Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, febrero 2009, año 3, número 06
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La mirada femenina

 

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Si no fuera porque el título del curso sirve para situar esta intervención en un saludable contexto de normalidad, podría a algunos resultar chocante el que un escritor varón se avenga a disertar sobre mujer y literatura sin que sea preciso ejercer sobre él violencia ni coacción alguna. Podría quizá parecer un gesto poco viril, o incluso hacerle el caldo gordo a ese feminismo rampante y belicoso del que tantos escritores son detractores decididos. Pero siempre he detestado los tópicos y las ideas preconcebidas y contemplado con enormes reservas cualquier militancia intelectual intransigente. Por eso me alegra poder comenzar afirmando que el asunto que aquí se debate suscita en mí un interés intenso y antiguo, y también por eso debo agradecer a la directora del curso su invitación a participar en él. No quiero dejar de celebrar públicamente su idea de no limitarse a abastecer las ponencias del curso con mujeres, como suele ser habitual en todo lo que se organiza en torno al binomio, quizá de moda, "mujer-literatura". Su buen criterio nos acredita que en alguna parte perdura el sentido común y no prevalece, todavía, el cada día más imparable pensamiento binario-simplista.

Quisiera hablar hoy sobre la mirada femenina en la literatura, y para ello, como resulta conveniente (aunque quizá no forzoso), preferiré referirme a la obra y la personalidad de algunas escritoras, unas célebres y otras menos conocidas. Pero antes de eso, y no sé si como introducción provocadora o como expiación de los pecados históricos de mi sexo, perderé unos minutos en analizar lo que podría considerarse el reverso del título de esta intervención: la mirada del escritor varón sobre la mujer.

 

I. MIRADAS MASCULINAS

Aunque sea una constatación que a nadie debe enorgullecer, es cierto que cuando uno se para a examinar el trato históricamente dispensado a la mujer en los libros escritos por hombres, no resulta nada difícil encontrar múltiples casos de actitudes poco presentables, y no sólo desde esa óptica mojigata de la corrección política, sino incluso desde el estricto punto de vista de la dignidad humana.

Como sería muy fácil traer a colación a uno de esos escritores a quienes todos detestamos, para perpetrar un linchamiento ventajista aprovechando la obviedad de la materia, prefiero recoger aquí, a título de ejemplo, algunas miserias de uno de los escritores en lengua castellana a quienes más admiro: Juan Carlos Onetti.

Primera miseria: siempre pudo presumirse que la principal heroína del ciclo narrativo de Santa María, localidad imaginaria en la que transcurre gran parte de la obra de Onetti, es la tarada Angélica Inés, con la que el turbio Larsen planea un sórdido matrimonio por interés en El astillero. No obstante, y para que no quedara ninguna duda, al autor, antes de morirse, le dio tiempo a convertir a esta retrasada y plausiblemente ninfómana en consorte de su indudable héroe máximo, el doctor Díaz Grey. Lo hizo en su por otra parte estremecedora novela última, Cuando ya no importe.

Segunda miseria: es patente el tono despectivo hacia las hembras que impregna múltiples pasajes de la obra onettiana. Acude a mi memoria uno de La vida breve, donde el narrador, a propósito de una mujer con la que viene sosteniendo algo semejante a un romance, se despacha de repente con esta brutalidad: "La vi retorcerse, pequeña, imbécil hasta el tuétano, la cara sostenida con las manos".

Pero en ningún lugar la canallada llega más lejos que en El pozo, uno de los libros más sucintos y desgarrados del autor, donde se contiene este párrafo:

"He leído que la inteligencia de las mujeres termina de crecer a los veinte o veinticinco años. No sé nada de la inteligencia de las mujeres y tampoco me interesa. Pero el espíritu de las muchachas muere a esa edad, más o menos. Pero muere siempre; terminan siendo todas iguales, con un sentido práctico hediondo, con sus necesidades materiales y un deseo ciego y oscuro de parir un hijo. Piénsese en esto y se sabrá por qué no hay grandes artistas mujeres. Y si uno se casa con una muchacha y un día se despierta al lado de una mujer, es posible que comprenda, sin asco, el alma de los violadores de niñas y el cariño baboso de los viejos que esperan con chocolatines en las esquinas de los liceos".

