

Remedio infalible
7 de Julio de 1982, Revista Hoy, Sección Sucede por Hervi. Dos personajes dibujados murmuran frente a un quiosco, el más alto le dice a su compañero: ¡Lo que son las apariencias, ¿te has fijado lo mal que luce una economía sana?!
Se lo muestro al autor. Esboza una sonrisa.
¿No se lo censuraron?
No sé. No me acuerdo. Quizás sí.
Duda, pero esa es otra historia, una para la cual falta un poco para llegar.
A sus diez años, un profesor se dio cuenta de la habilidad del joven Hernan Vidal para el dibujo. Le incentivó su afición por el diseño y la arquitectura, y lo llevó a matricularse en los talleres de la escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile. "A los trece años estaba trabajando profesionalmente de dibujante. Hacía tiras cómicas para el diario El Mercurio y revistas como Okey, cosas chicas, muy de primerizo".
¿Ahí conoció a Pepo, creador de Condorito?
Ahí mismo. Sucede que Condorito, en ese tiempo, estamos hablando de 1956 o 1957, era un par de páginas en la revista Okey. A fines de uno de esos años, editaron un álbum recopilatorio que le fue tan bien, que le pidieron a Pepo que en lugar de dibujar una historieta mensual hiciera dos, con el objeto de sacar dos tomos al año. Y ahí llegué yo, como su ayudante, porque Pepo no se la podía solo. Empecé pasando las tintas y terminé haciendo historietas enteras, con chistes incluidos. Fue una gran etapa, Pepo se convirtió en la mejor escuela posible. Le estoy muy agradecido.
¿Y cuándo aparece el humor contingente?
En esos mismos años. Mientras seguía en Condorito comencé a hacer cosas más políticas, para todo tipo de revistas, desde unas editadas por el arzobispado hasta Topaze. Ahí conocí gente como Abraham Santibáñez y Guillermo Blanco, periodistas que me enseñaron a leer noticias y a entender por qué suceden las cosas para así interpretar hechos como… déjame recordar alguno puntual de esos años… como la caída de Perón en Argentina o la Guerra Fría… Fue una buena época para la historieta nacional. Era un trabajo bien remunerado, había medios y gente muy buena. Yo lo pasé muy bien con gente como Palomo, Vicar y Themo Lobos. Fue una gran generación, formada por gente muy talentosa. Después empezó a llegar gente de Argentina, producto de la crisis económica que dejó Perón. Nombres como Oski y el propio Oesterheld. Fue un honor trabajar con ellos.
¿Trabajó con Oesterheld?
Un tremendo honor hacerlo. Gran escritor, tremendo guionista, mucho más allá de su trabajo en El Eternauta. Era un gallo muy culto, muy preparado. Nadie esperó que sus días terminaran de un modo tan trágico. La historieta latinoamericana está plagada de mártires políticos y, dentro de éstos, la figura de Héctor (Oesterheld) es quizás la más emblemática.
Paréntesis. Héctor Germán Oesterheld, quizás el más prolífico de los guionistas de historietas argentinos, autor de El Eternauta y de trabajos para artistas de la talla de Hugo Pratt (Corto Maltés). En 1977, fue apresado junto a sus hijas por el aparato represor de la dictadura militar argentina y asesinado junto a ellas. Tal como sostiene Hervi, su historia es una de las más trágicas dentro de la tradición comiquera de este lado del planeta.
En esos años aparece El Pingüino.
El Pingüino ya existía. La hacía editorial Lord Cochrane y a mediados de los ochenta se la dejaron a Alberto Vivanco, quien nos llamó junto a Palomo y a otros dibujantes con la idea de reformarla y hacerla más opinante. Nosotros llegamos con toda la escuela de los dibujantes españoles que se burlaban de Franco y la revista americana MAD, y tratamos de darle un sello propio. Resultó en un principio, pero luego provocó serias desavenencias con los jefes, que terminaron despidiendo a todo el equipo. En lugar de echarnos a morir nos fuimos en bloque, junto a Vivanco, y formamos nuestra propia revista, la cual no sólo editábamos sino que también imprimíamos, como si se tratara de un fanzine con recursos.
Esa fue la revista La Chiva.
Sí, en ella junto a Palomo tratamos de explorar un sentido más urbano, más de barrio a la hora de contar los chistes. Yo me caminaba Santiago entero detrás de situaciones dignas de narrar y dibujar. Estaba muy influenciado por el dibujante mexicano Rius, que fue pionero en eso de meter la ciudad en los chistes. La Chiva fue una especie de escuela experimental de humor gráfico.
Adiós cielo azul
Otro avión pasa sobre la casa de Hervi. El regresa del teléfono, me dice que era una tontería y vuelve a excusarse. Le preguntó por lo que vino después de La Chiva. La era Quimantú, la Unidad Popular.
Clases de historias. 1970, Salvador Allende sube al poder, se convierte en el primer gobernante socialista en ser elegido democráticamente. Comienza el proyecto de la Unidad Popular, el inicio de los años más complejos de nuestra historia. Junto con los procesos políticos, el proyecto del gobierno del pueblo se enfocó con fanatismo en la educación y la culturización del pueblo. Cultura popular era el slogan, pero no entendido como la cultura pop de hoy en día. Se armaron proyectos de lectura, se incentivó la industria editorial como nunca antes y se creó Quimantú, la empresa editora de mayor envergadura en la historia nacional.
Un monstruo cultural", define en una sola línea Hervi cuando le pido que me hable de Quimantú y de lo que significó para su trabajo y su carrera. "Publicábamos con tirajes jamás vistos, 200 mil ejemplares semanales. Se aprobaban proyectos de todo tipo, revistas de historietas para niños, libros ilustrados, novelas clásicas con portadas pintadas por artistas locales. Fue un vuelco total a la imaginación y al potencial nuestro".
