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Me gustaría hablar de dos señales que al menos a mí siempre me han permitido identificar tu estilo: el cinismo y el humor. Y es que en toda tu obra hay una mirada, fría o apasionada, pero siempre cínicamente crítica sobre la realidad. Y el humor, que también llega a ser un humor cínico, vitriólico en ocasiones. ¿Qué me dirías?
¿Cínico? ¿Te parece? Yo diría irónico. No sabía que podía llegar a ser cínico, pero si así lo percibes, sea… Creo en el poder del humor y la ironía. No necesitas ser melodramático para trasmitir determinado estado, opinión o situación de tal o cual carga. De hecho creo que es más efectivo y el lector agradece cuando el texto le saca presión a una situación de intensidad dramática con un giro inesperado, un distanciamiento, un guiño irónico…. Esta puede ser una cualidad aprendida o instintiva. Creo que hay en mí un poco de ambas. Valoro mucho la sutileza antes que el lenguaje obvio. Además, estarás de acuerdo conmigo si digo que tenemos un gran entrenamiento. Sabes que en Cuba teníamos que escribir y hablar entrelineas si queríamos superar el campo minado de la censura. No siempre lo lográbamos, pero por suerte tanto los lectores cubanos como los extranjeros que se acercan al tema están entrenados para entender, para leer el reverso de las palabras y captar lo que se quiere decir. Otra vez, la ironía es un vehículo perfecto y hasta un arma cultural y política; y el humor ni se diga.
También, si por un lado hay mucha visualidad en tus novelas, como se diría comúnmente, “puedes ver lo que estás leyendo”, por otro lado, hay una ductibilidad, un movimiento, casi una puesta en escena, bastante cercano a lo teatral, a lo danzario. ¿En qué puntos específicos has notado que el cine, el teatro y la danza influyen en tu perspectiva de creación a la hora de escribir novelas?
No puedo ni quiero escapar a esa visualidad, por el contrario, la asumo y la desarrollo lo más que puedo, conscientemente. En mi temprana juventud estudié pintura, he hecho teatro, cine, he trabajado muchos años con compañías de danza haciendo luces, colaboración dramatúrgica; soy un fanático del buen cine... De todo esto sale esa visualidad, como también el sentido dramatúrgico de la estructura, la tensión dramática, la velocidad, la economía de recursos que implica usar lo esencial y prescindir de lo superfluo… Muchas veces mi punto de vista es el de una steady camera que se mueve entre los personajes o se eleva a los cielos y muestra planos infinitos o desciende en un zoom furibundo hasta captar el detalle más ínfimo dentro de otros detalles visibles. Me fascina esto a un nivel casi lúdico, el desafío de poder plasmar esa mirada un poco tecnológica y otro tanto sobrenatural, como se supone miraría un ángel omnipresente. El que tú y otros críticos hayan reparado en ese rasgo, me confirma que de alguna manera logro ese cometido. El texto es plano y el lector imagina “mundos” sugeridos por su lectura. Cuando escribo, trato de ver y palpar esas escenas de manera tridimensional, aun cuando algunos elementos puedan violar las leyes de la realidad. Tengo muy en cuenta el espacio, los desplazamientos, los ritmos, velocidades y silencios y sobre todo, los gestos, algo que quizás acuse una influencia Kunderiana y tal vez hasta de la Boán y el trabajo de tantos años con DanzAbierta la compañía que ella fundó en La Habana y aun lleva ese nombre. Recuerdo un encendido cuento erótico escrito a partir de la visión de un pie de mujer en sandalias de una belleza clásica, o la composición coreográfica de los personajes de “Cuento y epílogo…” que ya mencioné, o la descripción de un combate que culmina en una muerte muy cinematográfica en Fijar la mirada...
Una pregunta tal vez incómoda: ¿cómo ves ese asunto de las dos orillas de la cultura cubana?
