Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, febrero 2009, año 3, número 06
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La mirada femenina

 

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Algunas observaciones comunes

Estas tres escritoras, tan diferentes entre sí, poseen, a mi juicio, afinidades significativas. Las tres, y ésta es para mí una de sus mejores cualidades, tienen el coraje y la habilidad de sostener su mirada a partir de las mujeres reales y corrientes que existen en su época, antes que recurrir a mujeres estrambóticas, que ofrecen la facilidad del ruido o el escándalo pero la desventaja de su casi invariable inconsistencia. Las tres practican resueltamente el humor, que es el mejor antídoto contra las visiones obtusas y fanáticas que tanto degradan la literatura y cualquier otra creación del intelecto; la risa nos acerca a los dioses tanto como la ofuscación nos aproxima a las bestias. Las tres, por último, se apartan de la estéril reyerta entre sexos y deslizan una mirada atenta y comprensiva no sólo sobre las mujeres sino también sobre los hombres, que padecen más que se sirven de los privilegios que las viejas convenciones les asignan.

Su obra nos confirma en una de las hipótesis que avanzábamos al principio: la preferencia en la literatura femenina por los aspectos concretos, por una visión pragmática y apegada a la tierra. Alguna de estas escritoras llega incluso a contraponer esta visión, humorísticamente, con los desatinos fantasiosos de sus personajes masculinos.

Más en entredicho queda el supuesto sesgo emotivo, con desdén de lo racional, que también señalábamos antes como propio de la idea preconcebida sobre la literatura femenina. Estas tres autoras, sin prescindir del todo de los sentimientos, nos transmiten una mirada cargada de una ironía bastante acerada, y la manera en que nos presentan tanto las relaciones sociales como la psicología de hombres y mujeres, viene claramente precedida de una fría disección de tales realidades.

No es quizá ocioso señalar que esta tendencia es tanto más acusada a medida que avanzamos en el tiempo, y que se corresponde en buena medida con la evolución que desde 1800 hasta aquí ha experimentado la realidad social de la mujer en esa Europa occidental a la que Gran Bretaña (aunque a veces se resista) pertenece.

Tampoco sobrará decir, por cierto, que en esos mismos años y en ese mismo ámbito geográfico se puede advertir un mayor peso de los aspectos emocionales y una mayor valoración del detalle por los escritores varones, desde Stendhal a nuestros días (pasando por Proust, quizá el más brusco salto en esa dirección).

 

CASO PRÁCTICO 2: EL HOY DIVERSO

El segundo caso práctico que quiero proponer tiene una naturaleza radicalmente diferente. Se basa en tres textos  correspondientes a otras tantas autoras. Dos de ellas son marroquíes y una norteamericana. Las tres escriben hoy, pero desde contextos socioeconómicos muy distintos. No hay que explicar demasiado en que difiere la orgullosa y frenética California, donde reside y escribe la autora norteamericana, y Casablanca, de donde proceden las dos marroquíes. La diferencia entre estas dos es un poco más sutil: una de ellas es una hija de la emigración a Europa, y por tanto una mujer a caballo entre los dos mundos; la otra es una de esas pocas profesionales que tratan de abrirse paso en la realidad tradicionalmente machista de su país.

El viaje en el espacio es también un viaje en el tiempo, por lo que respecta a la emancipación de la mujer, y lo es especialmente visto desde la realidad española actual. La escritora marroquí y residente en Marruecos, Fadela Sebti, representa un estadio mucho más atrasado que el nuestro. La otra marroquí, Leïla Houari, la difícil transición desde la tradición a la modernidad europea. Por el contrario, la estadounidense, Jen Banbury, ilustra una sociedad en la que la equiparación entre hombres y mujeres, por haberse iniciado antes, puede considerarse más avanzada que la nuestra.

(Lo dicho es naturalmente una simplificación y puede discutirse desde muy diversos ángulos, pero sirve a nuestros efectos).

Un somero análisis de los textos de cada una permite observar la importancia dramática del entorno social en la mirada de cada escritora. Permite, también, observar en qué medida una mayor proximidad a la sociedad machista tradicional redunda en una mayor proximidad a la idea tópica o usual sobre la literatura femenina, y cómo un mayor alejamiento provoca un desdibujamiento e incluso una inversión de los perfiles.

