“El esmero en el trabajo es la única convicción moral del escritor.”
Juan Marsé
Por lo general los escritores e intelectuales criticamos a los políticos con fiereza por sus elevados niveles de corrupción, por su infame o mediocre manejo de las ideas y de las palabras y por su inveterada tendencia a mentir y falsearlo todo, así como por su pobre desempeño en la gestión de su papel de oposición o frente a las instituciones del Estado cuando finalmente alcanzan el poder.
Justifica las crítica acervas a los políticos por parte de los intelectuales la clara conciencia de que aquéllos manejan recursos públicos y tienen en sus manos en buena medida el bienestar, la vida y el destino de los ciudadanos del país que los eligen y los votan.
Entiendo que está muy bien que se sea fuertemente crítico con los políticos y que se les exija siempre el máximo de transparencia, honestidad y buen hacer. Un desempeño óptimo de sus funciones encaminado siempre a la búsqueda del bien común. Pero también entiendo que los intelectuales deberíamos igualmente dirigir de vez en vez nuestro afilados dardos críticos sobre nuestro propio accionar y hacer. Y que en verdad esto lo hacemos muy poco, en muy contadas ocasiones o prácticamente nunca. No hay una clara tradición (ni vocación) de crítica ni de decidida autocrítica (salvo la de obras concretas a través de la “crítica literaria” que se manifiesta en revistas y suplementos) a las intervenciones públicas de los miembros del propio colectivo intelectual al que pertenecemos.
Se podrá pensar que el espacio en el que se mueven los intelectuales es un espacio personal y privado. Yo escribo mis charlas y conferencias (al igual que mis poemas y mis cuentos y mis novelas) con mis propios medios y recursos y con mi propio tiempo, etcétera. Pero esto no es así. Es el de los intelectuales y creadores igualmente un terreno decidida y claramente público. Las ideas y las palabras lo son en sí mismas y las obras resultantes de su accionar lo son de igual modo. ¿O no forma todo ello en definitiva parte esencial del patrimonio cultural y del rico acervo lingüístico de una nación? ¿Y no merecerá el intelectual destacado y notable en algún momento de su vida un reconocimiento por parte del Estado y de sus instituciones a través de premios, galardones y condecoraciones?
Pero además –y creo que esto no se señala lo suficiente con la debida contundencia y muchas veces incluso se oculta–, buena parte de las actividades de los intelectuales (seminarios, talleres, congresos, charlas, coloquios, presentaciones de libros, publicación de los mismos, viajes y desplazamientos…) son en numerosas ocasiones y en un buen número de países (es el caso del mío, la Rep. Dominicana) financiados con fondos públicos, con dinero del erario público, con dinero, en suma, de los contribuyentes. Una razón más (y de bastante peso) para que los intelectuales y su accionar y el producto resultante del mismo sea valorado, justipreciado y sometido a riguroso escrutinio y al más lúcido y severo juicio crítico. Pensando en la literatura social y su vocación crítica, el joven escritor argentino Patricio Pron (lo cita Javier Rodríguez Marcos en “¿Libros para cambiar el mundo?”, Babelia, 31 MAY 2014) reflexiona cómo “toda crítica debe ser primero autocrítica” y cómo no hay alternativa para un cuestionamiento eficaz de nuestros modos sociales por parte de una literatura sin interés en cuestionar sus propios modos sociales de existencia, sin cuestionar, en suma, la institución literaria, que es “reflejo de la institución política”.
Como habitual consumidor de cultura y asiduo participante de actos públicos de intelectuales y escritores son muchas las prácticas y actitudes de ningún modo edificantes y honestas que me he visto obligado a presenciar, soportar o trasegar rojiviolado de indignación y de ira en charlas, coloquios, debates y conferencias a lo largo de los años. El plagio es lo más destacado y habitualmente señalado como comportamiento negativo y, desde luego, censurado e incluso (por fortuna) perseguido judicialmente en gran parte de países; pero hay muchos otros comportamientos y actitudes (¿yerros y vicios?) que por regla general ni se señalan ni se denuncian ni persiguen ni tienen el deseable repudio y rechazo social. He aquí algunos notables ejemplos entre los muchos posibles en inventario claramente de ningún modo exhaustivo…
El conferenciante se excusa ante el público: “No se preparó la conferencia porque sencillamente no le gustan las conferencias, menos aún las “magistrales”, prefiere el diálogo suelto, libre, franco, en el que todos (sin jerarquías ni protocolos) se puedan expresar con entera libertad”. Tras esta aclaración exhorta vivamente al público a que formule sus preguntas y de inmediato más que interrogar o inquirir o preguntar la mayoría de los que intervienen se explayan en exponer largamente sus propias ideas sobre temas relacionados con la cultura, la literatura y la escritura o sobre lo que se les venga en gana. Desde luego que cuando al “conferenciante” le hagan entrega de sus honorarios no los repartirá equitativamente entre los asistentes que lo sacaron del apuro haciéndole el trabajo.