Quizá haya que reconocerle a Onetti, no obstante, el mérito de aceptar hacerse odioso por derecho y sin tapujos. Es difícil encontrar a quien se atreva a confesar de esa forma sentimientos tan arraigados y a la vez execrables. En este momento consigo recordar solamente a otro conspicuo misógino, el poeta catalán José María Fonollosa, que pudo escribir aquellos candorosos versos:

Es mala esta mujer. De verdad mala.
   Tan mala como linda. Si la dejo
   me matará, lo sé. Lo sé de veras.
   Mis amigos se ríen. Yo estoy triste
   pues no logro apartarla de mi lado.
   Ojalá no me amase o se muriese.

La cuestión, sin embargo, es que al lado de estos pocos pilotos kamikazes de la palabra, existe en el mundo de las letras toda una legión de despreciadores sutiles y oblicuos de la mujer como ser de carne y hueso. Lo son, al menos en potencia, los que en alguna ocasión se han deleitado desmedidamente con princesas lánguidas, los que han acreditado una afición malsana por las vampiresas y los que se han burlado vilmente de las viejas solteronas. Sólo con esto ya abarcaríamos una buena porción de la nómina de escritores de la literatura universal, pero aún queda otra categoría de emboscados, los que eligen menospreciar a la mujer ensalzando a cierta clase de mujeres. Entre ellos puede también mencionarse un caso ilustre, y que de nuevo para evitar suspicacias es el de un escritor por el que declaro sentir cierta reverencia: Alejo Carpentier.

En una de sus obras mayores, Los pasos perdidos, el protagonista, un tipo más bien desorientado, se interna en la selva amazónica en pos de algún tipo de redención. Y la encuentra: una mujer en la que cree encarnada la esencia misma de la mujer, una mujer exenta de falsedades que le alivia de su aburrido matrimonio y de una amante cuya inteligencia empezaba a hastiarle (sic). La presunta mujer esencial es una criatura de sentimientos elementales, una habitante de la selva que se llama a sí misma Tu mujer, cuando habla con el protagonista. No puede haber más proclamaciones de amor a esta mujer a lo largo del texto, que desemboca en un emocionado final, pero cabe intuir que la pasión se asienta no en lo que ella es, sino más bien en todo aquello que no es.

Un repaso como el que queda hecho, y podrían emplearse otros muchos ejemplos y extraerse conclusiones aún más contundentes, hace planear alguna duda sobre la aptitud de un escritor varón para abordar, como no sea desde el desdén o la ignorancia, el asunto de la relación entre mujer y literatura. Sin embargo, y para empezar a impedir desde ya que prospere ese tópico, pueden esgrimirse algunos argumentos en descargo de los escritores. Y en mi parecer, ninguno es mejor que el inventario de colosales personajes femeninos creados por los no pocos hombres que supieron acercarse con agudeza a la realidad de la mujer; personajes que poseen toda la hondura, la fuerza y la consistencia que al lector le cabe demandar. No son pocas, estas heroínas, y algunas están en la mente de todos. Podría señalarse entre ellas a la complejísima Celestina, o a la poderosa y a la vez adorable Madame Rênal de El rojo y el negro (personalmente, una de las criaturas de la literatura universal que más me cautivan). Podría citarse, también, a la disolvente y estoica Molly Bloom que cierra el Ulysses, en ese fragmento que quizá sea uno de los más deslumbrantes estallidos de la literatura de este siglo.

Para componer esas mujeres, quienes escribieron los libros en los que ellas aparecen no pudieron limitarse a esa mirada adocenada y burda que quiere el prejuicio. Esos hombres, y muchos otros a lo largo de la historia de la literatura, asumieron el deber de conocer la sensibilidad femenina, o lo que es lo mismo, se interesaron verdaderamente por la mujer como ser real, sin hacer de ella un muñeco más o menos tosco, sólo susceptible de ser utilizado para el regodeo o el desahogo, o como chivo expiatorio con el que dar salida a bajas pasiones y frustraciones masculinas diversas. Y no creo que ninguno de ellos se avergonzara de su interés por lo femenino, porque acercarse a ese otro lado de la frontera entre los sexos es tanto como ensanchar el territorio de la imaginación y de la inteligencia, que son la primera materia del arte.

Pero es el momento de regresar a la literatura femenina. Y quizá nada mejor que hacerlo con una interrogación.

