José Lorenzo Fuentes, un regreso a los sueños de Brígida

Sobre su vida y obra

Manuel Vázquez Portal

Manuel Vázquez Portal, escritor cubano.

Manuel Vázquez Portal, escritor cubano.

¿Y ya se puede escribir sobre José Lorenzo Fuentes? Le pregunté, tras una sonrisa socarrona, a mi amigo el poeta Efraín Rodríguez Santana, quien dirigía por entonces (1987) la revista Unión, de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, y me había pedido una nota valorativa sobre la novela Brígida pudo soñar, recientemente publicada por el sello editorial Letras Cubanas.

Él sonrió también. Todos sabíamos. Hoy rosado, mañana punzó. Pero por ese tiempo había como una ilusión de flexibilidad. Rostros alejados de la casona de El Vedado regresaban, aún con ojos temerosos, a merodear por sus jardines, se engolfaban ante los principiantes cotejando a  su modo glorias y avatares pasados, o simplemente asistían altivos y silenciosos a tertulias y jubileos. Libros escamoteados a los jóvenes lectores reaparecían en ediciones apresuradas y hasta premios y viajes al extranjero se prepararon para los antiguos excluidos.

Era notoria la carrera rescatista de la nueva política cultural. Parecía el fin de la grisura y el calvinismo de “dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada”. En Moscú soplaban vientos de renovación y La Habana se aprestaba para un gatopardismo que dura hasta hoy, cuando un José Lorenzo Fuentes, apacible y pobre, pero apreciado por su obra, ya clásica, y su bonhomía proverbial, pasea sus ochenta y nueve años por Miami, y, a veces, en tardes de reencuentros y nostalgias, nos cuenta sus peripecias y tribulaciones sin que el odio haya germinado en su corazón.

Unos meses después (1988) se reeditaría Después de la gaviota, un libro mítico, casi de culto, calificado de majestuoso por narradores de la estatura de José Soler Puig y Eduardo Heras León, según cuenta Amir Valle en el prólogo a la edición de la editorial Iduna de Miami en 2008, imposible de encontrar en las bibliotecas públicas cubanas pero que los jóvenes habíamos leído a hurtadillas, con la fruición propia del gusto por lo prohibido, como habíamos hecho con Fuera de juego o Siete contra Tebas.

José Lorenzo Fuentes renacía de su hibernación tras el Caso Padilla, y, aunque la resurrección no fuera por mucho tiempo –luego se enrolaría en la firma de una carta disidente de diez intelectuales encabezados por la poetisa Maria Elena Cruz Varela que lo enviaría de nuevo al congelador- ya era posible opinar sobre su obra sin que un comisario político, travestido de escritor, “te halara las orejas”, o sobándose la pistola mal disimulada bajo la guayabera, te aconsejara “por tu bien

Acepté la propuesta de mi amigo Rodríguez Santana. Leí la novela a las volandas y garrapateé algunas consideraciones, más impresionistas que académicas, que no recuerdo, pero sé que justipreciaban la obra del autor de Patas de conejo y El lindero.

José Lorenzo Fuente, quien había gozado de la confianza de los más sobresalientes líderes de la revolución –así lo constatan fotos de la época donde aparece el autor junto a Fidel Castro y  Ernesto “Che” Guevara en un campo de golf- parecía destinado, por sus avales de participante en la batalla de su Santa Clara natal, luego de incorporarse al Segundo Frente del Escambray, a ser el mimado por la protección del nuevo poder, pero no tardó mucho –quizás por su férrea honestidad o su insondable ingenuidad- en convertirse en un apestado y ser relegado a un silencio de sepulcro.

Hoy, es otro amigo quien me convoca a escribir sobre José Lorenzo. Un mensaje cordial y respetuoso llega desde el gélido Berlín. Trae la firma de Amir Valle, quien dirige la revista digital OtroLunes, y he vuelto a elegir Brígida pudo soñar para mi comentario, porque me siento en deuda con esa novela sobre la que escribí entre asustado y presuroso.

