

Cuando cerró la ventana los hombres ya estaban ahí, afuera, observándola, sólo que al no tener tiempo para ocultarse — en sintonía intuitiva— se petrificaron. Ella los vio pero no les dio importancia o no los creyó de carne y hueso, pues en su país vivía en la avenida de los Próceres y eso de ver cuerpos congelados le era rutinario.
Los hombres se acuclillaron debajo de la casa de madera y miraban hacia arriba buscando algún agujero por donde espiar. La casa no era alta ni baja, sino como las abundantes en el sur de los Estados Unidos; de unos diez escalones. No encontraron ranura alguna, pero les era fácil escuchar la música a pesar del volumen bajo.
Regina terminó de adornarse frente a un espejo de la sala. Se sonrió contemplándose la transparencia de la bata y se llevó las manos a los muslos, se los acarició suavemente mientras pensaba en que hacía mucho tiempo no tenía relaciones amorosas y quizá por eso actuó de manera tal frente a Elizabeth, a quien conoció siete días antes en una fiesta y le ofreció llevarla a su casa. Regina aceptó.
Los hombres, sentados bajo la casa, evitaban hablar cuanto les era posible y cuando lo necesitaban lo hacían a señas y murmullos. Permanecían recostados y ocultos detrás de las bases que sostenían la pequeña casa blanca.
Regina extrajo del horno unas aromáticas codornices. Probar una pizca le bastó para convencerse de que estaban en su punto. En eso la asaltó el recuerdo de ese momento en que Elizabeth estacionó frente a su casa y al despedirse le dio un beso profundo que ella automáticamente respondió y Elizabeth aprovechó para acariciarle un muslo por encima del vestido. Ella no se opuso sino hasta que Elizabeth comenzó a darle mordiditas en un pecho. Reaccionó de repente y se bajó del auto, sin despedirse, avergonzada consigo misma sólo alcanzó a decir: «Yo no soy de ésas». Haber respondido a los besos y caricias la llevó a la convicción de que estaba ávida de sexo. Terminó de acomodar las codornices en un plato grande, decoroso. Las llevó a la sala y las colocó en la mesa uniéndolas al resto de la cena, en donde además había dos copas sedientas, una amenazante botella de vino y dos velas coqueteándole al fuego.
Los hombres oyeron pasos y no se equivocaron, cautelosos intentaron divisarlos desde debajo de la casa. Los pasos provenían de la calle y encima de ellos venía un hombre joven que se dirigía a la casita blanca.
El timbre sonó despertando la sonrisa en Regina. Sin apresurarse encendió las velas. Se dio un último vistazo al espejo. Abrió la puerta y desde ahí gritó a medias:
— Pasa, está abierto.
Los hombres, sorprendidos, se preguntaron casi sin palabras quién era el recién llegado. Agudizaron más los oídos.
— ¡Ricardo, te ves increíble! — expresó la mujer.
Ricardo revisó tímidamente las paredes adornadas, los muebles: «Me gustaría vivir así», pensó. Regina se perdió en la cocina buscando los últimos detalles para la cena.
Ella tenía varios años viviendo en California, desde que se vino de Latinoamérica no había regresado ni pensaba hacerlo. La decepción amorosa de la que fue víctima en su país la hizo refugiarse en el extranjero, en donde una nueva desilusión la tenía escondida en el celibato. Era feliz o al menos parecía serlo en los Estados Unidos. Manejaba con destreza su entremezclada cultura norhlatina: por un lado nunca había dejado de hablar español e interesarse por lo que ocurría en su país y, por otro, le fascinaba el estilo de vida estadounidense, inclusive emulaba sin ningún pudor a algunas estrellas de Hollywood. Era, precisamente, por su inclinación a imitar que Ricardo se encontraba allí. En algún periódico leyó que dos actrices de Hollywood — cansadas de sus colegas artistas y millonarios— habían optado por buscar obreros: una se había casado con un panadero y otra le había mandado a reparar los dientes y cambiar la pinta a un albañil para contraer nupcias con él. Así que cuando conoció a Ricardo, quien trabajaba llevando pizzas a domicilio, recordó las estrellas y le pareció buena idea darle su tarjeta e invitarlo a cenar. A diferencia de las estrellas que el pizzero tenía buena dentadura y ella no lo conduciría al extremo matrimonial. El dejador de pizzas quizá no era inexperto en la materia amorosa pero no tenía tanto tiempo de haber salido de su país, en donde no se acostumbra a que la mujer, en una primera cita, espere en una bata transparente (casi de vidrio) como si se acabara de levantar o fuera acostarse, ni tampoco tome la iniciativa en ese tipo de asuntos, sería por eso que fue tal el susto, sólo le quedaron monosílabos para entablar conversación.
— ¿Quieres vino o prefieres cerveza?
Ricardo alzó los hombros como si sostuviera una pizza en cada uno, dando a entender que ella se había convertido en dueña y señora de las decisiones — aun de las gustativas, de las cuales dicen nada se ha escrito— de los dos.
— Creo que el vino nos vendrá mejor.
— Sí — dijo el afirmador más grande del mundo.
Debajo de la casa los hombres acercaban las orejas intentando no perderse nada de la conversación, la cual del lado femenino era clara y precisa mientras que la de su antónimo era silenciosa e insegura.
— ¿Quieres destapar el vino?
El sí de Ricardo fue más suave por tanto más angustioso. Parecía que el corcho de la botella lo veía a los ojos retándolo: «Inténtame sacar a ver si puedes». El hubiera preferido cambiar a cerveza sólo por la facilidad de abrirla. Aprovechó la nueva incursión de ella en la cocina para tomar el sacacorcho, giró como lo había visto en la televisión pero se le complicó más de lo esperado; pedazos de corcho caían sobre la mesa sin lograr su objetivo. Al avanzarlo, Regina le dijo sonriendo:
— Ya nada puede hacerse — y tomó un utensilio y hundió el corcho ante el rostro de pepperoni que se había apoderado de Ricardo.
