Cuentos cuánticos:
una teoría sobre el microrelato

Juan Pedro Aparicio

Para mí los microrrelatos, están dotados de tal especificidad que constituyen una singularidad tan cercana a la esencia de lo narrativo que su estudio ofrece múltiples enseñanzas. Subrayar esa singularidad es lo que me ha llevado a proponer un nuevo nombre para ellos

Antes de elegir título para mis libros tengo la costumbre de comprobar en Internet si ya ha sido utilizado. No se me ocurrió hacer lo mismo con la locución Literatura Cuántica, tan confiado estaba en que era el primero en utilizarla. Así que no lo hice y empleé la denominación en dos prólogos que acompañaron a sendos libros de microrrelatos, La Mitad del Diablo y El Juego del Diábolo. Posteriormente, en realidad cuando preparaba esta charla, hice la consulta y me llevé la sorpresa de que la locución ya estaba acuñada, que incluso parecía existir toda una doctrina sobre lo qué es la literatura cuántica. Desde luego no tenía nada que ver con mi propuesta y, aunque no me gusta polemizar, me pareció que ya era algo tarde para que yo rectificara, así que decidí seguir adelante.

Se que la nomenclatura no tiene mucha importancia pero añade matices al objeto nombrado. Soy partidario de llamar cuánticos a estos relatos hiperbreves. Y lo prefiero a otras denominaciones por varias razones. Microrrelato, evoca, la figura del relojero trabajando en las entrañas del reloj con sus microdestornilladores y su microherramientas, pero nada sugiere de la elipsis ni de la narratividad. Con minificción ocurre lo mismo, solo se alude al tamaño. Hiperbreve, parece que estuviéramos hablando de un supermercado. Nanocuento, aunque evoca también el ámbito de la física subatómica, tiene el inconveniente de que en español se llama coloquialmente así al enano e incluso en alguna región, como la valenciana, al niño. Considero, sin embargo, que microrrelato ha hecho fortuna y perdurará, En la vida las cosas suelen suceder así. El nombre de Américo Vespucio, un aventurero oportunista, ha servido para bautizar el Nuevo Mundo al que llegó Colón.

Yo relaciono lo cuántico literario con la materia oscura. La materia oscura, otro préstamo de la física, en este caso de la astrofísica, ha sido descubierta por los científicos por sus efectos gravitatorios sobre otros cuerpos. En el universo lo visible es apenas un diez por ciento, el resto de la materia, o sea la mayor parte, no puede detectarse a la vista, sólo por sus efectos gravitatorios.

En literatura eso se llama elipsis. Hemingway creyó descubrirla cuando dijo aquello de que una novela es como un iceberg solo muestra el diez por ciento de su masa, el resto permanece sumergido.

El diccionario de la academia define a la elipsis en su segunda acepción como omisión o supresión de alguna parte (como determinados periodos temporales) dentro de un todo o un conjunto.

Quienes de niños hemos disfrutado con la lectura de los tebeos o comics lo entendemos fácilmente. Más, cuando recordamos a aquellos niños sabihondos de la calle que, dando muestras de un ingenio digno de mejor causa, denunciaban que nunca se veía a nuestros héroes ir al retrete o dormir la siesta. Es imposible aguantar todo el tiempo peleando y viajando sin comer ni descansar ni descargar la vejiga o los intestinos, decían. Bien, eso era una forma de la elipsis, o sea aquello que no necesita ser contado porque se da por supuesto.

La narración requiere de la elipsis. La narración se da en el tiempo pero no es el tiempo. Nosotros somos el tiempo. La narración lo mide y, lo que no es poco, lo hace inteligible y significativo.

Si las narraciones contaran todo, serían como la vida misma, no serían narraciones; ese espejo a lo largo del camino que se dice es la novela, y que tantas veces hemos oído, es una simpleza por más que se le atribuya a uno de los más grandes novelistas.

