

Hervi nació como Hernán Vidal. Hernán Vidal creó a Hervi hace 49 años. Hervi se ha pasado más de cuatro décadas burlándose con dibujos de la actualidad política. Hervi sostiene que los chistes contingentes nacen de una visión depresiva de lo que sucede. Y está en lo correcto, los monos de Hervi constituyen hoy por hoy, la visión más lúcida de la historia chilena contemporánea.
Se dice que el tiempo más importante es el comienzo. No siempre. A veces son los finales, y otras –las menos– los intermedios. Y si uno habla de historia chilena contemporánea, no puede abstraerse del intermedio que constituye el golpe militar de 1973.
Hay un antes y un después. Hervi no lo dice con esas palabras, pero baja la mirada y en su lenguaje gestual deja claro el modo en que este suceso marcó la continuidad de su carrera. Tuvo miedo, mucho, como tantos. Se escondió, harto, como tantos. Y sobrevivió, hasta siempre, como todos.
El dibujante de la página de humor del diario La Tercera, acaba de ser recopilado en Chao no más, lujosa antología de su trabajo, editada por Aplaplac, con el auspicio y el apoyo de los cerebros responsables de 31 Minutos: Pedro Peirano y Rodrigo Salinas fueron los más fervientes impulsores del proyecto, gatillados por el fanatismo y el respeto que la figura y (sobre todo) la idea de Hervi despierta. Es que, sin temor a la exageración, en la larga tradición del humor gráfico chileno, este arquitecto y dibujante, nacido en Santiago en 1944, más que un referente es una institución. Hay nombres que se convierten en leyendas, Hervi hace rato que lo es.
Mucha admiración de los pares.
Es raro, pero así parece.
Se da bastante en el ambiente del cómic y del humor gráfico.
Es por cómo funciona esta disciplina, mucha relación de maestro y discípulo. Yo empecé haciendo tintas para Pepo, él me enseñó todo lo que sé. Lo admiro como colega y como mentor. Supongo que a estos muchachos les pasa lo mismo conmigo, a pesar de que yo no les he enseñado nada.
Repite "nada" y se ríe.
La responsabilidad del humorista gráfico.
¿De qué responsabilidad me habla? Este trabajo no hay que tomárselo en serio. Es una forma de molestar y llamar la atención.
Como lo que pasó hace poco con los caricaturistas daneses y sus chistes acerca de Mahoma. Ahora ofrecen recompensa por sus cabezas.
Ve, un dibujante puede pagar los platos rotos de los poderosos. Supongo que siempre ha sido así, la historia está llena de caricaturistas que pasaron a mejor vida por reírse de quienes mandan. Napoleón mando a varios a la guillotina…
La caricatura es el modo de desquitarse de quienes no tienen fuerza física…
Me imagino que en el tiempo de las cavernas, el debilucho de la tribu dibujaba en una pared al musculoso cazador de mamuts. Y si al cazador no le gustaba como lo dibujaron, le pegaban un garrotazo en la cabeza al dibujante… como cuando uno caricaturizaba al matón del curso y éste se picaba.
¿Le pasó?
No me acuerdo, supongo que debe haberme pasado, yo empecé de chico con los monos y no era bueno para los combos.
Una historia puede ser peligrosa.
Mucho, porque molesta y puede ser entendida por los analfabetos.
Hervi se queda en silencio un instante. Luego cierra: "Que son los más peligrosos".
¿Lo amenazaron alguna vez?
Cuando trabajaba en Hoy. Me mandaron un recado: que no siguiera si no quería pasarla mal. Pasé un tremendo susto, porque uno no sólo piensa en uno, sino en la familia.
Se acuerda del por qué de la amenaza.
Debe haber sido por un chiste. No me pregunte por cuál, porque no me acuerdo. Pero lo más seguro es que aparece en el libro.
Toma el ejemplar de Chao no más y tuerce una sonrisa.
Tiempos violentos
El intermedio comienza la mañana del 11 de septiembre de 1973, el día, el mes y el año en que el mundo percibió que las cosas en el país más austral del mundo cambiarían para siempre. Hervi no recuerda qué estaba haciendo aquel día, sí que se asustó al sentir el estruendo de los motores de reacción de aviones de guerra volando abajo, muy abajo.
