Cuentos cuánticos:
una teoría sobre el microrelato

Juan Pedro Aparicio

Los relatos van disminuyendo en extensión, es decir, voy restándoles palabras, aumentando por consiguiente la materia oscura, agrandando las elipsis, lo que no está en el texto, pero que sí está en la mente del lector y que se le hace presente precisamente por la lectura como si se pulsara el interruptor de la luz.

Fíjense ahora en este último cuántico, el más breve que pueda concebirse. Es importante retener el título: Luís XIV. En novela, en cualquier otro género narrativo, el título tiene una importancia relativa, en el cuántico, con tan pocas palabras, la relación dialéctica entre título y texto es fundamental

Fíjense:

Luís  XIV

YO

En las escuelas de periodismo los alumnos recién llegados suelen oír siempre el mismo ejemplo para ilustrar lo que es una noticia. Que un perro muerda a un hombre no es noticia -se les dice-, que un hombre muerda a un perro sí lo es. Aunque muy probablemente esa noticia jamás se dé por su casi imposibilidad.

Algo parecido sirve para justificar este relato. Porque en tan breve texto, YO, poco movimiento cabe. Más bien, ninguno. Y todo el que pueda haber se halla en el intelecto y la memoria del lector. Es el lector, quien estimulado por el relato, acude al fondo de su memoria, emocional o intelectiva, para reconstruir de un modo sin duda impreciso y vago todo un entramado de sensaciones relacionadas con el llamado Rey Sol. Un entramado naturalmente efímero, casi instantáneo, como esa luz súbita que se apaga a poco de encenderse, pero suficiente para vislumbrar percepciones narrativas, apenas intuidas y sin modulación expresiva, que hablan de ambición, de conspiraciones políticas, de crueldad, de soberbia, de poder y hasta de amor.

Tengo la experiencia de que quienes leen o escuchan este cuento suelen reaccionar con una sonrisa; es muy buena señal, no, porque vean que en Luís XIV hay una narración entera y verdadera, sino porque reconocen la eficacia del ejemplo, un ejemplo que ayuda a entender, con su pizca de humor, el decisivo papel que la materia oscura, o sea la elipsis, desempeña en los relatos cuánticos. Esa sonrisa basta para justificar un relato que, de tan mínimo, es prácticamente inviable. Porque el humor, por si sólo, le aporta la sustancia narrativa necesaria, haciendo de  él un cuanto narrativo, el más pequeño que pueda concebirse. Y todo ello sin olvidar lo que tiene de guiño teórico, pues supone esa reducción al absurdo que ciertas teorías precisan para hacerse evidentes. De modo que aquí queda propuesto no sólo como el relato más pequeño que pueda escribirse sino también como el más diminuto de los cuantos narrativos.

A partir de aquí casi todo queda dicho. El otro libro de microrrelatos El Juego del Diábolo mantiene idéntica línea, con una presentación inversa, de menos a más. Pero ya nada añade al aspecto teórico. Los cuantos crecen en palabras como crecen los cuentos, porque cuanto y cuento son aquí la misma cosa. Resulta en extremo difícil despiezar estos textos a fin de crear a partir de ellos nuevas narraciones dotadas no ya de autonomía sino de narratividad.

El Juego del Diabolo parte, pues, del relato más corto, uno de sólo seis palabras, cuyo título es Desayuno y dice así:

Cuando regresó el funcionario seguía ausente.

La mayoría de los lectores lo ha considerado un homenaje al celebérrimo relato de Augusto Monterroso, El dinosaurio, que dice Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí. No es del todo verdad.  Es cierto que tuve presente el relato de Monterroso y que quise escribir uno que tuviera menos palabras. Sin embargo, creo que la mayor gracia de Desayuno está en la renovación expresiva que supone la puesta al día en forma de cuántico de aquel famoso artículo narrativo, Vuelva usted mañana, del primer periodista español, Mariano José de Larra, escrito a principios del XIX cuando España pugnaba por ser una nación moderna.

