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Por eso vale la pena bucear en la realidad, en sus partes más distorsionadas o preteridas, pero también en las más cercanas e igualmente falseadas, para buscar la materia y el pulso de las ficciones. La realidad presente y la histórica, por qué no, pero en este segundo caso, a mi juicio, es preciso asumir la responsabilidad que contrae quien cuenta el pasado: no adulterarlo con burdas patrañas ni manejarlo como reclamo espurio y banal, sin dejar de honrar al mismo tiempo el deber que incumbe a todo contador de historias de hacerlas, ante todo, significativas para el lector de su época. También, por las mismas razones, vale la pena hacer que los personajes sean verdaderos y procurar que digan verdad. Puede que uno pierda la oportunidad de impresionar al lector con un campeón apabullante, o la ventaja de engatusarle con una verborrea ingeniosa, pero a cambio ganará la gratitud de quienes gustan de encontrarse con seres de carne y hueso que les cuentan al oído sus grandezas y miserias, permitiéndoles reconocerse en ellos, compartir sus alegrías y participar de sus miedos y sus desazones. Y de propina logrará, o estará en condiciones de lograr, el delicado tejido de emociones que hacen que un personaje sea algo memorable, y no un muñeco al servicio de los designios, más o menos inteligentes o afortunados, a que en cada momento pueda sujetarse el narrador.
Además, la búsqueda de lo verdadero en todas sus facetas es la única misión que puede aceptar quien admite que el arte es una forma de conocimiento, y no un simple pasatiempo más o menos gracioso o inspirado para esparcimiento de espíritus ociosos. Decía Schopenhauer: "La verdad se resigna a una corta fiesta triunfal entre dos largos lapsos temporales en la que es reprobada como paradoja y menospreciada como trivial; pero la vida es breve y la verdad llega lejos y perdura: digamos la verdad". Sigo su concepto de arte y sigo este consejo.
La paradoja del novelista consiste en que la verdad, a través del artefacto un tanto antinatural de una novela, no cabe decirla directamente, como un testimonio notarial. Si uno narrase día por día cualquier vida con absoluta fidelidad, sería insoportable. Si ciertas cosas se contaran tal cual son, nadie les daría crédito. La novela ha de decir la verdad a partir de la fábula, a través del delicado equilibrio en que consiste la verosimilitud literaria, y con la fuerza de persuasión que exige el arte narrativo. Probablemente éste sea el mayor reto técnico que implica la escritura de novelas, o al menos el que a mí me parece de mayor envergadura. Porque atañe a la manera de escribir pero también a la esencia y al fundamento del acto de la escritura literaria, a preservar justo aquello que puede salvarlo de la futilidad y la charlatanería.
Pero esta dificultad práctica no puede alejarnos, ni mucho menos distraernos, de la constatación inicial. Hay que hablar de lo verdadero y de una forma verdadera, a través de personajes verdaderos y humanos en toda la extensión; conjugando todo esto con la invención pero sin incurrir nunca en el uso de cosméticos que, bien por conveniencia del momento, por comodidad o por acuñamiento previo, sean a priori más fáciles de digerir por el público. Éste es, acaso, el camino para no cosechar grandes reveses, incluso para hacer sonar alguna flauta, pero en modo alguno la forma de alcanzar una satisfacción duradera y sostenida en el ejercicio de la escritura. Por el contrario, si uno tiene el valor de decir lo que no se dice, o aquello respecto de lo que incluso hay un extendido discurso contrario, puede encontrarse con los más felices frutos de su labor. Vuelvo al ejemplo del sargento Bevilacqua. En el fondo del personaje hay una verdad simple, pero que se ha demostrado poderosa: un guardia civil que investiga homicidios puede ser una persona normal, con sus peculiaridades no derivadas de su oficio, sino de su vida y carácter. Ésta es hoy una verdad que pocos discutirían (retomando a Schopenhauer, se ha vuelto trivial). Pero cuando empecé con él, hace diez años, algunos me decían que estaba loco por convertir en héroe literario a un miembro del cuerpo del tricornio, y no son pocas las reservas y reticencias que he tenido que leer en letra impresa acerca de la veracidad de este personaje. En definitiva, surgió como paradoja, con un fondo de verdad para mí incuestionable, y que no temí decir; y eso lo ha hecho persuasivo y seductor como personaje literario. Las invenciones verdaderas, sigo y seguiré creyendo, son las que abren camino.
He agotado mis tres paradojas y algo de lo que no he hablado. Es una cuestión que una vez oí decir a alguien que no me preocupaba, y le tuve que aclarar que se equivocaba profundamente, porque sí me importa, y mucho. Lo que no creo es que haya que decir mucho de ello, o por lo menos no mucho que tenga alguna entidad autónoma de lo que resulta sustancial, que es a lo que he tratado de referirme definiendo mi oficio de escritor en torno a las tres paradojas que quedan expuestas.
Me refiero, naturalmente, al estilo. Una cuestión de gran importancia para un escritor, insisto, pero que para mí, existe muy poco por sí misma y desligada de lo que se quiere o se debe contar. Cito por tercera y última vez a Schopenhauer: "Sólo quien tiene pensamientos auténticamente propios posee un estilo genuino". También hago mía la divisa estilística de Ramón J. Sender: "El mejor estilo es el que no se nota". Y, si se me permite, recordaría el ingenioso juego de palabras que sobre esta cuestión se puede leer en Alice in Wonderland: "Take care of the sense and the sounds will take care of themselves" (broma a partir del dicho popular inglés sobre la economía doméstica: "Take care of the pence and the pounds will take care of themselves"). Lo importante es saber lo que uno tiene que decir, y después trabajar para decirlo de la forma más elegante, hermosa, conmovedora y eficaz, cómo no. Pero en el hallazgo de esa forma precisa pesará más la actitud desde la que se escribe y lo que se quiere contar que cualesquiera reglas abstractas e independientes que uno quiera definir apriorísticamente.
