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El abuelo Serafín nunca dejó de mencionar con subrayados de admiración el nombre de Gerardo en cada ocasión en que hacía el escrutinio de sus tiempos mejores y tampoco permitió nunca que en su presencia alguien se refiriera a él enlodándolo con los agrios epítetos que en aquella época aparecían con excesiva frecuencia en la prensa nacional. Su indignación se tornaba mayor cuando volvía a salir a la luz el calificativo de “asno con garras”, que un líder estudiantil y gran poeta, Rubén Martínez Villena, le había lanzado al rostro cuando Gerardo Machado, todavía en el ejercicio de su poder omnímodo, hubiera podido sepultarlo en la cárcel por el resto de sus días. Aquel resto, claro está, no significaba un número extendido de años, porque a poco del sonado incidente el general Machado tuvo que abandonar el poder, sin arreglar las maletas ni pensarlo dos veces, perseguido por estallidos de cólera popular. El único comprometido con el despropósito histórico de conservar un recuerdo grato del general, exaltando sus pocas virtudes verdaderas y adornándolo con otras inciertas o inexistentes, fue el abuelo Serafín.
Una de aquellas tardes en que se sacó las gafas para mirarme con profundidad a los ojos, como hacía cuando necesitaba exorcizar las penas que más le ardían, me dijo que las opiniones unánimes tienen muchas veces el punto de partida de un malentendido cuando no de una falacia echada a voleo con perversidad por gente de la peor calaña.
-No entiendo lo que dice, abuelo.
-Por supuesto que lo vas a entender –me dijo alzando ligeramente la voz, algo que no era su norma. La anécdota que entonces refirió todavía años después palpitaba como un animal vivo debajo de mi piel. El presidente Gerardo Machado tocó de madrugada a la puerta de don Serafín, tres golpes rápidos y dos espaciados, la contraseña de siempre. Serafín acudió a abrirle, y de momento lo apreció más corpulento que otras veces, todavía con toda la negrura de la noche a sus espaldas pero nimbado por la sobrecogedora luz irreal, pensó, que acompaña a la aparición de los fantasmas. Viendo que el otro daba muestras de impaciencia, logró contener su repentina turbación y estrechó la mano del general, guardando una prudente distancia para demostrar el respeto debido a la dignidad de su cargo. Machado, más efusivo, se empeñó en retener la mano y mediante una rápida maniobra inesperada lo atrajo hacia su cuerpo, lo envolvió en un abrazo y le aplicó sonoras palmadas en la espalda.
-Vamos, no sea tan remolón, el desayuno nos espera –dijo con el tono áspero de voz que siempre le sirvió para impartirle órdenes a la tropa. La presencia de quien ostentaba el más alto poder de la Republica despertó la curiosidad de los primeros madrugadores que los vieron entrar al cafetín y ocupar dos sillas alrededor de una de las mesas de mármol. Machado se sentó de espaldas a la pared, menos por precaución que por el deseo de observar a quienes iban llegando, lo que acaso le permitiría identificar a alguno de sus muchos amigos de la adolescencia, cuyos rostros ya empezaban a desdibujarse entre tantas imágenes desperdigadas en su memoria. Mientras el dependiente se acercaba con las humeantes tazas de café con leche en una bandeja, Machado preguntó:
-¿Qué me dices de Evaristo Alemán? Hace más de un año que no sé nada de él.
Serafín permaneció en silencio, pero ante la insistencia del otro se sintió obligado a preguntar:
-¿Puedo decirle la verdad?
-Pues claro. ¿Qué pasó?
-Todo el mundo comenta que usted lo mandó matar.
-¿Yo? ¿Estás seguro de lo que dices? Alemán siempre ha sido uno de mis mejores amigos.
Al abuelo Serafín le temblaban las manos. Estaba en un estado tal de excitación que las mandíbulas se le atrancaron y sintió una punzada en el pecho. No pudo aflojar uno solo de sus músculos faciales cuando el presidente Machado se puso de pie, derribó la silla de un manotazo y salió a la calle sin pronunciar palabra de despedida. Esa misma tarde regresó a La Habana con el propósito de averiguar entre sus incondicionales de Palacio quién había dado la orden y por qué de asesinar a Evaristo Alemán.