A la sazón, en corrillos literarios y cotilleos de funcionarios se murmuraba que la novela era un calco del estilo garciamarquiano pero necesidades extraliterarias imponían su publicación. Era la segunda novela en que el autor –aparentemente perdonado, pero siempre bajo sospecha, y devuelto al ámbito literario- abordaba la llegada de la revolución de 1959 con una visión laudatoria.

La primera había sido Viento de enero, ganadora del Premio Nacional Cirilo Villaverde de 1967 en la cual el autor relata la vida de un oficial del ejército de Fulgencio Batista durante los primeros quince días  del poder revolucionario y lo describe huyendo, escondiéndose, refugiándose en diferentes lugares hasta que es apresado por la policía, y que le agenció comentarios de sus contemporáneos, a favor y en contra, siempre con la circunstancia política gravitando sobre el entorno artístico como una vara estricta para medir actitudes.

La realidad ficcional de José Lorenzo Fuentes era, según ellos, una segunda colada del café macondiano. Olvidaban que esas serventías mágicas venían trazándose desde antes de Después de la gaviota. Aducían que el tono narrativo también era guiado por el ritmo del colombiano ilustre, como si ese fluir alucinado, trepidante y musical de la prosa no le viniera al idioma desde que aquel loco sublime de Alcalá de Henares, quinientos años antes,  escribiera: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor», cadencia que ha acompañado desde entonces a los mejores narradores de la lengua. Pero era necesario minimizar el impacto del reincorporado autor de Tareas de salvamento, no fuera a ser que los encumbrados de trincheras y alabanzas se descarrilaran también del árido realismo socialista tropical imperante.

De aquella nota que escribí para la revista Unión, y de la cual no recuerdo una línea siquiera, han pasado exactamente treinta años. Yo mismo andaba muy enamorado de Cien años de soledad, aunque me acompañaban más a menudo El reino de este mundo, de Alejo Carpentier y Cayo Canas, de Lino Novás Calvo.

Mi romance con Cien años de soledad terminó abruptamente, no sé cuándo, tal vez al saber que su autor usaba su fama y su prestigio para servir de recadero a Fidel Castro en asuntos muy lejanos de la literatura, pero mi fidelidad a El reino de este mundo se vio acrecentada cuando Mario Vargas Llosa – en un acto de justo homenaje al autor de El siglo de las luces y claro reproche a la academia sueca por haberlo relegado- confesó que al recibir la noticia de que había ganado el premio Nobel de literatura, lo estaba releyendo, otra vez.

Quien se haya detenido a escuchar el salmo armonioso de la prosa de Alejo Carpentier, de Mario Vargas Llosa, de José Donoso, de Juan Carlos Onetti, o el propio Gabriel García Márquez, sabe que esas secuencias lexicales de alto poder seductor no son otra cosas que las sonoridades exquisitas del buen narrar en lengua española, y de la cual José Lorenzo Fuentes se apropió antes de que el suelo de Macondo se tapizara de flores amarillas tras la muerte de José Arcadio Buendía.

Esa tercera persona de un narrador omnisciente que adopta el pretérito imperfecto del modo indicativo para contar su historia,  es el cántico reposado del abuelo que con la vista clavada en el recuerdo nos dice: había una vez una princesa… y al cual estamos acostumbrados desde que, por primera vez, pusimos los ojos sobre un libro.

Así de injustos y aviesos eran los cuchicheos adversos a Brígida pudo soñar, una novela que, por extrañas razones, ha sido poco estudiada.

Y heme aquí que treinta años después, cuando me quedan pocos apremios y menos sustos, vuelvo a deleitarme, en esta ocasión con un ejemplar de aquella misma edición cundida de erratas y descuidos editoriales de 1987, prestado por el propio José Lorenzo, con su desbordante prosa y sumergirme en el enrevesado psiquismo de unos personajes que hacen de su cotidianeidad un tejido que va de la precariedad de sus vidas a la sugestiva búsqueda de una trascendencia más allá de su existencia.

