
Pedro Crenes Castro, en el Parque El Retiro, de Madrid, con el escritor panameño Salvador Medina Barahona.
Panamá, más que un país a un canal pegado, aporta al DRAE una palabra interesante, de aplicación exclusiva allá o en países cercanos a su distribución geográfica. Se trata de “interiorano”, que compartimos con los ecuatorianos y que en el caso panameño, tiene dos acepciones: “Natural del interior del país, no capitalino” y “Perteneciente o relativo al interior del país”.
De chico oía hablar de los interioranos, de la gente que venía de las provincias a la capital a buscarse la vida, dejando atrás el campo para llegarse con ilusión al ajetreo de la ciudad. El cantautor panameño Pedro Altamiranda dice en un momento de su canción “Homenaje a mi pueblo”. “el interiorano que comió del cuento y a la ciudad vino”.
En Madrid resulta que soy interiorano de la capital, estoy en el vientre del gran pez, como el viejo Jonás de la Biblia. Una parajoda muy a lo Cabrera Infante. Un interiorano en el interior del gran pez: la reiteración es casi sisífica, una condena de esas que liberan definitivamente.
En esta doble reclusión, en medio de la oscuridad provocada por la distancia de mi literatura de origen, me afano por beber de la tradición de los que antes pasaron por las letras de mi tierra. Desempolvo libros viejos, ediciones viejas, temas viejos. En el vientre del pez, al revisar a los escritores de antes, se atisban luces y sombras. Caminos que transitar, testigos que recoger, errores que evitar. Es como visitar a viejos parientes que uno no recordaba, se trata de una tarea de iluminación, a veces de exhumación, pero siempre es una tarea gratificante. Para bien o para mal.
César Aira, escribió hace años un “Diccionario de autores latinoamericanos”. Me lo encontré en la librería Galerna en Buenos Aires, creo que era el último ejemplar. Me lo llevé por el autor y por unas palabras de la “Advertencia” que abre el diccionario: “…está dirigido más bien al lector, y dentro de esta especie apunta a los buscadores de tesoros ocultos”. Buscadores, de eso se trata, de pasarnos en el vientre del gran pez más de tres días para concentrarnos, desde el interior, en el bullicio de un pasado que sin ser mejor (en unos casos sí), hay que conocer para saber dónde anda uno en esto de escribir. Esta idea de conocer la tradición se la escuché al escritor colombiano Alejandro José López una mañana en la Universidad Complutense mientras presentaba su novela “Nadie es eterno”.
La idea de matar a los padres siempre ronda las mentes de los escritores. Es una suerte de mecanismo que se activa y lleva a más de uno a cruzar la línea que se para el relevo del asesinato. Entonces se despotrica de los viejos, se les resta importancia (por ignorancia muchas veces) y hasta se pelean en vida las generaciones pasadas con las presentes. Pero hay que conocerse, leerse y discutirse. Desde el vientre del pez, en la oscuridad de los días y las noches, esperamos ser vomitados en la playa de la luz. Cierto olor ácido acompañará nuestra conciencia pero el mensaje a la “gran ciudad” será claro: hay que leer para atrás, allí están los que ya caminaron, los que escribieron y a los que debemos superar: matar está muy feo aunque sea al padre.
Pedro Crenes Castro (Panamá, 1972). Desde 1990 vive en Madrid donde publica críticas y reseñas literarias en la revista digital Papel en blanco además de colaborar con el diario digital El Librepensador. Forma parte del equipo docente de los Talleres Literarios en Panamá. Ha sido incluido en la antología “Los recién llegados” (2013) en Panamá y en Francia, en la antología “Lectures du Panama” de la Universidad de Poitiers (2014). Ha publicado la colección de cuentos “El boxeador catequista” (2013) en la Editorial Foro/taller Sagitario de Panamá. Mantiene una columna semanal, “Desde Madrid”, en el suplemento literario “Día D” del periódico Panamá América. Acaba de publicar el libro de microrrelatos “Microndo” en la editorial Casa de Cartón de Madrid.