Teju Cole vuelve a casa

Edmundo Paz Soldán

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Teju Cole pertenece a una de las diásporas más enriquecedoras de la literatura contemporánea, la nigeriana (incluye entre otros a Helen Oyeyemi, Taiye Selasi y Chimamanda Ngozi Adichie). Cole se convirtió en un autor central gracias a Ciudad abierta, su segunda novela, que expandía el territorio abierto por W. G. Sebald a la vez que se alejaba de ciertos tópicos de la literatura de la inmigración. Su primera novela, Every day is for the thief(2007), acaba de ser publicada en los Estados Unidos. Ambos libros tienen puntos en común, sobre todo la presencia de un narrador que construye su relato a partir de su inquieto deambular por una ciudad: allá, Nueva York, aquí, Lagos. Hay, sin embargo, una diferencia central: si la Nueva York deCiudad abierta se abre a múltiples posibilidades para el narrador, la capital nigeriana de Every day parece abierta a todos excepto para el narrador; el retorno a casa es la imposibilidad del retorno a casa. 

Every day is for the thief es la historia de un inmigrante nigeriano que vuelve a Lagos después de vivir quince años en el exterior. Cole no se esfuerza mucho por construir una “novela” en el sentido tradicional del término: el género es más bien un medio para un fin. En su estadía en Lagos, el narrador se encuentra con familiares, viejos amigos y amores pasados, pero no hay esfuerzo por extraer un gran conflicto de esos (des)encuentros. Pese a que hay escenas memorables, la psicología de los personajes no se complejiza lo suficiente. Todo sirve para que el escritor vaya armando una tesis sociológica sobre la Nigeria de hoy. Ahí Cole está en su elemento, y sus observaciones son agudas, mordaces, poéticas, tragicómicas, elegantes (las fotos en blanco y negro que acompañan el relato son también suyas y muestran su gran ojo para la composición).

La estructura de cada capitulo es similar: el narrador observa algo del nuevo Lagos que le llama la atención y extrae conclusiones. Ese nuevo Lagos crece de manera imparable, pero su creatividad parece sobre todo dirigida a buscar nuevas formas de practicar la corrupción. Están los jóvenes que en los cafés internet piden millones de euros por email (“los que cuentan las mejores historias son muy bien recompensados”); los policías que te detienen para pedirte unos dólares; la vendedora de la estación de gasolina que te da menos de lo que te cobra; para los nigerianos, “dar y recibir sobornos… no es visto en términos morales. Es una leve irritación o una oportunidad”. Nigeria se desarrolla, pero la suya es más bien una modernidad falsa, que no produce nuevas formas de pensar: “no existe el material filosófico para lidiar con los bienes materiales que los nigerianos consumen. Volamos en aviones pero no los producimos… usamos celulares pero no los hacemos” (la forma en que Cole piensa Nigeria es un buen punto de partida para preguntarnos qué estamos haciendo en el continente con el progreso económico de los últimos años).

El ethos del narrador está cerca de la sinceridad brutal e incorrección política de un Naipaul: puede admirar muchas cosas de Lagos y conmoverse ante los recursos con que los nigerianos afrontan el día a día, pero no esconde su mirada pesimista de snob a esta ciudad carente de buenas librerías e incapaz de apreciar el arte occidental (los museos son patéticos, y tampoco es fácil conseguir un buen profesor de piano o violín). Reconoce que Nigeria es una mina de historias para un escritor como él, pero su nivel de tolerancia es muy bajo como para sobrevivir en un ambiente tan precario (los primeros días disfrutaba de los intempestivos cortes de luz; al final es superado por ellos). Así Lagos se cierra para el escritor expatriado; o quizás fue el escritor el que, al irse, se cerró para Lagos.

Del Autor

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Edmundo Paz Soldán
(Bolivia, 1967). Escritor y profesor. Considerado una de las voces esenciales de la actual literatura latinoamericana. Profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Ha publicado las colecciones de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998), y las novelas Días de papel (1992), Alrededor de la torre (1997), Río fugitivo (finalista en el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, 1998), Sueños digitales (2000), La materia del deseo(2002), Palacio Quemado (2006, 2007), Los vivos y los muertos (2009), Norte (2011) e Iris (2014), con la que incursiona en la ciencia ficción. Es coautor, junto a Alberto Fuguet, de la antología de nueva narrativa latinoamericana Se habla español (2000) y con Gustavo Faverón de Bolaño salvaje (2008). Entre sus premios se cuentan el Finalista de Letras de Oro 1991 con Días de papel (Estados Unidos), el Premio Erich Guttentag 1991 por Días de papel (Bolivia), Premio Juan Rulfo, 1997 por el cuento “Dochera”, el Premio Nacional de Novela de Bolivia 2002 por El delirio de Turing, la Beca Guggenheim (2006) y Finalista del Premio Hammett 2012 (Semana Negra de Gijón) con la novela Norte.. Su novela más reciente es Iris (Alfaguara, 2014).