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Eduardo Antonio Parra: Nuestras revoluciones parecen sucederse con una frecuencia casi cronométrica, seguidas de su correspondiente golpe de Estado que a veces da paso a un breve periodo de democracia ilusoria, tan sólo para reiniciar el ciclo poco después en este eterno girar de la rueda de la fortuna continental. Se establecen códigos. Cartas Magnas, para luego ser abolidas con el fin de promulgar otras de signo contrario que poco después corren la misma suerte. Los oligarcas de ayer fueron expulsados o asesinados y sus bienes incautados por los revolucionarios de entonces que son los oligarcas de ahora, quienes posiblemente sufran el mismo destino en manos de los revolucionarios de mañana. Y al fondo, los espectadores -es decir, los pueblos- contemplan el desarrollo de la obra, ora sonrientes, ora aburridos, la mayoría de las veces inmovilizados por la abulia. A veces reaccionan y se entusiasman, pero su entusiasmo es breve pues comprenden que se trata de una simple representación cuyo desarrollo sólo pretende entretenerlos, que su participación no cuenta, y que al final el escenario quedará vacío, limpio, lleno de luz: listo para que otros actores arriben a él para iniciar de nuevo la misma función. (…) Al reconocerme en las diferencias con otras culturas y al advertir las semejanzas con la de otras naciones del continente, me di cuenta de que conocer nuestra historia era un ejercicio de comunión, al mismo tiempo inquietante, deprimente y liberador. Inquietante pues de él se desprendía la certeza de que en nuestros países es demasiado fácil -incluso atractivo- confundir verdad con ficción, los hechos realmente ocurridos con la representación artificiosa, ya que nuestra historia tiene, desde el primer vistazo, aspecto de ópera bufa, en tanto nuestra literatura suele ser más directa, precisa y objetiva en sus descripciones de la realidad. Deprimente porque quienes nos desenvolvemos en una historia que parece ficción podemos sentirnos de pronto dentro de una ficción que tan sólo luce como realidad, lo que sería lo mismo que confundir sueño con vigilia y vivir en un estado permanente de sonambulismo; esto sin duda acarrearía (ha acarreado ya) consecuencias funestas para nuestras naciones. Liberador porque identificar esta tragicomedia del pasado, y un poco asimismo del presente, significa conocernos a nosotros mismos un poco más, detectar los vicios y virtuales de un carácter continental, lo que podría servir para mostrarlos a los demás por medio de la literatura con el fin de poner un grano de arena en la edificación de un porvenir donde esta absurda rueda de la fortuna deje de girar. donde el vacío del escenario se llene con actores y personajes al fin distintos. Liberador, también, porque a partir de haber llegado a estas conclusiones, pude comenzar a ejercer la vocación sin exceso de incertidumbre, visualizados los orígenes de la idiosincrasia que me da razón de ser y de escribir.
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Javier Reverte: Mi América puede parecerse a un puzle, un desarticulado rompecabezas cuyas piezas, esparcidas sin orden en mi memoria, recogen rostros, voces, aromas, sentimientos, sensaciones, ideas y paisajes. (…) No obstante, desde que viajé a América por primera vez, tuve una idea clara: que para todo español, viajar a Latinoamérica, al menos una vez en la vida, es absolutamente necesario; y para todo latinoamericano, venir a España significa lo mismo... Claro está que, en tiempo de recorte en los visados, este segundo viaje se hace injustamente dificultoso. ¿Por qué los gobiernos de España cierran la puerta a nuestros compatriotas de América? Se me hace difícil de entender. Yo las abriría de par en par, como toda América nos abre las suyas a los españoles, sin necesidad de visados ni restricción alguna.