"Claro que fue triste", describe Hervi, mirando hacia cualquier rincón de la terraza de su casa. "Perdí muchos amigos, gente cercana y el trabajo. Pero lo peor de todo es que junto con la cantidad inmensa de sueños y proyectos que había en aquella época, se fueron al tacho de la basura años de trabajo en el ámbito de la cultura popular. La gente olvida que en el gobierno de la Unidad Popular se hicieron tremendos avances en la educación y culturización de los chilenos. Quimantú, la maquinaria editorial del Estado fue un proyecto gigantesco y hermoso. Se editaron libros, novelas y revistas acerca de todos los temas y a precios asequibles. Entre 1970 y 1973, Chile leyó más que nunca. Comprar libros y revistas era una actividad frecuente entre las familias. Después todo eso cambió. Yo lo he dicho en varias entrevistas: siempre he creído que la cultura es otro más de los detenidos y desaparecidos".
Que no ha sido encontrada.
Que se perdió. A partir del triunfo del No y la llegada de los gobiernos de la Concertación, algo de ella hemos hallado, pero lo que nos robaron los militares se perdió para siempre. Ahora impera el mercado, las editoriales sacan productos pensando en las modas, no se la juegan, no se atreven a apostar. Estos son tiempos demasiados cómodos y calculadores para un desarrollo cultural realmente rico.
Chao no más fue una apuesta.
Sí, pero vino de gente cercana. No de una empresa. Es una excepción, antes era la regla.
¿Qué más se perdió el 11 de Septiembre de 1973?
Buuu, muchas cosas, pero quizás la que más me dolió, incluso más que el apagón cultural, fue cómo los chilenos perdimos nuestro sentido del humor. Nos olvidamos de reírnos de nosotros mismos, de ver la realidad desde una perspectiva sarcástica, humorística. Las bombas de los Hawker Hunter nos borraron la sonrisa".
¿Y qué paso con el humor en esta época?
Que se cambió la inteligencia por el chiste de cabaret barato, la ordinariez y lo fácil. El golpe nos volvió a todos más tontos. Y eso es triste. A mí al menos me da pena".
Avenidas colectivas
Hervi vive con su familia en un condominio al final de avenida Tobalaba. Tras la viña Cousiño Macul, una nueva urbanización rodeada por torres de departamentos pintadas con colores pastel, calles estrechas pobladas de sedanes japoneses, la avenida de rigor, donde pasan más taxis colectivos que micros.
– ¿Adónde va?–, me detiene el guardia del condominio, mientras lucha entre atenderme, responder un teléfono, vigilar a unos niños que andan en bicicleta y dejar pasar a una pareja joven en un Peugeot 205.
–Disculpe, ¿adónde va?–, insiste.
–Vengo de la revista Rolling Stone a entrevistar a Don Hervi.
–Acá no vive ningún Don Hervi.
– ¿Está seguro?
–Mucho, llevo cinco años trabajando, conozco a todos los vecinos del condominio y no hay ningún señor Hervi. Además no puedo dejarlo entrar. Está prohibido dejar pasar a cualquier persona ajena al vecindario.
Santiago a veces puede ser muy hostil. En un rato más, cuando el guardia entienda que Don Hervi es en realidad Don Hernán Vidal, de la casa 30 y me deje pasar, hablaremos acerca del miedo santiaguino. En las últimas tres décadas, Hervi lo ha usado para algunos de sus mejores chistes, como uno publicado en Revista Hoy el 10 de enero de 1979, en la que cuatro estudiantes universitarios exclaman: ¡Rápido! ¡Juguemos al trompo que allí viene el presidente del Centro de Alumnos! El horror al sapo, al enemigo interno que era capaz de denunciarnos y entregarnos a la maquinaria represora. Algunas cosas no cambian. Hervi se burlaba del miedo al sapo en la universidad, ahora quizás debería hacer lo mismo con el guardia, nada menos que el sapo del barrio.
–Ahhh, don Hernán–, exclama al revelarle la identidad secreta del humorista gráfico. –Casa 30, pase–, me indica tras llamar por teléfono.
