Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, febrero 2009, año 3, número 06
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Un artista de la paradoja

 

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El tipo escribe desde hace 24 años y tiene 38. No son cifras redondas de acuerdo con las convenciones conmemorativas, que prefieren celebrar los siglos, sus cuartos o como mucho sus décimos. En cuanto al lugar, Santander, si no se equivoca es la cuarta vez que viene en su vida, lo que no hace ni pocas ni muchas. Acude atendiendo a una amable invitación, de igual modo que, en los últimos años, le ha sido dado recibir múltiples otras. Sin duda el foro es respetable, pero no más que cualquier otro, para quien alberga la convicción de que debe respetar siempre a quien le escucha, ya hable en el más solemne paraninfo o en el más destartalado centro de barrio. No hay, pues, razones temporales ni espaciales singulares, pero quizá sea ése un buen motivo para hacer examen de conciencia y sopesar, justamente aquí y esta noche, lo que ha quedado escrito y lo que queda por escribir en el futuro.

Digo que hace 24 años. Más de la mitad de mi edad, casi dos terceras partes a estas alturas, desviando un buen pedazo de mi existencia a poner palabras, historias y personajes inventados sobre el papel. O, lo que es lo mismo, dejando de vivir en parte la vida, para entregársela a criaturas que no existen y que te vampirizan en el proceso, como dijera conmovedoramente uno que pasó antes por esta senda, Miguel Delibes, en su discurso de aceptación del Premio Cervantes. Así que supongo que he dejado de vivir ya bastante, aunque paradójicamente ha sido merced a ese sacrificio, incluso a la renuncia que puede llevar aparejada, como he obtenido alguno de los dones más hermosos que recuerdo deberle a la circunstancia de haber nacido y seguir resistiendo.

Pienso que un hombre debe creer en su oficio. Yo creo en el mío, por eso vengo aquí hoy a defenderlo. Y creo en él pese a esa constitución paradójica, pese al largo y arduo peaje que exige, o precisamente por eso. Porque, si se me autoriza a hacer paradojas sobre la paradoja, yo no habría podido ser escritor, ni creer en ello, si no hubiera sentido que se trataba de un oficio paradójico. Hay quien, tal vez por un desarreglo del espíritu, no puede creer en los caminos demasiado derechos, necesita que la ruta se le muestre algo oblicua, porque en caso contrario siente que se ha extraviado, que en algún momento torció por donde no debía, aunque se vea acompañado de otros. No sé si todos los que hacen literatura responden a ese perfil. Sólo por mí hablaré hoy.

El peligro que tiene siempre el literato ante una tribuna es el de divagar. Esto puede tener su gracia, si la tiene el que divaga, pero no forma parte de ese respeto al auditorio al que me refería al principio presumir que uno está dotado de la chispa necesaria para salir airoso si se deja ir sin más. Por eso tiendo a ordenarme cuando hablo, y también, aunque acaso resulte incongruente, he intentado ordenar mi visión de esta paradoja que me apega a mi oficio. Para ello, la he dividido en tres partes, en tres paradojas distintas y complementarias que me ayudan a entenderla y espero que me ayuden a hacerla entender.

La primera paradoja es la que llamo del solitario. No la abordo en primer término por una elección al azar. Quizá sea la primera que siente quien se propone escribir literatura. Y es que, desde bien pronto, descubre que está solo, y que es precisamente en esa soledad donde debe perfeccionarse, desde donde debe aprender a mirar, a escuchar y a escribir. Nadie te acompaña cuando sales a explorar el bosque, y esto, que puede resultar en ocasiones desalentador, debes aprender a entender que es la única manera de encontrar en ese bosque lo que debes: algo que nadie dijo, o nadie dijo igual, y que te estaba esperando para que lo dijeras. Porque si no eres capaz de volver del bosque con eso, más valdría que nunca hubieras salido, más valdrá que no lo escribas, o que, si tienes la debilidad de escribirlo, tengas luego el valor de hacerlo desaparecer. Uno intuye esto en los comienzos, cuando aún está demasiado inerme y cuando sus gestos y sus movimientos son excesivamente dubitativos. En ese instante, la intuición produce cierto horror. Puede probarse a ignorarla, y escribir cualquier cosa siguiendo la moda que en ese momento impere. Puede tomarse demasiado en serio, y dejar de escribir. O puede asumirse con la mezcla de audacia y reflexión, consciencia e inconsciencia, que supongo aqueja a quienes logran ser escritores. Éstos se dicen: "bien, acepto estar solo y voy a salir a cazar". Y aquí es donde viene la paradoja. Porque uno no sale a cazar su propia comida, sino a cobrar piezas que pretende dar a probar a los otros. El escritor se convierte en un cazador solitario que caza para el prójimo, por lo menos el que a mí me interesa y considero propiamente tal. Permítaseme excluir a los redactores de diarios íntimos y a los geógrafos de su propio ombligo, porque concuerdo con Schopenhauer en que la única meta posible del arte es la comunicación del conocimiento (del conocimiento sobre el mundo, y no sobre un individuo insignificante).

