De su vida y obra

La cultura sería más accesible

Conocí a Juan Pedro en Londres, poco después de salir de la universidad y empezar mi carrera en el teatro. Abrirse paso en el mundo del arte y la cultura no es fácil sin una mano que ayude y guíe; encontrar esa mano es todavía muchísimo más difícil, bueno, un milagro diría yo. Por eso estaré para siempre eternamente agradecido a Juan Pedro por darme esa confianza y esa oportunidad cuando yo en esos momentos todavía tenía poco que ofrecer. Francamente creo que esto demuestra fehacientemente la naturaleza de Juan Pedro sin dejar lugar a dudas, porque alguien que se porta con ese grado de desinterés personal es que cree firmemente en el papel de la cultura en nuestra sociedad. Leer más…

Juan Pedro Aparicio, contador de historias

Esta sintética y breve aproximación a la obra de Juan Pedro Aparicio
procede de las páginas que le dedico dentro de un estudio panorámico,
La novela española durante el franquismo. Itinerarios de la anormalidad,
Madrid, Gredos, 2010, que la contextualiza.

 

La obra de Juan Pedro Aparicio corrobora una firme vocación de contador de historias que se dilata por todas las modalidades narrativas, el cuento, la novela amplia, la microficción y el relato viajero. En principio, solo cultiva el cuento, al que parece dedicado en integridad, pero no tardará demasiado en disponer personajes y anécdotas dentro de ese mecanismo complejo que conocemos como novela.

Los relatos breves de Aparicio suman una veintena de piezas, algunas de las cuales se remontan a los años sesenta, dato que matiza la relativa tardanza en relación con otros miembros de su promoción, la “generación del 68”, de su primer libro, fechado en 1975. Leer más…

Ojos negros

Escribir es en este momento la labor manual que realizo mientras me dispongo a hilar mi filandón, o a filar mi hilandón, a contar, anécdotas, historias que se pretenden de mayor enjundia, cotidianas o fantásticas, pero no por esto último menos veraces. Tienen en común que forman parte del trayecto compartido con Juan Pedro Aparicio y como las tengo tan presentes son al mismo tiempo origen y destino.

Gilles Deleuze señalaba a propósito de su lectura de La Bête humaine de Émile Zola que para este novelista francés la locomotora no era tan solo un objeto, sino un símbolo épico. Leer más…

Tres mosqueteros (entre bromas y veras)

Quien ha vivido en la negra provincia sabe de qué forman llegan las noticias, cómo evolucionan de modo incontrolado, cómo se filtran y se transmiten de boca en boca, de bar en bar, cómo -y sería la puntilla- se deforman y acaban constituyendo un caudal de leyendas, mentiras y medias verdades que se mantienen en pie por la ignorancia de los más o se tumban solas porque dejan de interesar al no ser actualidad palpitante. Una manera de entrar, la de la información ambigua,  en una realidad sin certeza alguna, entregado al caos de la confusión y al descrédito de los ídolos y mitos que se están forjando al filo de la existencia sean cercanos o lejanos. Mucho más si las depreciaciones proceden del campo artístico, en donde frecuentes son las solemnes descargas a la línea de flotación del escritor próximo, mucho más si queda distante o se pierde en la bruma. Leer más…

Juan Pedro Aparicio, un leonés en Holland Park

Conocí a Juan Pedro un mañana del mes de junio de 2005 en los bajos de un cine de la Gran Vía de Madrid, El Palacio de la Prensa. En mi deambular por el mundo como encargada de cultura del Instituto Cervantes, dio la casualidad que me destinaron a Londres un mes después de que él ocupara el cargo de director del centro y por ese motivo quedamos en Madrid para conocernos. Nuestros pasos ya se habían cruzado anteriormente, tal y como él y yo dedujimos en uno de nuestros paseos de regreso a casa atravesando Hyde Park. Fue en Nueva York, cuatro años antes, cuando el Instituto en el que yo por aquel entonces trabajaba organizó una velada literaria e invitó a Juan Pedro junto a sus dos inseparables amigos y escritores Luis Mateo Díez y José María Merino. Nuestros pasos se cruzaron, pero el destino no quiso que nos conociéramos hasta unos cuantos años después. Leer más…

El retrato de Chacho era un pichón blanco que volaba por el campo de un Estadio

Presentación

A pesar de que existe una copiosa bibliografía sobre el deporte del fútbol, Suele ser más frecuente que lo deseable que los intelectuales escondan su pasión por ese mundo del balompié, como si fuera una suerte de desdoro. No es el caso de Juan Pedro Aparicio, que la confiesa orgulloso en cualquier momento y la manifiesta y aprovecha con especial sentido humano en su obra literaria. Quede como testimonio “El golde Castañeta”, un relato suyo aparecido en el diario ABC, el 30 de abril de 1988 y recogido en su tomo de relatos ¡Ah de la vida1(Mondadori, 1991). De alguna manera, Castañeta, el jugador veterano de un equipo que se enfrenta a otro integrado por gente bisoña e inexperta (con riesgo de descenso dramático de categoría si pierde ese partido) es un reflejo de Chacho, uno de los  protagonistas de Retratos de ambigú, como se observará líneas más adelante. Leer más…

Rasgos y rastros

Leí en alguna ocasión que el combustible del escritor no se agota cuando sabia y lúcidamente se sabe repostar. Un escritor no tiene derecho a ser dueño de muchos mundos, sino a ser propietario de la mirada que procura el combustible suficiente para un único mundo verdadero, el que marca y obtiene su personalidad creadora.

Ni hay duda posible sobre la identidad literaria del mundo de Juan Pedro Aparicio, ni siquiera del relieve que conforma un estilo, un modo de escribir o el cuento que se cuenta, sea cual sea el género narrativo en que el autor se mueva. Leer más…

Homenaje a Juan Pedro Aparicio

En el inicio del prólogo a la reedición (Rey Lear, 2010) de su alegórica,  sugestiva y muy poderosa novela La forma de la noche, ambientada durante la Guerra Civil y publicada en 1994, Juan Pedro Aparicio afirma que «una buena parte de mi generación literaria se educó de espaldas al mercado. Vender más o menos carecía de importancia. Lo relevante era la calidad de lo escrito». Constata después, creo que con alarma y desasosiego evidentes, que hoy en día —es decir, en este tiempo de mensajes entrecruzándose sin fin en la telaraña tecnológica de un sistema en crisis  que se devora a sí mismo al redoble de los peores y más penosos mensajes orwellianos—, que «en buena medida la facturación ha pasado a ser plebiscito de calidad». Leer más…

Las murallas de Troya en El año del francés de Juan Pedro Aparicio

El Paraíso no existe pero el Paraíso Perdido sí. Por eso se llame Soria o Alejandría, Praga o Nueva York, en todo escritor con identificable mundo propio hay siempre una ciudad inventada, la que él funda en recuerdo de Troya: un paraíso perdido en el que él languidece de incurable enfermedad.

Cada letraherido capaz de recrear y delimitar su propio universo tiene ese romántico destino, el de construir una ciudad universal que acaso todos habitamos pero de la que él parece haber sido desterrado, o por la que deambula como un infiltrado. Leer más…