Tengo ahora, mientras recuerdo y escribo, una sensación curiosa. Si pienso en España, se me aparece en la mente un país fragmentado en muchos países, como si mi patria fuera un pequeño continente habitado por gentes muy diversas y culturas muy distintas. Pero si pienso en América, veo un continente enorme que es un solo país, una patria única y sin fronteras. Y se me ocurre ahora, también, que España forma parte de esa gran nación, corno un pedazo desgarrado de América y traído sobre las olas a este lado del Océano
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Antonio Caballero: América es inmensa. Hablo de esa que llamamos América Latina, Hispanoamérica, Iberoamérica: de esa que no sabemos bien cómo llamar y que va desde México hasta Argentina y Chile interrumpiéndose (¿o ya no?) en el canal interoceánico del istmo de Panamá con su tajo artificial todavía vigilado y ensanchándose (¿o todavía no? En la península ibérica del otro lado del mar, donde Portugal y Espaa miran hacia la Unión Europea. Con sus sumas o sus restas, esa América innominada, española o latina o india, pero también negra y mulata y mestiza y Caribe (¿incluye a Curazao? ¿a Puerto Rico? ¿a la Guayana francesa? ¿a las islas Malvinas, también llamadas Falkland?), es inmensa, inabarcable (…) Personalmente yo la he conocido sólo un poco a ras del suelo, por tierra y agua, por carretera y río y caminos de mulas (…) Desde el avión, en cambio, la he sobrevolado casi entera (…)
(…) durante las guerras de Independencia de principios del siglo XIX, se disculpaba Simón Bolívar en su luego muy célebre “Carta de Jamaica” (…) por no poseer sino “limitados conocimientos” de “un país tan inmenso, variado y desconocido como el Nuevo Mundo”.
(…)
Bolívar predicó, y practicó también, tanto la tiranía y la dictadura como el desprendimiento del poder; tanto la clemencia como la crueldad; tanto el despotismo salvador como la lucha por la libertad como único bien deseable para los pueblos. Fue un desaforado romántico, a la vez que el más lúcido de los pensadores políticos escépticos y el más realista de los políticos prácticos. Fue el más ambicioso y el más grande de los Libertadores de la América Española, y también aquel cuyo fracaso histórico es más notorio: el primero de los nefastos "hombres de a caballo" que han dominado la mayor parte de la historia de los países que la conforman. Soñaba con una "patria grande" americana. Pero las cinco naciones distintas que contribuyó a formar terminaron muy pronto a la greña (y así siguen casi doscientos años más tarde); y las tres que quiso dejar fundidas en una sola "Gran Colombia" se disolvieron en disputas promovidas por él mismo.
Su conclusión, en una carta escrita en vísperas de su muerte a unviejo compañero de armas, es de un pesimismo inapelable:
"Usted sabe que yo he mandado veinte años, y de ellos no he sacado más que unos pocos resultados ciertos: 1º, la América es ingobernable para nosotros; 2º, el que sirve una revolución ara en el mar; 3º, la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4º, este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas; 5º, devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignaran conquistarnos; 6º, si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último periodo de la América."
(…) si para explicar mi propia visión de la realidad actual de América he traído a cuenta la figura gloriosa y trágica del Libertador Simón Bolívar es porque comparto su pesimismo. Nuestra historia ha sido dramática y cómica a la vez, y tiene todas las trazas de seguirlo siendo: dominada por la violencia y las injusticias, y mantenida en ellas por el poderío imperial, no ya de España, sino de un vecino más cercano y poderoso, que son los Estados Unidos. Y con respecto a eso también comparto el criterio amargo del Libertador: "Los Estados Unidos parecen dispuestos por la Providencia para sembrar la América de males en nombre de la libertad." Así vamos.
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Fernando Butazzoni: América Latina está llena de optimistas tácticos, quienes terminan convertidos por simple rigor de razonamiento en profundos pesimistas estratégicos. En mi caso, pertenezco al bando contrario: soy un pesimista radical, Jo cual ha terminado por instalarme en las tierras fértiles del optimismo. No se trata de analizar con ojo más o menos crítico y puntilloso los procesos sociales, políticos y económicos en América Latina, en sus países y comunidades, sino de soñar un futuro posible. Tal operación es del corazón, pero también de la razón. Para ello debe entenderse y asumirse desde su misma raíz una crisis histórica que desborda al continente, que va más allá, tiene otra etimología y, por lo tanto, otras consecuencias. No somos un continente mal diagnosticado; más bien somos un universo que todavía está por descubrirse a sí mismo en toda su plenitud. En esa fajina estamos desde hace más de dos siglos, cuando empezó a cuajar la primera independencia. Ese es nuestro secreto. El capitalismo, con su pujanza arrolladora, ha convertido al planeta en un gigantesco mercado. Es verdad que algunas regiones se mantienen virtualmente fuera del sistema y al margen de los procesos históricos concomitantes, pero en general se puede decir que el mundo se ha globalizado y, por lo tanto, se ha uniformizado. Hace poco estuve en el Valle de Calorcko, en los Andes bolivianos. Fui hasta allá para visitar una curiosidad paleontológica: la mayor colección de huellas de dinosaurios que se tenga noticia. El sitio, ubicado en las afueras de Sucre, es árido y descampado, con un gigantesco farallón que cae a pique sobre lo que debió de haber sido, hace muchos millones de años, el lecho de un lago. Pues bien, en esas montañas desoladas, al pie de los barrancos, como venida con el viento se me apareció una indiecita de Tarabuco para venderme un souvenir del valle. Entre sorprendido y triste descubrí que los recuerdos de Calorcko que ella pretendía vender eran dinosaurios de plástico fabricados en Taiwán.
