


No se llamen a engaño. A pesar de lo que puedan intuir por el título no estamos ante un ensayo filológico, más bien todo lo contrario, nos encontramos delante de un poderoso y turbador texto literario. Algo más que una relectura, una reflexión o una disquisición penetrante en torno a la figura del poeta alemán Georg Trakl. Dejando a un lado el conocimiento exhaustivo (tanto en sus dimensiones estilísticas como conceptuales) que sobre este autor se nos revela, la escritura de Hugo Mujica se ofrece como un ejercicio de introspección sobre la poesía misma, sobre su identidad como hendidura y grito. En el grito no buscamos significar sino expresar: salir. El grito es carne, no aliento. Porque el grito, a diferencia del lenguaje, no está ya allí, en el registro de la memoria, disponible para ser gritado. Cada grito es la primera vez. Cada vez es la voz del origen. Cada vez nos origina. El grito, y en el grito, se nace. Se inaugura carne. En poco menos de ciento cincuenta páginas asistimos al ascenso y caída biográfica de un hombre cuyo aliento, dolor existencial, corrió parejo al hálito de la poesía, quizá como único camino de expiación o, en su defecto, de consciencia mutilada. Pero haríamos un flaco favor a este libro si sólo destacáramos sus contornos puramente temáticos. La pasión según Georg Trakl es mucho más.
Para empezar, demanda del lector una posición incómoda, desacostumbrada en muchos de los ensayos visitados en la actualidad. En ella no hay neutralidad cognitiva, no hay distanciamiento, no existe esa linealidad aplastante de las cátedras. El decir de Mujica es una manera de encarnamiento, de salvaguarda de la vida del poeta alemán hecha cuerpo y aventura colectiva. El ensayista argentino se preocupa por captar las circunstancias que produjeron esa obra (tanto en sus dimensiones subjetivas como socioculturales) para después levantarlas hacia una reflexión inteligible de lo otro. Porque para una sociedad postmoderna, industrial, capitalista (póngale el epíteto que quieran) la obra de este expresionista alemán todavía sigue siendo una suerte de otredad susceptible de eliminación por parte de la razón instrumental. Por eso Mujica, detalladamente, se esfuerza por recrear en movimiento (encarnando) la inteligibilidad de la sustancia poética de Trakl. La vuelve presencia. “Trakl nunca fue un profeta de la nada por la nada, su obra no fue fácil prolongación del vacío, ese resignado pero cómplice deleite por el nihilismo que puebla la literatura, ni tampoco el de su supuesta lucidez: el cinismo. Su contemptus mundi no fue ni odio ni desprecio por el mundo, fue compasión humana. Como Rimbaud —a quien Trakl consideraba su «hermano»— sintió nostalgia de vida, sintió que «la verdadera vida está ausente», y Trakl buscaba una vida fiel a su propia naturaleza, una vida humilde, no humillada.”
Ahora bien, ¿qué estrategia sigue para generar este encarnamiento? ¿Por qué no estamos ante un ensayo de corte formalista? Pues bien, a mi entender, jugando con la formación antropológica del argentino, este libro se construye en forma de descripción densa (por utilizar la terminología acuñada por el norteamericano Clifford Geertz); intenta revelar la trama cultural del poeta, sus prácticas estilísticas, sus discursos como agente creador tal y como se imbricaron en su forma de vida. Mujica consigue a través de un relato simbólico de enorme calado, condensar la visión relacional de valores, significados y obsesiones del poeta alemán. Sus determinantes psicológicos. Por eso este libro, como descripción densa de la evolución de un escritor, se levanta quizá por encima de la particularidad de ese mismo escritor y se manifiesta más en calidad de hilacha capaz de desentrañar la maquinaria intelectual (caja negra) que subyace en toda obra artística.
Es ahí donde este libro gana en potencia. La pasión según Georg Trakl aúna sentido estético (connotativo), observación referencial, profundidad analítica (omnicomprensiva), sin menoscabo de las propias aperturas que la palabra literaria proyecta. Traza puentes de sentido entre la obra de Trakl y nuestra propia contemporaneidad, sujeta también a porosidades, obsesiones y debilitamientos, con tal suerte que los miedos del poeta se transustancian en nuestros propios miedos y sus abandonos, en nuestros abandonos.
“Sufrir para Trakl fue conocer, conocer fue nombrar, nombrar fue revelar. Crear fue su vivir. Poetizar su vida fue ir muriéndola en su poesía”. ¿De verdad creen ustedes que, tras leer estas líneas, podemos afirmar su supuesto sentido ensayístico o, convengamos en ello, la voz que late debajo de ellas es la del poeta maduro sabedor de su trabajo? Por fortuna Mujica no se decanta, no resuelve el enigma, sólo provoca en el lector el placer de la literatura puesta al servicio del análisis, sin renunciar a su capacidad expresiva, de encarnamiento de lo ajeno. Un hallazgo para cualquier lector interesado en poner en duda sus propias convenciones.