


En 1996, Jorge de Arco (Madrid, 1969), iniciaba su andadura poética con Las imágenes invertidas, libro que ya desvelaba un lenguaje cuidado y selecto, armonioso y elegante que le llevaría con el tiempo a asumir un estilo propio. Un estilo, que logra envolver al lector hasta los confines de una poesía que encumbra las palabras hasta otorgarles una sutil y elocuente belleza.
En 1998, publicaba Lenguaje de la culpa, al que seguiría De fiebres y desiertos (2000), La constancia del agua (2007) y ahora La casa que habitaste, (Col. Adonáis. 2009), con el que ha obtenido recientemente el Premio Internacional de Poesía San Juan de la Cruz, en su vigésima edición. Además de poeta, Jorge de Arco ejerce como Profesor universitario de Literatura Española, oficio que comparte con su quehacer de crítico, traductor y de director de la revista poética “Piedra del Molino”.
La casa que habitaste puede ser considerada como una alegoría del hombre, una sucesión de metáforas, de sensaciones donde poeta y ser humano se entrelazan para conformar un todo inseparable, una casa poética donde se albergan toda clase de sentimientos: el amor, la nostalgia, la frustración, la soledad…; una casa que guarda “el eco lastimado / de unas pisadas que no cesan nunca/ de resonar en los sombríos huecos/ del corazón”. Y todo ello, abarcado por el denodado peso de la memoria latente y pertinaz, de la que el poeta no consigue desquitarse.
El libro, dividido en tres partes y una coda, va anudando el sentido simbólico de un hogar con un recuerdo habitado que ocupa los laberintos del pasado. Casa y memoria constituyen un solo cuerpo, un todo donde el amor se va revistiendo de pesadumbre y remembranzas que dan cabida a “delirantes auroras, estremecidas llamas”. El poeta quisiera desasirse de su pretérito, pero ella -la amada, sigue atada a los vericuetos de su ayer, a esa casa que no consigue cerrar del todo: “Con paso lastimado/ recorres los pasillos y te aferras/ a sus paredes,/ al solar de tu alma,/ para no ceder, débil,/ al pertinaz dolor de sus cimientos”.
La casa que habitaste es también un ventanal al tema existencial, una vía hacia la reflexión del hombre y el precio de asumir su madurez. El paso del tiempo le hace mirar al desconsuelo de la vida, a una inconstante derrota y al pesimismo, que se vislumbra en su poema “Ahora el luto soy yo”: “Sabe a muerte mi boca y a resina/ de árboles caídos, a crepúsculos/ al filo de otras lunas ignoradas”. Pero el yo lírico lucha denodadamente por superar su derrota y se aferra a una ansiada esperanza, se convence a sí mismo sobre la necesidad de seguir adelante: “Cuando hiela por dentro,/ cuando todo es desdén y lejanía/ y el negro buitre de la soledad/ desgarra con su corvo/ pico las galerías / del corazón, / un torrente de lava y amargura / arrastra lo que queda de nosotros, / y hay que esperar sin llanto / que de nuevo amanezca / y un sol grande y distinto / nos conforte y confirme / que aún somos y latimos y respiramos, hombres / con la copla en los labios / y en los ojos la lumbre de volver a empezar”.
Sin embargo, sigue ahondando, en versos sucesivos, en una nostalgia que viene revestida de una tenaz ausencia que le sobrecoge: “Memoro el fantasmal hechizo de tu ausencia”, dirá el poeta en “Morada del otoño”. Alguien, al otro lado de los versos, personifica esa ausencia de la que no parece lograr separarse. El poeta parece querer despojarse de los hilos del pasado: “Llega una fecha en la que el tiempo antiguo / comienza / a podar los abrojos del recuerdo”, pero pronto vuelve a encontrarse inmerso en el ayer, en la presencia de una amada a la que invoca desde el recuerdo: “Dame nuestra verdad de cada hora, / le digo a la alborada, / nuestra sed más pretérita, / la casa que habitamos, / nuestra agua, nuestro vino dulce, tibio, / regálanos de nuevo cuanto éramos, / las descalzas heridas que trazaron / nuestro resplandor último”. Quizá sólo se trate de “el duelo de ser hombre y ser condena”.
El poeta ha creado, en definitiva, una gran casa con innumerables espacios, unos, habitados por viejos fantasmas, otros sobrecogidos por sentimientos que se antojan eternos y que Jorge de Arco ha sabido engarzar poéticamente hasta hacer de “La casa que habitaste” un contundente referente de la verdadera poesía.