La globalización del mercado, que es en los hechos la globalización del capitalismo consumista, ha implicado que unos sean globalizadores y otros sean globalizados. Todos venden y todos compran, es verdad, pero mientras unos compran a precios viles productos preciosos -desde la inteligencia hasta el agua-, otros pagan su peso en oro por acceder apenas a un cierto tipo de modernidad de segunda mano. A los latinoamericanos, por supuesto, nos ha tocado estar en el bando de los perdedores, y ser el ente pasivo de ese proceso hasta ahora imparable. Salvo contadísimas excepciones, casi no ha habido atisbos protagonices en nuestras naciones: nos hemos limitado a recibir el impacto de la globalización y las baratijas de los mercaderes, quienes a su vez han continuado obteniendo de los países latinoamericanos buena parte de las riquezas que necesita la pujanza del capitalismo en sus avances planetarios. Los globalizadores han extraído materias primas, minerales, maderas y granos, todo a la antigua usanza, pero también productos "no tradicionales" que son cada vez más cotizados en el mundo: agua, cerebros con ideas nuevas, dinero fresco, tierras fértiles, patrimonios genéticos, atmósferas limpias. Lo impensable, lo que a nadie se le ocurre, eso que ya casi no existe en la vieja Europa ni en los Estados Unidos, está de oferta en muchas partes de América Latina: vastísimas extensiones de tierras vírgenes para establecer reservorios de diversos productos, cielos claros para instalar observatorios astronómicos, inconmensurables depósitos acuíferos subterráneos para darle de beber a sociedades cada vez más sedientas. De todo eso tenemos abundancia en América Latina. Y cuando escribo América Latina siento la obligación de realizar este paréntesis para escribir, con José Martí, nuestra América. Más allá de polémicas semánticas y batiburrillos académicos, el término "nuestra América", además de tener el cuño intelectual e ideológico más puro que han dado nuestras patrias, contiene en sí un abanico histórico, geográfico, lingüístico y cultural que puede ser menos preciso en su estricta delimitación continental, pero que es mucho más ajustado al "alma de la cosa". Entonces, nuestra América integra las pesadillas del pasado pero también los sueños del futuro, aunque dicha expresión no forme parte del léxico tecnocrático contemporáneo.
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Leonardo Padura: Definir qué es lo "hispanoamericano" sigue siendo para mí, todavía hoy, una verdadera obsesión, aunque la modestia y la conciencia de las limitaciones que nos aporta el tiempo y las lecturas, me ha centrado en los últimos años en tratar de saber, cuando menos, qué es "lo cubano", definición para la que, debo confesarlo, todavía no tengo una única y convincente respuesta.
Pero mi impulso juvenil de estudiante universitario que está convencido de saber mucho más de lo que en realidad sabe (algunos profesores me calificaron de autosuficiente y socarrón), partía de otras ingenuidades y excesos mucho más acendrados, contextúales, digamos, pues los años de mi estancia universitaria (1975-1980) coincidieron con un intenso proceso de latinoamericanización de la conciencia cubana que tuvo los beneficios de que quizás fuéramos, por ese entonces, los lectores más fanáticos e interesados de la novela, la poesía y el pensamiento latinoamericano de izquierdas (convenientemente cribado), pero, al mismo tiempo, de que resultáramos víctimas de imposiciones culturales dictadas desde las alturas políticas, que intentaron (intentar no es conseguir) latinoamericanizar la atmósfera de la isla hasta el punto hacernos danzar (¡ a los cubanos!) al ritmo de tamboritos y quenas indígenas o usar ponchos mexicanos en el caliente verano tropical, mientras se nos negaba, con más o menos vehemencia y siempre por nuestro bien ideológico, el disfrute de otros productos culturales más afines a "lo cubano", como son la música norteamericana, incluido el jazz, con la cual nos unen infinitas afinidades (años atrás los Beatles habían sido desterrados de la programación radial de la isla) o, incluso, el conocimiento de la música salsa, acusada de engendro comercial, pero entonces en su apogeo artístico insuperado, una música y fenómeno cultural de los cuales sólo vinimos a tener una conciencia de su importancia y trascendencia espiritual caribeña bien avanzados los años 80.