Vuelvo a pasear por esos mundos fundacionales en que la literatura iberoamericana es prolija, y El Toro, donde una Brígida Augusta de la Soledad Canosa, cuya última profecía onírica fue el triunfo de unos barbudos que se habían alzado en arma contra del gobierno establecido, tiene sueños que luego se materializan, y muere virgen, a manos de la soldadesca, aun esperando al anunciado hombre de la media luna que nunca llego, o ella dejó pasar, sin percatarse de que en los cuernos de las vacas que ordeñaba Donatilo Gómez  se encontraba la señal profetizada por su madre en una taza de agua clara donde flotaba una hojita de toronjil; un Tranquilino, de pensamiento adivinador y manos de artista frustrado, pugna por morirse sin que lo aqueje enfermedad alguna, para que, al menos, después de muerto se hable de él, es a José Lorenzo Fuentes como puede serlo Comala a Juan Rulfo o Santa María a Juan Carlos Onetti, pueblos más hijos de lo ficcional que de lo geográfico, y que no es solo Macondo donde los espejismos alcanzan la condición hiperbólica de realidades vistas a través del prisma del absurdo.

José Lorenzo Fuentes es tan inaugural en los temas y modos de abordaje del llamado “realismo mágico” o “lo real maravilloso” como los más reconocidos escritores del llamado Boom Americano, solo que, como sus propios personajes, estaba predestinado a una trayectoria vital más escarpada y tortuosa. La revolución cubana de 1959 que, según algunos especialistas –casi todos intelectuales orgánicos de izquierda- fue el catalizador para que Europa pusiera sus ojos en la literatura que se escribía en Suramérica, acarreó para José Lorenzo Fuentes prisiones, exclusiones, exilio y trapisondas encaminadas a anularlo, mientras él resistía con lo terquedad que había imprimido a su personajes.

Brígida pudo soñar es la cubanidad por el entorno -ya sin el nativismo, lo pintoresco o la exagerada u oportunista epicidad que la antecedió- y es lo universal por la visión de tragedia humana con que son concebidos sus personajes y situaciones dramáticas. Estructuralmente se acerca, como en el caso de casi todos los representantes del Boom, a William Faulkner más que a otros. Hay en ella historias paralelas que van del presente al pasado y del pasado al presente en armónico discurrir y se entrelazan guiadas por  personajes cargados -sin maniqueísmo alguno- con las todas virtudes y miserias de la condición humana.

Si por una parte, Brígida Augusta de la Soledad Canosa, con su belleza implacable, fue la causa de que aquel rincón de la tierra ubicado solo en la imaginación de José Lorenzo, pero similar a todos los caseríos donde los seres humanos asientan sus familias, se convirtiera, con la arribazón de más de cuatrocientos varones atraídos por las emanaciones de una hembra en sazón, en un pueblo; el resto de los personajes alcanza también la estatura de héroes. Son personajes concebidos y elaborados con la misma dimensión de la protagonista. Desde el Tranquilino gastado en fabricar gallos y elefantes de yeso o el gigante Desiderio Camacho, capaz de arrancar de cuajo una ceiba del monte para pasearla entre las casas, destrozando aleros y cornisas, para llamar la atención de Brígida, y luego casarse, por despecho, con Verónica Romero, la mujer más fea del pueblo, hasta el avaro, deforme y tramposo Alejandro Balbuena que, aun siendo el hombre más acaudalado de la comarca, nunca consiguió que una mujer se le entregara por amor, y murió, entre vómitos, sobre el vientre de una ramera.

Con un desenfado lexical que dota a su lenguaje de una soltura sin pujas, en que el humor aflora sin rebuscamientos, José Lorenzo retoza con clímax y anticlímax dramáticos con un equilibrio y una pericia de alambrista entrenado, y tras la tensión trágica de la inminente caída de personajes condenados por su destino inexorable, aflora una sonrisa que confirma la eficacia de lo lúdico ficcional del narrador.