Un mundo feliz.
Una época feliz.
Muchos se fueron, usted no.
Lo pensé, por miedo, por pena, pero tenía a mi familia acá y había que aperrar. No todos pudimos escapar, algunos preferimos quedarnos.
¿Qué pasó con Quimantú?
La agarró el Estado y trató de clonarla con el nombre de Gabriela Mistral. Hicieron tan mal las cosas, que acabaron destruyéndola. Yo creo que fue a propósito, con la idea de acabar con lo último que quedaba de la utopía del gobierno popular, la industria cultural.
Y qué hace un humorista gráfico en una época sin humor de ningún tipo
La Beca Pinochet.
¿…?
Forma de decir. Sin trabajo, sin amigos, sin sueños, tuve que volver a la universidad, titularme de arquitecto y vivir de la arquitectura.
¿Forzado?
Ni tanto, me gusta mucho la arquitectura, hasta el día de hoy la ejerzo. De niño quise ser arquitecto, así que me dediqué a eso, tranquilo, iniciando una nueva vida, como todos los chilenos en los convulsionados años 70.
¿Hay humor en la arquitectura?
A veces más que en la realidad.
Pero el 77 empieza en Hoy.
Que no sé cómo pasó. Un milagro, tal vez. El amparo de organismos internacionales, sumado al deseo de limpiar su imagen, el gobierno militar aceptó la edición de un medio opositor. Yo conocía a Abraham Santibáñez y a otras plumas involucradas en el proyecto, así que de inmediato me llamaron para que me encargara de la página gráfica, un chiste semanal titulado Sucede, por Hervi, y que se publicó ininterrumpidamente entre 1978 y 1990. Además me tocó hacer varias portadas, como la del número uno.
¿Cómo era trabajar en Hoy?
Hoy era una maravilla. Teníamos un enemigo contra quien combatir. Había harta utopía y ganas. Eso era bonito. También lo triste. El humor de esa época era triste, oscuro, a mí me deprimía escribir mis chistes, había tanto mal en el ambiente que uno terminaba desgastado, dolido después de un día de trabajo.
Suena contradictorio.
Es casi surrealista, por eso a la distancia también es gracioso. Yo me levantaba temprano, escuchaba radio, leía los diarios, veía tele, escogía la situación, buscaba el chiste y dibujaba. Y a medida que iban pasando las horas, el humor me iba jugando en contra. Era todo tan negro, tan siniestro, que las risas me resultaban macabras. La gente no me cree, pero cada chiste que inventé y dibujé para Hoy me dejaba amargado… Hay una creencia común que mira para atrás desde una visión casi romántica de las cosas, sobre que esos años fueron bonitos porque uno peleaba por la democracia contra la dictadura, todo eso de sentirse pequeños héroes. Pero lo cierto es que no fue una época tan buena. O sea sí, por la gente con la que me rodeaba y el ánimo común de estar peleando por algo en que creíamos, pero para la salud mental fue un peso que aún no logro superar… El proceso era muy duro. Cada vez que se terminaba una edición de Hoy había que partir al Edificio Diego Portales con el paquete con las páginas y pasárselo al personero de gobierno de turno. Ellos revisaban cada línea de la revista y la devolvían tachada con rojo. Esto sí, esto no. A veces marcaban una palabra, otras páginas completas. Era muy duro.
¿Lo censuraron mucho?
Mucho. Casi todos mis chistes eran devueltos con correcciones editoriales. Cosas que molestaban como que se exagerara mucho el bajón económico o que se parodiara a los integrantes de la "santa junta de gobierno". A veces me sacaban una línea de diálogo o pedían que cambiara la frase humorística, otras de cuajo me cortaban el chiste entero. Y había que pasarse la noche en vela inventando otra situación para enviar al Diego Portales.
Sincronías. Esta entrevista se efectuó el lunes 6 de marzo del 2006 en la casa de Hervi. Un día antes, el domingo 5. Un cortocircuito hizo estallar llamas en el ala oriente del mítico Diego Portales. Edificio levantado en la Unidad Popular como símbolo del progreso del pueblo, diseñado como un gran espacio público que comunicara la Alameda con el Parque Forestal.
En 1973, con el Palacio de La Moneda destrozado por las bombas, el Portales se convirtió en la casa de gobierno. Fue cerrado, blindado, oscurecido, convertido en un bunker. Tras la vuelta a la democracia, los gobiernos de la concertación han luchado por regresarle su original espíritu cívico. No lo han logrado. El 6 de marzo del 2006 una chispa desató el infierno, los fierros se calentaron al rojo, las llamas consumieron los cimientos y el leviatán se vino abajo. Al momento de esta entrevista, mientras conversamos acerca del edificio, lo que queda de él semeja los restos de una colosal criatura prehistórica anclada en el corazón de Santiago de Chile.
Hervi esboza una sonrisa cuando lo recuerda y dice que, de alguna rara manera, el reciente desastre del Diego Portales significa una extraña sucesión de cambios. El mismo día del incendio estuvo con su amigo Jorge Montealegre, poeta y ensayista y uno de los hombres que más sabe de la historia del humor gráfico en Chile. Y mientras veían las noticias en la tele no podían creer lo que pasaba.
"Una mujer al poder, inicio de un segundo gobierno seguido a cargo de un socialista, se cae el Diego Portales y Hervi saca un libro de lujo. Algunas cosas están muy locas, me dijo Jorge", recuerda el dibujante.
No agrega nada más, sólo repite la imagen de las llamas consumiendo el edificio.
¿El punto final a una era?
Ojalá así sea.