Los primeros escritores que conocí
Aunque hasta entonces nunca me había atrevido a aceptar el reto de la cuartilla en blanco, una tarde de lluvias menudas me di cuenta que acababa de ceder a la urgencia de una vocación de escritor muy bien sofocada, que sin previo aviso y sin darme tiempo a reconsiderar la actitud, al fin conseguía imponerse. Lo supe porque cuando escampó y salió el sol ya había concluido mi primer cuento. Después de leerlo y releerlo, decidí vencer las exigencias de la timidez (entonces tenía quince o dieciséis años, no más) y someterlo a la consideración de Emilio Ballagas, quien vivía en La Habana pero viajaba cada semana a Santa Clara, donde se desempeñaba como profesor en la Escuela Normal para Maestros. Diestro como pocos en desentrañar los mensajes secretos de la poesía, en aquellos momentos Ballagas se dejaba conquistar por una lucha librada con muy buena fortuna contra sus demonios interiores, puesto que sus ojos, de un color indefinido, tenían el brillo acogedor de las personas que han conseguido el dominio de todos sus ímpetus, y sus gestos pausados eran los de un monje extraído de una abadía medieval. Ballagas prometió leerlo con detenimiento y al día siguiente me devolvió el original con tres palabras destinadas a fortalecerme la autoestima: “Excelente. Siga escribiendo”. El cuento, que era un verdadero bodrio, tuvo su merecido destino en el cesto de la basura. Fue lo mejor que hice para no tener que arrepentirme más tarde de haberlo publicado. Pero la indulgencia de Ballagas me ayudó a seguir adelante, garabateando páginas y páginas como un desesperado. No experimenté ningún pasmo cuando me percaté de que mis amigos de la misma generación, más cautelosos y sensatos, tomaban las debidas providencias para hacerse de un título de abogado o de médico, dos profesiones que, a su juicio, sin tanto esfuerzo –al menos sin tanto asedio de la crítica- allegaban fortuna y respetabilidad. Sin embargo, con la idea cierta de que hasta entonces mi única peripecia personal importante había sido redactar aquel primer cuento, a partir de ese instante sólo atinaba a trabar contacto con escritores acaso tan tiernos como yo, pero sin duda más despabilados, que ya auguraban meter mucho ruido en el panorama literario del país. El primero entre todos fue Guillermo Cabrera Infante, quien también vivía en La Habana pero por razones que nunca pude explicarme bien, sentía una extraña fascinación por Santa Clara. Por tanto no resultó ninguna sorpresa que Guillermo, un día en que coincidimos en La Habana, antes de aparecer Miriam, la eterna Miriam Gómez, que lo acompañó hasta el final de su vida, me solicitara el favor –estaba a pocos días de contraer matrimonio con Marta Calvo, su primera mujer- de hacerle una reservación en algún hotel de la ciudad. De modo que procuré para los desposados, en la fecha convenida para su luna de miel, una habitación en el tercer piso del Gran Hotel, con ventanal a la calle, desde el cual podían asomarse en horas de la mañana al espectáculo municipal de los coches con sus toldos de hule, tirados por caballos bellamente enjaezados, y entre las sombras de la noche, cogidos de las manos como todos los enamorados de las tarjetas postales, les permitiría escudriñar un horizonte que no iba mucho más allá del parpadeo amarillento de las farolas del Parque Vidal.
Todo se confabuló para que yo no le perdiera pisada al destino de la letra impresa, que me tentaba agazapado en los pocos suplementos literarios y en las páginas de aquellas revistas donde alimentaban su fama Lino Novás Calvo, Carpentier, Guillén o Lezama Lima. A poco de estar navegando a merced de una pasión tan cercana al desvarío, decidí enviar un cuento al certamen más importante del país, instituido para honrar la memoria de Alfonso Hernández Catá, otro de nuestros notables escritores, quien no tuvo más oficio que el de sembrar en surco ajeno los tiernos maleficios de la literatura, orientando con sus constantes consejos en el dominio de la técnica a los jóvenes creadores. El concurso lo auspiciaba la revista Bohemia, que ya figuraba entre las demayor circulación en el continente, y el jurado, que contaba con el entusiasmo del magistrado Antonio Barreras, lo integraban, entre otras personalidades, Fernando Ortiz, Jorge Mañach y Juan Marinello, tres escritores a los que nadie ponía en entredicho su jerarquía intelectual. Así que fue una buena razón para que me invadiera una explosión de alegría cuando recibí la noticia de que el cuento premiado ese año era el mío. Pero la llamarada de júbilo fue aplacada muy pronto por los comentarios de muchos de mis allegados. Uno de mis tíos, cuando se enteró por la prensa que su sobrino había sido galardonado como escritor, me dijo que no podía creer lo que había leído, en nuestra familia, insistió, nunca hubo hasta ese momento una amenaza genética de locura, si no lo sabes estoy en disposición de decírtelo, escribir es un entretenimiento de idiotas, óyelo bien, de gente sin oficio ni beneficio, ¿qué es lo que pretendes?, me preguntó mirándome fijo a los ojos, que la gente te tome por un bicho raro, es lo único que vas a conseguir.
Por lo visto al innombrable tío no le faltaba razón porque esa misma semana, en la edición dominical del periódico Diario de la Marina, apareció un artículo del afamado columnista Rafael Suárez Solís, en cuyo texto merodeaba desde el título y cada dos o tres párrafos la frase “cuentista sin comillas”. Aquél rótulo enigmático se deshizo de todo misterio apenas me dispuse a leer. Para el articulista, los “cuentistas”, es decir los cuentistas entre comillas, no eran los que escribían relatos literarios sino aquellos personajes avispados que les vendían ilusiones a las muchedumbres, y gracias a las promesas electorales que incumplirían estaban destinados a figurar en las altas cumbres del Congreso de la República. En cambio, los cuentistas sin comillas estaban convocados al peor destino. Para cerciorarme, debía mirarme en el espejo de Luis Felipe Rodríguez, el eximio cuentista que murió hacía poco entre hipidos de tristeza, en la mayor miseria. Y al final del artículo, la advertencia estremecedora: en nuestro país, como en cualquier otro lugar del mundo, nadie cree en el talento de un hombre con los fondillos rotos.