Aquellos tiempos de latinoamericanización cultural a marchas forzadas (los cubanos llegamos a usar "guaraches" que llevaban como suelas pedazos de gomas de auto) eran, sin embargo, la clausura a nivel continental de todo un período histórico, iniciado en los años 20, cuando las vanguardias artísticas y políticas crearon las bases de una incipiente y creciente comunicación entre nuestros países americanos, con un flujo de ideas, obras y esperanzas capaces de alentar un "mercado" intelectual que propició la cercanía y el diálogo supranacional y más aún, el inédito intercambio de obras culturales que se aceleró a partir de los años 40, cuando en España se establece el franquismo y, de este lado del Atlántico, intelectuales españoles y latinoamericanos alientan algunos de los procesos y proyectos de acercamiento y comunicación cultural más productivos y memorables de nuestra historia.
(…)
Aunque determinados proyectos latinoamericanos han seguido luchando contra la corriente y nuevas políticas de integración han tratado de instrumentarse desde diversas instancias gubernamentales, no gubernamentales e incluso privadas, lo cierto es que la balcanización de la producción cultural latinoamericana ha alcanzado hoy extremos dolorosos.
(…)
La cultura latinoamericana clama por una verdadera integración y acercamiento, despojado de populismos y de proteccionismos coyunturales de los discursos políticos, para que sea otra vez posible que un lector cubano disfrute una novela chilena y un pintor mexicano conozca las búsquedas de sus colegas colombianos, y la información fluya de manera natural hacia sus destinatarios. ¿Qué hacer? ¿Un mercado común del libro, por ejemplo? ¿Un fondo verdaderamente decisivo para programas audiovisuales como pudiera ser Ibermedia? Eso todavía hoy parece un sueño, pero también necesitamos sueños, hasta nos vendría bien alguna utopía, pues como escribiera mi colega y amigo Eliseo Alberto: basta ya de realidades: queremos promesas. Las realidades nunca han llegado, o llegaron mal y devoradoras; tal vez las promesas tengan mejores posibilidades o, cuando menos, suelen ser más hermosas.
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Moacyr Scliar: Entren a Google y tecleen la hermosa expresión Nuestra América. Han de encontrar aproximadamente 1.950.000 referencias, lo que da idea de la importancia de este tema (ydel ideal que representa). Buena parte de esas referencias están asociadas al nombre de José Martí (1853/1895), político, periodista, filósofo y poeta cubano. Revolucionario, Martí pasó buena parte de su vida exiliado en España y en Estados Unidos. En 1891 publicó en la Revista Ilustrada de Nueva York y en el periódico El Partido Liberal de México un artículo con ese título, que permanece famoso. "Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea", comienza Martí criticando la pequeñez de esa idea, pero garantizando que "lo que quede de aldea en América ha de despertar". Propugna la integración de los pueblos de América Latina como forma de erradicar la pobreza y la opresión. "Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse", escribió. Esa integración no debería perjudicar la autonomía y las peculiaridades de cada país; debería representar una aceptación de la diversidad cultural, sobre todo en lo que se refería a los indígenas, aunque en su caso no sea una cultura letrada, académica, sostenía: "los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza". Va más lejos al decir que de esas culturas primitivas pero auténticas deberían salir los gobernantes: "¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay en América Universidad en que se enseñen los rudimentos del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? E indicaba cómo hacerlo: "La universidad europea ha de ceder ante la universidad americana. La historia de América, desde los Incas hacia acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los Arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria". Y apelaba a una metáfora -digamos agronómica- para describir cómo hacerlo: "Injértese el mundo en nuestras repúblicas, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas".