En otros momentos, dada la exuberancia de los escenarios y contextos, la voz narrativa se torna de un lirismo sinfónico que frisa la poesía sin que su prosa cernida y certera se vea disminuida o entorpecida por resonancias espurias, lo cual no priva de vocablos crudos, sin llegar al realismo sucio, cuando son narratológicamente requeridos.

Los diálogos, breves y cortantes, administrados con parquedad y prudencia, y haciendo uso cauteloso del peligrosísimo coloquialismo del habla popular, ubican a los personajes en un cómodo sitio expresivo que los caracteriza y diferencia de los otros personajes y de la propia voz del narrador.  Y ello se debe al innegable dominio de la palabra, la idiosincrasia nacional, y la ausencia de estereotipos preconcebidos que acompañan al autor desde que, en su juventud, el poeta Emilio Ballagas lo estimulara a continuar la ardua faena de escribir.

A lo largo de la novela, una habilidad de orfebre paciente escolta a José Lorenzo, quien va trenzando cada trama o subtrama con una meticulosidad que deja el todo engarzado sutilmente, sin que costurones torpes estropeen el fluir de la historia total en sus ascendentes líneas argumentales. Así, Brígida Augusta de la Soledad Canosa, como centro irradiador de todas las anécdotas, se convierte en la aguja con que el narrador va bordando el delicado e intrincado tapiz en que devienen los intensos relatos que dan cuerpo a la obra. Luciano, un semental candoroso, capaz de fornicar por jornadas de hasta doce hora, que conoció la fortuna y fue víctima del engaño y la pobreza, asesinado por la espalda en su primera salida de casa tras su regreso a El Toro, se vincula a ella por ser hijo de Tranquilino, unos de los cuatrocientos pretendientes frustrados de Brígida; y Terina, la hija díscola de Gumersindo Moscoso, integra el caleidoscopio cuando Alejandro Balbuena, otro rechazado por Brígida, y tras su fracaso con la fea Verónica Romero, viuda de Desiderio Camacho, la descubre luego de que una ventolera repentina le levantara la falda a la muchacha en plena calle y el vejete quedara hechizado por la visión hasta el fin de sus días.

Sucesos y personajes giran en torno de Brígida guiados por la mano de avezado demiurgo en que se convierte José Lorenzo Fuentes para entregarnos, quizás, la más alucinante de sus historias, pero que disfrutamos sin remilgos, a pesar de su escasa verosimilitud, porque, a decir verdad, ninguna narración que juega con la prestidigitación de la fantasía, requiere de lo creíble para que la aceptemos.

¿Acaso le pedimos a Alejo Carpentier que nos dilucidara los actos de licantropía con que Mackandal se convertía en ave del cielo o animal de los bosques? ¿Le solicitamos a Carlos Fuentes que nos explicara el sortilegio de como Aura se transformaba desde una ruina humana en una apetecible joven seductora y lujuriosa? ¿Requerimos de Juan Rulfo para que nos argumentara la posibilidad de un pueblo habitado por muertos?

No. Solo nos deleitamos con una historia entretenida y bien contada, sobre otros mundos que pueden resultar mejores o peores, más agónicos o felices, que el cual habitamos, y que es, al final, lo esperado de un escritor, más que compromisos ideológicos o funciones sociales que justifiquen su obra para hacerla inmortal.

José Lorenzo Fuente como Tranquilino, personaje casi alter ego del creador, creyentes ambos de un destino inalterable, descubrió desde hace mucho que la inmortalidad radica precisamente en morirse insatisfecho, y que mientras queden pálpitos hay que bregar contra toda vacuidad de los días que nos son asignados en El reino de este mundo porque es la única forma de legar una herencia útil a los demás y no morir como un cretino. Y eso hace aún: escribir, que es el oficio que mejor  ha ejercido siempre