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Ya en la calle, después de un ocioso empleo del tiempo, yendo de un lugar a otro sin rumbo fijo, atravesando calles y avenidas, consulté mi reloj pulsera: las tres y veinte minutos de la tarde. No había almorzado y, cosa extraña, tampoco sentía sed, aunque el sol me imponía una copiosa transpiración, y el aire, de tan caliente, parecía hervir a mi alrededor. Había transcurrido no menos de tres horas desde mi conversación con Novás Calvo cuando al ingresar -¿de nuevo?- a la Avenida Rancho Boyeros, el destino, pensé, acababa de tejer la trama necesaria para facilitar el encuentro, que más tarde calificaría de providencial, con Guillermo Cabrera Infante. Recordé a Jung: sincronicidad. En una ciudad de más de un millón de habitantes era prácticamente imposible que dos personas conocidas, que dos amigos coincidieran en una calle cualquiera sin haberse puesto previamente de acuerdo. Pensé también que hubiera podido pasarme años procurando inútilmente que todos los factores confluyeran en aquel aquí y ahora, cuando lo más fácil hubiera sido atribuirlo a los designios del azar, que sin duda respondía a leyes ciertas, inviolables, sólo que hasta el momento nadie había logrado codificarlas. Pero mientras hurgaba buscándole otras raíces esotéricas a la imprevista coincidencia, Guillermo me ofreció una cumplida explicación con dos palabras de uso diario: “Qué casualidad”, dando la impresión que se demoraba menos en decirlo que en dibujar (él, que en la vida real, cuando se lo proponía, podía ser tan divertido como en su literatura) el artificio de una sonrisa que de momento me recordó –nunca supe por qué- a Burt Lancaster en El pirata hidalgo, una película que siempre estaba de vuelta en mi imaginación. A Guillermo no lo abandonaba la afanosa sonrisa cuando empezó a decirme que en la revista Carteles, donde él escribía bajo el seudónimo de G. Caín la crítica de cine, había quedado vacante una plaza de redactor de la sección de crónica roja. “¿Aceptarías trabajar con nosotros?” Mientras me veía obligado a rumiar una respuesta, pasó una camioneta con la radio a todo volumen, calle abajo se iba apagando poco a poco la voz inconfundible de Benny Moré, y desde una casa de la acera de enfrente alguien sacaba sillones al portal. Era la segunda vez en el mismo día que me anunciaban la necesidad de convertirme en reportero de la crónica roja, pero en la primera ocasión Lino Novás Calvo sólo me había ofrecido la oportunidad de haber colaboraciones ocasionales. En cambio, ahora Cabrera Infante me prometía un trabajo fijo. Antes de responder que sí, reflexioné que me iba a resultar desagradable estar reseñando a todas horas actos de violencia, crímenes y robos, pero enseguida me liberó de cualquier negativa la inherente confianza de que aquella era la vía que la providencia utilizaba para allanarme la entrada en una de las más importantes revistas del país. Tratando de vencer cualquier rezago de prejuicios, recordé la frase de Papini, uno de los autores favoritos de mi abuelo Serafín: “el pecado y el delito se prestan mucho más que sus contrarios a excitar la fantasía de los lectores”. La frase, aceptada con vehemencia, me alentó a conjeturar que mis reportajes en Carteles lograrían lo que los cuentos acaso nunca me iban a procurar: que mi nombre se hiciera familiar a una gran masa de lectores ávidos de sensacionalismo. Para no prolongar demasiado el silencio, respondí con un efusivo sí, por supuesto que sí, acompañado de un afirmativo movimiento de cabeza, no sin antes preguntarle a Guillermo si él sabía por qué le decían crónica roja en lugar de policiales, que debía ser lo correcto. Será por la sangre, sangre y policía son sinónimos, ¿lo dijo realmente Cabrera Infante en aquel momento, o más tarde?, me pregunto ahora, mientras reconstruyo esa escena en mi recuerdo, porque la memoria es yin, veleidosa, esquiva, voluble –puede plegarse en dos, en cuatro, como una hoja de papel en blanco- y traicionera. Durante algunas reflexiones posteriores, caí en la cuenta de que en aquellos momentos, tantos años atrás, la terca memoria había seguido su curso independiente porque sin buscarlo me asaltó el instantáneo recuerdo de que entonces Guillermo ya no vivía en Zulueta 408, en un cuarto sórdido al final de un largo pasillo, según me había contado, su primer refugio de pobre en La Habana hasta que la situación económica de la familia, o la de él, mejoró, porque ahora residía en un apartamento de la Avenida de las Misiones, en El Vedado, y poseía un pequeño auto descapotable, verde, que él, devoto de las transgresiones, a menudo aparcaba en plena calle, frente al edificio de Carteles, dificultándole el tránsito a los demás vehículos. Pero sin agobiarlo con la pregunta indiscreta y tal vez embarazosa de por qué andaba a pie, y sin que nos pusiéramos de acuerdo sobre el modo más seguro de burlar la agobiante reverberación del mediodía durante el recorrido, echamos a andar, yo con las manos de vagabundo en los bolsillos y Guillermo tratando de inmiscuirse con sus miradas en la intimidad de las mujeres que se cruzaban con nosotros en las aceras. Eran tantas, que de momento a Guillermo lo aturdió la idea peregrina de que estaba ocurriendo desde todos los ámbitos del cielo una lluvia de mujeres, o tal vez habían estado subidas a los techos de las casas, me dijo, y acababan de descolgarse, flotando en el aire como si levitaran, para reeditar algunos ritos de tentación tan antiguos pero tan eficaces como los del Edén. Después, los dos trepamos a un ómnibus y tras un imperativo gesto de Guillermo descendimos a media cuadra de su centro de trabajo, que muy pronto también iba a ser el mío, porque ningún pálpito de mala suerte nos rondaba y además Guillermo estaba persuadido de que el director de la revista, Antonio Ortega, le daría de inmediato el visto bueno al propósito. Ortega era un español que había buscado refugio en otras tierras huyendo de la dictadura de Franco, pero era además el autor de Chino olvidado, uno de los mejores cuentos que se han escrito en Cuba, de modo que, según la opinión de Guillermo, era lógico que tomara la decisión de abrirle las puertas de la redacción a otro cuentista.