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Antonio Skármeta: Hablar hoy de una América es imposible. Los adalides de la globalización deben ver con algún desconcierto como tras la pulverización y descrédito del comunismo cada país latinoamericano busca su camino según su madurez, su composición étnica, el talento de sus dirigentes, el peso de la tradición, los conflictos crónicos, la pobreza endémica, la mayor o menor estabilidad de sus instituciones. Lula, en Brasil parecía que iba a poner un acento distinto. Lo ha hecho en cultura, y en el estado de ánimo del país, pero no lo ha mareado en economía.
Estoy agradecido de mi América y especialmente de "esa muchacha" que me bajó del tren hacia La Paz y hacia Estados Unidos. He sido parte del entusiasmo que le dio espuma a los días de los 60 y luego compartí con cientos de miles de latinoamericanos las asperezas del exilio y trate de aprender de ellos y de las culturas anfitrionas como ser más sensible y expresar de manera comunicativa nuestra humilde épica de antihéroes derrotados.
También me saco el sombrero ante los políticos y los valientes ciudadanos que arriesgaron hasta la vida por darnos las democracias que hoy tenemos.
Y si disfruto de la variedad de las experiencias latinoamericanas, confieso que me disgusta el olvido del sueño latinoamericano, con cada país rascándose con sus propias uñas, aspirando a intensos comercios con otros continentes pero incapaces en general de generar un proyecto que le dé al continente más identidad y relevancia universal. La retórica de la hermandad suena vacía cuando la cultura es ignorada con soberbia y el predominio de empresarios agresivos y exitosos relega la eventual grandeza mayor de un Continente a un brindis de banquetes oficiales.
Ya en el modesto plano de la literatura, los latinoamericanos necesitan un hombro donde llorar. Los escritores de cada país ignoran lo que pasa en la patria vecina. Un peruano no sabe que se escribe en México, un argentino lo que se crea en Brasil, un ecuatoriano no lee la poesía de Panamá, Es cierto que las letras latinoamericanas tienen un brillo excitante y una gran visibilidad internacional.
Pero habría que indicar desde ya al menos dos cosas: que la élite de narradores que son conocidos fuera de sus fronteras ha sido esparcida por el mundo por las editoriales españolas, por sus instituciones culturales, por sus formidables premios literarios, por su prensa alerta a la novedad, por el trabajo de gran altura estratégica hispánica de asentar y hacer crecer el castellano en todo el orbe.
Y la segunda cuestión, que a mi modo es un baldón sobre nuestros países, la formulo retóricamente en forma de pregunta porque conozco muy bien la respuesta: ¿Cuántos de los grandes escritores latinoamericanos viven y escriben en sus respectivos países de origen? Por favor, haga este descorazonador ejercicio.
Y como colofón; ¿Cuántos han decidido ser enterrados en Europa?
Lástima que ya no vivan Cortázar y Borges para que nos lo cuenten.
(León, Guanajuato, 1965), considerado como uno de los nombres más importantes de las actuales letras mexicanas, colabora con regularidad en varios suplementos y revistas culturales del país con cuentos, artículos y ensayos. Entre los reconocimientos que su obra ha recibido se encuentra el Premio de Cuento Juan Rulfo 2000, otorgado por Radio Francia Internacional. Ha sido becario de la John Simon Guggenheim Memorial Foundation. Es autor de los libros de relatos Los límites de la noche, Tierra de nadie, Nadie los vio salir y Parábolas del silencio, así como de la novela Nostalgia de la sombra.