Éste es, probablemente, el momento crucial en la elección por parte del escritor de su voz y su discurso. Espera que le lean, necesita que le lean, para ser cabalmente lo que quiere ser. Pero no puede escribir sólo en función de eso, no tiene más remedio que escribir sobre ese bosque que explora en soledad, porque si eligiera hacerlo sobre otras cosas, sobre otros parajes más transitados o consabidos, para procurar ganarse al auditorio, fracasaría antes de haber siquiera comenzado. Uno tiene que averiguar cómo los demás quieren y necesitan leer lo que uno quiere y necesita decir. No escribir para el público o lo que el público demanda, sino lo que a uno le demandan los frutos de su exploración solitaria por el bosque, de una manera que otros valorarán y disfrutarán, aunque a lo mejor no lo sepan hasta que lo lean. Y es posible, y con eso debe contar el escritor en sus comienzos, que nunca lo consiga. Que no haya nadie a quien interesen sus cacerías ni las piezas cobradas, o que él no sea capaz de encontrar la manera de hacer que resulten interesantes. En ese momento es, probablemente, cuando se siente la mayor angustia. Pero también, si a pesar de todo uno decide seguir adelante, cuando se tiene la rotunda sensación de estar realizando un acto de libertad radical, y a la vez, de radical compromiso con los semejantes. El escritor puede ser en ese momento un total desconocido; pero acaba de hacer una apuesta que le justifica, y que le dará la más alta satisfacción si su alarde de libertad encuentra alguna vez eco en otros seres libres, en cualquiera de los hombres y las mujeres a los que naturalmente está destinado a ofrecer el fruto de sus desvelos.

Cuando eso sucede, cuando la obra llega a los lectores y se produce "la comunicación en el seno de la soledad", de que hablaba Proust; cuando el escritor siente que su obra, construida desde su laborar solitario, se hace valiosa para otros, es cuando sabe realizado su destino. Lo que ha levantado es algo más que el acta de su ensimismamiento, es un conocimiento compartido y disfrutado por otros, algo que se independiza de él y que le proporciona la sensación de solidaridad y comunión con sus semejantes que le permite considerarse artista. Se siente, en cierto modo, acompañado, más acompañado que antes, y eso no le disgusta. Pero sabe, o debe saber, que para seguir escribiendo tendrá que volver a estar solo. Que tendrá que salir al bosque sin más compañía ni arma que sus ojos y sus oídos y volver a cazar lo que nadie había cazado. Puede estar menos solo como ser humano, y de hecho lo está. Pero no como artista. Y su destino es seguir buscando en esa soledad algo que compartir con los demás. Porque si deja de hacerlo, los lectores le volverán la espalda, y obrarán legítimamente. Nada le deben. Libres son de atenderle o no, como él quiso ser libre de decir y escribir.

