Muchas cosas alrededor no son más que sistemas, conjuntos de relaciones que van de un punto a otro, y en ese desplazarse real o simbólico se suceden eventos que contradicen lo que asumimos vez como natural o lógico, y se redimensionan el mundo y nuestra forma de comprenderlo. Pasamos de un equilibrio a otro, o al menos eso intentamos, pues en ocasiones los sistemas no pueden alcanzar ese otro lugar donde, al menos por un tiempo, todo parecerá de nuevo natural o lógico.
Uno de los eventos que nos arrojan de nuestros puntos de equilibro es la ausencia. A nivel personal, la ausencia la marca la distancia pero principalmente la muerte. Me atrevería a decir que todos hemos pasado por alguna experiencia en la cual al morir cierta persona se produce una profunda crisis. Las familias se pelean, las rencillas suben a la superficie, las lealtades se reorganizan, se dan luchas entre personas que hasta poco antes se sentían unidas por lazos inquebrantables. Cuando yo estudiaba en Costa Rica, allá por los ochentas, un miembro de nuestro grupo de amigos cayó gravemente enfermo. Ese muchacho no era uno de los líderes, tampoco alguien carismático del cual todos estuviéramos pendientes. Sin embargo, él significó una de las primeras rupturas de nuestra vida como adultos. Su enfermedad fue sorpresiva y lo mató en poco tiempo. Algunos del grupo se dedicaron a cuidarlo, mientras otros tratábamos de llevar una vida “normal”—es decir, en negación de la inminencia de la muerte—y cuando nos presentábamos al hospital donde los otros velaban no hacíamos por lo general un buen papel. Recuerdo perfectamente la tarde de su muerte, tan repentina como esperada. Lo sacaron en una camilla rumbo a la morgue, cubierto como es de suponer, aunque su pie derecho había quedado expuesto. Esa imagen, la del pie de un amigo muerto, es la última que guardo de esa etapa de mi vida. Quienes se hicieron cargo del enfermo estaban exhaustos de meses de velar y de creer en una posible recuperación. Quienes íbamos y veníamos entre nuestras rutinas y el hospital quizás nos sentíamos liberados porque al fin todo había acabado. A partir de ese momento ese grupo de amigos se dispersó por completo. Ya no éramos eternos, ni invencibles, ni inmortales, ni gozábamos del privilegio de ser solidarios ante cualquier prueba. La muerte nos había hecho madurar y lo que encontramos al final del camino no era fácilmente comprensible y creo que tampoco hermoso.
Pero hay otros sistemas más impersonales, fríos, en los cuales nuestro rol es usualmente marginal. En lugar de entrar, caemos en ellos. Un ejemplo serían los aeropuertos, su dinámica de vuelos que llegan y vuelos que salen, todo medido con la mayor precisión para que cada pieza ajuste en su sitio. Pero cuando alguno de los componentes se sale de control los aeropuertos se convierten en un verdadero caos. En ese sentido, uno de los peores enemigos del equilibrio de los aeropuertos es el clima. Basta una breve tormenta para que la lógica de aterrizajes y despegues se altere. Entonces miles no podemos llegar ni salir. Nos quedamos en un limbo que puede durar días en acabarse. Tal vez el peor caso ocurrió en noviembre del 2005, cuando pretendía volver de Los Ángeles a Nueva Orleáns. Supuestamente debía estar en casa hacia las 5:00 PM, pero el clima a lo largo de las distintas rutas, los cambios en las tripulaciones y hasta asuntos de combustible hicieron que al final arribara a mi ciudad hacia las 3:00 AM. A esa hora, ese noviembre, en Nueva Orleáns regía un toque de queda. La Guardia Nacional tenía cerrados los accesos y, según los rumores, la falta de un lugar dónde dejar a los infractores había dado pie a muchos abusos. Yo tomé mi auto en el aeropuerto y sin pensarlo mucho me dirigí a mi casa. En el límite entre las parroquias de Orleáns y Jefferson varios vehículos militares bloqueaban parcialmente la calle. Pero no había soldados visibles, ni luces, ni un puesto dónde registrarse, o preguntar, o rogar permiso para que lo dejaran a uno seguir. En mi recuerdo, fui bordeando los vehículos muy despacio, como lo hacían los personajes de “Los pájaros”, la película de Alfred Hitchcock. Seguí por esas calles donde nadie debía estar, transgrediendo una norma a la cual yo no estaba acostumbrado. Al llegar a mi casa, agotado y muy temeroso, sabía que algo se había roto entre ese mundo tan familiar y yo.