Creo que lo de “las dos orillas” más que describir una realidad geográfica es una construcción política. No hay orillas, hay una escisión en el discurso que omite o reconoce a los autores de un lado o del otro; un instrumento de manipulación utilizado por el poder para dividir; pero esencialmente el arte cubano es uno solo en su inmensa diversidad y riqueza. Conozco autores del exilio como Gumersindo Pacheco, que escriben con un nivel de intensidad local y con ese sabor indefinible pero claramente identificable de los villareños, como si el autor estuviera escribiendo sentado en su casa natal en Cabaiguán y no en el Southwest de Miami. Asimismo hay autores en Cuba no obviamente identificables con “lo cubano”, otra noción poco menos que intangible. Hay otros niveles de conceptos que atañen a “lo nacional” y que para mí siguen siendo conflictivos y caen en terrenos que van mucho más allá de lo literario. Pero no me interesa involucrarme en una discusión de teorías y conceptos, salpicadas de posiciones ideológicas. Ya de eso hemos tenido demasiado. Prefiero creer en la buena literatura sin demasiadas etiquetas. Mi aspiración es que algún día, alguna de mis obras pueda ser recordada como buena literatura. No me preocupa mucho si en el recuerdo de un lector aflora una nacionalidad o una ubicación geográfica. Aun hoy, cuando acudo a una Feria del Libro o algún ámbito parecido, prefiero que me presenten como escritor con mi nombre propio. ¿Cómo reaccionar si me identifican como cubano, o norteamericano, o cubano-americano? ¿Cual definición sería la más justa y qué implicaría para mí o para mi obra? ¿Tendría esto alguna importancia? Como consideras esta pregunta “incómoda” supongo que tu posición es diferente a la mía, y la respeto; pero de lo que sí estoy seguro es que tanto tú como yo sentimos emoción y hasta un poquito de orgullo cuando alguien del patio, viva donde viva hoy, produce una obra digna de admiración. Tal vez haya en este ejemplo un conflicto entre lo racional y lo sentimental, pero lo asumo. Así somos de imperfectos los humanos, ¿para qué complicarnos más con categorías, fronteras y limitaciones?
Y finalmente, lo que siempre se estila: ¿qué escribes ahora?, ¿alguna publicación próxima?
Hace apenas unos días salió al público mi tercera novela: Fijar la mirada. En enero se presentará acá en los Estados Unidos y en República Dominicana. Como he dicho, en ella intenté sin mucha suerte apartarme de la sensibilidad social de mis trabajos precedentes; concentrarme en un ejercicio de escritura más libre, abierto a la experimentación. Me deja muy satisfecho y creo que el lector la disfrutará, pero cualquiera sea el punto alcanzado con ella, presiento que aquí se cierra una etapa en mi trabajo, que dará paso a otra con más espacio para la experimentación.
Hace mucho trabajo en dos proyectos a los que me referí ligeramente antes. Uno es Ojos de niño, un libro de difícil clasificación, un poco en la línea estilística de Paisaje… pero más ambicioso. En él trato de pintar un fresco de los primeros días de la llegada de Fidel Castro al poder, vista a través de la mirada de varios niños de un barrio muy pobre y que trata de recoger el espíritu, las expectativas y conflictos de sus vidas antes de y durante aquellos primeros días de ilusión revolucionaria. Pero lo que me interesa reflejar no son tanto los hechos sino la psicología de la época, el retablo humano de aquellos que nacieron poco antes del cambio histórico y cómo esos seres casi niños, sienten el efecto en su rutina de las transformaciones, los presagios de lo que vendría después. Por supuesto, un niño tiene una percepción rudimentaria de los hechos, pero al mismo tiempo esta puede llegar a ser aguda. Entonces, ¿que significó el proceso de cambios que se iniciaba para los juegos y hábitos de aquellos niños del barrio? Las consecuencias de la revolución sobre la vida de los adultos, ¿cómo repercute en la relación de estos con la muchachada? Es una mirada a desde lo más ínfimo e íntimo del ser de “esos locos bajitos”
Del otro proyecto no quiero dar muchos detalles. Es una novela que tiene como título El cliente tatuado y constituye una mirada de frente a los ojos de la cultura popular y la psicología de la sociedad norteamericana, justo en tiempos de la guerra de Irak. En ella pretendo confrontar personajes de experiencias extremas y radicalmente opuestas, que sufren juntos la frustración de la época, el estado de ansiedad e impotencia que causó la desastrosa administración Bush en los ciudadanos de a pie de este país, y a un tiempo repasan cómo han vivido, cada uno desde su perspectiva, a veces desde bandos contrarios, sucesos de la historia contemporánea. Hay en este país un mercado para lo que llamo “la novela del inmigrante”; ese arquetipo del infeliz que se sacrifica para superar la etapa inicial de desamparo, asimilarse y conseguir por fin el sueño americano. No me interesa ese tipo de texto autocompasivo. Me niego a caer en ese esquema y por eso El cliente… es un poco una rebelión contra ese clisé. No te digo más pero anticipo, por el tipo de investigación que estoy desarrollando, que marcará un punto de giro en mi forma de afrontar la construcción dramatúrgica y el lenguaje en mis novelas. Sospecho que esa es una de las razones por las que, por estos días, también escribo más poesía, ejercitando el músculo que permite un juego más libre con la palabra. Ojalá ese nuevo proyecto pueda llegar a buen puerto.