Como en los momentos en que apareció el artículo, yo no me encontraba en Santa Clara sino en La Habana, a donde viajaba semanalmente, todavía rumiando con la conciencia intranquila las ideas del columnista, encaminé mis pasos hacia el edificio de la revista Bohemia, a fin de cobrar la colaboración de ese mes. El pagador, que de costumbre me entregaba el cheque correspondiente sin dirigirme la mirada ni pronunciar palabra, esta vez me sorprendió con el milagro de una voz de tenor:
-El jefe de información necesita verlo.
¿Necesita? ¿Había oído bien? El perentorio necesita verlo en vez del promisorio desea verlo se me aposentó en la boca del estómago con el filo de una oscura inmediata premonición. Por disciplina, sin sobreponerme al desánimo vertical que me recorría de la cabeza a los pies, esbocé la mitad de una sonrisa para favorecer de todos modos la diligencia del pagador, que ya me había apartado de su vista, atareado como estaba en atender a otros reporteros de la fila. Me pregunté: ¿Iban a prescindir de mí? ¿Había caído en desgracia por un motivo cualquiera, que ahora no alcanzaba a identificar? Durante el más de medio año que llevaba colaborando con asiduidad en la revista, casi sin faltar una semana, nunca había dado motivos para una sola queja, y tampoco –que recordara- había escrito un solo párrafo a contrapelo de la línea editorial trazada por la cúpula, desde donde tronaban las decisiones inapelables adoptadas por los dioses del olimpo: el director y el jefe de información. Es más, me publicaban los cuentos y los reportajes sin desgarrarme el texto con añadidos o supresiones ominosas, era la pura verdad, pero nunca nadie, desde las alturas, había descendido para entablar una conversación conmigo. Pensé que mejor era ser ignorado que verme sometido al escrutinio de un inquisidor.
El jefe de información que tantos temores infundía era Lino Novás Calvo, un hombre que había sido de todo a lo largo de su azarosa vida, desde boxeador y carbonero hasta taxista y portero de hotel, que había participado en la Guerra Civil española, y que en el momento exacto en que yo estaba a punto de tenerlo delante de mis ojos, ya era uno de los más importantes novelistas cubanos de todos los tiempos. Subí con pisadas de plomo la escalera que conducía al despacho donde, según la generalizada y a veces festiva opinión de los reporteros, se cocinaba el destino. Toqué a la puerta que tantas veces había visto, desde abajo, con la esperanza volátil de que alguien algún día me invitara a pasar. Pero no, por supuesto, para una probable reprimenda. Desde el fondo del silencio me respondió una voz opaca: “Puede entrar”. Entré. Novás Calvo estaba sentado en una silla de resorte detrás de un buró, con montones de papeles a cada lado, que había ido acumulando poco a poco, a lo largo de meses o de años, y que ahora aleteaban al ritmo de las aspas de un ventilador adosado a la pared.
-Las noticias que voy a darle no son alentadoras –dijo sin mayores preámbulos mientras me escrutaba desde detrás de sus espejuelos con armadura de carey-. Usted escribe bien, eso nadie lo pone en duda, pero Quevedo, el director de la revista, me comunicó hace poco que no es posible seguir publicando sus cuentos con tanta frecuencia. Sin embargo, aceptaríamos con agrado que nos suministrara reportajes con temas que usted considere de verdadero interés, sobre todo reportajes de crónica roja, por los que la mayoría de los lectores siente gran afición. Esas colaboraciones se las pagaríamos bien. Cien pesos si vienen acompañadas de fotografías. Y ahora un consejo. No se haga tantas ilusiones con la literatura. En Cuba no existen editoriales, y muy pocas personas tienen interés en los libros de ficción. En fin, ejercer el periodismo es lo más provechoso. ¿Me explico?
Por supuesto que entendía, pensé sin mucha convicción aunque sobraban los motivos para subrayar el mismo punto de vista. Novás Calvo había escrito textos memorables y para publicarlos tuvo que acudir a editoriales de otros países. En l933 había visto la luz en España su fascinante novela El negrero, con gran éxito de venta después de los elogios que Unamuno le prodigó, pero en Cuba, dijo, fue recibida con frialdad. Así que Lino no ocultaba su desencanto ni tenía empacho en trasladárselo a los demás. Antes de abandonar su despacho, sin necesidad de que yo deslizara una sola pregunta, Novás Calvo me explicó que él colocaba en el montón a su derecha aquellas colaboraciones que había aprobado y estaban listas para ser entregadas a la imprenta, y a su izquierda las que no merecían ser publicadas pero que él no destruía pensando que el autor podía solicitar su devolución en cualquier momento.
-Es un trabajo difícil el suyo –comenté.
-Difícil, y a veces aburrido –dijo y sonrió-. Depende del estado de ánimo con que uno enfrente la tarea. En alguno de mis días felices, que no son muchos, le di mi aprobación a algunos reportajes que nunca debieron haber llegado a las rotativas.