Los años 2004 y 2005, por ejemplo, marcaron un cambio dramático en mi propio sentido del equilibrio, mi relación con las demás personas e incluso con la tecnología. A pesar de la larga historia de lucha contra los huracanes, la ciudad de Nueva Orleáns seguía creyendo alegremente que una gracia especial la protegía de la destrucción. Iván (setiembre 2004) fue una de esas tormentas que casi con certeza se iba a ensañar con la ciudad, pero las autoridades esperaron y esperaron por el tradicional golpe de suerte. Llegó un momento en que ya no se pudo ignorar la proximidad del huracán, entonces el alcalde y otras autoridades anunciaron una evacuación obligatoria e inmediata. Ya era demasiado tarde, pues la tormenta arribaría en menos de doce horas. Medio en pánico, medio en duda, preparé mi salida con algunas personas cercanas. Para aquel entonces yo no tenía teléfono celular, así que mi amigo Mike me cedió el suyo para que estuviéramos en comunicación en la carretera. La idea era tomar la autopista número 10 hacia el oeste, con una primera parada en Baton Rouge, la capital del estado de Luisiana, que dista a una hora de Nueva Orleáns. Ahí nos organizaríamos para manejar otras cinco horas hasta Houston. Cuando intentamos tomar la interestatal 10, la vía estaba totalmente colapsada. No se podía encontrar ningún policía ni otra autoridad competente para darle algo de sentido—o al menos esperanza—al caos en el que nos habíamos metido. La hora de distancia entre las dos ciudades se convirtió en nueve, y lo que parecía imposible de dejar de funcionar, la red de teléfonos celulares, colapsó por completo, supuestamente debido al volumen de llamadas entrantes y salientes. La única manera de poder comunicarse con los amigos era irlos a buscar. De todas maneras la autopista se había convertido prácticamente en un enorme estacionamiento, y bien se podía ir de un carro a otro sin perturbar a nadie.
Cuando finalmente llegamos a las afueras de Baton Rouge, decidimos regresar a New Orleans. Sería imposible encontrar alojamiento en Baton Rouge y seguir hasta Houston significaría quizás unas veinticuatro horas adicionales en la carretera. Para evitar encontrarnos con las autoridades tomamos carreteras secundarias. Así pasamos por las enormes y tristes refinerías que hallan cerca del río Mississippi, así llegamos a los límites de la ciudad sin que nadie nos impidiera el paso y sin otros autos que pretendieran—como nosotros—entrar a esperar la tormenta. Nos refugiamos en un edificio del centro. A última hora, Iván tomó rumbo al oeste y devastó Mississippi. La mañana se presentó despejada, hermosa, y el nuevo equilibrio se dejó ver por primera vez en la forma de una pareja de ancianos que paseaba su perro frente al edificio donde pretendíamos guarecernos de la tormenta.
Hace unos días, en Costa Rica, la primera lluvia fuerte de la temporada hizo que la ciudad de San José colapsara. Yo iba en taxi rumbo a casa, y el chofer tenía sintonizada una emisora que daba frecuentes reportes de la situación. El taxista, alertado por los problemas, tomó atajos por varios barrios del sur en una especie de carrera contra lo inevitable. San José estaba tomada por la lluvia y la urgencia, pero el tiempo necesario para llegar a nuestros destinos se duplicaba, se cuadruplicaba, se convertía en la medida de nuestra impotencia. Entonces volví a pensar en los sistemas y los equilibrios. Volví a pensar en nuestra fragilidad, y creo que también en nuestra arrogancia.