Los dos hombres no perdían interés en el menor ruido: cuando ella visitaba la cocina; cuando él se acercó al comedor; la caída del sacacorcho, todo lo tenían minuciosamente registrado.
— ¡Salud! — dijo la imitadora de estrellas y alzó la copa. El delivery la secundó y de inmediato el milagroso dios Baco le devolvió el habla.
— Está muy rico.
— ¿Tienes hambre? — preguntó la mujer rozándolo al acercársele a la mesa. Ella en esas condiciones era capaz de ayunar a través de la eternidad y le dijo al oído:
— ¿Prefieres comer antes o después?
La mudez volvió a atraparlo y si en la pizzería le prestaran la bicicleta para andarla siempre, con ella se habría convertido en el ciclista más hábil del planeta, quería huir. Lo que acababa de escuchar sólo ocurría en las películas y a otro tipo de hombres, no a un obrero. Si bien minutos antes al verla dirigirse a la cocina la transparencia le había entregado como por fax una erección, también era cierto que esa confesión inesperada había borrado el fax como si nunca lo hubieran enviado. Pensó en que Regina podía estar loca, poseerlos y después enterrarlos debajo del piso tal vez era su hobby. Recordó las noticias de mujeres diestras en el uso de cuchillos de cocina; de tijeras; en envenenar a las víctimas después de hacer el amor. Regina, mientras esperaba respuesta, se dijo para sí: «Allá en nuestros países son todopoderosos, hasta el más pobretón casi lo viola a una... y aquí».
Ante el silencio la mujer no tuvo otra alternativa que agregar:
— Yo prefiero comer después, da más apetito. Se lo dijo tocándole la oreja con los labios y se dirigió al centro de la sala, se desabrochó los primeros tres botones de la bata y le sonrió:
— ¿Cómo me veo? ¿Te gusta este sofá?
— Uhú — respondió Ricardo clavado en la mesa del comedor, mirándola anonadado. La mujer bajó las manos hasta encontrarse los muslos para subirlas con todo y bata acariciándose mientras suavemente lo llamaba. Los ojos cerrados de Regina le daban luz verde para el escape, ella, a tientas, encontró el sofá y se dejó caer en él. El pizzero tenía una guerra interna entre dos potencias: un ejército le pedía acercarse a la mujer y disfrutar de su hermosura; y el contrario lo obligaba a permanecer sentado, vigilante, planeando el repliegue.
Acostada en el sofá, después de algún tiempo de autocaricias, ya casi sin bata y sin nada, con los dedos en la entrepierna, le gritó fuerte, claro, preciso, suplicante:
— Ricardo... Estoy mojada.
El grito activó a los hombres debajo de la casa, uno codeó al otro y de prisa salieron del escondite. Se dirigieron a la puerta de enfrente, uno tanteó si estaba abierta y como no lo estaba llamó fuerte tres veces.
La mujer se incorporó de golpe, acomodándose la bata. Ricardo quedó inmóvil, aterrorizado. Los toques en la puerta se repitieron. Regina, asustada, sin intento por averiguar de quién se trataba, abrió. Un hombre terminó de abrir la puerta violentamente, encañonándola con una pistola, el otro mostró una credencial y dijo con marcado acento:
— ¡Policía de inmigración! — agregó dirigiéndose a la mujer— , venimos por ti.
— ¿Por mí? — preguntó Regina, confusa.
— Yes.
— ¿Por qué? ¿Qué he hecho?
— Let me see your Green Card.
— Un momento, la tengo, soy legal — dijo la mujer y de una gaveta extrajo una cartera y mostró el documento. El agente, sorprendido, miró a su compañero y le dijo:
_Pero ella decir hace uno momento que estar mojada. Entonces Regina comprendió todo y masculló para sí:
— Mojada por un lado, pero en cuanto a mi estadía aquí estoy más seca que Arizona, soy nacionalizada.
— Documentos — le dijo uno de los agentes a Ricardo.
El pizzero dio pasitos hacia ellos con las manos en alto, dando por sobrentendida su ilegalidad.
Los agentes se disculparon con Regina, quizá abrían equivocado la dirección de la inmigrante ilegal que desde el anonimato les habían reportado. Le colocaron las esposas a Ricardo y la mujer recostada en un lateral de la puerta lo miró alejarse.
Se sirvió una copa hasta el borde y la bebió de una vez «por la tragedia», murmuró. Se sirvió una más y se sentó en el sofá y gritó indignada: «Se lo merece, está bien que le haya pasado. Se lo merece por imbécil, por lento. Cuando hago el amor prefiero gemir, no hablar, y si no hablo no sucede nada, no se lo llevan. Y si él se decide desde un principio yo no hubiera tenido necesidad de hablar».
Vio la comida intacta con las velas encendidas, luego su mirada flotó junto a las migas de corcho dentro de la copa. Dio un sorbo.
Cogió el teléfono:
— Aló, Elizabeth, ¿qué tal? ¿Te gustan las codornices al horno?
(Honduras, 1962) Periodista y escritor. Es autor de los libros de cuentos El desertor (1985) y Drácula en la era del sida (1994) y de las novelas Los barcos (1988), traducida al inglés, El humano y la diosa (1996, Premio Latino de Literatura del Latin American Writers Institute de los Estados Unidos), The Big Banana (1999) y Nunca entres por Miami. Ha fundado y dirigido la revista literaria SobreVuelo y el periódico Nosotros los Latinos para la comunidad hispana de Nueva York.