

Odiaba a la lluvia
porque caía sobre mi alero
y me despertaba,
odiaba al viento
que golpeaba mi puerta;
pero tú llegaste.
Ahora amo a la lluvia
que te hace despojar
de tus ropas mojadas
y amo al viento que cierra
mi puerta.Poema Tradicional Chino
El Negro tardó en contestar antes de convencerse.
—¡Le tengo miedo!
El Capitán desde un inicio trataba de meter en razón a su protegido.
—¡No puedes negármelo!
El Negro sabía que no podía.
El Capitán lo había salvado de morir en la silla de tortura del famoso Rompehuesos, cuando estuvo involucrado con los rebeldes.
—¡Pero si sólo tienes que robarte un cuadro!
El Negro sintió un zapatazo en la rodilla y recordó los golpes de Rompehuesos.
—Está bien —contestó—, pero no quiero problemas.
Aún no estaba convencido. No entendía por qué el Capitán deseaba tanto que robase un cuadro viejo.
—No preguntes tanto que no te importa.
El Capitán le entregó un papel con la foto y el nombre del cuadro que debía robar.
—Lo Que Trajo el Viento —leyó El Negro, y se marchó.
No fue difícil robarlo.
Mientras la dueña escuchaba radionovelas lo descolgó de la pared; y se lo llevó al Capitán hasta la acera dónde lo había dejado.
—Va a llover —comentó.
El Negro no le hizo caso.
—Parece… —contestó sin ánimo.
El Capitán lo dejó con la palabra en la boca y corrió a ver a la dueña del cuadro. Era una vieja de setenta años que vivía con su hermana y un perro. Cuando escucharon que alguien tocaba la aldaba, los tres corrieron a abrirla.
—¡Oh Capitán, Mi Capitán! —exclamaron.
La vieja y su hermana se le abalanzaron.
El Capitán traía el lienzo amarrado al cuello.
—Les han robado otra vez. Aquí les traigo la pintura.
Las dos mujeres lloraban emocionadas. Le descolgaron la tela del cuello y lo obligaron a sentarse.
—Tienen que tener más cuidado —les dijo el Capitán —. Esta vez pudo ser un violador.
Ambas se persignaron.
—¡Qué el Señor no lo quiera!
El perro jugaba con una pelota que fue a dar a los pies del Capitán.
—Cerbero ya está viejo, mejor les compro un cachorro de pastor alemán.
La hermana saltó alarmada.
—¡No, que el gobierno nos multa!
El Capitán no entendía a la vieja porque estaba ocupado en sacarle unas pulgas a Cerbero.
—¿Qué?
—Me dijo una vecina que los revolucionarios van a matar a todos los perros cubanos y que van a sustituirlos por perros rusos.
La vieja buscó a Cerbero y lo abrazó muy fuerte.
—Yo no quiero que lo maten.
El perro gimió, y el Capitán aguantó la risa. Siempre que traía el cuadro las viejas lloraban porque creían que las iban a matar, a ellas y al perro. Como habitualmente hacía a esa altura de la tarde, El Capitán le quitó a Cerbero de entre las manos a la vieja, y lo puso en el suelo.
—Esas son idioteces —dijo—, como cuando dijeron que se llevaban a los niños para Rusia.
—¡Pero sí se los llevaron! —aseguró la otra vieja.
—Para los Estados Unidos —corrigió El Capitán—, no para la Unión Soviética.
El Capitán salió al portal. Las viejas lo acompañaron.
Llevaban con ellas un paraguas para protegerlo del sol.
En la acera, El Negro estaba con la espalda apoyada a un poste eléctrico.
—¡Qué vida la de ese! —dijo una de las viejas mientras abría el paraguas.
—Los negros son todos iguales. Unos vagos —aseguró la otra.
A las viejas les molestaba la presencia de los negros.
—Pero si sólo es un muchacho —dijo el Capitán.
—Sí, pero tiene cara de ladrón. ¿Seguro fue un negro el que se robó el cuadro?
—No lo dudes —balbuceó la otra hermana.
—Señoras —intervino el Capitán—, pudo ser cualquiera. Incluso hasta un chino.
Cerbero ladró. Las viejas lo mandaron a callar.
—Los chinos no roban —dijeron—. Son comunistas, y los comunistas no roban… En cambio los negros no creen ni en su madre.
Al Capitán no le quedó otra alternativa que apoyar a las viejas.
El Negro fumaba y perdía el tiempo recostado contra el poste. No tenía remedio ayudarlo.
El viento de la tarde llegó golpeándolos en la cara.
—¡Qué viento! —dijo la vieja.
Cerbero volvió a ladrar.
—¡Cómo nunca! —contestó la hermana.
El portal se cubrió con las hojas de los árboles. La vieja entró a buscar una escoba para recogerlas.
—Enséñemelo.
—¿Qué cosa? —preguntó el Capitán.
—El cuadro —pidió la vieja—… No quiero que mi hermana piense que ya es hora de llevarme a un asilo.
El Capitán abrió el lienzo.
—¡Ya había olvidado lo hermoso que era!
—Es verdad —contestó la vieja—, ese cuadro me gusta mucho. Era el favorito de mi esposo.
—¡Un gran hombre!
—Y usted también —respondió la vieja, aduladora.
Caminaron hasta la sala. El Capitán enmarcó el lienzo y lo colgó. La vieja comenzó a cerrar las ventanas.
—¡Qué viento este!
Cuando miraron afuera se dieron cuenta que llovía. El Negro se mojaba tranquilamente.
—¡Lo que faltaba! —comentó la hermana.
Traía cuatro tazas de té. Puso tres encima de una pequeña mesa y la otra en el suelo. Cerbero se acercó y comenzó a beber.
—Lo Que Trajo el Viento, si hasta parece el título de un libro de poesía.
El Capitán celebró la idea.
—No. Mejor el título de una radionovela donde alguien regresa a vengarse.
—¡Ay sí! —suspiró la hermana—. Pero luego todo queda igual y se muere la protagonista.
Continuaron hablando toda la tarde.
El viento no cesó hasta bien entrada la madrugada.
La lluvia comenzó a inundar la sala y los obligó a buscar refugio encima de una mesa.
Al amanecer, El Capitán preguntó cómo era que les habían robado esa vez.
(Holguín, 1985) Narrador y realizador audiovisual. Con El color del verano fue finalista del XIV Concurso de Cuentos La Gaceta de Cuba. Obras suyas para cine y radio han obtenido diferentes premios como el del Taller Nacional de Radio y Televisión, de la Ciudad de Holguín y del Festival Por primera Vez.