Categoría: Unos escriben

Lourdes a toda costa

Mario Sanz Cruz, farero y escritor español.

Mario Sanz Cruz, farero y escritor español.

Dentro del libro de relatos, de la escritora Lourdes Ortiz, titulado Fátima de los naufragios, hay un pequeño cuento llamado El farero. En él, Lourdes describe la vida del farero desde su punto de vista, imaginando que, en la soledad del faro, ese hombre le pone nombre a las olas y distingue unas de otras; se relaciona con los vientos como con personas que se meten en su vida, que le fastidian y, a la vez, son sus amigos. En fin, ella imaginaba al farero como un solitario contento de serlo, que se relacionaba mejor con el Levante, las olas o las gaviotas que con la gente de los pueblos y las ciudades. Un eremita casi feliz y al que todos los urbanitas han envidiado alguna vez.

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Lourdes y el verano

Mariasun Landa, escritora española.

Mariasun Landa, escritora española.

El verano se hace añicos al terminar la infancia.

Nos quedan los fragmentos, los instantes de antiguos días eternos, cuando el mundo giraba más lento, cuando el mar era, entre otros placeres, un espejo en el que proyectar el porvenir, y masticábamos el aburrimiento con impaciencia. El sol arañando los hombros descubiertos, el salitre ofertando una nueva piel, el refresco helado, el lento crecimiento de las uñas de los pies desconocidos del invierno, el sombrero de paja siempre torcido, dicen que dicen, hablar por hablar, un lametazo al helado, parece que te mira, hoy no me ha hecho caso, a ver si mañana, porque mañana es todavía joven y repleto de noticias, pequeñas como conchas trituradas en la orilla de la playa, sólo entonces hubo verbenas y fiestas y bailes entorno a un kiosco, cabellos aún mojados del último baño vespertino, hablemos chicas mientras la aventura llega, formemos esos grupitos tupidos sentadas en un pretil,  en cualquier rincón inhóspito de la noche veraniega, dejemos que las palabras vayan describiéndonos, construyéndonos, contrastándonos unas a otras, los chicos entre empujones nos miran con inquietud, ¿de qué hablan?

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Lourdes Ortiz o el telón de la verdad

María Teresa Caro Valverde, Universidad de Murcia.

María Teresa Caro Valverde, Universidad de Murcia.

Lourdes Ortiz trabaja el verbo sin limitaciones ni hipocresías. Intelectual y artista crecida en el aprendizaje de la enseñanza y la vocación colaborativa en medios culturales polimorfos, su palabra se abre paso por el boquete de un infinitivo (escribir) en abrazo indispensable con un gerundio (experimentando) para lograr una poética de la autenticidad, cuyo manifiesto integra las formas múltiples de comunicación estética de su humana ideología sobre asuntos de incumbencia solidaria donde la mujer y la literatura afilan su sentido en los mitos que talan el tronco imperioso de la política social.

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Lourdes, la sonrisa que todo lo calma

Marga Piñero, profesora titular de Literatura Dramática en la Real escuela Superior de Arte Dramático de Madrid.

Marga Piñero, profesora titular de Literatura Dramática en la Real escuela Superior de Arte Dramático de Madrid.

Me impresiona siempre la voz de Lourdes. Ese continuo susurrar, como si estuviera meciendo las palabras con temor a despertarlas. Cuando se la escucha hay que esperar un poco, observar sus gestos y después captar el significado de lo que está diciendo. Su tono de voz te obliga a estar muy pendiente, a estar concentrada y al final de la conversación siempre recuerdas su sonrisa, porque sonríe mucho y eso amansa siempre al oyente, aunque no coincidas plenamente con lo que está diciendo.  Me pasó esto la primera vez que le hice una entrevista para El Correo de Andalucía, en Sevilla, ya la conocía pero ahí descubrí  que su fuerza, su lucha, su deseo, su modo de “estar viva”, de estar en tensión, se cubre siempre con una sonrisa cómplice que no te aparta, que no te empuja, que relativiza incluso lo que ella defiende y por tanto puedes diferir cómodamente. Admiro mucho esta singularidad de su carácter, porque abre puertas y comprobé, años más tarde, cuando me dio clase de Historia del Arte, que era su herramienta fundamental para enseñarnos todo aquel caudal artístico tan imprescindible para un alumno de Arte Dramático y que tanto le apasionaba. Sin subir el tono, escondida en aquel proyector de diapositivas, iba despertando la inteligencia, abriendo la mente a la imaginación, explicando los conceptos, inyectando el amor a la belleza…. Desgranando una sonrisa de disfrute por ver nuestro disfrute…

