Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, febrero 2009, año 3, número 06
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De mis memorias

José Lorenzo Fuentes

Página 3

Ya en la calle, después de un ocioso empleo del tiempo, yendo de un lugar a otro sin rumbo fijo, atravesando calles y avenidas, consulté mi reloj pulsera: las tres y veinte minutos de la tarde. No había almorzado y, cosa extraña, tampoco sentía sed, aunque el sol me imponía una copiosa transpiración, y  el aire, de tan caliente,  parecía hervir a mi alrededor. Había transcurrido no menos de tres  horas desde mi conversación con Novás Calvo cuando al ingresar -¿de nuevo?- a la Avenida Rancho Boyeros, el destino, pensé, acababa de tejer la trama necesaria para  facilitar el encuentro, que más tarde calificaría de providencial, con Guillermo Cabrera Infante. Recordé a Jung: sincronicidad. En una ciudad de más de un millón de habitantes era prácticamente imposible que dos personas conocidas, que dos amigos coincidieran en una calle cualquiera sin haberse puesto previamente de acuerdo. Pensé también que hubiera podido pasarme años procurando inútilmente que todos los factores confluyeran en aquel  aquí y ahora, cuando lo más fácil hubiera sido atribuirlo a los designios del azar, que sin duda respondía a leyes ciertas, inviolables, sólo que hasta el momento nadie había logrado codificarlas. Pero mientras hurgaba buscándole otras raíces esotéricas a la imprevista coincidencia, Guillermo me ofreció una cumplida explicación  con dos palabras de uso diario: “Qué casualidad”, dando la impresión  que se demoraba menos en decirlo que en dibujar (él, que en la vida real, cuando se lo proponía,  podía ser tan divertido como en su literatura) el artificio de una sonrisa que de momento me recordó  –nunca supe por qué- a Burt Lancaster en El pirata hidalgo, una película que siempre estaba de vuelta en mi imaginación.  A Guillermo no lo abandonaba la afanosa  sonrisa cuando empezó a decirme que en la revista Carteles, donde él escribía bajo el seudónimo de G. Caín la crítica de cine, había quedado vacante una plaza de redactor de la sección de crónica roja. “¿Aceptarías trabajar con nosotros?” Mientras me veía obligado a rumiar una respuesta, pasó una camioneta con la radio a todo volumen, calle abajo se iba apagando poco a poco la voz inconfundible de Benny Moré, y desde una casa de la acera de enfrente alguien sacaba sillones al portal. Era la segunda vez en el mismo día que me anunciaban la necesidad de convertirme en reportero de la crónica roja, pero en la primera ocasión Lino Novás Calvo sólo me había ofrecido la oportunidad de haber colaboraciones ocasionales. En cambio, ahora Cabrera Infante me prometía un trabajo fijo. Antes de responder que sí,  reflexioné que me iba a resultar desagradable estar reseñando a todas horas actos de violencia, crímenes y robos, pero enseguida me liberó de cualquier negativa la inherente confianza de que aquella era la vía que la providencia utilizaba para allanarme la entrada en una de las más importantes revistas del país. Tratando de vencer cualquier rezago de prejuicios, recordé la frase de Papini, uno de los autores favoritos de mi abuelo Serafín: “el pecado y el delito se prestan mucho más que sus contrarios a excitar la fantasía de los lectores”. La frase, aceptada con vehemencia, me alentó a conjeturar que mis reportajes en Carteles lograrían lo que los cuentos acaso nunca me iban a procurar: que mi nombre se hiciera familiar a una gran masa de lectores ávidos de sensacionalismo. Para no prolongar demasiado el silencio, respondí con un efusivo sí, por supuesto que sí, acompañado de un afirmativo movimiento de cabeza, no sin antes preguntarle a Guillermo si él sabía  por qué le decían crónica roja en lugar de policiales, que debía ser lo correcto. Será por la sangre, sangre y policía son sinónimos, ¿lo dijo realmente Cabrera Infante en aquel momento, o más tarde?,  me pregunto ahora, mientras   reconstruyo  esa escena en mi recuerdo, porque la memoria es yin,  veleidosa, esquiva, voluble –puede plegarse en dos, en cuatro, como una hoja de papel en blanco- y traicionera. Durante algunas reflexiones posteriores, caí en la cuenta de que en aquellos momentos, tantos años atrás, la terca memoria había seguido su curso independiente porque sin buscarlo me asaltó el instantáneo recuerdo de  que  entonces Guillermo  ya no vivía en Zulueta 408, en un cuarto sórdido al final de un largo pasillo, según me había contado, su primer refugio de pobre en La Habana hasta que la situación económica de la familia, o la de él, mejoró, porque ahora residía en un apartamento de la Avenida de las Misiones, en El Vedado,  y poseía un pequeño auto descapotable, verde, que él, devoto de las transgresiones, a menudo aparcaba en plena calle, frente al edificio de Carteles,  dificultándole el tránsito a los demás vehículos. Pero sin agobiarlo con la pregunta  indiscreta y tal vez embarazosa de por qué andaba a pie, y sin que nos pusiéramos de acuerdo  sobre el modo más seguro de burlar la agobiante reverberación del mediodía durante el recorrido, echamos a andar, yo  con las manos de vagabundo en los bolsillos y Guillermo tratando de inmiscuirse con sus miradas en la intimidad de las mujeres que se cruzaban con nosotros  en las aceras. Eran tantas,  que de momento a Guillermo lo aturdió la idea peregrina de que  estaba ocurriendo desde todos los ámbitos del cielo una lluvia de mujeres, o tal vez habían estado subidas a los techos de las casas, me dijo,  y acababan de descolgarse, flotando en el aire como si levitaran, para reeditar algunos ritos de tentación tan antiguos pero tan eficaces como los del Edén. Después, los dos trepamos  a un ómnibus y tras un imperativo gesto de Guillermo descendimos a media cuadra de su centro de trabajo, que muy pronto también iba a ser el mío,  porque ningún pálpito de mala suerte nos rondaba y además Guillermo estaba persuadido de que el director de la revista, Antonio Ortega, le daría de inmediato el visto bueno al propósito. Ortega era un español que había buscado refugio en otras tierras  huyendo de la dictadura de Franco, pero era además el autor de Chino olvidado, uno de los mejores cuentos que se han escrito en Cuba, de modo que, según la opinión de Guillermo, era lógico que tomara la decisión de abrirle las puertas  de la redacción a otro cuentista.