 

Fadela Sebti

En su breve nouvelle titulada Elle, esta escritora, abogada de profesión y especialista en el singular derecho de familia marroquí (que regula, entre otras cosas, la repudiación unilateral por parte del marido), nos relata la historia de un adulterio desde la perspectiva de la mujer, una profesional publicitaria de Casablanca (que viene a ser la más europeizada ciudad de Marruecos, aunque como se advertirá a continuación eso no es decir mucho). El relato se centra en la descripción física de la consumación de dicho adulterio y en las impresiones que experimenta la mujer mientras está quebrantando los rígidos moldes que se derivan de las reglas sociales a las que está sometida.

La protagonista intenta afirmarse contra esas reglas, sostener por la vía de la infracción su aspiración a la dignidad y a la autonomía personal. Pero lo que acaba constatando es que el adulterio la arroja a una inferioridad semejante al matrimonio, y casi se resigna a no poder transgredir el papel que tiene asignado. Sus esfuerzos por abrirse paso como competitiva profesional en el mundo de la publicidad tampoco le procuran la ansiada liberación, sino una "alienación suplementaria".

Así las cosas, la mujer acaba atrapada en sus sentimientos, reintegrada a su realidad de madre, esposa y casi sierva, sin posibilidad alguna de salvarse.

 

Leïla Houari

El relato titulado Mimuna, de Leïla Houari, narra un día en la vida de una chica de ese nombre, en una aldea del sur de Marruecos (lo que equivale a decir en una de sus regiones más pobres y atrasadas). A lo largo de ese día le suceden dos cosas: primero su amiga Haiat le revela que ha recibido una oferta de matrimonio, y que muy probablemente se marchará a la gran ciudad a vivir con su futuro marido; y después la vieja Rahma, una mujer que escandalizó en otro tiempo al pueblo por su vida licenciosa, y con la que Mimuna vive desde su infancia, muere de repente.

El eje del relato es la absoluta conmoción que ambos sucesos producen en el mundo de la joven Mimuna. Haiat es su amiga predilecta, con la que se insinúa una soterrada relación amorosa. Rahma es su mentora y su madre espiritual. En el mismo día, Mimuna queda desprovista de ambos referentes fundamentales, y tras enterrar a Rahma, decide abandonar la aldea. Gracias a un breve epílogo sabemos que, diez años después, Mimuna vive en parís, y que está casada con un hombre de ojos "azules, azules, azules..." (o lo que es lo mismo, un francés o un europeo).

Mimuna es una eficaz metáfora de la mujer que se desprende del lastre de su realidad tradicional (desaparecidas las ataduras que la ligaban a ella), y que emprende el camino de esa salvación simbolizada por la huida a Europa (y por su confusión con ella, consumada en el matrimonio con el europeo).

Pero el relato encierra una paradoja: en la aldea, las chicas hablan sólo de los hombres, del momento en que les harán oferta de matrimonio, y de si el hombre que se las llevará será bueno o malo. Su papel es pasivo, resignado. Mimuna se subleva contra esa resignación, pero su liberación es incompleta y denota el peso irremediable que en su mente ejercen sus orígenes: su ideal se realiza, precisamente, mediante la entrega a otro hombre (el europeo de ojos azules).

 

Jen Banbury

Jill, la protagonista de Like a hole in the head, novela de corte policiaco de la escritora de Los Angeles Jen Banbury, es radicalmente diferente de las heroínas de las dos escritoras marroquíes. Como puede apreciarse mediante la simple lectura del primer capítulo de la novela , Jill es una mujer que rivaliza con los hombres de igual a igual, que no tiene empacho en atacarlos broncamente (véase el enfrentamiento con un conductor justo al principio de la obra) y tampoco en escarnecerlos (llamando directamente dwarf, "enano", al hombre de corta estatura que le vende el libro dedicado por Jack London en torno al que gira la intriga).
Jill desprecia igualmente la estupidez del gato de la librería de lance en la que trabaja, y se refiere a él como boy, para que no nos quede duda de que es macho. Bromea con el sonido de la caja registradora, diciendo que es como una vagina dentata, para impresionar al petulante actor que visita la librería y trata de ligársela. Y en su relación con el atractivo Timmy, a quien vende el libro que compró el enano, asume notoriamente el papel tradicional del hombre en el cortejo y acecho a la mujer. Sus pensamientos y observaciones son miméticos de los que concebiría, desde el otro lado, el clásico grupo de albañiles que ven pasar a una maciza en minifalda.

