Por cada envase de cristal le dan veinte centavos. Y por las latas de cerveza, cuando lleva un saco, se gana algo para comer, o un pulóver de la empresa española que los recicla y que él vende luego sentado en algún portal junto a otras cosas que la gente tira y que siempre alguien necesita. Hasta eso ha descubierto: es increíble cómo en aquella ciudad la gente compra cosas que otros han desechado.
Ha tenido que dejar el negocio más rentable: el de los ladrillos y las tablas de madera vieja. Hay mucha competencia. Porque en cualquier sitio se cae un edificio y allá van, como moscas, los rescatadores de ladrillos y tablas, que desnudan las paredes caídas de los ladrillos que no se han partido y de las tablas y maderas que todavía pueden aprovecharse en nuevas construcciones, para luego vender todo a esos miles de habaneros que están desesperados, intentando salvar sus casas, de modo que no sea una más de esas que se desmoronan como un helado bajo el sol tórrido de este rincón del mundo.
De cuando en cuando encuentra sobras de comida que puede utilizar. Y casi siempre las envuelve en algo que parezca decente y las vende a algunos viejos tan pobres como él, diciéndoles que es comida que un familiar les regaló y que a él no le gusta, aunque el mejor negocio está en llenar las bolsas plásticas con las sobras y llevarlas a quienes cuidan cerdos, pues esos pagan bien porque alguien les haga el trabajo más pesado: conseguir el alimento para sus animales.
Le gusta trabajar en Centro Habana. O en La Habana Vieja. Siempre hay sorpresas en la basura, y tiene la seguridad de que no tiene que apurarse mucho: a veces tardan en recogerla quince días, o un mes, y las lomas crecen y crecen muchas hasta casi tapar los latones grises, desbordados. Se da un verdadero banquete. Y encuentra de todo, preocupándose sólo por buscar allí donde otros como él no han buscado.
Al principio le daba algo de vergüenza. Y se escondía. Y era un verdadero sufrimiento estar velando a que la calle quedara vacía para poder hurgar en el latón de basura.
— Mamá, ¿por qué ese señor está metiendo las manos en la basura? – le oyó decir en aquellos primeros días a una niña de cuatro años que pasaba, de la mano de su madre.
— Es un buzo, mi’ja – respondió la madre, sin importarle que él pudiera oírla –. Son gente muy pobre y cada día vas a ver más.
— ¿Son perdedores, mamá? – replicó la niña –. Papá dice que los que no son como nosotros en este país es porque son perdedores.
La mujer se detuvo, miró fijamente a su hija y luego miró lo miró a él, que había dejado de hurgar en la basura cuando escuchó la última frase de la niña.
— ¡No le hagas caso a tu padre! – dijo y la miró a los ojos, con ternura –. Nosotros también fuimos pobres, mi’ja. No olvides eso nunca.
