

No preguntarás cuál es mi tierra
No es que allí se holgara el ruiseñor
(la alondra, el arriero...)
que pájaros y peces
los cielos y las aguas
no quisieran contarte de bella geografía:
siempre será hermoso el paisaje
que acuñado en el ojo
testifique por la memoria de los días.
Creo haber dicho ya toda elegía
todo canto memorial por el terruño
o la ciudad amada
pues la patria del hombre
fue siempre el sitio
en que designio nos tiene confinados.
Habría sí,
palomas que veloces columpien los relojes
grises torres que el tiempo verdea
el puente, el almenar, el rústico campanario
de la iglesia del pueblo...
De seguro los recuerdos andarían desnudos
recorriendo las calles, visitando
a los muy amados muertos, esos
que para siempre velaran por las casas.
Cada hoja caída que dejamos al paso
intacta cicatriz en el árbol tutelar,
parajes que evocados tienden encrucijadas…
Pero, ¿quién no sabe de esos caros caminos
que a la ida o la vuelta
nos pintaron la prisa o el ensueño
el dolor, la impaciencia, la prístina esperanza?
Los pasos no;
los pasos no se tejen en la hierba o el asfalto
la grava o la arena;
Allí sólo es la huella.
Los caminos se hicieron siempre en la esperanza
a punto tal
que el pasado comienza a donde alguna acaba.
No preguntes entonces
si fue cedro o ciprés
nogal o mangle
la vara con que mi padre
remendaba sus naufragios.
Si ciruelo o naranjo
lo que acunó mi madre
en los días de mi infancia.
Mi origen es el tuyo:
los árboles fueron creciendo allí
se hizo ésta la vera del camino
un tanto más allá se levantó la casa
el patio de mis juegos fue de arcilla
o de hierba, de hormigón o de la áspera caliza
no lo sé. Nadie puede saberlo
¿Quién puede decir si del follaje del sauce gimiente
o de la hirsuta fronda del cocotero
era el susurro con que sellaba el viento
la entrada del otoño por la senda de mi puerta?
¿Escuchas?
Escucha:
en todas partes sentimos como nuestra
la tierra que amamos
y nuestra es, porque al cabo
no somos otra cosa
que amantes de sirenas.
Mijo o avena cebada o maíz
en cualquier colina que apuramos el grano
se nos dijo que habíamos nacido
¿y cómo no reencontrar el aire del la patria
o redescubrir a qué sabía el agua
por el sólo crepitar de éste o aquel molino?
En un punto del pecho se nos fundó la patria.
Con toda leña calentamos el hogar
y con todas las fibras tejimos los canastos,
las telas, los tapices
y ellos urdimos unas tramas tan hermosas
como en las cabelleras de las hijas del sol
las vasijas que usamos lo son del rojo cobre
o del caolín polvoroso
o de la negra arcilla
y en ellas canta el agua
la canción de las vírgenes
y de ese modo
vasta es su transparencia.
Con la noble bellota de ese arbusto
maceramos los polvos aromáticos
y de este oscuro fruto
el vino espiritoso
para holganza de todo caminante.
No se levantó de entre los míos
el herrero que de brunos metales
forjó la daga con la que mutilaron
el costado del que sufre.
De ángeles y de bestias
fue el legado que encontraron mis hijos
Le dimos a escoger
un sitio por fundar
en la anchurosa tierra del Hombre
cuánto moldeó a su antojo
cuánto le fue negado
son noticias que aún
escudriño en el viento.
No preguntes entonces por mi tierra
porque me fuefundada en un punto del pecho
que desgarrado dejé entre mis hermanos
cuando monté a la grupa de cierto Toro Blanco
sobre el que encantada
cabalga una princesa.
(La Habana, 1950) Poeta y narrador. Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad de La Habana. Ha sido galardonado, entre otros, en el año 2000 con el Premio Inetrnacional Nosside convocado por el Centro Bossio de Italia. Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.