Siempre que yo intentaba describirlo pensaba que la imagen real de Antonio Ortega no respondía  a la que yo evocaba, porque el que aparecía en mi mente era un hombre más bien bajo y más bien delgado, con las manos cogidas a la altura del vientre, con mechones  entrecanos custodiando una tonsura,  párpados abultados y una sonrisa extendida al socaire del bigote, acentuado por alguna sustancia tintórea, y que era lo único que le ensombrecía el rostro. Sentado en un butacón frente a los dos, lo vi cruzar las piernas, descruzarlas, y apenas supo el motivo de nuestra visita, lo oí preguntarme por debajo de la sonrisa:

-¿Quiere empezar a trabajar ahora mismo?

Después de subrayar mi aceptación y agradecimiento con un ceremonial movimiento afirmativo de cabeza, recibí el encargo de salir cuanto antes en compañía de un fotógrafo rumbo al hospital Calixto García, donde debía entrevistar a un joven nombrado Rubén Puig, quien había sido acuchillado en el pecho y en el vientre por su propia mujer, que según todos los comentarios había actuado abrumada por la ferocidad de los celos.  La noticia de que Rubén Puig  la engañaba  andaba de boca en boca desde mucho antes de que Regina, su mujer, alcanzara a enterarse y por supuesto desde mucho antes de que un arrebato de locura súbita la llevara a esgrimir un cuchillo de cocina, sólo para darle un susto y lograr que escarmentara, tal como me refirió  cuando la visité en la comisaría para completar el reportaje. “Sólo pretendía asustarlo”, no se cansaba de balbucir con espesos lagrimones derramados hasta la barbilla. Sin embargo, otra muy distinta era la opinión recogida poco antes  durante la visita que le hice a Rubén Puig en el hospital. Según me confirmó una enfermera que me repasaba con la vista como si pretendiera desnudarme     –¿o sería el resultado de mi vanidad?-, Rubén había estado conectado a tubos y sondas que lograron casi milagrosamente regresarlo a la vida, y la herida que mostraba en el pecho era tan profunda y tan cercana al corazón que costaba creer que fuera accidental, tal como Regina afirmaba tratando de justificar los motivos ciertos de su conducta, que por el contrario sin duda respondía a la firme determinación de darle muerte antes de verlo en brazos de otra mujer. Al menos ésa era también la versión reiterada por Rubén, quien para mi mayor estupor (ya sabemos que el amor es ciego) decía estar dispuesto a aceptarla de nuevo en su casa tan pronto como se le pasara la rabieta, si es que no tenía que permanecer durante largo tiempo en prisión.

En uno de los pocos momentos sosegados de tertulia en la sala de redacción de Carteles,  aproveché para revivir algunos de los ingredientes que me servían para sazonar la confección de los policiales: los rostros patibularios de  asesinos a los que no les temblaba la voz cuando confesaban los móviles del crimen, o los cadáveres de espanto que me veía obligado a contemplar en la morgue, pero más allá de la vida pervertida  por asaltos a mano armada, tumultuosas riñas callejeras, amenazas de muerte  y hurtos de menor cuantía, me redimía de mayores decepciones patrióticas haber podido comprobar que en Cuba la mayor parte de los crímenes tenían un fundamento pasional.

-Es una buena noticia que los cubanos matan y mueren por amor –dije a modo de conclusión. Guillermo Cabrera Infante, que entretanto parecía ahuyentar el tedio  hojeando un libro donde menudeaban las historias de amor, levantó  la vista para subrayar  que no estaba ajeno a una conversación  que podía servir de pivote para elaborar toda una teoría del hampa habanera.

-Morir nunca es una buena noticia. No me interesa como tema ni como anatema –sentenció, pero antes de regresar al libro que descansaba en sus piernas se creyó en la necesidad de introducir otra opinión que yo acogí como el más sombrío de todos los presagios:

-Pero lo peor de todo es estar muerto en vida.

