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— Para mí que esa gente que llega del otro lado viene engañada señor Melo — respondió Eusebio.
— Yo también lo creo — replicó una mujer.
— No se explica que sigan llegando pateras de esas — prosiguió Eusebio—. El problema debe estar allá, en el país de ellos, porque no dejan de salir de sus costas como si detrás del horizonte el mundo subiera un escalón. Alguien les debe estar contando mentiras sobre el futuro. Y la fe de las personas no tiene límites. No sé dónde va a ir a parar todo esto. No tenemos la solución. Lo poco que podemos hacer aquí y ahora es ir poniendo parches porque la fuga no comienza aquí. Como todos sabemos.
— Así es..., ¿Eusebio?
— Eusebín, para los amigos.
— Señor Melo, mi nombre es Amalia Fuentes solicitó un rostro femenino curtido en cada pliegue de su piel arrugada.
— Llámenme Melo, por favor. — No sé si usted sepa de los negritos que se han venido quedando por aquí, digo, como usted vive apartado del pueblo— Pues bien, se ha sabido que hay gente que recoge a esos muchachitos que vienen de fuera — Francisco se aparta una mosca de la aira y se adelanta un paso al frente— . Los..., la familia de Francisco le puede contar ¿No es cierto? Asiente con la cabeza—. Cuando llegan esos muchachitos que vienen de Riera se suelen quedar a descansar en los acantilados de Morera, cerquita de la playa. Mi hijo, el menor, me contó que él y sus amigos van allá a..., bueno, se esconden por allá a fumarse sus cosas. Y más de una vez se han encontrado con los negritos ya medio zombis del viaje.
Entonces los traen por la noche al pueblo y les buscan donde quedarse. La mayoría vienen sólo de paso. Se embarcan para Las Palmas y de allí quién sabe dónde vayan. Algunos encuentran un trabaji— to por allá y se quedan, pero la mayoría se va quién sabe dónde. Le quiero decir..., esos muchachitos de fuera ya son parte de la historia de nuestra isla. No dudo que lo vayan a seguir siendo. Entonces alguien tiene que recordar que los isleños también somos pueblo llegado del mar. Como ellos. Sólo que comenzamos a llegar hace ya más de quinientos años. Con esto quiero decir que debemos empezar a darles el lugar que se merecen. Ayudarles a que si pueden, trabajen aquí, y si no, echarles la mano para que lleguen bien dondequiera que vayan.
— Estoy de acuerdo doña Amalia. Eso es un tema que podemos ir tratando entre todos conforme avance el trabajo. Ahora la prioridad es dar sepultura a los que ya están aquí. Más adelante podríamos ver la manera de concienciar al resto del pueblo sobre este grave asunto. Por otro lado déjenme decirles que me motiva verles tan enteros, con unos principios tan dignos y, conforme los escucho, siento como que somos como la punta de una raíz muy profunda que no termina de ver la luz. Algo así como una semilla extraviada.
Y volvieron a circular los botijos de agua entre las manos. Pasos adelante, pasos atrás. Las miradas de los candidatos se transformaron en un solo instante. Rodeaban la entrada del cementerio en busca del lugar exacto de la obra. Melo guió a casi todo el grupo hasta el lugar. Los que no sabían leer ni escribir se quedaron junto a la mesa. Le iban dictando a Guadi sus señas. Melo reparó en el detalle y propuso esperar a que llegaran todos. Francisco pasó el botijo de agua a Guadi. Una vez refrescado, puso el líquido a la sombra del 19— 26 y se reincorporó con el resto al interior del cementerio.
(Granollers, Barcelona, 1972) Trabajó como editor de literatura contemporánea mexicana en Editorial Almadía (2006— 07); editó literatura latinoamericana en francés en Ediciones Albatros, Ginebra, Suiza (2008) y actualmente trabaja como editor en el Centro Atlántico de Arte Moderno CAAM en Las Palmas de Gran Canaria, España. Ha escrito dos novelas Radio Puente y Situación(istmo)situación.