Querido Felisberto:
Tú sabes que los aniversarios en general, y en particular si éstos se corresponden con la obsesión humana por los números redondos, son ocasión propicia para lo que Julio -Cortázar, nuestro común amigo, el mismo que hace 25 años se felicitaba de tu amistad sin haberte conocido- llamaba vestir el traje negro y la corbata de las disertaciones magistrales, de las que tú, como él mismo y yo otro tanto, nos gusta poquísimo a quienes preferimos leer cuentos o contar historias caminando por la ciudad entre dos tragos de vino.
Por ello, sin corbata ni protocolo, permite que abra la puerta del tiempo infinito donde ya nadie necesita encender las lámparas, para decirte que a falta de don Julio, que de seguro andará tras tus pasos, es menester recordar que ha llegado el tiempo de tu recuerdo. Cuando aún eras esclavo de tu propio Sinvergüenza, con más decepción que pesar, acertaste a decir que a ti, como a Kafka en su tiempo, recién habrían de reconocerte 50 años después de tu muerte. Ahora, ha llegado ese momento donde las manos equivocadas nada pueden hacer para que, con justicia, cabalgando esos tiempos sin tiempo, puedas compartir tertulia con Macedonio y Lezama Lima, jabalinas de poesía en mano, tal como imaginaba con no poca angustia Cortázar debería haber pasado antes.
No la tuviste fácil, Felisberto. No solamente porque por los tiempos de Clemente Colling, tu vidente maestro, las cosas no lo eran, y no solamente hablo de la miseria de fin de mes, de salas con públicos ausentes, de pagos rogados en billares, de olores de pensiones y hoteles descascarados, sino de que, como acertadamente lo dijera de tí un argentino muy uruguayo como Elbio Gandolfo: “para cierto tipo de consagración, y a partir de un territorio como el tuyo, no viviste el momento más adecuado”. ¡Como si elegir pudiéramos, Felisberto!
El Uruguay inevitablemente aldeano que te puso a vivir y a hacer música, mientras los cuentos de tu vida se iban escribiendo, se edificó en base al enamoramiento de las leyendas. Treinta y tres orientales de ésta margen del Río Uruguay pusieron en fuga al imperio lusitano. Ciento veinticinco años después, once orientales tras una pelota de cuero sumieron en el trauma a millones de brasileños. Ya ves que nuestra pequeña grandeza está hecha de homéricas humillaciones a los gigantes descendientes de portugueses.
En medio, hubo una generación nacida en el Uruguay de la paz de 1904, el Uruguay de Don Pepe Batlle, cálido vientre materno que acogió a todos los pensamientos, todas las voces, aún aquéllas que podían desafinar, con el único requisito que esas voces vinieran allende la mar océano y de preferencia, perseguidos, de ser posible de pensamiento. Esa generación, criada bajo el embrujo de las hordas bolcheviques entrando al Palacio de Invierno, se galvanizó en la lejana defensa de la República española, sangrientamente abortada.
Esa generación, cobijada bajo el techo de la incombustible capilla de Marcha, puso estrellas en el firmamento intelectual uruguayo, al tiempo que con igual certeza, bajó otras y a otras tantas simplemente les negó la posibilidad de emitir el más mínimo destello. Aquello de que todos tenemos un lugar bajo el sol, sometidos al imperio del todopoderoso dedo de la generación del ’45, se convirtió en una utopía. Como en toda congregación, no había allí lugar para sacrílegos. Mucho menos aún si podían ser catalogados de “derecha” y, tú perdonarás el exabrupto Felisberto, bajo la voz para decirlo aún hoy, para anticomunistas. Cuando ese poderoso pulgar apuntó al suelo, con la ventaja que me dan los años transcurridos puedo verlo con claridad, estaba decretado in secula seculorum tu condición de pianista acompañante del “Mandolión”, un verdadero vagón desenganchado de la vida, por usar tus mismas palabras.
Alguna vez dijiste de tus compañeros de correrías infantiles que desde chicos ya se veía que iban a ser personas mayores, en cambio tú te quedarías menor para toda la vida.
También dijiste que deseaste no mover más los recuerdos, y hubieras preferido que ellos durmieran, pero ellos han soñado. Y yo creo, como seguramente lo debía creer tu desconocido amigo Cortázar, que tú también soñaste con ellos que 50 años después, hubieran como hay hoy, muchos, miles y miles, asomados a “El Balcón” deslumbrándose con tus sueños en forma de cuentos y relatos.
Como más que merecido homenaje, estoy tentado de decirte que aquellos predicadores de capilla que bajaban su pulgar con tanto rigor, se equivocaron contigo con total éxito y debieron ver que, desde muy chico, tú ibas a ser un escritor mayor.
La historia, ese gran “acomodador”, acaba siempre poniendo las cosas en su lugar y las tierras de la memoria han sido definitivamente conquistadas por tus letras.
Felisberto, quiero creer que cuando hablabas de los 50 años que deberían transcurrir para tu merecido -imprescindible- reconocimiento, parafraseando a Milan Kundera, al igual que Shakespeare, sin tener predecesores ni preocuparte de seguir modelos, avanzabas por tu cuenta hacia la inmortalidad.
Allí seguirás estando, por derecho propio.
