


La poesía de Marcelo Uribe se adentra en el misterio con un tono meditativo que traspasa hasta los versos más narrativos o descriptivos de este Última función. El mexicano utiliza la poesía como una herramienta para otear lo desconocido, para buscar lo trascendente en la memoria, en lo evocado y también en la naturaleza.
El libro recoge poemas de diversa extensión, aunque abundan los breves, compuestos de versos a su vez muy breves, pero que marcan un ritmo pausado. A ese respecto, algunos poemas se vertebran con repeticiones y paralelismos, pero es el tono del verso lo que determina en verdad ese ritmo.
Plasma un tono elegíaco, con el cual canta a lo perdido (“es tu ausencia más presente que nunca”) o se recrea en la nostalgia (“vuelvo hacia ese punto inmóvil / donde siempre te estaré / escuchando por primera vez”). En ese sentido, el amor, abordado desde la ausencia, se trata de un tema básico.
Resulta fundamental en Última función la luz como recurso expresivo. A ella nos remiten los versos continuamente. A ella y también a otros elementos relacionados con ella, por extensión, como la mirada, los fulgores y destellos y los reflejos. Por eso no es extraño que otorgue tanta importancia a la perspectiva en sus piezas (“nada de lo que miras conserva su perfil, / en todo dejas el vestigio caduco de tu paso”).
También utiliza con frecuencia el río como referente y como metáfora (“el río desescribe / su memoria en los guijarros”), e igualmente la música y el silencio.
De los textos, destaca la serie de “La casa”, formado por seis sugerentes poemas, pero Última función funciona mejor como conjunto; como un homogéneo poemario que busca la indagación en la memoria y sus ecos.