 

II. ¿EXISTE LA LITERATURA FEMENINA?

No pretendo con esta pregunta provocar al auditorio, de cuya indulgencia ya he abusado con las dos o tres citas anteriores. Tampoco trato de abrir una discusión metafísica, pese al siempre alarmante uso del verbo "existir". Mi empeño en este punto es volar mucho más bajo. Aludo a esa discusión en la que parece casi vergonzoso no tener una postura, y bien definida: ¿Hay algo que haga a los libros escritos por mujeres esencialmente diferentes de los libros escritos por hombres?

He oído a algunas escritoras rechazar indignadas tamaña insinuación. Y he oído a otras anatematizar a quienes dudan de ella. Entre los escritores también he oído de todo. Creo que predomina lo primero, no sé si con una especie de suficiencia (los libros de mujeres son distintos, menos complejos) o con una parte de envidia (los libros escritos por mujeres son diferentes, parece que ahora se venden más).

La verdad es que debo confesar que alguien como yo, ajeno a cualquier militancia en este terreno, no sabe muy bien a qué carta quedarse. Para juzgar de la diferencia entre hombres y mujeres, no tengo otro recurso que subir desde lo obvio.

Es claro que la especie nos ha diseñado para cometidos biológicos distintos, lo que determina los rasgos anatómicos y fisiológicos que nos separan. También parece que, en función de esa finalidad distinta, las mujeres son más resistentes a las enfermedades y a los patinazos mentales (los suicidas son muy mayoritariamente varones), y en consecuencia más longevas. Puede afirmarse también, aunque esto ya es entrar en terreno pantanoso, que la naturaleza establece las diferencias mencionadas porque calcula que la mujer es la que atenderá a la prole. Sabido es que a la especie, que se rige por leyes biológicas estrictamente nazis, el individuo le importa un bledo: lo que protege es su propia perpetuación, que vendrá de los procreados y no de los procreantes, cuya muerte es incluso necesaria y conveniente a partir de cierto momento.

Si del terreno de la pura animalidad pasamos a la inteligencia, que en definitiva es la que produce la literatura, la cosa se complica. Parece que los neurofisiólogos han detectado diferencias entre el funcionamiento cerebral masculino y femenino (y parece, por cierto, que el balance de esa comparación no es desventajoso para la mujer). Como la actividad cerebral tiene un soporte físico, el intercambio de iones que se traduce en los espasmos de las células nerviosas (algo que descubrí con cierto horror al estudiar bioquímica), quizá no deba descartarse que la naturaleza haya entrado en ese detalle para amarrar también de algún modo sus monomaníacas intenciones.

Sin embargo, carezco de la cualificación científica precisa para llegar a alguna conclusión por ese camino, y no sé si alguien la posee. Una alternativa para salir del atolladero, bastante utilizada en las discusiones literarias, es elegir la postura que a uno le pida el cuerpo y defenderla alzando mucho la voz. Pese a la solemnidad con que algunos proclaman la ineludible prevalencia de lo que a ellos se les antoja mejor, en literatura no hay casi ninguna verdad objetiva contrastable en términos de certeza. Por decirlo pedantemente (se admiten abucheos), en esta materia casi no hay conceptos "falsables", en el sentido popperiano. En literatura, en suma, todo es cuestión de pura opinión, y lo mismo que André Gide consideró un disparate infumable la obra de Proust (aunque se arrepintiera luego), pasan ante muchos por maravillas las cosas que otros cubren de inmundicia. Ahora bien, para no volvernos locos ni enfadarnos los unos con los otros más de lo necesario, no estaría de más que de vez en cuando nos esforzáramos por que nuestras opiniones en esta materia fuesen menos categóricas, a la vez que menos gratuitas. Y aunque me cueste y sea arriesgado, aceptaré el esfuerzo. Lo que concluya (o no concluya) sobre el asunto que hoy me ocupa, trataré de justificarlo.

