Leo algunas entrevistas al escritor indio Khushwant Singh que falleció hace unos meses en Delhi, la ciudad donde vivía. Había nacido en 1915 y tenía 32 años cuando en 1947 la India se independizó y se crearon los estados de India y Pakistán. Sobre aquella partición K. Singh dijo “No creo que el mundo haya visto algo de esa magnitud”. En su novela, Tren a Pakistán, K. Singh nos cuenta las razones que “muchos tenían para creer que habían pecado” en ese tórrido y polvoriento verano de 1947, y nos pone en antecedentes. Nos habla de los disturbios que comenzaron en Calcuta, el verano anterior, cuando se anunció la propuesta de dividir el país, y como las masacres se fueron extendiendo hacia el norte y el oeste, y empezó la mayor migración de la historia. En total, un millón de muertos y diez millones de desplazamientos. K. Singh explicó y repitió a lo largo de su vida los acontecimientos que acompañaron este desastre: la falta de visión de los futuros nuevos ministros J. Nerhu y M. A. Jinnah y su confianza en que tras la división todo estaría bien sin sospechar el horror que iban a ocasionar. El intento de Mahatma Gandhi por evitarlo, “fue el único que lo vio” e insistió a Nerhu en que aceptara a Jinnah como primer ministro para que Pakistán no se escindiera, “…pero no accedió, dijo K. Singh, Nerhu era muy ambicioso y veía a Jinnah como su rival”. La otra parte del drama, era que tampoco había muchas más opciones y según K. Singh la partición era inevitable. “Los musulmanes liderados por M. A. Jinnah y su agrupación política, la Liga Musulmana, temían, con la partida de los británicos, la venganza de los hinduistas, gran mayoría sobre la minoría islámica que había dominado la India durante siglos”. En 1947 el odio entre unos y otros era demasiado profundo, incluso los intelectuales musulmanes se pronunciaron a favor de un nuevo estado de Pakistán. Pero nadie pudo prever que la partición fuese tan sangrienta. Toda esta tragedia está viva y palpitante en Tren a Pakistán, publicada en1956. En Manu Majra, la aldea fronteriza de su novela, muchos de sus habitantes no sabían que los ingleses se acababan de marchar y que la India se había dividido. Allí, como seguramente en muchos otros lugares de la India rural, vivían en paz sijs, hindúes y musulmanes. Esta convivencia pacífica, esta tolerancia, es lo que encontramos al comienzo de la historia de Tren a Pakistán. En las páginas que siguen vemos como todo ello se va desmontando hasta que el odio y la intransigencia se apoderan también de la pequeña aldea. La historia comienza en aquellos días del sangriento verano, cuando la paz de Manu Majra se rompe con el asesinato de Lal Ram, el prestamista hindú. Ello coincide con la llegada del juez del distrito, y de Iqbal, un trabajador social. Cada uno con su pequeña misión, sus ideas y actitud ante los hechos. Tras la llegada, un día, de un tren silencioso y fantasmagórico de Pakistán con una misteriosa mercancía, los acontecimientos se precipitan y la catástrofe irá creciendo a imagen del río que pasa por Manu Majra con la llegada del monzón, hasta convertirse en algo incontrolable, algo que supera todo, ideas e intenciones. K. Singh nos deja asomarnos al horror de aquellos días sangrientos: trenes y ríos llenos de muertos, las casas vacías de los que se tuvieron que marchar, como él mismo lo hizo. La crueldad y la venganza ciegas. También nos muestra como el odio y la desconfianza se introducen como un veneno en los pacíficos paisanos (…con la precisión con la que un cuchillo corta la mantequilla, la visita del sargento había dividido Manu Majra en dos mitades). “En este país cualquier excusa es buena para deshacerse del vecino que no comparte la misma fe”, dijo, K. Singh. “La historia de la India desde la partición es la del ojo por ojo. Se trata de un juego infantil y sangriento. Podrá resumirse en eso de, usted mató a mi perro yo mato a su gato”. K. Singh escribió esta historia por desilusión, por tristeza, por la división de las dos naciones y le dio la forma de ficción a la no ficción, pensando que así tendría más impacto. Impactante es también El dios de las pequeñas cosas, deArundhati Roy, la novela “sobre la libertad y sobre las castas”, tal y como la definió la escritora. En ella, A. Royarremete contra los valores más arraigados de la sociedad india: la familia, el matrimonio, el papel de las mujeres y su marginación en todos sus estados: madres, hijas, hermanas, esposas… esposas divorciadas, la idolatría de las madres por los hijos varones, la religión, la política y el sistema de castas. La historia ocurre en Ayemenem, un pueblo de Kerala, en los años sesenta y trata sobre una familia de cristianos sirios. Ese pequeño círculo familiar refleja esa complejísima sociedad en la que encontramos un mundo dividido: el de los tocables y los intocables. A. Roy da una larga y completa lista de las rígidas y férreas normas de vida entre unos y otros (no entrar en las casas, no tocar nada que los tocables pudieran tocar…). Refiriéndose a las castas, Khushwant Singh habló de “estructura mental compartimentada” “en un país, dijo, que había aceptado las distinciones entre castas durante siglos, la desigualdad se había convertido en una construcción mental innata”. Esta estructura compartimentada se extiende a todos los niveles de la sociedad y contagia a otras religiones en las que no existe el sistema de castas. En el libro de A. Roy, muchos intocables se convierten al cristianismo para escapar “al flagelo de su intocabilidad”, sin embargo, en su nueva fe seguirán siendo parias y se les tratará como tal. “En la India, dijo A. Roy, existe el apartheid. Sin duda, las castas son peor que el apartheid”. En el libro se pueden leer frases así “La mayoría de esta gentuza es de la casta de los barrenderos”. Cochu María, la cocinera de la casa de Ayemenem “no deja de usar sus pendientes de estilo Kunnuku para que todos supiesen que a pesar de su trabajo era una cristiana siria…de casta alta. Tocable.” Y Bebé Cochama, la tía solterona y resentida, dirá de Ammu, su sobrina, al enterarse de su relación con Velutha, el paraván “¿Cómo es posible que haya aguantado su olor? ¿No os habéis dado cuenta de que los paravanes tienen un olor especial?”En una entrevista en Le Figaro, W. Sinhg declaró que “A pesar de haber sido abolido en 1950, el sistema de Castas sigue vigente… en cuanto a los dalits siguen siendo los eternos perdedores”. En El dios de las pequeñas cosas, Velutha, el paraván hábil e inteligente, representa hasta qué punto este sistema era inmutable y rígido e impedía todo ascenso social, “mamachi solía decir que era una pena que fuese paraván porque si no habría podido llegar a ser ingeniero…” En esta historia todos infringirán las normas y al igual que K. Singh, A. Roy nos deja ver el horror del castigo, las consecuencias para muchos de aquellos que se atrevieron a infringir las leyes y se rebelaron contra ese mundo que calificó de “petulante y ordenado”. Dos historias terribles e inolvidables; una buena manera de dar a conocer y denunciar.