El conferenciante no ha escrito una sola línea sobre el autor que se le había asignado en la Feria Internacional del Libro de X, de manera que tras comunicárselo así al público, subrayándolo como un gesto de gran originalidad y que expresa su gran liberalismo y libertad (también teorizará, claro, sobre lo inadecuado de la “interpretación” y cómo sólo la obra puede explicar la “obra misma y al propio autor”…) se limitará a leer unos cuantos fragmentos de uno de los libros que más le agradan y complacen de éste. Así se pasarán la una o dos horas de conferencia. Desde luego, llegado el momento cobrará íntegramente sus honorarios como conferenciante docto y esforzado.
El conferenciante pide excusas al auditorio porque no trae escrita la conferencia que debía versar sobre su propia vasta, rica, profusa obra. En contrapartida, hablará de viva voz (improvisando) sobre cómo concibió, gestó y escribió la última de sus novelas. En el programa de mano a disposición de los asistentes se había consignado claramente: “Conferencia magistral”. Tras dos horas deambulando por aquel difuso laberinto de anécdotas igualmente percibe el conferenciante de parte de los organizadores del evento la totalidad de sus honorarios.
El conferenciante (es esta una variante “b” de la anterior actitud) pide excusas al auditorio porque no trae escrita la conferencia que debía versar sobre su propia vasta, rica, profusa obra. En contrapartida, leerá de viva voz fragmentos de algunas de sus numerosas novelas y cuentos. Tras una hora de improvisada lectura igualmente percibe de los organizadores del relevante evento la totalidad de sus honorarios. En algún caso los promotores del señalado acontecimiento cultural consignan, tanto en la invitación como en el programa impreso: “Lectura del autor”, pero nunca, en ningún caso, he conseguido entender el interés de este tipo de actividad, salvo claro cuando el autor “sabe leer” y lo hace como nadie, esto es, con perfectos y envidiables o insuperables dicción, entonación, ritmo, volumen de voz, timbre y tono, por no hablar de gestos y ademanes y expresión corporal general, cosa que claramente casi nunca se da ni ocurre.
El conferenciante trajo escrita y pulcramente digitada su “conferencia magistral” y de inmediato, tras la introducción del presentador, con voz límpida y segura y diáfana dicción, empieza la lectura de la misma. La totalidad del texto está compuesto por profusas citas interminables y por completo inconexas. Si hay en aquellas cuartillas cuatro frases de su autoría, de su propia cosecha, serán muchas. Hoy podemos hallar publicado íntegramente “el memorable ensayo” en una prestigiosa revista cultural o literaria latinoamericana…
El intelectual tiene que hacer un artículo para una prestigiosa publicación nacional pero por más que hace y se esfuerza y se devana los sesos no se le ocurre una sola idea que valga la pena. Tras varias semanas dándole vueltas al asunto sigue con la mente completamente en blanco, de modo que decide, ya desesperado (o quizá con la más absoluta serenidad, dado que es un habitual en estos menesteres y ya ante nada se arredra), llenar aquellas cuartillas (seis o siete) con un texto en el que habla de las dificultades que tiene para hacer el artículo en cuestión. Cuando pone punto final al texto sobre el texto, sonríe, se despereza, respira aliviado. Todavía no ha decidido en qué se gastará el cheque que vendrá a retribuir aquel tremendo y tortuoso, agónico y prolongado esfuerzo.
Una organización internacional le pide a un intelectual un escrito en el que éste debe reflexionar sobre la violencia en su país. Tras largos meses dándole vueltas y más vueltas al asunto, viendo que por más que hace no le sale una sola idea y sigue con la mente como siempre la tiene (en blanco resplandeciente) decide enviar a los organizadores de la novedosa y singular experiencia (cien autores hablan de la violencia en sus respectivos países) un texto en el que refiere cómo le ha sido imposible cumplir con su encomienda. Como además es cuentista, pone allí en medio de su ingenioso trabajo una de sus narraciones donde habla de la muerte de un joven en los alrededores de su barrio. Todo el artículo (dos a tres cuartillas) se lo pasa analizando el cuento en unos términos que aquél para nada sustenta ni refleja. Pero sin duda y bien a las claras su ego de autor consagrado queda plenamente satisfecho con los resultados logrados. Lo más inverosímil es que la organización internacional se aviene sin más (¡así andamos!) a publicar en su página web oficial aquel solemne, insulso despropósito que no contiene más que vagas generalidades sobre el serio y dramático fenómeno, si no lo oculta por completo de la manera más irresponsable e indolente…
El conferenciante prepara a fondo y a conciencia su disertación sobre el célebre escritor francés del que le pareció oportuno en esta ocasión tratar –o quizá el autor que los organizadores del evento tuvieron a bien asignarle. Vació por tanto a conciencia varias páginas de Google y sobre todo la prolija entrada de Wikipedia. Apenas sí cambió una coma de todo aquel batiburrillo de fechas, nombres propios de personajes, títulos enrevesados y larguísimos de obras y premios y galardones y sonadísimos lugares comunes, pero ya subido al podio, erguido, de pie, invicto, lee con voz pausada y firme y convencida como si todo aquello de verdad le perteneciese y aportase además al nutrido y entregado auditorio algo nuevo y valioso, un singular e inédito punto de vista sobre el autor de marras. Y a la hora de cobrar, ¡vaya si cobra!
