En América Latina podríamos decir: Félix Luis Viera ataca de nuevo. Y es que, luego del éxito que significó la idea de publicar en OtroLunes, por entregas, la novela La sangre del Tequila de este reconocido escritor y amigo; luego de que miles de lectores clickearan en cada número de la revista sobre los capítulos de su obra, convirtiéndose su espacio en uno de los más visitados por nuestros lectores, nos ha pedido comenzar otra novela por entregar y, sin pensarlo sabiendo que ello nos prestigia, hemos aceptado.
Félix Luis viera, como hemos dicho en otras ocasiones, es uno de los escritores imprescindibles en la historia de la Literatura Cubana desde que sus libros de cuentos Las llamas en el cielo y En el nombre del hijo adquirieron la categoría de “clásicos nacionales” y “libros de culto” para varias generaciones de escritores en la isla. Es uno de esos narradores que poseen fuerza y originalidad, algo que mucha falta le hace a buena parte de las cosas que bajo el rótulo de “literatura” se publica. Cuando se termina de leer alguna obra de este cuentista y novelista cubano se adquiere la profunda sensación de estar leyendo a un grande.
Aquí, entonces, emprendemos otra aventura junto a Félix Luis Viera. Sabemos que los lectores lo agradecerán.
Redacción de OtroLunes
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Llegó un hombre, que venía en automóvil, y me entregó un trocito de papel machacado, mal escrito: Tu papá está muy grave, corre. La nota era de mi mamá. Ella había abordado al hombre que la trajo en las afueras del hospital, me dijo él, para que le hiciera el favor de llevar este aviso a mi hijo, yo, que estaba en casa de Leticia —fue ella quien recibió primero al hombre— y precisamente en ese momento acabábamos de fornicar. Leticia no se inmutó. Lo tomó como si la nota dijera cualquier cosa distante. Es que la muerte es la sucesión, no otra cosa. Dijo. Y sumó: Y si vamos a ver, estar vivo es una frivolidad.
Tomé los dos autobuses que debían dejarme en el hospital. Estaban muy escasos (los autobuses) y demoré unos cuarenta minutos más de lo normal si la frecuencia de estos transportes estuviese como antes. Era una tarde de domingo de enero de 1962. Hacía un frío leve, un gris tenue, un airecillo enclenque que removía a las hojas de los árboles que rodeaban al hospital y a ciertos manojos de yerbas finas en el emboque del pasillo de entrada. Una mujer lloraba al comienzo de este pasillo. Es que ya se murió, me dijo, y agregó mi nombre. Yo no la reconocí; más bien no la conocía. La mujer sollozó fuerte cuando terminó de decírmelo y me abrazó mientras trataba de pasarme la mano por la cabeza, como para consolarme, pensé, pero no pudo: le faltaba estatura.
Estaban unos hombres que debían ser amigos de mi papá. Uno decía que él había conseguido ingresarlo en ese hospital, mediante las recomendaciones de unos conocidos del Ministerio de Salud Pública, y donde pensó —agregó— que mi padre (en ese hospital) se iba mejorar. Otro de ellos le replicó que desde 1959, con la revolución socialista, ya no era necesario tener amigos para que alguien ingresara en un hospital, y añadió que lo de mi papá (su enfermedad) ya no tenía gane. El primero respondió: Todavía hacen falta amigos para esto y para aquello, eso de la revolución socialista no ha cuajado todavía. Estos hombres me dieron el pésame y yo no sabía qué debía decir después que le dan a uno el pésame. Ni muy bien lo que decían de la revolución socialista. Eran cuatro o seis y creo que todos me expresaron cómo has cambiado, qué fuerte y qué alto te has puesto. Pero yo no recordaba a ninguno. Ni siquiera a un par de mujeres —sí, creo que eran dos— y como tres hombres que me dijeron que eran los hermanos de mi padre. Desde que me había ido con Leticia, siete años atrás, vivía como encerrado en un estuche; ella me lo había aconsejado, por tu bien, no lo dudes, solía repetir.
Tampoco yo tenía conocimiento de que cuando le avisan a alguien que un familiar está muy grave, casi siempre es porque ya está muerto. Eso lo escuché luego, en el velorio. Busqué un teléfono público para avisarle a Leticia. No había. Estaban rotos los que se hallaban en las afueras del hospital. Podía pedir permiso para llamar en una oficina del hospital. No tenía sentido: ya no había teléfono en casa de Leticia, lo habían cortado hacía más de un año, temporalmente, debido a “bajas de capacidad” en la compañía telefónica; temporalmente. Bueno: tampoco yo llevaba monedas en caso de que hubiesen estado listos los teléfonos públicos; Leticia me había dado dinero solo para los pasajes. De cualquier modo, ella tenía todas las experiencias que se puedan tener: ya sabría que si yo no regresaba en la noche, sería porque a uno le avisan que un familiar está muy grave cuando en realidad ya está muerto.