Posiblemente lo dijo pensando que en Cuba no era una señal de nada obtener un galardón literario, tal como opinaban Lino Novás Calvo y  Rafael Suárez Solís. Pero la huella de un premio continúa persiguiéndolo a uno como un perro agradecido, más allá del tiempo y la distancia, en la misma forma que puede perseguirnos el infortunio, un enemigo o la buena suerte. Años más tarde, en Estados Unidos, Guillermo Cabrera Infante, quien ya era famoso y estaba a punto de recibir el Premio Cervantes, tratando de favorecer una de mis tantas gestiones de trabajo, escribió de su puño y letra en un papel que todavía conservo: He won a prestigious prize in Havana I failed to win. Fue una sorpresa. Guillermo nunca me había hablado de su participación en el concurso “Hernández  Catá”, justo  el año en que yo lo gané. Sin duda fue un gesto generoso de su parte –una prueba más de su grandeza- que Guillermo lo confesara en momentos en que sus libros alcanzaban mayor reconocimiento que los míos.

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"Caricatura"

Hernán Vidal - HERVI

Sumario

Este Lunes

Antecedentes de la homofobia cubana contemporánea

Emilio Bejel

Doscientos años de Argentina

Guillermo Orsi

Ni tan pocos, ni tan tontos

Ernesto Morales

Cuba-1959: el castrador espejismo de la nada

Manuel Gayol Mecías

Crónica de una muerte anunciada: Roque Dalton frente a la Historia

Luis Pérez-Simón

El socialismo en cuestión: anti-utopía en Otra vez el mar y El asalto de Reinaldo Arenas

Jesús J. Barquet

Vasto y golpeado abanico de la «gaycidad»

Eduardo Monteverde

Otro lunes Conversa

Con Iván Thays

Un escritor peruano llamado Iván Thays

Con Alberto Salcedo

Más allá de las verdades oficiales

Con Ángel Santiesteban PRATS

Somos el vehículo, la mano, el nombre que representa una lucha cultural

Punto de mira

Las pequeñas editoriales alternativas en el mercado del libro en lengua hispana

RICARDO ORTEGA

ROBERTO AMPUERO

RAÚL TÁPANES

ESTHER ANDRADI

TERESA DOVALPAGE

ALVARO CASTILLO GRANADA

YANITZIA CANETTI

CARLOS SALEM

ÁNGEL ALONSO DOLZ

NAHUM MONTT

SINDO PACHECO

DANILO MANERA

ALEJANDRO AGUILAR

FRANCISCO ALEJANDRO MÉNDEZ

LUIS FAYAD

JUAN RAMÓN BIEDMA

ARTURO GARCÍA ABRAJÁN

SEBASTIEN RUTES

EDUARDO PARRA RAMÍREZ

PABLO MAZO

Cuarto de visita

Poesía Inglesa

Carlos López Beltrán y Pedro Serrano

I’r Hen Iaith A’i Chaneuon

Ian Duhig

Matrushka

Elizabeth Garrett

Recuerdos desde una ciudad extranjera

Lavinia Greenlaw

Desconocidos

Alan Jenkins

La llamada del apóstol Mateo

James Lasdun

Táctica

Sarah Maguire

Unos escriben

Lorenzo Silva

Otros miran

Hernán Vidal - HERVI

En la misma orilla

De mis memorias

José Lorenzo Fuentes

Escenas del paraíso

Relato

David Torres

Queso y ron

Relato

Esther Andradi

Poemas

Frank Castell

Bosquejos de El Emperador

José Gabriel Ceballos

Poemas

Raúl Tápanes López

CUBA PERFORMANCES me recuerda al mundo: Sobre el documental Cuba Performances, de Elvira Rodríguez Puerto

Mares Marrero

Recycle

Notas sobre (hacia) el boom II: los maestros de la nueva novela

Emir Rodríguez Monegal

El fascismo eterno

Umberto Eco

De lunes a lunes

Nuevo libro de nuestro columnista Uriel Quesada

Escritor mexicano Eduardo Parra Ramírez gana el Premio Juan Rulfo para Primera Novela 2008

Hacia el Centenario de José Lezama Lima

Una nueva lista de excelencias editoriales en la editorial Terranova

Propuesta para una Sociedad Participativa

Biblioteca de Otro lunes

Otras voces Hispanas

A CARGO DE LUIS RAFAEL

Jesús Díaz y sus "años duros"

José Gabriel Ceballos: Variaciones argentinas

Cintio Vitier y Lo cubano en la poesía

Juan Ramón Biedma: Voyeur de la miseria humana

Librario

De cuando Pablo Neruda plagió a Miguel Ángel Macau

Álvaro Castillo Granada

La Tabla (Reseña II)

Armando de Armas

Ladrón de sueños

Bernardo Fernández - BEF

Matar y guardar la ropa

Carlos Salem

Cuba: contrapuntos de cultura, historia y sociedad

Francisco A. Scarano y Margarita Zamora

La ventana doméstica

Juan Carlos Valls

Horror al vacío

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