

Escuché decir a Ignacio Padilla, en nuestro primer encuentro en La Habana, cuando asistía como jurado al Premio Literario Casa de las Américas, que su literatura había sido considerada evasiva por ciertos críticos literarios de su país, evidentemente molestos ante el impacto de que dos autores de la llamada Generación del Crack hubieran recibido el mismo año un descomunal empuje de promoción mediante los premios Biblioteca Breve (Jorge Volpi con En busca de Klingsor) y Primavera de Novela (Padilla con Amphitryon). Ambas obras tenían que ver, entre otros asuntos “externos”, con ese golpe bajo que es en la historia de la humanidad los años de la locura de Hitler por dominar el mundo.
Años después, en el Instituto Cervantes de Berlín, compartimos mesa y le escuche jurar ante decenas de lectores que no volvería a escribir ninguna otra novela que transcurriera en Alemania y que su próxima novela transcurriría… en Austria. La carcajada del público fue inolvidable.
En esos encuentros he logrado percibir algo que creo define la narrativa de Padilla: sus búsquedas no están, como se supone si seguimos el hilo de sus tramas noveladas, en historias del pasado; esa búsqueda va más allá de un territorio y de una época específica e intenta definir una eterna pregunta que nos hacemos los seres ¿racionales?: ¿qué somos hoy luego de siglos de historia, confluencias étnicas, mezclas raciales, aplastamiento de unas culturas por otras culturas… supuesto desarrollo humano? Y por ello, en varias ocasiones, ante otros críticos que defienden la idea de que el único fenómeno tipificador de lo “latinoamericano” ha sido el boom, he pedido que se analice la obra de este mexicano teniendo en mente esa pregunta. Sólo de ese modo encontraremos una respuesta bastante exacta sobre qué se esconde detrás de esos mundos “asfálticos y verédicos” que grafica Padilla en, por ejemplo, los cuentos de Subterráneos, en el hoy lejano 1989, cuando prácticamente empezaba la carrera de este escritor; y encontraremos nuevas veredas en la fantasía barroca y desbordada de Trenes de humo bajo alfombra;y descubriremos tras qué huellas va la novelística de Padilla, tanto en Si volviesen sus majestades (donde el juego literario sobrepasa el juego lingüístico que establece en esa especie de español arcaico reconstruido y se lanza sobre claves bastante íntimas que tocan, desde muchas perspectivas, la presencia de la raíz cultural española en el tronco de la cultura americana y mexicana); como en Amphitryon (donde las historias de sus dos personajes sirven como el pretexto perfecto para ir tras otra pregunta que pocas veces nos hemos hecho: ¿hasta dónde los fascismos, especialmente el hitleriano, han marcado a la humanidad y han convertido al ser humano en un nuevo ser ¿racional?); como en Espiral de artillería (donde un médico sin más aspiración que vivir su vida cae, por miedos, conveniencias y presiones cae en el agujero negro de la mentira, la simulación y la pérdida de sus valores como ser humano, como persona incluso); o como en La gruta del Toscano (en la cual, enlazando al lector con una trama cargada de aventura en la llanura del Himalaya donde el serpa Pasang Nuru es una puerta abierta a una especie de infierno de Dante, sí, con sus círculos y castigos y purificaciones y pruebas a superar; un sitio donde ni la maldad ni el bien tienen la cara que típicamente conocemos, donde las historias oficiales y las verdades se agreden, donde los mitos y las justificaciones que busca el ser humano para enfrentarse a situaciones límites se hunden en los abismos de la mentira y la simulación).
¿Es eso escapismo? ¿No es ese acaso un modo más directo de hacernos cuestionar nuestras realidades, sin que para ello tengamos que caer en las graficaciones y escenarios que vemos, día a día, noticia a noticia, en el periodismo que hoy nos asola desde los periódicos, la radio y la televisión?
En uno de mis artículos sobre la literatura mexicana escribí una sentencia que repito: en un mundo donde los límites de las culturas se entrelazan, donde las tecnologías conectan escenarios y asuntos hasta hace pocos años distanciados geográfica y científicamente, donde la historia se amalgama de modo tal que un fraude inmobiliario en un país de un hemisferio puede afectar en cuestión de segundos la vida de millones de personas en otros continentes a millones de kilómetros, la narrativa de Ignacio Padilla transita como por un lecho empedrado especialmente para sus pies.
No se trata de México, sí, pero también se trata de México. Y de Alemania, y de Rusia, y de Nepal… del mundo entero que habitamos, porque las novelas de este mexicano hurgan en la historia, desde la multiplicidad de los escenarios que existen en este mundo, para entender y buscar el presente de todos, que es ¿quién lo duda?, de muchos modos, el presente de los europeos, los hindúes, los mexicanos y, todavía, más íntimamente, el presente de ese escritor que habita dentro de Padilla.