***

Y ahora ¿qué es lo cuántico? Einstein puso el ejemplo de una mina de carbón para explicar lo que eran cantidades discretas y cantidades continuas. Parece más fácil cambiar el ejemplo y hablar del llenado de una piscina, algo más cercano hoy a nuestra vida cotidiana. Abrimos el caño y el agua aumenta en la piscina de manera continua; en cambio los bañistas que se introducen en ella sólo pueden aumentar de manera discreta o discontinua, una persona, dos personas, es decir, no puede haber un cuarto de persona o un décimo de persona, a eso se llama cantidades discretas. Decimos entonces que ciertas magnitudes cambian de manera continua y otras de manera discreta o discontinua.

En la física clásica existe la idea de que todos los parámetros (la energía, la velocidad, la distancia recorrida por un objeto) son continuos.

En la física cuántica esto no es así. Max Planck descubrió que los átomos no liberan energía en forma continua, sino en pequeños bloques a los que denominó cuantos de energía. Lo singular del proceso es que no existen posiciones intermedias, es decir no existen medios cuantos o cuartos de cuanto. Es como si esas pequeñas cantidades se fueran almacenando en algún lugar sin poder manifestarse hasta que no forman un cuanto.

Volviendo al ejemplo de la piscina, un cuanto podría ser la cantidad de agua que cabe en un cubo, con la particularidad de que sólo se manifiesta cuando está el cubo lleno. No hay estados intermedios; entre el cubo vacío y el cubo lleno no hay nada.

En definición aproximada podemos decir que un cuanto es la cantidad que la energía precisa para hacerse visible. O dicho de manera más general, la cantidad mínima que se precisa para que algo se manifieste. Pero estamos hablando de literatura. Y ¿qué es un cuanto en literatura? Si cambiamos energía por narratividad tendríamos la definición del cuanto literario. El mínimo de narratividad necesario para hacerse visible.

La narratividad implica movimiento, transformación; pero un movimiento o transformación significativos, que conmuevan, que iluminen, que emocionen. Un microrrelato normalmente estará formado por un solo cuanto. Una novela, por el contrario, puede estar formada, además de por el cuanto-novela en sí mismo, por muchos otros cuantos narrativos. Hay ejemplos muy claros en la “Antología de la literatura fantástica” tantas veces mencionada. Bastantes de los relatos allí recogidos son piezas separadas -frases, sentencias, párrafos-, de un conjunto más amplio que, sin embargo, poseen en esas pocas líneas el don de la narratividad.

Hoy muchos estudiosos del microrrelato hacen lo mismo con novelas de autores ya fallecidos, las despiezan, extraen de aquí y de allá, frases, párrafos, medias páginas, páginas enteras, acotaciones que, como separadas y autónomas, tienen sustancia narrativa por sí mismas y las ofrecen como microrrelatos, cuya autoría pertenece en buena parte de los casos a autores que jamás pensaron en escribir un microrrelato.

Todos los géneros narrativos tienen su propio cuanto; cuantos que pueden a su vez dividirse o despiezarse para formar microrrelatos. Porque existe el cuanto de la novela y el cuanto del relato, pero es en el microrrelato donde la narratividad se contrae hasta sus últimas consecuencias.

El cine ha sido decisivo a la hora de afinar la narratividad aumentando el peso de la elipsis; sus cuantos de narratividad son tan intensos en cada secuencia que el espectador ni siquiera piensa en lo que ha sido eludido mediante la elipsis. Por eso es tan lamentable lo que ocurre con algunas novelas de última hora, tan exitosas por cierto, esas en las que se cuenta todo, en las que sólo falta narrar aquello que el muchachito sabihondo de mi calle objetaba en los tebeos, esas intimidades de la higiene personal que los héroes de la infancia no mostraban.

Se está produciendo una regresión en el lenguaje narrativo. Hay como una consigna de buena parte de los editores. Vendamos libros supuestamente literarios a quienes no pueden entender ni disfrutar de la buena literatura, vendamos libros a los compradores, porque hoy el libro es solo mercancía y no importa que se consuma ni que el efecto de su consumo sea pernicioso, lo que importa es que se venda.