A partir de Desayuno los relatos van aumentando palabras hasta llegar al último, de apenas página y media que se titula La Obra Maestra y que dice así:

Los tres compartían celda. Uno era alto y de ojos morunos, otro grueso y de porte nervioso, el tercero menudo y de poco espíritu. Un tribunal popular los había condenado a muerte. Eso era todo lo que sabían, porque ni se habían molestado en leerles la sentencia ni les habían señalado día. De vez en cuando oían las voces de mando de los pelotones de ejecución provenientes de alguno de los patios y en seguida las descargas de fusilería.

Pasó el tiempo y la rutina de la muerte entró en sus carnes en forma de una fiebre que les mantenía en un estado de abandonado frenesí. El más grueso lamía a veces la piedra de la pared en busca de sabores, el más menudo se concentraba en las formas del muro como dicen que había hecho Leonardo para buscar inspiración, el más alto escribía una novela. Pero, como no tenía papel, ni pluma, ni tiza, ni utensilio alguno para escribir, lo hacía en su mente, construía las palabras cuidadosamente, las corregía, las leía en voz alta, las comentaba con sus compañeros y las volvía a corregir.

Así, hizo una novela de más de trescientas páginas, trescientas treinta y tres exactamente, de treinta líneas por sesenta espacios, según sus precisos cálculos mentales. Bien memorizada, se la leyó más de una vez a sus compañeros. Pero pasaban los días sin que se ejecutaran sus sentencias y como aquella lectura a todos gustaba, fueron muchas las que hizo hasta que el más grueso de ellos logró retenerla también en su memoria, no sin hacer alguna corrección y sugerencia, discutidas, y en su caso aceptadas, por el autor de la novela. Entonces se les ocurrió que, por si alguno de ellos se salvaba, deberían los tres aprenderla de memoria para reproducirla en papel cuando las circunstancias lo permitieran. Los tres comulgaban con la idea de que era la mejor novela jamás escrita.

La novela mejoró todavía con las siguientes lecturas y correcciones, hasta el punto de que, cuando vinieron a buscarles, ninguno dudaba de su condición de obra maestra.

Un día se llevaron al más alto; otro, al más grueso; pero el tercero, menudo y de poco espíritu, fue indultado. Nunca logró transcribir la novela. Su memoria, tan desconchada como los muros que recibían las descargas de fusilería, era incapaz de presentársela entera. Ni siquiera lograba reconstruir el argumento completo. Sostenía sin embargo que era una obra maestra, una de las mejores novelas que jamás se habían escrito. Y así lo mantuvo siempre, incluso treinta años después de aquellos sucesos.

***

Creo que conviene ya terminar. Naturalmente en medio de cada uno de estos dos cuentos con los que ambos libros empiezan y acaban, hay muchos otros textos que, desde el punto de vista teórico que domina esta charla, tienen el interés de su enorme variedad, que va mucho más allá de lo temático. Hay relatos policíacos, de ciencia-ficción, fantásticos, mitológico, históricos, románticos… y metaliterarios.

Esa es una de las mayores virtudes de los cuánticos. Vida y literatura se fusionan en ellos con tal naturalidad que hace ociosa la vieja disquisición antes planteada, literatura de la vida o literatura de la literatura. Todo cabe en ellos. O dicho de otra manera: nada les es ajeno. En su molde no hay género que no se acomode a la perfección: Terror, futurismo, ensayismo, cualquier cosa, tradicional o renovadora. Su estructura es plástica y flexible, moderna y antiquísima, tan cercana a la esencia de la narratividad que ningún género ni forma puede apropiarse de ella en exclusiva, manteniendo igual frescura y vitalidad a lo largo de los siglos.

La literatura cuántica se nos aparece como más misteriosa y ambigua que la literatura convencional. Una literatura en la que el papel del lector resulta decisivo, tanto que colmaría las peticiones de aquellos famosos críticos que a finales de los sesenta preconizaban la hora del lector.