La segunda paradoja a la que me gustaría referirme es la paradoja que podría denominar del extranjero. La anterior creo que es más o menos común a todo el que escribe literatura. Ésta, en cambio, la siento como una paradoja bastante personal, y que me ha condicionado de forma muy relevante a la hora de escribir. Lo confirma mi propia obra. En muchos de mis libros, el protagonista o algún personaje principal es extranjero, o se siente o resulta extranjero en el contexto en el que se desarrolla la acción. Parece como si el extrañamiento, que en definitiva es una forma de soledad, y posiblemente una deriva particular en mi caso de la paradoja anterior, me resultara consustancial al acto de narrar; como si lo necesitara para mejor contar una historia del modo y con el alcance y la profundidad con que me gusta hacerlo. Como cualquiera, tengo una patria, un lugar de pertenencia, y como cualquier escritor, necesito ese anclaje, aunque sólo sea porque de él se deriva algo de vital importancia para la literatura, el idioma en que uno escribe. También como cualquiera, en lo que escribo constato que una buena parte surge de la memoria, de esa patria en el sentido más amplio del término, que abarca el ámbito vital, pero también geográfico, que uno siente como suyo. Pero cuando me siento a escribir, incluso cuando me siento a mirar, casi instantáneamente me convierto en extranjero. En alguien que mira el espacio que ve con la curiosidad del intruso, como si en el fondo sintiera que no puede pertenecer del todo a él, como si su lugar estuviera eternamente en otra parte, o quizá en ninguna parte. Puede que me ayuden a ser y sentir así mis orígenes: soy mezcla de andaluz y castellano, es decir, oriundo por los cuatro costados de ese único reino histórico que ya no existe en España, el de Castilla, contra cuyo fantasma se afirman todos los demás reinos, principados y condados, que sí existen y pretenden (y seguramente lograrán) existir aún más. Además nací y he vivido en Madrid, esa ciudad de la que no es nadie, y que a fuerza de expedir carta de ciudadanía a cualquiera, no proporciona identidad alguna. Supongo que a otros les desolarían estas constataciones. A mí, particularmente, me desasosiegan muy poco y hasta me permitiría decir que las doy por bienvenidas, porque me falta añadir, respecto de esta paradoja de la extranjería, o del extrañamiento, o como se la quiera llamar, que la valoro como una de las más fértiles en mi camino como escritor. Creo que sentirme extranjero frente al mundo en el que vivo (tal ha sido y es mi experiencia, lo mismo antes, cuando era un escritor en un mundo de abogados, que ahora, que soy un abogado o ya casi ex abogado en un mundo de escritores) a la larga no me ha venido tan mal. Y me parece que trasladarles ese rasgo a muchos de mis personajes, haciéndolos también a ellos un poco extranjeros en las historias en las que habitan, contadas a menudo por ellos mismos con esa mezcla de asombro y distanciamiento, de lucidez y de inocencia que caracteriza al forastero, me ha servido para dar con algunos de mis mejores hallazgos como escritor. Al menos si he de guiarme (y lo hago, aunque también atienda a otras señales) por lo que me cuentan los lectores. Ahí está, sin ir más lejos, el que sin duda es el personaje más influyente de los que he creado, ese sargento Bevilacqua de apellido impronunciable, medio uruguayo y medio extranjero en el país en el que vive y trabaja y en la Guardia Civil en la que, pese a todo, sirve.

Y es que para mí la paradoja del extranjero no se limita al fácil recurso del desasido o el lunático. El extranjero o la extranjería desde donde me interesa escribir no es la del que se siente fuera, al margen y en definitiva (en eso suele ir a parar) por encima del resto. Por eso no recurro demasiado a menudo a la figura del outsider sin más lealtades ni sujeciones que las suyas propias, de la que tiendo a desconfiar, sino que mis extranjeros sienten a la vez la imposibilidad de pertenecer del todo al mundo en el que viven y la necesidad de pertenecer en cierto modo, de cumplir en ese mundo alguna función que resulte valiosa, y si no, por lo menos respetable, y si no, por lo menos decente. En estos términos es en los que se plantea propiamente su paradoja. Tal es el caso del sargento Bevilacqua, pero también el de muchos más, incluso de los más descreídos y corrosivos, como podría ser el protagonista de La flaqueza del bolchevique, otro extranjero en su propia vida. Sólo en una novela extraña, La sustancia interior, exploré la vivencia de un extranjero que perseveraba en serlo y en rechazar todo vínculo con su entorno, aunque aquí la paradoja estaba en que sus actos le enredaban más y más a cada página, hasta un final que no desvelaré a quien no la haya leído pero que quienes la conozcan sabrán valorar en este contexto. Ser y mirar como un extranjero es mi forma de pertenecer. Y a partir de ella puedo aceptar sin repugnancia la idea de patria, que además puedo extender mucho más allá de su originaria y estrecha acepción. Así, mi patria son los parques de Madrid, donde nací, o las calles de Getafe, donde vivo; los montes de Málaga y los campos de Salamanca, donde nacieron mis ancestros; pero también los páramos de Escocia, las calles de Brooklyn, los valles de Sicilia, las esquinas de Praga, los cementerios de París, las playas del Báltico, la ciudad vieja de Manila o las montañas del Rif, por poner sólo unos pocos ejemplos de lugares a los que aprendí a pertenecer pasando mi mirada de extranjero sobre ellos. Por eso mi patria es también mi gente y sus espacios, incluidos los que conocieron cuando yo no había nacido y luego puede ver (tal el caso de Marruecos, por donde había andado mi abuelo, o el de Manila, donde vivió mi bisabuelo). Por eso mi patria son también todos los lugares (y no han sido pocos), que mis personajes han tocado en mis novelas, desde los más lejanos a los más cercanos, desde los que aún no conozco (Varsovia, Ákaba) hasta los que visité para la ocasión (Badajoz, Alzira, Segangan, por recordar los que conforman el itinerario novelesco que tengo más reciente). Y por eso soy incapaz de entender, y quiero seguir siendo incapaz de entender, a quienes se ponen en el pecho una bandera y les ponen a otros una bandera diferente para sentirse mejores que ellos o enemigos suyos, los dos sentimientos más insensatos que puede tener uno frente a cualquiera de los seres humanos con quienes al cabo comparte la fragilidad de esta vida y este mundo.