Entre el libro bueno y el libro malo existe una relación semejante a la que se da entre la comida sana y el fast food. Un periodista estuvo a dieta exclusiva de fast food durante un mes o dos y sus constantes vitales se desequilibraron gravemente. Algunos defensores del fast food dicen que lo importante es tener algo para comer. Y es verdad pero con cuidado de no intoxicarse. También se dice que lo importante es leer, sea lo que sea. Efectivamente un libro fast reading no mata, aunque sí mata el tiempo, como bien sabemos. Pero si no mata, atonta, entorpece las neuronas y hasta las anula, convirtiendo al ciudadano en un mentecato.

***

Como consecuencia de mi retorno al cuento, a la escritura y a la lectura de cuentos, pues ambas actividades son como la cara y la cruz de una misma moneda, me propuse también escribir microrrelatos, perdón, cuánticos. El estímulo primero fue absolutamente casual. Un profesor y un colega charlaban sobre un próximo congreso de minificción a celebrar en Valparaíso. Fue una sorpresa enorme conocer el auge del género para el que se organizaban incluso congresos. Prometí que haría méritos para ser invitado a participar. Escribí un primer libro que titulé La mitad del diablo. Eran 333 relatos, de ahí el título. El editor me convenció de que eliminara buena parte de ellos, hasta dejarlos en sólo 146.

Los relatos, por muy pequeños que sean, son unidades narrativas autónomas, igual que una novela. Por experiencia sabemos que el mayor esfuerzo que ha de hacer el lector se concentra en las primeras páginas, a veces en las primeras líneas, es decir, en la entrada a ese mundo autónomo y cerrado en que toda narración consiste. 333 esfuerzos eran demasiados para un solo libro.

Posteriormente publiqué otro que contenía parte de los relatos que habían quedado fuera del primero y algunos otros nuevos. Lo titulé El juego del diábolo. Entre los dos libros forman un diábolo, pues se unen por su parte más estrecha. El primero, La Mitad del Diablo, iba de más a menos, del relato más largo, al más corto, de sólo una palabra. El segundo, El Juego del Diábolo, del relato más corto, de sólo seis palabras, al más largo de poco más de folio y medio.

Los dos libros ilustran perfectamente cuanto les he venido diciendo. De modo que voy a un par de relatos de cada uno de ellos.

Uno de los primeros de La Mitad del Diablo, consecuentemente uno de los más largos del libro, se titula Carta sin respuesta y dice así:

Una amiga había comentado mirándose al espejo: “Nadie me llama guapa, así que yo me lo digo muchas veces a mí misma para animarme”.  A Sofía, que nunca había recibido una carta de amor, se le ocurrió enviarse una, escrita por ella misma, pero firmada por un inventado Roberto Robles que vivía en Villalba. Para más verismo tomó el tren de cercanías y echó la carta en un buzón de esa localidad. Y de esa manera recibió muchas cartas, casi una a la semana. Había que ver con qué ilusión abría el sobre y leía las dos o tres cuartillas manuscritas, con una letra recta, firme, que no se doblegaba a derecha ni a izquierda.

A veces, Roberto y ella tenían discusiones y hasta pequeños enfados, como ocurre con todas las parejas de enamorados. Roberto se empeñaba en que fueran a Benidorm una semana y ella le ponía excusas, por más que lo estuviera deseando. Le decía que no estaba segura de que compartir habitación durante siete días fuese una buena idea. Procuraba no obstante ser muy suave y persuasiva porque no quería perderle ni que se enfadara, pero Roberto tenía que comprender que llevaban muy poco tiempo de relaciones como para convivir así una semana.

En esas estaban cuando la última carta de Roberto no llegó. Esperó una semana, diez días, un mes, reclamó a Correos pero definitivamente la carta no llegó. Se sintió muy ofendida por el silencio. “¿Qué se habrá creído éste?” -le llegó a decir a una amiga.

Y nunca más le volvió a escribir, que ella no se iba a rebajar.