

Amurallado por el griterío de los chiquillos que juegan al béisbol en la calle, escribe Leonardo Padura (1955) desde su entrañable barrio de Mantilla, en los suburbios de la Ciudad de La Habana. Su casa es torre de trabajo y también atalaya donde recibe el influjo saludable de la vida, del duro día a día de los cubanos «de a pie».
Licenciado en Literatura Hispanoamericana, durante décadas se consagró al periodismo y fue columnista deEl caimán barbudo y Juventud rebelde, escribió ensayos (sobre Carpentier, el Inca Gracilazo, Heredia), libros de entrevistas (a músicos y deportistas), cuentos, reportajes y periodismo de investigación, que serían el germen de su narrativa más trascendente, hito no solo en el contexto de la literatura cubana sino dentro de la línea del neopolicial hispanoamericano. Interesado en dar testimonio de la realidad y de los cambios que se producen en la sociedad cubana durante los años del Período Especial, comienza la exitosa serie de novelas policiales, en las que el elemento detectivesco es solo pretexto para reflejar los conflictos de su generación, crecida con los ideales de la revolución socialista y desencantada al cabo de los años y las frustraciones. Su personaje Mario Conde, detective protagonista de la saga, es un poco el alter ego del autor y también paradigma de una hornada de «hombres nuevos», formados en una «sociedad más justa» y que sin embargo no están exentos de las lacras morales y de las ambiciones y prejuicios del ser, sobre todo ante situaciones de crisis. De la caída de los muros y los desengaños habla la tetralogía titulada por su autor «Las cuatro estaciones», que integran las novelas Pasado perfecto (1991), Vientos de cuaresma (1994), Máscaras (1997) y Paisaje de otoño (1998), renovadora del policíaco en Cuba por su calidad literaria y por marcar una nota ascendente en la tradición de este tipo de literatura, que en la Isla estuvo en auge durante las décadas de 1970 y 80, pero fue lastrada por la politización, a la que rehuye Padura, pese a que en sus narraciones los que delinquen son generalmente «intocables» ligados al poder y quedan desenmascarados el oportunismo, la doble moral, la corrupción, el tráfico de influencias, incluso el consumo de drogas y la prostitución.
Además de la aceptación de lectores nacionales y de todo el mundo, por sus «cuatro estaciones» ha recibido varios reconocimientos que contribuyeron a su canonización y legitimación cultural, pese a sus «incómodos» abordajes de la realidad. En la extensa lista de galardones destacan el Café Gijón (1995), el Premio Hammett (1997 y 1998), el Premio de la Semana Negra de Gijón (1998). Tomando como modelo la literatura negra norteamericana (Chandler, Hammett) y la neopolicial hispanoamericana (Montalbán, Rubem Fonseca), Padura intenta la crónica de su tiempo y la trasciende con el hallazgo de un policíaco que es síntesis de sus dotes como periodista y eficaz narrador, preocupado por la verosimilitud y atento a la estructuración de las historias. En este siglo que comienza, las «estaciones» se amplían, los temas se diversifican y va desmarcándose del perfil estrictamente policial con una obra más interesada en nuestro devenir (Adiós, Heminway, La novela de mi vida, La neblina del Ayer). Sin embargo, su consagración a la novela la debemos sobre todo al éxito de las «cuatro estaciones» que marcan un hito en la creación de Leonado Padura y lo sitúan en la nómina de los narradores hispanoamericanos más relevantes de hoy y de ayer.