España se ríe de Casandra

Juan Carlos Chirinos

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Laocoonte González y Casandra Rojas se casaron en enero de 1996 en una pequeña iglesia al norte de Caracas, a los pies del majestuoso Ávila. Él había llegado una década antes procedente de Maracaibo con diecisiete años, porque había sido admitido en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela. Como todo estudiante de provincias, Laocoonte aprendió muy pronto los trucos para ahorrar el dinero que su mamá, una vendedora de empanadas del mercado municipal de Maracaibo, le enviaba mensualmente con mucho esfuerzo, pero con religiosa regularidad. Ciento cincuenta bolívares de 1984 que le alcanzaban para pagar la residencia de estudiantes donde vivía, los pasajes de autobús de ida y vuelta a la universidad, lavar la ropa, un ocasional libro o un cine, y para las comidas del fin de semana, pues el resto de su alimentación la conseguía en el comedor de la Ciudad Universitaria, que sólo costaba dos bolívares, un bolívar el desayuno. No podía comer todo el tempo, desde luego, pero con el almuerzo, o con solo la cena, Laocoonte se las apañaba para llegar al día siguiente sin desfallecer. De todas maneras, comer mucho no le servía más que para que la modorra no lo dejara estudiar en la Biblioteca, a la que iba con asiduidad: no podía darse el lujo de desperdiciar la oportunidad que su madre estaba construyendo para él con la venta de las empanadas que hacía desde las cuatro de la mañana. No era justo para ella, ni para él, ni para la historia de su familia. Laocoonte sería el primer universitario de su estirpe, el primer abogado de la familia, la esperanza para que los demás llegaran a donde él había llegado.

Casandra nació en Caracas y había estudiado en un colegio de monjas del centro de la ciudad. El padre, contable en una oficina, ajustó el presupuesto familiar para darle la mejor educación, y como era la única hija, todo era más fácil. También había hecho ballet en la escuela de Parque Central y había estudiado música en el Conservatorio Juan José Landaeta: tocaba viola con destreza pero con los años ella misma se dio cuenta que eso no era lo suyo. Tardó en entrar en la universidad porque no se decidía a estudiar; finalmente, obedeciendo los consejos de su padre, se inscribió en la escuela de Administración; al fin y al cabo, los números y las tablas corrían por las venas de su familia, y para ser artista siempre hay tiempo.

No los presentaron; simplemente Laocoonte estaba haciendo la larguísima cola del comedor y Casandra llegó con unos compañeros suyos. De inmediato hubo una conexión entre ellos, y desde ese momento, hasta el momento en que salían de la iglesia, ya casados, no se habían separado un instante, o se habían separado lo mínimo indispensable.

El futuro era promisorio; de mucho trabajo y esfuerzo, pero promisorio.

En diciembre de 1998 Venezuela se abrió hacia un nuevo destino; los amigos de Casandra y Laocoonte celebraban que, por fin, se habían acabado los años de corrupción y malandreo y veían en el nuevo líder, ese que había tratado de dar un golpe de Estado en 1992 y que “por ahora” no había podido alzarse con el poder, al hombre que el país había estado esperando desde la muerte de Bolívar. Él, por fin, haría de Venezuela el gran país que merece ser. Pero Casandra y Laocoonte no se mostraban igual de entusiasmados; en los casi dos años que llevaban de casados, las cosas no les habían ido del todo mal; es verdad que aún no se habían decidido a tener hijos, porque no se sentían financieramente capaces de sostenerlos, y que habían podido alquilar un apartamento en La Candelaria con esfuerzo y no sin sobresaltos; que la corrupción era ya normal en casi todos los ámbitos del país; pero había algo en el discurso del líder que no terminaba de convencerles. “Y esa mirada, Laocoonte”, decía Casandra, “esa mirada no me gusta. Y no me gusta lo que significó aquel ‘por ahora’ de 1992”. Sin embargo, las perspectivas de nuevas oportunidades, el entusiasmo de sus amigos más inteligentes y el clima general del país, los fueron doblegando poco a poco, y ya Casandra no sabe decir cuándo fue la primera vez que fue a un mitin, a una celebración en la que el líder los arengaba con justicia y con razón. Sí; algo había cambiado para bien, la justicia social sería para todos. ¡Si el líder hasta había jurado quitarse el nombre si no acababa con la humillación de los niños de la calle!

En 2001 se empezaron a ver los cambios; algunas cosas no terminaban de arrancar en la revolución, pero sin duda ya se percibían los efectos positivos de los nuevos tiempos. Había que tener paciencia, tarde o temprano la clase media a la que pertenecían Laocoonte y Casandra disfrutaría de los beneficios que la buena distribución de la riqueza traería para todos.

En 2008, después de un paro petrolero, un intento de golpe de Estado y todo tipo de zancadillas del capitalismo contra la revolución, aún quedaban esperanzas en Casandra y Laocoonte. Es cierto que habían tenido que alquilar un apartamento muchísimo más pequeño a las afueras de Caracas, porque estaban hartos de que los robaran un día sí y otro también en La Candelaria, y a causa de la ocupación de inmuebles la zona era cada vez más peligrosa. Además, de noche, Caracas cada vez es más oscura.