El autor tiene preparada de antemano su disertación, la trae pulcramente impresa en Word. En esta modalidad hay grandes y eficaces especialistas. El texto suena muy bien, está organizado a la perfección en su estructura formal y en cuanto al límpido encadenamiento de ideas y argumentos. Se escucha con placer y deleite. Pero, ¡ay!, es el mismo texto que este señor (o señora) viene presentando invariable e idéntico a lo largo y ancho del planeta, en mil y un eventos y encuentros, desde hace ya demasiado tiempo.
Variante singular de este accionar (más difundido y extendido de lo que se puede llegar a pensar) es el que se puede denominar: “Síndrome del Power Point”. Helo aquí. El autor estrella, rabiosamente moderno y ya del todo familiarizado con los prácticos y efectivos medios digitales que tanto tiempo y esfuerzo ahorran, en vez de presentar su texto impreso en Word (Times New Roman, 12, interlineado 11/2) lo trae grabado en una memoria USB en formato power point y así lo proyecta desde su computadora portátil a través de un sofisticado data show en la blanca pantalla desplegable, y lo lee íntegro letra a letra, frase a frase y línea a línea. Esta modalidad es puesta en práctica con bastante frecuencia y asiduidad por profesores universitarios y funcionarios de alto nivel de prestigiosas entidades e instituciones culturales y académicas y en general de toda índole. Nada hay más aburrido y soporífero en la vida del espíritu que una de estas prolongadas sesiones de implacable castigo intelectual. Uno piensa que si se le hubieran enviado por correo electrónico el ominoso texto lo hubiéramos podido leer tranquilamente en la comodidad de nuestro hogar sin necesidad de estrujarnos con tanta gente desconocida que a uno nada le importa, ahorrándonos además (lo cual no es poco) el manejar hasta allí y el tremendo gasto de gasolina consecuente…
En algún señalado momento se prepara un coloquio sobre el microcuento en la Universidad X en el que están llamados a participan cuatro ponentes. Uno trae escrito su trabajo, otro lo improvisa allí sobre la marcha y otro más lee unas notas realizadas rápidamente el día antes para tal efecto. Todos se ciñen al tema estipulado de antemano y que a todos convoca. Pero el más listo y aprovechado del grupo, cuando le toca su turno de intervención, explica que leerá no un trabajo “sobre el microcuento, sino sobre el cuento”, ensayo analítico que había elaborado hacía ya tiempo y que versa sobre uno de los autores más relevantes del país. Con el mayor desparpajo y con la más notable desvergüenza lee aquél su texto fuera de foco y de programa. Todo queda grabado en vídeo (afortunadamente) para la posteridad y como prueba irrefutable de que en contra de lo que pudiera parecer ni exagero un ápice ni nada invento.
El conferenciante listo y avispado, y vago con ganas y con una cara dura de asombro, se para ante el podio y desde su altura explica y aclara preventivamente a su expectante y entusiasta auditorio: “Voy a ser breve, muy breve, pues no quiero cansarlos ni aburrirlos ni abusar de su tiempo”. El conferenciante suelta entonces tres o cuatro frases de apreciación personal, pura subjetividad impresionista sobre la humanidad y bonhomía del autor a tratar, cuenta una anécdota o incluso dos (parece que tuvo la señalada fortuna de tratarlo en vida), cubre así el expediente y cumple de forma somera con la formalidad y el trámite que le permitirá el cobro de sus emolumentos con el menor esfuerzo posible.
Estoy convencido de que estas prácticas aquí señaladas, que entiendo absolutamente inadmisibles, le hacen un tremendo daño a la cultura, a su difusión y promoción y a su desarrollo, así como a la valoración de la misma por parte de la gente y a la valoración que ésta hace o puede hacer de los llamados intelectuales en su conjunto.
Sin la menor duda que cuando en un acto o evento cultural tenemos la mala fortuna de toparnos ahí delante con un charlatán, un chapucero, un irresponsable, terminamos no sólo hartos y asqueados (o simplemente decidiéndonos a abandonar celéricamente la sala), sino también descreyendo de todo y de todos y sintiendo menoscabado nuestro interés hasta por lo más relevante, esencial y trascendente…
Ante estas negativas experiencias que aquí someramente he inventariado, hay, creo, dos movimientos, acciones o posiciones alternativas posibles por parte del público: apartarse definitivamente de la cultura y sus ritos por asqueo y aburrimiento o enrolarse a ella “afilando los dientes” y “relamiéndose el bigote”, en el entendido de que pueden extraerse de la misma importantes beneficios y aun incluso un real y auténtico prestigio sin demasiado esfuerzo y sin contar (al menos no necesariamente) con la preparación ni la solvencia ni competencia exigibles… Justo como ocurre hoy en nuestras castigadas sociedades con el accionar y activismo políticos y las organizaciones que lo promueven y sustentan…
