Nunca antes en Cuba se había respirado ese aroma esperanzador que sólo dan los aires de cambio y, al mismo tiempo, es difícil recordar el temor intrínseco que destila cada hogar en la mayor de las Antillas ante la posibilidad del fracaso repetido. Un sentimiento que posiblemente duela más que el desencanto que a todos sobrecogió durante esa nefasta crisis económica conocida en el país bajo el eufemismo de Período Especial porque, en ese entonces, pululaba la resignación de mano con las ansias de escape y nadie, ni el más optimista, hubiese apostado por un futuro inmediato mejor (al menos, al interior del archipiélago).
Hoy, en cambio, varios se aferran al terruño y prenden velas a todos los santos conocidos y por conocer para que las condiciones, por fin, les sean favorables y se pueda demostrar que no es necesario emigrar siempre que se trabaje fuerte en pos de un bienestar. Se trata, en términos generales, de jóvenes para quienes el inicio fatídico de la década de los noventa no representa sino un mal recuerdo en el más terrible de los casos. Jóvenes, repito, soñadores, inocentes, tenaces, emprendedores, listos para la victoria y prestos a despreciar cualquier idea que se asemeje siquiera a una derrota. Exactamente el tipo de individuos que necesita la alta cúpula revolucionaria con el fin de proyectar la imagen de una sociedad pujante y optimista.
Sin embargo, sería un error endilgarle a esta generación un acople propicio a los vetustos cánones revolucionarios. Su deseo de iniciar un negocio propio o trabajar en el extranjero (y regresar), por citar los dos ejemplos más comentados, no se alejan mucho de los sueños de sus padres o abuelos. Sólo que, años atrás, subsistían en un número palpable, quienes defendían una ideología, inculcada sin duda, pero que era lo único que conocían (o creían a conocer) y, como el casabe a falta de pan, a ella se aferraban.
A inicios de este milenio precipitado, para la inmensa mayoría de jóvenes emprendedores, el socialismo es retórica gastada, aprendida en libros, que no se asume de la misma forma que medio siglo atrás. Aunque las propagandas se esfuercen por demostrar lo contrario, el joven cubano piensa en el dinero igual que lo hace el mexicano, el canadiense o el chino (cuyo socialismo en términos de economía es tan capitalista como el de Estados Unidos) y confía que éste lo conduzca al bienestar personal. Lo cual, a propósito y con el perdón de los idealistas, no se aparta mucho de la razón. El dinero no lo da todo, claro está, pero promete bastante.
Para ellos no existen ídolos revolucionarios que imitar. La figura de Raúl Castro les resulta tan opaca como la de su hermano pues ninguno tuvo que aplaudir sus primeros iracundos discursos y muy pocos cabecear con sus soporíferas alocuciones de los últimos años. Tampoco alguno de ellos necesita que se le indique el camino a seguir. A diferencia de sus predecesores que se apostaban frente al televisor en espera del próximo anuncio del comandante y, en dependencia de lo que dijera, vaticinar cómo sería su futuro inmediato. Entonces el noticiero de las ocho era la guía más confiable, vocero de las directrices gubernamentales y fiel conductor de esa costumbre socialista que se encapricha en generalizar estilos de vida y que, con el tiempo y tras no pocos desengaños, ha tenido que hacerse a un lado para dejarle espacio a un individualismo, a veces feroz, pero que propone diversidad y competencia.
Ese es el entorno actual de los jóvenes cubanos. Suerte de “sálvese quien pueda” muy parecido al “mata o morirás” con que antaño nos presentaron al capitalismo. No quieren del Estado más que aperturas. Nada de limosnas. Les tiene sin cuidado la libreta de abastecimiento o el fondo para la jubilación. Sienten que pueden valerse por sí solos y lo mejor, confío, es que más de uno lo logrará (incluso cuando muchas de esas aperturas no se materializan en tiempo y forma).
No creo desacertado afirmar que ellos recuperan, con hechos, temeridades y esperanzas, el amor por la tierra que pisan nuestras plantas sin importarles el odio inculcado al enemigo que la ataca. El mismo agresor que llevamos cincuenta y cinco años esperando y del cual, más nos seducen sus encantos que nos atemorizan sus espantos.
¿Será que esta generación de jóvenes es más patriota que la nuestra, rápida para emigrar y reacia a sobrevivir en nuestro patio? ¿Será que ellos poseen un cuadro político y económico más propicio para intentarlo? ¿Será que son más aguerridos o menos comprometidos con las causas presuntamente nobles que se esgrimieron en nuestro tiempo? ¿Será que ya no les importa un mundo mejor sino una vida mejor?
Lo cierto es que la diáspora parece pasada de moda y tema de discusión exclusivo para aquellos que la sufrimos y quienes no nos la perdonan. En cualquier caso, diría un joven cubano, obstinación de viejos. Ya perdió su carácter singular y provocador. A nadie le incomoda y cada vez a menos les preocupa.
Hubo que abrir la puerta de casa para comprobar que el calor doméstico, aunque desequilibrado y tenue, también gusta y favorece.
Sin embargo, nadie debe sentirse desplazado o minimizado por un argumento que tampoco se debe tomar cual axioma. Si bien hoy muchos quieren resolver su vida sin salir del patio, a riesgo de los descalabros que barruntamos generaciones anteriores, víctimas de una y otra promesa incumplida, en buena medida estos nuevos aventureros están en deuda con nosotros porque, nadie podrá negarlo, si pretenden pasar a la historia como la generación del reencuentro (con la patria, con lo nacional, con lo cubano), nos lo deben a nosotros que, desde cada rincón del mundo, entre destierros y añoranzas, les dejamos en nuestros sueños cómo puede ser esa existencia mejor que hoy se afanan por conquistar.