2011 fue un año horribilis para Casandra y Laocoonte: a principios de enero, ella, de tres meses, había sufrido una caída por las escaleras que le produjo un aborto. Era una niña a la que habrían llamado Casandra, como ella y como su abuela. En marzo, Laocoonte tuvo que vender a un precio irrisorio un terreno que su madre le había dejado en Maracaibo, porque el gobierno nacional se lo exigió así: la otra opción era que se lo expropiaran. Por suerte, aún con algunos contactos en el gobierno regional, logró que le ingresaran el dinero con relativa rapidez (en octubre ya lo tendría en la cuenta). A Casandra no le habían “renovado” el contrato en el ministerio, aduciendo causas laborales, pero ella sabía que su firma solicitando el revocatorio contra el líder tarde o temprano le pasaría factura. En julio, Laocoonte se quedó también sin trabajo: la empresa para la que hacía consultoría jurídica había decidido marcharse del país, harta de que el gobierno nunca pagara las deudas. Con tres meses de alquiler vencidos y seis de luz y de agua, Laocoonte y Casandra conversaron una noche de septiembre:

—¿Y ahora qué hacemos, Lao?

—¿Qué vanos a hacer? ¡Vámonos pa’l coño!

Casandra entendió perfectamente lo que quería decir su marido. Por suerte, en España habían abierto un periodo de nacionalizaciones de nietos de exiliados republicanos, y ella había aprovechado para sacarse su pasaporte español. Sin pensarlo más, hicieron las maletas, vendieron todo lo que podían vender, legalizaron sus títulos y en mayo de 2013 ya estaban en Madrid, habían logrado montar una pequeña venta de cartuchos para impresoras, en la que vendían bombones y algunos refrescos. No era el trabajo soñado, pero al menos podían sentir el aire nocturno de una ciudad iluminada. Madrid era tan segura para ellos, que a veces les daba miedo.

Hicieron amigos muy rápidamente, pues el cálido humor maracucho de Laocoonte los atraía. Y él pensó si no sería buena idea meterse en los asuntos del barrio, en hacer política en un país tan rico sumido en una absurda crisis. Así que empezó a preguntar, a ver qué opción le gustaba más y dónde podía meterse mejor.

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Pablo Iglesias, líder del partido Podemos.

Ayer me tomé un café con Casandra. Su cara bonita estaba desencajada por la tristeza. Al parecer, por primera vez en treinta años ha dejado de ver a Laocoonte más de una semana; la política —o una mujer nueva— lo tiene ausente de la casa. Ha peleado con algunos amigos españoles porque ella, que ha sufrido durante años la mentira, el autoritarismo del líder muerto y sus secuaces, la corrupción que eso conlleva y el daño que ha representado para Venezuela haber escuchado esos cantos de sirena, les ha advertido de lo peligroso que es aupar el populismo. Pero nada, nadie le hace caso, se ríen de ella, se burlan, y le dicen que esto no es Venezuela, que esto es España, y que en España no pasarán nunca las cosas que pasan “en esos países”, y levantan la barbilla; hartos como están de los políticos y los empresarios corruptos, de los privilegios de las castas y de la monarquía, dan su confianza plena a estos muchachos nuevos, inteligentes, con ideas claras y sensatas, con ganas de cambiar las cosas para bien, “¿es que a ti no te gusta lo que dicen, Casandra?”, la interrogan. Ellos son, sin duda, la solución más adecuada para España, un país europeo.

—¿Y sabes qué es lo que menos me gusta del líder que ellos ahora celebran, Juan Carlos? —me preguntó antes de despedirnos— La mirada. Esa mirada resentida ya la he visto en otra cara. Y ese “por ahora” que me atemoriza, siempre. ¿Se repetirá aquí el desastre de Venezuela?

Sin saber qué decirle, le doy dos besos y veo cómo se aleja, tristísima, por la Gran Vía —por primera vez sin su Laocoonte, su compañero, después de tres décadas.

Del Autor

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Juan Carlos Chirinos
(Valera, Venezuela, 1967) Estudió literatura en su país y en España, donde reside actualmente. Ha escrito novela, relatos, biografía y teatro. En Venezuela, sus cuentos han sido incluidos en las antologías Las voces secretas y La vasta brevedad, ambas publicadas por Alfaguara en Caracas, y 21 del XXI, editada en la misma ciudad por Ediciones B. Ha publicado las novelas El niño malo cuenta hasta cien y se retira (2004, 2010), Nochebosque (2011), y Gemelas (2013); los libros de relatos Leerse los gatos (1997), Homero haciendo zapping (2003) y Los sordos trilingües (2011), así como las biografías Alejandro Magno, el vivo anhelo de conocer (2004), Albert Einstein, cartas probables para Hann (2004), La reina de los cuatro nombres. Olimpia, madre de Alejandro Magno (2005) y Miranda, el nómada sentimental (2006). Actualmente reside en Madrid.