(Madrid, 1944) Estudió periodismo y filosofía. Como periodista trabajó más de 20 años. Fue colaborador en diarios y revistas, y corresponsal de prensa en Londres, París y Lisboa. Por ese entonces también se ha dedicado a la escritura de guiones para radio y televisión. En la actualidad, y desde hace unos años, está volcado por completo a la literatura. En este arte ha cultivado en los géneros de la novela, la poesía (tiene publicados dos libros: “Metrópoli” y “El volcán herido”) y la literatura de viajes, siendo por este último por el que obtuvo popularidad, y por lo cual se ha convertido en uno de los autores más leídos en España. Además, es colaborador de periódicos y revistas. Entre sus libros de viaje se hallan los ya clásicos que integran la Trilogía de África, por el que se hizo famoso (”El sueño de África”, “Vagabundo en África” y “Los pasos Perdidos de África”). En 1992 realizó su primer viaje a lo largo de este continente, y los numerosos regresos que hizo le permitieron conocer su cultura y su historia, etc. Además, hay que mencionar “Corazón de Ulises”, de su recorrido por Grecia. En el género de ficción, sobresale la trilogía que se desarrolla en Centroamérica: “Los dioses debajo de la lluvia”, “El aroma del copal” y “El hombre de la guerra”; la cual nació de un viaje llevado a cabo por una labor periodística, por lo que conoció Guatemala, Honduras y Nicaragua. Pero debido a la riqueza del material obtenido, decidió volver. Permaneció unos meses en cada uno de estos países, y entre 1986 y 1992 escribió los tres libros. También se destacan dentro de la narrativa: “Todos los sueños del mundo”, “La noche detenida” -novela esta última que logró el I Premio Torrevieja-Plaza & Janés-, “Muerte a destiempo”, “La dama del abismo”, “Campos de fresa para siempre”. Pero más allá de su literatura de viajes, Javier Reverte, continúa haciendo otras novelas distintas, y sigue escribiendo poesía.
(Bogotá, 1945). Vivió su niñez y juventud entre España, Colombia y Francia, en donde realizó estudios de ciencias políticas. Ha sido columnista y caricaturista de numerosos diarios y revistas colombianos y extranjeros. Autor de la novela Sin remedio y del libro sobre arte Paisaje con figuras. Aficionado y conocedor de la tauromaquia, escribió los ensayos Toros, toreros y público, y Los siete pilares del toreo. Ganó el Premio Planeta de Periodismo (1999) con No es por aguar la fiesta, libro que recoge sus principales notas políticas publicadas en la década de los noventa. Es columnista de la revista Semana.
(Montevideo, 1953), escritor y periodista uruguayo es sobre todo un resistente. En 1972 se exilió en Chile y tras el 'pinochetazo" se fue a Cuba. Allí estudió Biológicas y fue profesor. En 1978 luchó contra Somoza y tras su derrota se trasladó a Suecia. Volvió con la democracia a Uruguay en 1985. Su espíritu resistente le llevó a publicar en 2003 "Carta de un viejo disidente", en solidaridad con la Revolución Cubana. Premio Casa de las Américas, es autor de varias novelas y dos libros de ensayo, el último de ellos "Alabanza de los reinos imaginarios". Es Director de Promoción Cultural del gobierno de Montevideo.
(La Habana, 1955) es un novelista y periodista cubano. Es uno de los escritores cubanos de mayor prestigio internacional y su obra ha sido traducido a varios idiomas. Ha publicado Fiebre de caballos (1983/1984), Con la espada y con la pluma (ensayo) (1984), Colón, Carpentier, la mano, el arpa y la sombra (ensayo) (1987), Según pasan los años (cuento) (1989), Lo real maravilloso, creación y realidad (ensayo) (1989), El alma en el terreno –en colaboración con Raúl Arce– (reportaje) (1989), El viaje más largo (reportaje) (1994), Alejo Carpentier y la narrativa de lo real maravilloso (ensayo) (1995), La puerta de Alcalá y otras cacerías (cuento) (1997), Los rostros de la salsa (entrevista) (1997), Adiós Hemingway (2001), La cola de la serpiente (2001), La neblina del ayer (2002/2003), La novela de mi vida (2005), El hombre que amaba a los perros (2009).
(Río Grande do Sul, 1937). Autor de más de 50 libros publicados con gran éxito; sus textos han sido adaptados para cine, televisión, teatro y radio; es columnista de periódicos y ganador de importantes premios nacionales e internacionales. Ha sido comparado con el pintor Marc Chagall, por elaborar en su obra excelentes parábolas del mundo contemporáneo.
(Antofagasta, Chile, 1940). Estudió Filosofía y Literatura en la Universidad de Chile y se graduó en Columbia University, en Nueva York, con una tesis sobre la novelística de Julio Cortázar. En 1967, publicó su primer libro de cuentos, El entusiasmo, y en 1969 obtuvo el premio Casa de las Américas con el volumen de relatos Desnudo en el tejado. Ha sido profesor de Lenguas y Literaturas Romances en Washington University, Saint Louis, Missouri, enseñando Literatura Hispanoamericana.