Están de espaldas a la ciudad. De pie frente a la bahía. Los edificios de Regla y los tanques de crudo en la otra orilla. Han salido de la casona, ahora lujosa y visiblemente marcada por un cartel que pone: “Museo del Ron”, perteneciente a la Fundación Havana Club, y llevan un rato quejándose de que la frialdad turística que impregna el lugar ha matado hasta el espíritu de lo que había sido el refugio de los jóvenes artistas y escritores cubanos, cuando en aquel mismo sitio estaba la sede de la Asociación Hermanos Saíz de jóvenes creadores, por entonces vieja, descuidada, pero con el aire cargado de la algarabía artística de la ciudad más artística de la isla.
Uno de los muchachos, de gafas montadas al aire, tira una colilla apagada a la nata de grasa y petróleo que enmierda los arrecifes cercanos y queda mirando una lancha que deja el muelle de Luz y se adentra en la bahía, rumbo al muelle de Casablanca, al otro lado.
— ¿Ves esa lancha? – le dice el de las gafas al otro, también joven, dueño de una larga trenza, a lo rastafari.
— Una lancha cualquiera – responde el de la trenza.
— No – replica él, cortante –. Es una lancha vieja, despintada, con el óxido comiéndose sus hierros, flotando en unas aguas que parecen limpias pero están llenas de mierda. Y, como si no bastara, se llama Habana.
— Tú siempre quejándote, se ve que eres poeta – se burla el otro y también lanza su colilla a las sucias aguas, apuntando a un pelícano muerto que flota entre palos y papeles, en la gruesa capa de petróleo de la superficie más cercana a ellos –. Mira el lado bueno de las cosas: este paisito nos da material para escribir en todas partes. Con lo que tus ojos de poeta ven en ese barco, sacas un gran poema y yo, narrador, le puedo sacar lasca en un cuento…
Asiente con un leve movimiento de cabeza, sin dejar de mirar hacia la lancha.
— Aún así – dice y su voz suena triste – a veces quisiera tener la mente fría para ver la vida como los demás, para poder ver en eso una simple lancha atravesando la bahía. Pero todo siempre me lleva a lo mismo: ese barco es como esta ciudad, como los cubanos, como nosotros.
Esta vez es el de la trenza quien asiente
— Virgilio Piñera tenía razón… – dice y hace una mueca de fastidio –. A los cubanos siempre nos perseguirá la maldita circunstancia del agua por todas partes… Aunque estemos en medio del desierto, el agua seguirá acosándonos, como si estuviéramos condenados a vivir así, como esa lancha, que miras y parece anunciarte su naufragio…
— Un eterno y jodido naufragio – suelta el de las gafas montadas.
