


Quien se acerque por primera vez a Auster hallará una novela torrencial y metaliteraria, llena de personajes que oscilan entre el tópico y una notable complejidad, y una escritura sumamente sólida, capaz de transitar entre el lirismo, la brutalidad y la simple narración de peripecias –funcional, pero no anestilizada- con pasmante fluidez. El lector habitual del neoyorquino encontrará, durante las primeras páginas, más de lo mismo, un protagonista en crisis cuya vida queda irremediablemente transformada por un encuentro fortuito. Azar y necesidad. Protagonistas que, antes de hundirse, se agarran a una piedra ardiente. Así ocurre en La música del azar, en El libro de las ilusiones o en El Palacio de la Luna. También la metaliteratura es frecuente en la obra de nuestro autor, los juegos de espejos que convierten lo leído en una impostura, en una metáfora del proceso creativo. A estas alturas la calidad de una obra de Auster no se mide por su alejamiento del patrón –cuya existencia es una marca de la casa absolutamente inevitable y casi necesaria- sino por la calidad de la variación, que en este caso es muy elevada y supera los chascos más recientes. Dando por sabidos y consumados el ritmo, la capacidad para manejar decenas de subtramas sin confusión alguna y la complementariedad de los tiempos, la distinción de Invisible proviene, ante todo, por la creación de un doble protagonista, en primer lugar un universitario desorientado e hipersensible, que camina por el mundo con pies de pato e irremediablemente choca con lo orgánico, con la muerte y el sexo, representados por el fascinante y tópico Rudolf Born y por su estilizada hermana. Y el hallazgo de la carne, de la ambivalencia del ser humano, le destroza para siempre. El lector sigue conmovido su carrera hacia el abismo. Su presencia es complementada por un segundo narrador, emplazado un peldaño por encima, que actúa como reflejo del lector y remarca las debilidades, corrige los desequilibrios de su criatura, llenándolo de complejidad. En las últimas páginas se permite la introducción de una tercera voz, que proviene del mejor de los personajes secundarios, de la única parisina que no sigue fielmente los tópicos malditistas que el narrador atribuye a sus amados franceses. Este personaje, cuya voz cierra el libro, aparece bajo tres miradas, bajo la del joven universitario, bajo la del escritor triunfador y bajo la suya propia. Es un gran personaje por la coherencia de su evolución, porque la joven esmirriada y perfeccionista, casi anoréxica, resulta plenamente complementaria con la mujer madura e irónica y con la señora digna, pero asfixiada por la soledad que busca y encuentra al mal, revestido de patetismo.
Mención especial merece ese mal, cuya representación, aunque sirva a la perfección para mover los engranajes de la novela, es absolutamente previsible: un dandy nihilista parisino, culto, guapo y peligroso, que solo adquiere verdadera entidad en la zona final, cuando deviene en un homenaje casi explícito al Kurtz de Brando y Coppola –que no al de Conrad- revisado en un mundo más complejo , en el que ni siquiera el horror es fácil de definir, de encontrar y quien quiere representarlo se convierte en una marioneta.
Nacido en Madrid. Licenciado en Derecho. Máster en Edición y en Creación Literaria. Autor del libro de relatos Pendiente y del manual de técnicas de escritura Cómo escribir un relato y publicarlo. Profesor de la Escuela de Letras en cursos de relato, narrativa y lectura profesional. Lector, editor y corrector en numerosas editoriales. Miembro del colectivo La tormenta en un vaso. Colabora con numerosos blogs y publicaciones. Es creador del blog www.lalinearecta.blogspot.com.