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Parte de vuelo (Para Lourdes Ortiz)

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre mucho sé pero no quiero recordar ahora, hay desde antaño un gran aeropuerto, que con el tiempo se fue convirtiendo en un importante nudo internacional. Hasta él arribé feliz una reciente y venturosa mañana de julio con la bienintencionada voluntad de emprender un viaje transoceánico a una bella ciudad austral, que palpita frente a un río inmóvil. Hasta ese lugar extravagante y populoso, que es el hangar de los mil sueños y también de las mil penurias, llegamos mi mujer y yo arrastrando con entusiasmo dos enlutadas maletas de ruedas.

Nuestro equipaje era escaso en ropas pero muy  rico en dulces cántabros que mi mujer, que acababa de renovarse el rojo intenso de su cabellera, había recolectado con mucho mimo en las mejores confiterías de Santander: mullidas quesadas de Gómez y sobaos pasiegos de Casa Macho eran nuestro leve y diabético tesoro.

Todo iba aparentemente bien en la larga fila vocinglera que esperaba en el luminoso mostrador de embarque, pasaportes y billetes en mano aguardábamos ansiosos de quemar etapas y estar ya en viaje. Cuando llegó nuestro turno una sonriente azafata nos anunció no sin alguna sorna que, pese a tener nuestra reserva confirmada y haber llegado a tiempo, la compañía aérea se permitía no embarcarnos en ese vuelo. ¿Qué delito de viejo o nuevo cuño habíamos cometido para sufrir ese brutal castigo, y no poder subir al majestuoso Airbus de Iberia que debía llevarnos a la lejana ciudad reina del Plata?

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Lourdes Ortiz, en susurros

Recuerdo número uno

Ignacio García May, dramaturgo español.

Ignacio García May, dramaturgo español.

En 1984, recién ingresado en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, una compañera me dice: «Voy a apuntarme en el seminario sobre las vanguardias históricas que imparte Lourdes Ortiz. ¿Me acompañas?» Ignoro quién diantres es la tal Lourdes Ortiz y además aborrezco cordialmente las dichosas vanguardias. Para colmo la clase va a impartirse los sábados en horario de mañana, es decir, justo en ese momento de la semana que dedico a cultivar mi disciplina favorita, el dolce far niente. A pesar de todo (e ignoro por qué) digo que sí; y me apunto; y no sólo me apunto, sino que voy.

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Lourdes (Lublake)

Lilit Žekulin Thwaites, traductora y profesora australiana.

Lilit Žekulin Thwaites, traductora y profesora australiana.

A Lourdes la conocí primero (alrededor de 1983) a través de sus obras – cuentos, novelas, obras de teatro, ensayos – y de una serie de artículos de un grupo de académicas norteamericanas expertas, entre otras cosas, en la literatura de las denominadas “Generaciones de Postguerra” (Matute, etc) y de 1975.  Fue sólo algo después (mi primer sabático, 1987) cuando la conocí en persona en Madrid, pero tengo que confesar que desde estos primeros “contactos” literario-académicos con Lourdes – entre ellos un cuento en una antología de cuentos de mujeres compilada por Ymelda Navajo1 – sentí que se abría un vínculo directo entre nosotras, un vínculo basado primero en palabras e ideas escritas, y luego en palabras, ideas y experiencias vitales habladas y compartidas en persona.

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Réquiem por un rey artista

Juan Antonio Vizcaíno - Foto: Emeterio Díez.

Juan Antonio Vizcaíno – Foto: Emeterio Díez.

A Lourdes Ortiz le había fascinado Ludwig, la película biográfica –sin dejar de ser profundamente personal- sobre el rey Luis II de Baviera, dirigida en 1973 por Luchino Visconti, que volvió a ver a comienzos de los noventa, cuando se reestrenó en cines la copia completa y restaurada de tan monumental filme, que casi le costó la vida a su director. Años más tarde, la autora viajó a Austria y Baviera, probablemente atraída por el magnetismo y el misterio de Luis II, junto a los deslumbrantes estertores vieneses del Imperio de los Habsburgo.

