

La música de una filarmónica anuncia la entrada del amolador de tijeras se acerca con piedra y carretilla a pleno sol de mediodía. Empuja suavemente el carricoche destartalado de tanto andar ya por estas calles irregulares. Sopla una y otra vez el instrumento musical, cuyo sonido sólo atrae a algún que otro niño. Estela recuerda que debe amolar su tijera. Vive de las costuras, y de lo que su hijo puede ofrecerle. Acude veloz ante el llamado del viejo que aliviado de haber encontrado a su primer cliente extiende la mano, y placenteramente pasa el objeto cortante por la piedra. Primero suave y luego va acelerando la rueda. Hace saltar chispas, luces y fragmentos de acero. Estela observa su rostro y el ceño fruncido, los pómulos salientes, la boca hundida y arrugada. El brillo que desprenden piedra y tijera se refleja en los ojos del viejo que presuroso por cobrar el dinero, deja caer todo el sudor sobre la madera oscura. Estela siente miedo de que se abalance sobre ella y la haga pedazos con las puntas de la tijera que brilla frente a su rostro. Saca el dinero del bolsillo de la bata, lo tira sobre la carretilla y huye despavorida tijera en mano hacia el interior de la casa.
Hoy ha sido un mal día. Convidó a su hermana a ir al ginecólogo a causa de sus nauseas y desarreglos menstruales. Su hijo le aclara que puede ser la menopausia. Ella confía en él. Médico con título de oro. Siempre metido bajo sus faldas. Es lo único que tiene. El padre murió cuando era pequeño. Algún retrato le recuerda que tiene sus ojos y su sonrisa. Sin embargo la nariz perfecta y el cabello ensortijado son de ella, y eso la enorgullece. Lo que más le preocupa no es el desarreglo menstrual si no el problema de sus huesos, teme devenga en lupus eritematoso. El hijo le suministra una serie de medicamentos que él mismo le ha recetado. Ella cae a la cama completamente dormida.
Como si estuviera muerta. Él sale todas las noches. Después de darle sus pastillas. Se viste y va para la casa de la novia. Los dos se graduaron en la misma facultad. Hacen una bonita pareja. Ya comienzan los preparativos de la boda y sus padres la quieren ver salir de blanco. Pero a él lo que más le preocupa es la salud de su madre. La hermana mira a Estela con reproche. Sentada a la mesa de la consulta se pregunta por qué no ha confiado en ella. Por qué no le contó nada. Estela no comprende. Le dice al galeno que hay algún error. Y él sonriendo le explica que tiene algo menos de ocho semanas. Que el ultrasonido no miente. Estela sigue sin entender. Desde que su marido murió no ha estado con ningún hombre. Se despiden del doctor, y caminan cabizbaja por la acera. Estela pensando en que debe tener un tumor maligno, y la hermana, que siempre fueron una sola y ahora la ha defraudado. Van calladas. Mudas. Nada que preguntar. Nada que decir. Estela no deja de pensar en su tumor, en el tumor que crece, y piensa en Andrés el vecino al que le vende hielo en las noches. Andrés que sabe de su problema. Que ella cae a la cama como muerta. Y no es capaz de escuchar el más estruendoso de los sonidos. ¿Un niño? ¿De veras una criatura viviendo dentro de ella? Ya no sabe qué pensar. Descarado, lo del hielo es solo un pretexto. Se aprovecha de la ausencia del hijo que aun piensa que sus dolencias son de la menopausia y nada más.
Esta noche no tomará las pastillas. Pedirá disculpas y después de venderle el hielo a Andrés fingirá tener mucho sueño y lo esperará despierta con la tijera bajo la almohada y cuando intente echarse sobre ella le descuartizará su cara regordeta y arrugada.
Hoy como todas las noches el hijo le ofrece los medicamentos y ella coloca las pastillas dentro del ajustador. Él se pone su pulóver blanco con rayas rojas, se despide con un beso y promete llegar temprano. Ella piensa cosa que nunca haces- y le acaricia el pelo ensortijado. Estela no tiene sueño. No tiene porqué tener sueño. Sus párpados se mantienen firmes y fijos hacia la puerta. Se sienta frente a la máquina de coser esperando que pase el tiempo. Ve con placer rodar la tela bajo la aguja. Termina un vestido que le encargara una vecina. Negro con florecitas en relieve y un escote bien descarado. El tejido palpita bajo sus ojos. Piensa en lo que pasará: ese degenerado. Esta costura debe ser por dentro, para que no se vea. A nadie le gustan las chapucerías. Y Andrés que no viene por el hielo, viejo descarado, pervertido. El sonido del timbre la desconcierta. Tira el vestido a un lado y con temor y rabia abre la puerta. Ahí está con el jarro y el dinero. A Estela se le suben los colores a la cara y no lo manda a pasar como de costumbre. Va hacia el refrigerador y le echa el hielo en el jarro. Le cobra y le deja la puerta sin seguro. Fingirá dormir, y la tijera mutilará la cara del desgraciado. Se acuesta y sin pretenderlo se va quedando dormida. Lucha, pero sus parpados caen, Andrés, demora demasiado. Ella piensa que quizás se lo ha olido el muy hijo de perra y no vendrá. El chirrido de la puerta la saca de su modorra. El corazón se le quiere salir. La luz no se enciende pero escucha los pasos que se aproximan. La puerta del cuarto se abre. En medio de la oscuridad no se divisa siquiera la silueta de Andrés, pero adivina su cuerpo feo y aplastado. Cierra los ojos y aprieta la tijera bajo la almohada. Se queda sin respiración cuando el otro cuerpo se desliza encima del suyo. Sigue con los ojos cerrados. No quiere ver el rostro babeante de Andrés sobre el suyo. Una mano la recorre toda. La despoja de las ropas, mientras las de él caen al suelo. Por un momento siente deseos de dejarse hacer, de sentir el placer de años atrás de olvidarse y olvidarlo todo. Hace tanto que no experimenta una caricia, un beso, un orgasmo. Lo siente suave. La carne comienza a temblar. Lo desea, mas recuerda que debe terminar el hecho, y antes de que la penetre hunde con rabia la tijera en su espalda y escucha un gemido. Siente un líquido caliente y espeso que comienza a bañar su propio cuerpo. El de Andrés no se resiste y cae. Temblorosa palpa su rostro, la tersura de una piel joven, la barba recién salida. Pasa la mano otra vez por la cabeza de cabello ensortijado que resbala por sus dedos y luego palpa temblorosa la nariz fina y perfecta. Estela escucha nuevamente la música de la filarmónica que anuncia la entrada triunfal del amolador de tijeras. Lo ve abalanzarse sobre ella y hurgarle las carnes con las puntas recién afiladas. Lo mira y su mano la apuñala destrozándole el abdomen. Se siente bañar por la sangre que brota con fuerza y empapa sus ropas, y otra vez el viejo punzándole las entrañas. Riendo. Mostrando su único diente dentro de aquella boca hundida y arrugada.
(Holguín. Cuba. 1978). Licenciada en Ciencias Humanísticas. Egresada del VI curso del centro de Formación Literaria Onelio jorge cardoso, La Habana, 2005. Ha obtenido, entre otros, los premios León de León, poesía, 2004; Premio Ángel Augier, cuento, 2004; Premio Ecos del Río, cuento, 2007 y Premio Juan Marinello, cuento, 2008.