La tercera y última paradoja a la que voy a referirme es quizá la más amplia y a la vez la más difícil. La podría llamar la paradoja de la invención, o de la ficción, puesto que urdidor de ficciones es, con carácter general, quien a hacer novelas se aplica. También la podría llamar la paradoja de la verdad, aludiendo a la otra cara de la moneda. Y es que, tal y como he sentido el quehacer literario desde que empecé a dedicarme a él, hallo que el novelista se encuentra sometido a una contradicción enorme y esencial: sólo parece tener sentido hacer una novela allí donde uno puede pretender inventar algo, donde siente que su imaginación ha producido algo realmente original y novedoso; pero a la vez, sólo tiene auténtico sentido leer novelas, más allá de la vana consunción de tiempo para la que ahora existen múltiples y más atrayentes alternativas, cuando las novelas nos hablan de la verdad de la que estamos constituidos, atreviéndose a nombrarla y rehusando participar de la ocultación, enmascaramiento y grosera manipulación de dicha verdad con que a diario nos bombardean los medios de comunicación. No esto es un signo exclusivo de esta época, aunque nunca antes los medios de difusión de la mentira y de maquillaje de la verdad tuvieron tanta potencia como tienen ahora. Pero por esto mismo la verdad se ha vuelto tanto más necesaria, transgresora y seductora. Por eso mismo ha ganado un valor insólito que el artista tiene el deber de buscar.

No tengo ninguna duda. Lo que hace grande a una ficción es que tenga detrás un soplo poderoso de verdad. La fantasía por la fantasía es algo al alcance de cualquiera, y a la larga (o a la corta) inofensivo y reciclable en merchandising y trivial entretenimiento. Nada nos impresiona y conmueve más que lo verdadero, aunque cuando viene envuelto en una obra de arte debamos asumir que hay siempre un artificio en su construcción. Poniendo un ejemplo reciente: nadie con un mínimo sentido de la narración cinematográfica, unas mínimas nociones de montaje y una mínima experiencia como espectador de documentales deja de advertir el elaborado y astuto artificio que es en cada plano Fahrenheit 9/11. Pero la película es poderosa, hubieron de darle la Palma de Oro en Cannes, han tenido que exhibirla por doquier en el país cuyo sistema pone en tela de juicio y ha impactado a millones de espectadores entre los que me cuento, por su carga explosiva de verdad: la que hay en esos congresistas que no envían a sus hijos a la guerra que defienden, en esa madre patriota que siente haber entregado la vida de su hijo a unos embaucadores, en esos soldados que se jactan de la borrachera del combate o que heridos aúllan en una camilla. Hay quien lo llama la fuerza de la demagogia. Para mí es la fuerza de la verdad que no teme ser dicha y expuesta, aun cuando no resulte amable hacerlo, aun cuando tenga que enfrentarse a toneladas de propaganda procesada y servida por la maquinaria más colosal y omnipresente.

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