El condominio es una mezcla entre escenario de Los Simpson y de chiste del propio Hervi.
"¿Dónde prefiere?", me dice el dibujante, tras las presentaciones iniciales. Quedamos en que el mejor lugar es la terraza. Aún es de día en la ciudad y el aire está fresco.
Hervi está contento con el libro. Es de lo primero que habla. Sabe que su edición es la excusa para esta entrevista y le acomoda que así sea. Políticamente correcto, repite que no sólo es por él, sino por lo notable que es que en Chile se edite un libro de historietas así, empastado a todo lujo. "Un hecho inédito", explica.
La historieta en el lugar que se merece
Como anécdota le cuento que hace un par de meses leí una editorial de la revista de libros del New York Times, en la que el columnista sostenía que los mejores libros que había leído en los últimos cinco años eran novelas gráficas, historietas y recopilaciones de caricaturas.
"A mí me da un poco de risa, me gusta que suceda, es como legitimar el trabajo, pero en verdad nunca me he tomado en serio esto, no creo en responsabilidades ni nada. No hay nada de misión en esto de dibujar. Es un chiste. Nunca lo he pensado teóricamente, ni siquiera cuando me han invitado a dar charlas en universidades".
¿Le pasa seguido?
Últimamente, pero debe ser por lo mismo que usted cita, ese interés académico por los dibujos.
De hecho se podrían escribir tesis y análisis críticos acerca de Súpercifuentes…
Jaja… Sabe que no me explico la idolatría que despierta este personaje. Cuando lo cree para la revista La Bicicleta, alrededor del 81 ó 82, fue casi una broma. Una parodia a los superhéroes gringos usando la imagen del cesante chileno. Luego supe que en España habían creado una especie de versión de este personaje, Súper López, pero sin el trasfondo político de Cifuentes. Debería haber cobrado derechos, aunque no sé de qué. La idea tras Súpercifuentes era la de un personaje paródico, una visión divertida de las penurias de la clase media. Súpercifuentes era básicamente el sueño liberador del cesante que pululaba por nuestras calles víctima de la recesión, su identidad secreta. Una vez me preguntaron si estaba inspirado en alguien, yo contesté en los cientos de Cifuentes sin pega que había en aquellos años. Era perfecto para un medio como La Bicicleta, que fue creado por y para cabros jóvenes, funcionaba de un modo bien hippie y terminó transformándose en un símbolo de la cultura juvenil en época de represión. Era bonita esa revista, le tengo mucho cariño.
A propósito de jóvenes. Usted despierta un especial interés entre ellos.
Eso es verdad, me va bastante bien en esos encuentros de cómics que arman de vez en cuando. Ahí he conocido a muchos cabros que hoy tratan de mantener la tradición de la Tira. Gente como Christiano y Rodrigo Salinas.
Qué fueron claves en la edición de Chao no más…
Cosas buenas que le pasan a uno. Premio también a tantos años de trabajo.
Recién habló de la tradición de la Tira Cómica. ¿Le preocupa ver que cada vez son menos los diarios que la incluyen?
No sólo la Tira, sino la viñeta de humor gráfico, como la que yo hago en La Tercera o Jimmy Scott en El Mercurio. Esa es una tradición que se ha ido perdiendo. Lo que hay es poco; antes, cualquier medio que se preciase de tal dedicaba al menos una página completa a historietas y chistes gráficos, lo que era además una muy buena ventana para talentos jóvenes. Hoy nos dan la oportunidad a los que llevamos años de circo, no puedo quejarme, sería desagradecido, pero el panorama no se ve bien para los que están comenzando.
¿Pesimista?
Más depresivo que pesimista.
¿Es depresivo?
Sí, pero no desde el punto de vista de la enfermedad, sino de mi parada frente al mundo, el modo en que veo lo que me rodea.
Suena contradictorio con una carrera dedicada entera a dibujar humor…
Es que esa es la gracia, un dibujante de humor gráfico suele partir de una mirada bastante triste de la realidad. Uno lee tantos diarios, ve tantas noticias, que termina bajado, casi muerto.
Hacer humor gráfico puede ser peligroso para la salud.
Se ríe y me cuenta la historia de cuando lo amenazaron, la misma que cierra el párrafo anterior…