


El de Juan Valera es uno de esos nombres que, como tantos otros, se le quedan a uno en la cabeza de cuando iba al instituto asociado a una única obra: Pepita Jiménez. Del resto de su obra sólo Juanita la larga suena un poco, y eso con generosidad y atribuyéndole una fama que quizá no proceda de su propia valía sino de lo coloquial del título. Juan Valera es de esos a los que se reconoce como importantes, pero no se sabe por qué.
Se trata de un escritor famoso en su tiempo, segunda mitad del siglo XIX, diplomático y periodista, frecuentador de la aristocracia y promotor de una reconocida tertulia que se reunía en su casa de la madrileña Costanilla de los Ángeles. Valera alardeaba de escribir para hacerse rico, Pepita Jiménez vendió durante su vida más de cien mil ejemplares y se tradujo a los idiomas más importantes.
Sin embargo no era un escritor en boga, pegado a las modas; no escribía novela realista, lo habitual entonces, su intención era reflejar una vida embellecida. En época de atribulados románticos, Valera era un vividor, un diplomático que estuvo en destinos tan atractivos como San Petersburgo, Rio de Janeiro, París o Washington y en todos ellos se dedicó a cultivar múltiples aventuras amorosas, bien documentadas, a su pesar, en sus cartas. Mientras sus compañeros de generación se perdían en amores desdichados, Valera se dedicaba a los carnales y apasionados.
Procedía de una familia cordobesa, de Cabra, aristocrática pero venida a menos, y le producían fascinación el dinero, la elegancia y el poder. Por eso es doblemente interesante un texto como Un poco de crematística; además de su innegable calidad literaria, habla de eso, de dinero, de economía, de valores y de la situación de España. Lo hace, además, con un sentido del humor que convierte la lectura en un placer, en una sonrisa constante y, en algunos casos, en una carcajada que se asoma.
Muchas veces se escucha decir de una obra de otro tiempo: parece que está escrita ahora, se cambian los nombres y parece que habla de problemas actuales. Pues claro, son las que hablan de problemas eternos y el dinero es uno de ellos, no pasa de moda. Pero no, la obra de Valera, publicada en su momento en la Revista de España, la misma que posteriormente publicó Pepita Jiménez por entregas, es una obra de su época, escrita para su época, en la que se habla de lo que entonces debía parecerles una panacea, la política económica y el librecambismo.
No lo podría afirmar, pero yo creo que Juan Valera intentó escribir una obra cómica. Claro que argumenta tan bien que a veces parece que está escribiendo en serio. Puede ser también que intentara escribir en serio, pero que lo hiciera de una manera tan amena que sus ideas pasan por bromas. Señalo algunas frases de Un poco de crematística:
- No hay nada en este mundo sublunar que proporcione más ventajas que tener dinero.
- En nuestro país hay mucho desabrimiento, muchísimo mal humor y un disgusto enorme. (…) El mal es la escasez de dinero.
- Mi objetivo no es dar lecciones sobre el modo más fácil de adquirir dinero; si yo averiguase este modo, a pesar de mi acendrada filantropía, me lo aprovecharía para mi uso privado y el de algún que otro amigo.
- Medimos las posesiones en dinero y no en bueyes porque los bueyes no caben en el bolsillo, gastan en comer y se mueren; el dinero ni come ni se muere.
- La estadística es un primor de ciencia, una ciencia que cuenta los bocados que comemos.
- Es difícil averiguar si el virtuoso lo es por firmeza y rectitud o por necedad y cobardía.
- De cada mil personas que citan a Homero sólo diez lo han leído, y de esas diez, nueve se han dormido o se han aburrido.
- La generalidad de los hombres ama más el dinero que la vida. La vida se sacrifica por cualquier cosa, el dinero, no.
- El pobre es tímido y encogido o anda siempre hecho una fiera.
- Otro inconveniente es el temor de ser amado por el dinero. Nada más ridículo que este temor, ya hemos probado que el dinero es más que la vida.
- En España somos pobres porque somos rumbosos y generosos…
- Apenas habrá quedado hombre de alguna nota en todos los partidos que no haya sido ministro. Si todos han sido inhábiles, fuerza es conjeturar que España no da más de sí.
De cualquier forma, aunque graciosa y divertida, Un poco de crematística no es un monólogo del Club de la Comedia. Dividida en una Meditación y tres partes, la obra analiza la relación de su época con el dinero. Lo hace ridiculizando lo que el autor considera una utopía que podría hasta sustituir a la religión, la Política Económica, las teorías de Adam Smith; describiendo con ironía la importancia del dinero en su siglo, y diseccionando las causas de la pobreza de España, furgón de cola de Europa y que sólo avanza, en su opinión, porque cuando la cabeza avanza lo hace también la cola, aunque sea a su pesar.
Señala Rafael Reig en su magnífico Prólogo algunas de sus ideas con el mismo humor con que lo hubiera hecho Valera:
Las cosas son como son. Si ni siquiera la Providencia divina ha sido capaz de lograr un mundo mejor, ¿lo va a conseguir entonces la Economía Política, Adam Smith, la revolución, el libre mercado o el socialismo científico? A Valera, la sola idea le daba risa…
Valera califica a los socialistas como hijos legítimos de los economistas y sus más crueles y acérrimos adversarios.
Valera se ríe de los que creen que escribir de economía va a suponer una revolución, de los que piensan que el liberalismo económico va a hacer que se terminen las guerras, de los que creen, como Buckle, que La riqueza de las naciones, de Adam Smith es “el libro más importante que se ha escrito jamás”. Para él, la economía política, y todos sus seguidores, saltan “de la perogrullada al sofisma con una agilidad portentosa”.
Especialmente divertida es la parte dedicada al amor. Según Valera los ricos son más amados que los pobres, aun por las mujeres más desinteresadas. El dinero da buen humor, urbanidad y buena crianza, los ricos son incluso más graciosos. No se debe entonces extrañar que los ricos sean más amados y admirados. A una persona se la ama por ser limpia, bien criada, elegante, instruida… Y todas esas calidades se adquieren a través del dinero, luego a una persona se la ama por el dinero que se ha gastado en pulirse. No hacerlo sería una extravagancia o una locura. Vale, hay trampa en el razonamiento, pero una trampa muy bien urdida.
Tiene también comparaciones hilarantes:
Ocurre con los economistas lo que con ciertos filólogos, que estudian un idioma, pongo por caso árabe o chino, tan por principios, con tal reconditez gramatical y tan profundamente, que luego nadie los entiende, ni ellos se entienden entre sí, ni logran entender a los verdaderos chinos y árabes de nacimiento, contra los cuales declaman, asegurando que son unos ignorantes del dialecto literario y del habla mandarina.
Termina Valera su Meditación dando un único consejo a los gobernantes: gastar menos y producir más… Ése sí que resulta un consejo de plena actualidad.
En resumen, un libro, ya fuera su intención seria o cómica, muy divertido de leer. Como aventura Francisco de Cossío en una crítica sobre esta obra aparecida en el ABC el años 68, “si no se lee a Valera es porque han surgido tres generaciones sin tiempo para leer”, sólo por eso.