procesos que permiten que la buena literatura sea lo que es, pese a todos los obstáculos que pueda encontrar en su camino.

Por supuesto, esta actitud, que a no todos los escritores preocupa, conlleva una filiación didáctica irrenunciable que tiene más que ver con el gusto por el análisis de los fenómenos y el deseo de comunicarlos, que con las bondades de la creación literaria misma, sin renunciar a estos. Y es que quien esto escribe, además de escritor y promotor cultural  es profesor de literatura y conductor durante muchos años de talleres literarios.

II

En no pocas obras literarias memorables suele haber, entre otras muchas cosas: breves o largos peregrinajes; fulgores y rescoldos, simetrías y asimetrías; vuelos y ataduras; cierto tipo de confluencias; prefiguraciones y transfiguraciones; formas de alebrestar el espíritu o de, apaciguándolo, sanarlo. Y por supuesto, toda suerte de encuentros y desencuentros que se dan mediante un sensible rejuego permanente entre personajes, situaciones y ambientes originados en la imaginación y la memoria, expresados mediante el lenguaje y echados al ruedo en determinado momento y medida. Por lo general, no todo a un mismo tiempo ya que la complejidad sería mayúscula y demasiado extensas sus dimensiones gráficas, como suele ocurrir en ciertas novelas. Pero lo cierto es que tanto en el cuento como en la poesía hallamos muestras concretas -encarnadas o encriptadas- de estas características.

Puede ocurrir que la elaboración de estas combinaciones de elementos que terminan formando parte integral de una estructura básica en la obra literaria en cuestión provengan de una actitud más bien cerebral o lúdica, aunque igualmente es posible que tengan su origen en la fuerza abrumadora de las emociones. Sin embargo, saberlas distinguir no importa en lo absoluto cuando se está en el momento mismo de la creación y la obra empieza a desatarse y fluye sin  remedio. Así, tanto cuando hay un plan previo en cuanto a la forma de presentar los contenidos, como cuando es la intuición la que improvisa el despliegue de sus recursos, hay que dejarla expresarse. No hacerlo, acaso en un afán de entender el proceso de creación mientras sucede,  podría muy bien causar que la obra se pasme.

Hay dos pulsiones inmateriales que importan muchísimo al momento de la creación literaria: la autenticidad, que es de orden interior al formar parte del ser vital del artista -todo escritor verdadero es un artista- pero se refleja en la obra; y la verosimilitud, la cual debe surgir de las entrañas mismas de la obra porque hasta cierto punto la describe, la califica. A menudo se confunden, acaso porque en verdad se parecen. Y es que lo auténtico suele ser también verosímil, es decir creíble. En cambio, cuando el lector tiene la impresión de que en un texto priva el artificio, la fabricación, la impostura, alguna forma de manipulación para producir determinados efectos, la obra pierde autenticidad y por tanto credibilidad porque nace la duda, la desconfianza.

Podrá decirse que todo lo creado fuera de la naturaleza primaria de las cosas es precisamente eso: una impostura, una fabricación artificial, Pero es que una cosa es una obra artística y otra muy distinta lo que ha nacido de la naturaleza mediante un proceso biológico que ya nos hemos acostumbrado a considerar “natural” pero que también viene de una voluntad externa, de una matriz original (divina o genética).

En todo caso, de una manera u otra siempre hay un “creador”, y éste  es responsable por su “criatura”. En el ámbito literario, crear una novela, un cuento o un poema donde antes no había nada es un acto de sabiduría artística, de ingenio, un trabajo de gestación -planeación y ensamblaje-, que muy posiblemente va a producir una obra.

Finalmente, cabe señalar que independientemente del género literario en que se escriba, del estilo de cada autor, del tema que la obra aborde y de las técnicas narrativas o poéticas que se adopten por creerlas las más convenientes, el texto que resulte debe comunicar una vivencia de la forma más vívida posible. Debe despertar resonancias personalísimas en el lector, sacudirlo, hacerlo sentir, pensar. Debe, en última instancia, transformarlo. Para bien o para mal. Generalmente para bien, aun en las obras más terribles o perversas. Porque siempre hay un aprendizaje, y éste suele venir de un sacudimiento profundo.

En toda obra literaria memorable hay vuelos y ataduras. Cosas que nos elevan a las alturas permitiéndonos otear el horizonte, vislumbrar otras dimensiones, crecernos; y otras que nos atan, nos anclan a la tierra sin remedio. Paradójicamente, a veces ambas al mismo tiempo, produciéndonos entonces una desesperante sensación de parálisis, de frustración. Pero lo que no debe ocurrir nunca, a riesgo de que el escritor no haya sido capaz de ganarse la buena voluntad del lector, su fidelidad y confianza, y lo pierda para siempre, es que éste permanezca indiferente ante la obra, incontaminado. O tire el libro tras leer unas pocas páginas, muerto de aburrimiento.

Del Autor

Enrique Jaramillo Levi
Nació en Colón, Panamá, el 11 de diciembre de 1944. Licenciado en Filosofía y Letras con especialización en Inglés (Universidad de Panamá, 1967). Profesor de Segunda Enseñanza (Universidad de Panamá, 1967). Tiene Maestría en Creación Literaria (1969) y Maestría en Letras Hispanoamericanas (1970), ambos en la Universidad de Iowa, Estados Unidos. Realizó estudios completos de Doctorado en Letras Iberoamericanas (EL Colegio de México, México, D.F., 1974; y Universidad Nacional Autónoma de México, 1975). Ha sido profesor de Inglés y de Español en diversos colegios secundarios panemeños, así como coordinador de numerosos talleres literarios particulares e institucionales en México y Panamá. Residió en México, D.F. de 1971 a 1983; y en Querétaro, México, de 1993 a 1995. En ese país ha sido Profesor Titular en la Universidad Autónoma Metropolitana (México, D.F., 1975-1983), así como profesor invitado en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, Campus Querétaro (1993-1995) y en la Escuela de Escritores de Querétaro, de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) (1993-1995); también fue profesor invitado en los Estados Unidos, en California State University (San Bernardino, California, 1988) y en Oregon State University (Corvallis, Oregon, 1989). En Panamá, ha sido Profesor Adjunto IV en la Universidad de Panamá y Profesor Especial en la Universidad Tecnológica de Panamá (1996-2007), en donde también fue fundador y director de la Coordinación de Difusión Cultural y su editor, en la misma época.

Ha publicado 20 libros de cuentos, 12 libros de poesía, 2 libros de obras teatrales y 7 libros de ensayos, además de numerosas antologías sobre literatura panameña, centroamericana y mexicana; asimismo, varias compilaciones, prologadas por él, de estudios de especialistas panameños en torno al tema del Canal de Panamá (publicadas simultáneamente en México en 1986, justo antes de la firma de los Tratados Torrijos-Carter, por tres importantes editoriales de ese país: Siglo XXI Editores, Fondo de Cultura Económica y Grijalbo). Fundó, edita y dirige la revista literaria “Maga” en sus cuatro épocas: 1984-1987; 1990-1993; 1996-2007; 2008 a la fecha).

Fundador y primer Presidente de la Asociación de Escritores de Panamá (2004-2007). En agosto de 2007 se jubila de la Universidad Tecnológica de Panamá; y en agosto de 2008 es re-contratado indefinidamente como Asesor Cultural de la misma institución.