Categoría: Unos escriben

El retrato de Chacho era un pichón blanco que volaba por el campo de un Estadio

Presentación

A pesar de que existe una copiosa bibliografía sobre el deporte del fútbol, Suele ser más frecuente que lo deseable que los intelectuales escondan su pasión por ese mundo del balompié, como si fuera una suerte de desdoro. No es el caso de Juan Pedro Aparicio, que la confiesa orgulloso en cualquier momento y la manifiesta y aprovecha con especial sentido humano en su obra literaria. Quede como testimonio “El golde Castañeta”, un relato suyo aparecido en el diario ABC, el 30 de abril de 1988 y recogido en su tomo de relatos ¡Ah de la vida1(Mondadori, 1991). De alguna manera, Castañeta, el jugador veterano de un equipo que se enfrenta a otro integrado por gente bisoña e inexperta (con riesgo de descenso dramático de categoría si pierde ese partido) es un reflejo de Chacho, uno de los  protagonistas de Retratos de ambigú, como se observará líneas más adelante. Leer más…

Rasgos y rastros

Leí en alguna ocasión que el combustible del escritor no se agota cuando sabia y lúcidamente se sabe repostar. Un escritor no tiene derecho a ser dueño de muchos mundos, sino a ser propietario de la mirada que procura el combustible suficiente para un único mundo verdadero, el que marca y obtiene su personalidad creadora.

Ni hay duda posible sobre la identidad literaria del mundo de Juan Pedro Aparicio, ni siquiera del relieve que conforma un estilo, un modo de escribir o el cuento que se cuenta, sea cual sea el género narrativo en que el autor se mueva. Leer más…

Homenaje a Juan Pedro Aparicio

En el inicio del prólogo a la reedición (Rey Lear, 2010) de su alegórica,  sugestiva y muy poderosa novela La forma de la noche, ambientada durante la Guerra Civil y publicada en 1994, Juan Pedro Aparicio afirma que «una buena parte de mi generación literaria se educó de espaldas al mercado. Vender más o menos carecía de importancia. Lo relevante era la calidad de lo escrito». Constata después, creo que con alarma y desasosiego evidentes, que hoy en día —es decir, en este tiempo de mensajes entrecruzándose sin fin en la telaraña tecnológica de un sistema en crisis  que se devora a sí mismo al redoble de los peores y más penosos mensajes orwellianos—, que «en buena medida la facturación ha pasado a ser plebiscito de calidad». Leer más…

Las murallas de Troya en El año del francés de Juan Pedro Aparicio

El Paraíso no existe pero el Paraíso Perdido sí. Por eso se llame Soria o Alejandría, Praga o Nueva York, en todo escritor con identificable mundo propio hay siempre una ciudad inventada, la que él funda en recuerdo de Troya: un paraíso perdido en el que él languidece de incurable enfermedad.

Cada letraherido capaz de recrear y delimitar su propio universo tiene ese romántico destino, el de construir una ciudad universal que acaso todos habitamos pero de la que él parece haber sido desterrado, o por la que deambula como un infiltrado. Leer más…

Homenaje a Juan Pedro Aparicio

Del esperpento al mito, de lo fantástico y fabulístico como elementos subvertidores de la convención realista a la irónica sutileza de las intrigas policíacas, de la tentación mayúscula y “total” de la novela al destello circular del microrrelato principiándose y ultimándose a sí mismo cual gráfica serpiente emplumada de las simbologías ultramarinas, el escritor leonés Juan Pedro Aparicio ha recorrido las ficciones con temperamento de viajero inquieto y deslumbrado. Se ha adentrado en casi todas sus posibilidades, hasta hacerlas inequívocamente suyas con talento, honestidad y valor. Leer más…

Juan Pedro Aparicio, en movimiento

Como el poeta zamorano Claudio Rodríguez, que pensaba, esbozaba, sus poemas en el paseo, en la marcha, Juan Pedro Aparicio (León, 1941) se echa andar junto a su perra y echa a andar así su imaginación, su fina ironía, allí donde su olfato se mantiene alerta ante la brevedad narrativa. Y como diría el poeta, eso es un don. Juan Pedro tiene el don de rescatar lo minúsculo, lo anecdótico para, no sólo agrandarlo con su literatura, sino insertarlo en un todo, en una suerte de cosmología que también camina, que avanza, que configura el breviario, el libro de microcuentos. Y como creador no elude la responsabilidad de esta proyección de su obra. Leer más…

Mi padre

¿Quiere el lector saber lo que fue el franquismo? El año del francés lo cuenta. No es una novela fácil, tardas en entrar, tiene un lejano parentesco con el Ulises de James Joyce, pero una vez has pasado la frontera del recelo aquella ficción cobra más vida que la vida y promueve una adicción hecha de la misma fiebre con que fue escrita. Junto con La forma de la noche, es la mejor novela de mi padre y una de las mejores novelas españolas de los últimos cien años, además de reflejo de su personalidad imaginativa y crítica. Leer más…

Muchos años de fraternidad

Cuando ambos éramos estudiantes, Juan Pedro Aparicio y yo, que sentíamos intensamente la conciencia de no vivir en el mejor de los países ni en el más satisfactorio de los mundos, bromeábamos a veces  a propósito de lo que sería de nosotros cuando pasasen los años. La distancia temporal es tan vertiginosa, que no sé si nos imaginábamos en la edad que hemos llegado a alcanzar, pero desde aquella mocedad nuestra nos trasladábamos a un tiempo futuro, nos investíamos de una supuesta y acaso vetusta madurez y adoptábamos burlonamente, en un simulacro teatral, las actitudes de los contemporáneos que nos parecían más rancios y que nos suscitaban entonces más rechazo, Leer más…

El juego de los cuánticos

Si el cultivo del microrrelato en cuanto tal puede remontarse entre nosotros a los inicios del siglo XX, con Juan Ramón Jiménez y Ramón Gómez de la Serna, lo cierto es que en las tres últimas décadas hemos asistido al auge del microrrelato, tanto en Hispanoamérica –con nombre universales, como Juan José Arreola, Luisa Valenzuela o Augusto Monterroso, acaso el más conocido-, como en España, donde Ana María Matute, Javier Tomeo, José Jiménez Lozano, Rafael Pérez Estrada, Julia Otxoa, José María Merino, Juan Pedro Aparicio y Luis Mateo Díez le han dado carta de naturaleza literaria. Leer más…

Mi vecino en Londres

A Juan Pedro Aparicio le asociaré siempre con nuestras conversaciones peripatéticas por uno de los parques más hermosos y, al mismo tiempo, más íntimos de Londres, el Holland Park. Él estaba entonces al frente del Instituto Cervantes, de esa capital, y yo era director de la oficina de la Agencia EFE. Londres es, como se sabe, una ciudad inmensa donde es muy difícil a  veces frecuentar a los amigos, pero por fortuna éramos vecinos.

Los fines de semana solía yo desayunar en un pequeño café de nombre francés que había cerca de mi casa del barrio de Kensington, donde aprovechaba para leer los periódicos británicos allí disponibles, y allí nos dábamos cita para iniciar nuestro paseo matutino. Leer más…