Todos los personajes con los que Jill se relaciona en este capítulo son hombres, y ante todos, infaliblemente, intenta imponerse. No lo consigue del todo con el guapo Timmy, pero por la misma razón por la que el Philip Marlowe de Raymond Chandler (de quien la literatura de Banbury es manifiesta deudora) no se impone en El largo adiós a la divina Eileen Wade, la remota venus de los ojos violetas. Hasta en eso hay un calco (o inversión, según se mire) de arquetipos de la literatura masculina.

Jill es fría, calculadora y sarcástica; especialmente, con las mujeres que se pliegan de un modo a otro a la sumisión ancestral (por ejemplo, la pionera canadiense autora del trágico libro que lee en la librería, o la obediente mujer del moron -"imbécil"- que llama preguntando por un tal Blahah Joe). Pero al final del capítulo hay un guiño sentimental. Bajo su aparente hielo superficial, Jill esconde la nostalgia de su madre muerta, que al final de su vida perdió el olfato y le pedía a ella que la oliera.

 

Una impresión de conjunto

De la comparación de estos tres textos se desprenden miradas femeninas tan diversas que parecen en muchos aspectos opuestas. En los escritos de las dos marroquíes predomina el intimismo, las alusiones físicas (sobre todo al cuerpo femenino, y a sus atributos más caracterizadores), y un sentido romántico y fatalista de la vida. Mimuna y la innominada protagonista de Elle, cuya perspectiva asumen ambas narraciones, se ajustan sustancialmente, a pesar de su rebeldía contra la situación que les viene impuesta, al modelo tradicional de mujer, y sus preocupaciones a las que según el viejo prejuicio son las típicamente femeninas. No puede ser de otra forma. Incluso Mimuna, que huye a París, está encerrada en la celda de su educación marroquí.

Banbury, en cambio, rompe violentamente con esos modelos. Su personaje tiende al razonamiento abstracto, al cinismo, e incluso a la bravuconería tradicionalmente masculinos. A lo largo de la novela se irá perfilando como un personaje capaz de afrontar las azarosas empresas que siempre han estado reservadas en literatura a los hombres. Arriesga su vida, y hasta asume compromisos absurdos en la más genuina línea del irreflexivo aventurerismo masculino.

Y sin embargo, algo queda. Ese giro sentimental (y familiar) del final del capítulo, su meticulosidad al describirnos cómo el gato lame su propio vómito, o cómo viste cada uno, corresponden aún al viejo arquetipo de la sensibilidad femenina.

Puede que dentro de cincuenta años en las escritoras de Los Angeles ya no quede ni ese residuo. Es también posible que mucho antes, si no sucede ya, el camino inverso que recorren los escritores varones, consintiendo en emplear materiales tradicionalmente "femeninos", disipe desde el otro lado cualquier sombra de diferencia. Y cabe, en fin, que el fenómeno no sea ni positivo ni negativo ni todo lo contrario. Aunque el título y el contenido de esta intervención queden definitivamente invalidados.

 

CONCLUSIONES

No hay nunca conclusiones en literatura, y la mejor creación literaria nos arroja en el mejor de los casos a una intuición limitada y a una vasta incertidumbre sobre la realidad de las cosas. No quiero por tanto terminar estas palabras con algo que dé la sensación de que tengo una idea clara y acabada sobre todos los asuntos a los que me he referido. En vez de eso, me limitaré a desear, por bien de lo que podamos escribir y leer en adelante, que los escritores no demos la espalda nunca a la mirada femenina. Por lo menos mientras exista y podamos intuir en qué consisten sus peculiaridades.

Pero igualmente confío en que siga habiendo mujeres que atraviesen la raya y que en lugar de reducirse a crear maniquíes groseros y vociferantes (como ha sido el caso de alguna literatura femenina) sepan ofrecernos hombres. También para las escritoras está disponible, en toda su variedad y contradicción, la mirada masculina.

 

Baeza, 15 de septiembre de 1999

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