A Mila, mi milagro
1
EL mejor de los cuentos posible es aquél que nos envuelve con su rítmico y sonoro oleaje como una agua benéfica como un magma nutricio y nos deja plenamente fertilizados como las aguas del Nilo lo hacen cada año con las amplias tierras de sus márgenes.
2
EL mejor de los cuentos posibles es aquél que nos hunde en mayor incertidumbre y desasosiego que cuando emprendimos su lectura y nos lleva de desazón en desazón y de perplejidad en perplejidad hacia interrogantes y cuestionamientos sin fin que jamás tendrán respuesta.
3
EL mejor de los cuentos posibles es aquél que nunca concluye y de manera sistemática y persistente se va regenerando a sí mismo sin llegar jamás a término y con la intensidad de un Maelstrom nos mantiene atrapados en su vórtice o recurrente trama concéntrica hasta el momento mismo de nuestra muerte…
4
EL mejor de los cuentos posibles es aquél que conforme lo leemos con avidez y voracidad crecientes se va deshaciendo ante nuestros ojos como niebla o humo o finísimo polvo micronizado y nos lleva irremisiblemente al silencio a la nada al vacío primigenios sin que jamás podamos alcanzar su sentido indescifrable…
El socavón –¡ávida boca!– que finalmente opera bajo nuestros pies todo lo engulle y succiona y por él caemos vertiginosamente ya durante toda la Eternidad…
6
EL mejor de los cuentos posibles es aquel que refleja escueta fulgurantemente en toda su compleja y desgarradora realidad el dolor humano…
7
Estragado por el insomnio leía en la alta noche en la cama. Era un cuento, era sin duda el mejor de los cuentos posibles. Conforme devoraba su subyugante trama (porque literalmente la devoraba) éste se deshacía en el aire como humo y en igual proporción y medida su propio cuerpo se consumía. Cuando llegó al final de la prodigiosa historia (¿cómo iba él a sospechar que ambos estaban hechos de la misma, idéntica sustancia?) desapareció…
8
El primer cuento pudo brotar como una flor de forma espontánea y nada premeditada ante el impacto de las maravillas de la naturaleza, ante el asombro y el arrobamiento del ser ante la fulgurante belleza del mundo.
Pudo surgir para atenuar el dolor inmenso de una herida, para colmar una sensible, desgarradora carencia, llenar un hueco, un insondable vacío.
Pudo nacer asimismo ante la imperiosa necesidad de exorcizar miedos, temores e incertidumbres (ya en los oscuros tiempos de las cavernas y siglos adelante alrededor del danzante fuego, cuando el mágico elemento había sido venturosamente domesticado por el homo sapiens) o ante un terrible fracaso o una humillante y desoladora derrota –de labios, por tanto, de un fracasado o de un derrotado.
Pero también (es otra conjetura) pudo surgir del asombro ante los triunfos rutilantes e incuestionables del héroe, los cuales, a su vez, fueron minuciosa y laboriosamente adornados y enriquecidos (es decir, exagerados) a lo largo de centurias para ser exaltados a mito y leyenda.
Hay que tener presente (si es que queremos entender a fondo y cabalmente el prodigioso y complejo fenómeno que nos ocupa) que sin cuento (sin relato) no hay Estado, no hay Nación. Ahí están algunos notables ejemplos de ello entre muchos posibles que lo demuestran de forma fehaciente. En España el Poema del Mio Cid y la Chason de Roland en Francia.
Más próximo en el tiempo y en la geografía, ya de este lado del Atlántico, los jóvenes norteamericanos empeñados en tener a toda costa una Nación elaboraron sus trepidantes historias del Far West pobladas de héroes y villanos a caballo y con pistolas y sombreros y las plasmaron en grandes pantallas en cinemascope y en tecnicolor.
Los argentinos, por su parte, construyeron asimismo su propio relato nacional: la literatura gauchesca que nos donó, entre otros singulares personajes de leyenda, el bravo y corajudo y feroz Martin Fierro.
El cuento, el relato, crea, funda, explica interpreta y reinterpreta y finalmente sostiene la realidad.