Lo que antecede podría valer como resumen y como condensación de esos veinticuatro años de dedicación a la literatura. He preferido hacerlo así, en lugar de hacer la lista de obras, de temáticas, de géneros, de territorios literarios explorados. A veces tengo la impresión de que los libros (veinte, con el que saldrá este otoño) son ya demasiados, y que también son demasiados los ámbitos en los que me he aventurado como narrador, o al menos tantos como para hacer engorrosa su enumeración. Además, confieso que me incomoda y desconcierta un poco que se me invite a foros diversos en calidad de especialista (en género policiaco, en literatura juvenil, en novela histórica, en literatura interactiva, en adaptación al cine de obras literarias), cuando yo no me considero tal cosa y me acabo sintiendo en todos ellos fuera de lugar, como una especie de intruso, o en definitiva, como ese extranjero al que hago una y otra vez llevar el peso de las historias que escribo. Por eso esta vez he preferido huir de lo concreto, sin perjuicio, desde luego, de ponerme a disposición de quien entre los presentes quiera observar o saber algo sobre cualquier novela o personaje o género en particular.
Pero al principio decía que aprovecharía esta ocasión para hablar no sólo de lo hecho, sino también del futuro. Y creo que es buen momento para hacerlo, porque en cierto modo siento cumplida una etapa. He publicado quince novelas, y escrito algunas más. He probado, con fortuna y generosa respuesta de los lectores, unos cuantos géneros. He visto a algunos de mis personajes convertidos en seres medianamente populares, incluso en personajes de la gran pantalla. También he escrito algunas novelas que no fueron reconocidas, o no como yo esperaba. He tenido aciertos, y he cometido bastantes errores. Me han reconocido, creo, la mayoría de los primeros, y no me han reprobado, creo, la mayoría de los segundos, pero eso no me exime de haberlos cometido ni de ser consciente de todos. En conjunto, compruebo que el plan temerario que me propuse hace más de veinte años, no ha resultado del modo catastrófico que consideraba previsible. Y a partir de aquí...
A partir de aquí, no puedo hacer otra cosa que continuar por el mismo camino, viviendo y asumiendo las paradojas de mi oficio como lo he hecho desde el comienzo, porque me pareció y me parece que ésa era mi obligación. Uno no puede cambiar así como así, y menos aquello en lo que ha creído con todas sus fuerzas y a lo que ha servido con toda su voluntad. Por eso, como cuando apenas era un chaval y comenzaba a juntar letras en el papel, sigo sintiéndome un cazador solitario que sale al bosque sin ayuda, y que no la espera; sigo viéndolo todo como un extranjero ávido de de patrias a las que pertenecer y hacer pertenecer a sus personajes, aunque nunca vaya a instalarse en ninguna; y sigo creyendo, o creo todavía más que antes, que decir sin miedo la maltratada verdad es el mejor camino para ganar el corazón de la gente.
Lo dejó escrito Raymond Chandler, en palabras que son toda una lección sobre el arte de escribir:"Un escritor está siempre, en su propia sensación, nada más que empezando. No importa lo que haya podido hacer en el pasado, lo que intenta hacer le convierte de nuevo en un adolescente, y nada le ayudará ahora salvo la pasión y la humildad".
Sólo noto dos diferencias, aunque no son pequeñas. A partir de ahora, quisiera no cometer ciertos errores (aunque los cometeré, y otros nuevos) y desempeñar de un modo más radical mi oficio tal y como lo he descrito; los años no me han enseñado la necesidad y tampoco la conveniencia de atenuar mis convicciones, sino que más bien han acrecentado su intensidad y me mueven a darle a su expresión también la máxima intensidad posible, con el solo límite del sentido del humor y el sentido común, que creo que sólo los necios pueden permitirse el lujo de perder. Quien pierde el sentido del humor se vuelve fastidioso, quien pierde el sentido común se vuelve estrambótico, y quien pierde ambos se vuelve superfluo, rasgos todos ellos que en modo alguno ayudan a escribir literatura, o por lo menos no la que yo quisiera escribir.
La segunda diferencia, y en ella pienso cuando me planteo todo lo demás, porque no he aprendido ni quiero aprender otra forma de ser escritor, son los lectores que a estas alturas del camino siento a mi lado y que no estaban ahí cuando empecé. A mi lado no en la caza, solitaria sin remedio, sino en la mesa donde la deposito. Pienso ahora en la hermosa metáfora que inventó al respecto John Cheever, que también tiene que ver con un bosque. "No conozco quiénes son mis lectores pero son gente maravillosa y parecen vivir vidas independientes y apartadas de los prejuicios de la publicidad, el periodismo y el irritante mundo académico. La habitación donde yo trabajo tiene una ventana que da a un bosque, y a mí me gusta imaginarme que todos ellos –estos entusiastas, adorables y misteriosos lectores– están allí, escondidos detrás de los árboles, mientras yo escribo un cuento más, un cuento menos".
Algún día, como presume Cheever al final de estas palabras, uno escribe el último cuento, y ya no puede cazar más. Pero eso no importa mucho si en ese bosque que se empeñó en conocer y contar, y que ya no seguirá explorando, habita ahora toda esa gente: los que leyéndole le ayudaron a sentirse libre, necesario y, a su manera, feliz.
Santander, 24 de agosto de 2004
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