No está de más, cuando uno observa una realidad cultural como la literatura, prestar alguna atención a lo que dice la sabiduría convencional. Según ella, entre la inteligencia femenina y la masculina podría establecerse una doble contraposición, cuyo resultado conjunto para cada una de ellas no está exento de paradoja. Así, las mujeres serían más emotivas, mientras que los hombres tenderían más a la racionalidad. Y por otra parte, las mujeres serían más pragmáticas, mientras que los hombres presentarían una mayor propensión a la utopía. Lo que arroja como resultado mujeres emocional-pragmáticas y hombres racional-utópicos. Si este planteamiento fuera cierto, tendría su reflejo en las obras escritas por unos y otros: en los libros compuestos por mujeres se prestaría mayor atención a los sentimientos y a los pequeños detalles concretos de la vida; mientras que las obras masculinas estarían más marcadas por un raciocinio abstracto, a menudo conducente a ideas exageradas y quiméricas.

He conocido a no pocas personas que creo que suscribirían sin muchas dificultades esta sencillísima caracterización. Por lo menos en términos de orientación general, que ya sabemos que para todo pueden encontrarse excepciones (incluso virulentas). Y no diría que entre estas personas predominan las mujeres o los hombres.

Por seguir recogiendo datos, con humilde empirismo, podemos poner encima de la mesa a continuación uno que abre una fisura en la idea más o menos preconcebida que acabo de exponer: hágase el experimento de entregar a unos lectores de sensibilidad y gustos diversos un número X de relatos, la mitad escritos por hombres y la otra mitad escritos por mujeres. Omítase indicar en ellos el nombre y el sexo del autor. Pídaseles que identifiquen, entre ellos, los que creen debidos a un varón y los que creen debidos a una mujer. Se obtendrán no pocos errores, y además los errores no serán los mismos en cada lector o lectora. Este pequeño juego lo he hecho a menudo en concursos literarios de los que he sido jurado, y puedo decir por mi propia experiencia como lector enfrentado al acertijo que, salvo que la obra presente un claro carácter autobiográfico y uno pueda apostar sobre esa base, no es nada difícil confundirse.

Lo dicho pone en cuestión esa pretendida diferencia entre literatura femenina y masculina. Sin embargo, dispongo de una anécdota personal muy repetida que iría en el sentido contrario. He escrito dos novelas juveniles cuyas protagonistas y narradoras son adolescentes de catorce o quince años. Las dos están en primera persona, y refieren, entre otras cosas, las sensaciones de esas adolescentes ante hechos ordinarios y no tan ordinarios: sus enamoramientos de chicos de su edad, sus relaciones con sus amigas, sus conflictos, etcétera. Uno de los comentarios más reiterados por las lectoras, jóvenes y adultas, de esas dos novelas, es que no podían creerse que estuvieran escritas por un hombre. Luego existe la convicción, entre las propias mujeres, de que ciertas realidades sólo pueden novelarlas las mujeres. De ahí que se perciba como anómala la irrupción en ellas de un novelista varón. Y cuando el río suena, agua debe de llevar.

Habría que desdramatizar este debate. Creo que en términos generales, apreciando grandes tendencias, y admitiendo una legión de incomodísimas excepciones, sí hay cierta diferencia entre la literatura escrita por mujeres y la escrita por hombres. Y no porque me crea capaz de acreditar una nítida e inexorable diferencia natural entre la inteligencia de unos y otras (ya he expuesto mis pobres logros al respecto), sino porque la literatura y el escritor surgen de una realidad social y la realidad social de hombres y mujeres ha sido abruptamente diferente durante siglos. Todavía lo es, con mayor o menor dureza, en muchos lugares del mundo. Conviene recordar que el mundo no se acaba en Europa, y que tampoco Europa, por desgracia, se acaba en sus proclamadas buenas intenciones respecto de casi todo (incluida la igualdad entre sexos).

Las sociedades han desarrollado papeles masculinos y papeles femeninos, y eso, tenga o no una fuente natural (tampoco importa tanto, porque si de algo es capaz el ser humano es de violentar la naturaleza), ha condicionado la vida de los hombres y de las mujeres y también, necesariamente, lo que unos y otras han escrito. La realidad social, por otra parte, es siempre dinámica, lo que hace que algunos de esos papeles se alteren, se intercambien, se fusionen. Por eso de nada sirve una fotografía fija, y quizá ahora la diferencia entre literatura femenina y masculina, si subsiste, sea mucho menor que la que había en el siglo XIX. Como tampoco puede hacerse el mismo juicio respecto de la literatura que se produce, hoy día, en sociedades más desarrolladas y prósperas o en otras más atrasadas y acuciadas por las necesidades más básicas.

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