Tras aquel viaje -que la cautivó- por los castillos de Luis II, y los suntuosos cafés y palacios de Viena, nació en Lourdes Ortiz la necesidad de escribir Rey loco, o lo que es lo mismo, de incorporar a Luis II de Baviera a la galería de mitos que atraviesan su mundo literario. Reescribiéndolos (o recreándolos) la dramaturga se apropia de ellos, los hace suyos, los filtra por la máquina del tiempo, impregnándolos de actualidad. En sus obras teatrales, personajes como Penteo, Fedra, Aquiles, Pentesilea, Judith (Yudita), Bernarda Alba (Bernardetta), o la Virgen María -que protagoniza su última pieza teatral- pueden convivir con las palabras del Conde de Lautréamont, los poemas de Hölderlin, o las enseñanzas del mismísimo Buda; al fin y al cabo, todos se expresan con el mismo compás, buscando un destino común espiritual.

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La novela histórica de Lourdes Ortiz

José Infante, Poeta, escritor y periodista español.

José Infante, Poeta, escritor y periodista español.

Dentro de la extensa y variada obra literaria de Lourdes Ortiz la novela histórica ocupa un lugar relevante y no solo porque la primera novela histórica que publica, Urraca, ve la luz en  1982 cuando el género que luego ha hecho furor en los últimas décadas apenas se cultivaba entonces en las letras españolas y menos abordado por mujeres. También por la personal visión que la autora ha tenido de lo que puede ser una novela histórica, a la que ella ha dotado de su rica y compleja personalidad y de una gran cultura acumulada tanto en su trayectoria vital como académica.

Pero ¿qué es novela histórica?  Tal vez habría que plantearse en primer lugar qué entendemos hoy por novela histórica, cómo ha evolucionado el género y cómo algunos autores, entre los que sin duda está Lourdes Ortiz, la han dotado de su propia personalidad lo que hace que a veces se escape del concepto establecido. Según los estudiosos del género, que surgió como tal en el siglo XIX, sobre todo debido al gran éxito que tuvieron la veintena de obras del poeta, erudito y aristócrata escocés Sir Walter Scott, se trata de recrear una época histórica pasada, preferentemente lejana ya, a través de un personaje o de de acontecimientos, costumbres y ambientes que muestren el sistema de valores de un tiempo pasado en una determinada sociedad. Esta recreación debe basarse en hechos verídicos, aunque los personajes de la trama pueden ser inventados. Así se diferenciaba de una novela pseudo histórica, de  fin moralizante que se había cultivado en Europa  en el siglo XVIII.

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Lourdes Ortiz

Joanmari Irigoien, escritor español.

Joanmari Irigoien, escritor español.

Antes de optar por la escritura, dediqué unos años —10 ó 12— al mundo de la enseñanza, y puedo afirmar que mi relación con los alumnos fue, en general, excelente; afirmo, asimismo, que en el ejercicio de mi profesión (en realidad no estudié magisterio, sino ingeniería, carrera que también nos brindaba la posibilidad de ejercer, una vez acabada, en el campo de la enseñanza), disfruté un montón, tanto en las aulas, a la hora de las clases, como en los patios, a la hora del recreo. Pero, al igual que no hay rosa sin espina, ni objeto sin sombra, ni Tour de France sin Tourmalet, las reuniones con maestros y andereños se me hacían muy cuesta arriba: ésa fue la cruz que tuve que soportar en esos años… y no porque no viera que las reuniones eran, para la buena marcha de nuestros centros de educación, absolutamente necesarias, sino porque yo tenía severas limitaciones al respecto: hablaba, en primer término, el jefe de estudios, que nos desvelaba, por así decir, la hoja de ruta; daban los allí reunidos su opinión sobre los distintos puntos a desarrollar; se enmarañaban, con frecuencia, en discusiones innecesarias, por repetitivas… y, de repente, alguien me preguntaba: “¿Qué opinas tú del asunto, Joanmari?”. Y yo, tras recibir el crochet, minado mi sentido de la orientación, reaccionaba a los 2 ó 3 segundos, para salirme, obviamente, por los cerros de Úbeda: “¡Alto ahí, compañero, que yo no estoy en la reunión! Bueno: quizá no esté aquí, pero seguro que estoy allí… en la Isla de la Reunión… hablando con el archiconocido pirata Olivier Levasseur, que viste ojo ciego reglamentario —oculto, por tanto, bajo un parche—, etc., etc.”. Aquellas reuniones eran extremamente serias, por lo que mis salidas de tono eran, en general, bien recibidas: ovación de risas y vuelta al ruedo.

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