Siempre que yo intentaba describirlo pensaba que la imagen real de Antonio Ortega no respondía a la que yo evocaba, porque el que aparecía en mi mente era un hombre más bien bajo y más bien delgado, con las manos cogidas a la altura del vientre, con mechones entrecanos custodiando una tonsura, párpados abultados y una sonrisa extendida al socaire del bigote, acentuado por alguna sustancia tintórea, y que era lo único que le ensombrecía el rostro. Sentado en un butacón frente a los dos, lo vi cruzar las piernas, descruzarlas, y apenas supo el motivo de nuestra visita, lo oí preguntarme por debajo de la sonrisa:
-¿Quiere empezar a trabajar ahora mismo?
Después de subrayar mi aceptación y agradecimiento con un ceremonial movimiento afirmativo de cabeza, recibí el encargo de salir cuanto antes en compañía de un fotógrafo rumbo al hospital Calixto García, donde debía entrevistar a un joven nombrado Rubén Puig, quien había sido acuchillado en el pecho y en el vientre por su propia mujer, que según todos los comentarios había actuado abrumada por la ferocidad de los celos. La noticia de que Rubén Puig la engañaba andaba de boca en boca desde mucho antes de que Regina, su mujer, alcanzara a enterarse y por supuesto desde mucho antes de que un arrebato de locura súbita la llevara a esgrimir un cuchillo de cocina, sólo para darle un susto y lograr que escarmentara, tal como me refirió cuando la visité en la comisaría para completar el reportaje. “Sólo pretendía asustarlo”, no se cansaba de balbucir con espesos lagrimones derramados hasta la barbilla. Sin embargo, otra muy distinta era la opinión recogida poco antes durante la visita que le hice a Rubén Puig en el hospital. Según me confirmó una enfermera que me repasaba con la vista como si pretendiera desnudarme –¿o sería el resultado de mi vanidad?-, Rubén había estado conectado a tubos y sondas que lograron casi milagrosamente regresarlo a la vida, y la herida que mostraba en el pecho era tan profunda y tan cercana al corazón que costaba creer que fuera accidental, tal como Regina afirmaba tratando de justificar los motivos ciertos de su conducta, que por el contrario sin duda respondía a la firme determinación de darle muerte antes de verlo en brazos de otra mujer. Al menos ésa era también la versión reiterada por Rubén, quien para mi mayor estupor (ya sabemos que el amor es ciego) decía estar dispuesto a aceptarla de nuevo en su casa tan pronto como se le pasara la rabieta, si es que no tenía que permanecer durante largo tiempo en prisión.
En uno de los pocos momentos sosegados de tertulia en la sala de redacción de Carteles, aproveché para revivir algunos de los ingredientes que me servían para sazonar la confección de los policiales: los rostros patibularios de asesinos a los que no les temblaba la voz cuando confesaban los móviles del crimen, o los cadáveres de espanto que me veía obligado a contemplar en la morgue, pero más allá de la vida pervertida por asaltos a mano armada, tumultuosas riñas callejeras, amenazas de muerte y hurtos de menor cuantía, me redimía de mayores decepciones patrióticas haber podido comprobar que en Cuba la mayor parte de los crímenes tenían un fundamento pasional.
-Es una buena noticia que los cubanos matan y mueren por amor –dije a modo de conclusión. Guillermo Cabrera Infante, que entretanto parecía ahuyentar el tedio hojeando un libro donde menudeaban las historias de amor, levantó la vista para subrayar que no estaba ajeno a una conversación que podía servir de pivote para elaborar toda una teoría del hampa habanera.
-Morir nunca es una buena noticia. No me interesa como tema ni como anatema –sentenció, pero antes de regresar al libro que descansaba en sus piernas se creyó en la necesidad de introducir otra opinión que yo acogí como el más sombrío de todos los presagios:
-Pero lo peor de todo es estar muerto en vida.
Posiblemente lo dijo pensando que en Cuba no era una señal de nada obtener un galardón literario, tal como opinaban Lino Novás Calvo y Rafael Suárez Solís. Pero la huella de un premio continúa persiguiéndolo a uno como un perro agradecido, más allá del tiempo y la distancia, en la misma forma que puede perseguirnos el infortunio, un enemigo o la buena suerte. Años más tarde, en Estados Unidos, Guillermo Cabrera Infante, quien ya era famoso y estaba a punto de recibir el Premio Cervantes, tratando de favorecer una de mis tantas gestiones de trabajo, escribió de su puño y letra en un papel que todavía conservo: He won a prestigious prize in Havana I failed to win. Fue una sorpresa. Guillermo nunca me había hablado de su participación en el concurso “Hernández Catá”, justo el año en que yo lo gané. Sin duda fue un gesto generoso de su parte –una prueba más de su grandeza- que Guillermo lo confesara en momentos en que sus libros alcanzaban mayor reconocimiento que los míos.