


Julián Cañizares Mata (Albacete, 1972) busca transmitir en este logrado y cohesionado Sustituir estar la conciencia de vida, conciencia de existencia. Es, de hecho, esa palabra, “conciencia”, una de las más utilizadas en todo el poemario.
El libro se divide en dos partes, cuya esencia está estupendamente reflejada en el título del volumen. La primera parte, “Un conil de mi mente”, se centra en la búsqueda de la conciencia del instante. Para ello, el poeta descarta elucubraciones y posibilidades, alternativas, sobre dónde y cómo podría estar para reafirmarse en el aquí y ahora: “Pero estoy aquí”, sentencia; “estoy ahora y los demás lugares no existen”. Insiste así en asumir su posición en el presente.
Del mismo modo, aspira a vivir con intensidad, asumiendo inevitablemente la naturaleza, con normalidad, aceptando los límites, tratando de paladear la experiencia:
“Vivo encima de mi vida, y a veces debajo.
Y cuando pienso en lo que es en medio
hay algo en la vida que me dispersa,
y me hace sentir otra cosa, respirar sin más.”
No se trata de una postura resignada, sino de aceptación de un hecho irrenunciable. Se aprecia, en ese sentido, cierto eco del taoísmo (“soy el que soy, el por qué de las cosas”; o “basta con guardar silencio, esperar un rato / dejar que la vida siga su curso sin tu ayuda” –puro wu wei–). Sí puede detectarse, en cualquier caso, cierto conformismo (“es esto a lo que aspiro”), pero el yo poético transmite una sensación de bienestar, de plenitud, al vivir con la precisión de saberse en un momento irremplazable; único en cuanto irrepetible. De esta manera, llega a afirmar que “soy afortunado de no conocer mucho” porque así consigue más espacio y tiempo para encarar la vida despreocupadamente, limitándose a vivir.
Expresa todo ello con concisión, jugando mucho con los verbos y empleando pocos adjetivos.
Pero se trata de un sujeto en conflicto. No tiene una seguridad tan sólida como aparenta en distintas ocasiones: “descubro que no estoy en un punto, sino sobre un dónde”. Se encuentra en continua aspiración, con afán de mejorar: “quisiera ser más consciente de lo que soy”, “quiero aprehender toda la conciencia de mis logros”. Además, ensalza como maestro a un hombre que “sólo ansía y busca”.
Es cierto que focaliza en su persona, que sólo presta atención a la aplicación de esa filosofía (y moral) sobre sí mismo (a veces apela a otra persona, pero instándole a que adopte esa perspectiva), desentendiéndose del exterior: “hay días que pienso muchas veces en mí”. De hecho, es llamativo hallar el yo poético muchas veces sentado en una terraza, mirando y examinando su forma de mirar el mundo (¿pero acaso no toda la poesía consiste en un ejercicio de observación?), de tal manera que parece que nos paramos en el tiempo o que las reflexiones son sucesivas.
Por otro lado, la segunda parte, “El grito emocional de las sustituciones”, posee igualmente una gran unidad. Frente a los poemas de la sección anterior, sin título y con versos generalmente breves, en esta parte emplea versos largos y cada pieza está titulada con un sustantivo. A él se refiere y en torno a él gira en cada texto. Se refieren a objetos, generalmente (“Telas”, “Bosque”, “Dudas”, “Playa”, “Ciudad”...). Pierde en concisión; reposan menos los poemas en ideas y tienden a ser más descriptivos, menos enunciativos. En algunos poemas recapitula y reproduce versos de poemas o los sustantivos que los han articulado.
Sin embargo, sí hay varios conceptos comunes que vertebran los poemas. El principal es el de la sustitución, que lleva a la conciencia de la finitud: “Pensar que somos mera sustitución de cosas / es duro”. Todo es provisional, todo está llamado a ocupar un sitio reemplazando a algo anterior y, a su vez, a ser desalojado por otro nuevo. Es más, “el miedo está ahí, en no sustituir, en no ser acción, / en no dirigir realmente un punto definitivo”.
De este modo, “Sustituir estar” explica muy bien todo el sentido del poemario; resulta ser un título muy preciso para la obra. Mientras la primera parte se centra en el concepto de estar, de asumir el presente, la segunda lo hace con sustituir, que se convierte así mismo en un impulso vital (“la sustitución es el eje único del universo”). De hecho, el punto de unión radica en “la posición exclusiva de uno en el esquema / deber ser una sustitución de lo sustituible / y ser sustituidos es una cualidad necesaria”. Por tanto, adquirir conciencia de estar implica adquirir conciencia de sustituir.
Así, Cañizares Mata nos presenta una obra sólida, con una filosofía sugerente y una inquietud intensa que recala en el lector.