

José María Merino, leonés que nació en La Coruña en 1941, ha escrito mucho sobre lo raro que es el mundo y de cómo nos reconciliamos con esas rarezas a través de la Literatura. Títulos ya clásicos para cualquier lector son La orilla oscura, El Caldero de Oro, Las crónicas mestizas, 50 cuentos y una fábula, Cuentos del Barrio del Refugio, Ficción continua, El Heredero… Su última novela, La Sima, publicada por Seix Barral, se unirá a una larga bibliografía que le ha granjeado los más importantes premios, el de la Crítica y el Nacional de Literatura Juvenil entre otros. Ahora, esa trayectoria, esa privilegiada relación con las palabras, le ha servido para ser elegido miembro de la Real Academia de la Lengua, para ocupar el sillón m, vacante desde la muerte de Claudio Guillén. El discurso de ingreso será leído el día 19 de abril y la réplica correrá a cargo de Luis Mateo Díez.
Cuando me enteré de su nombramiento como académico me acordé de que hace ya muchos años me comentó que a veces tenía la impresión de que su origen leonés, periférico, hacía que en ciertos ambientes se le viera como si bajara del monte con un puñado de cuentos en el zurrón. Ese zurrón de cuentos ha llegado a la Academia.
Parece que sí, porque aparte de valorar otras cosas, el cuento ha sido importante a la hora de proponerme y elegirme. El cuento todavía tiene mucho cuento, tiene mucho que decir en nuestra sociedad y en nuestra cultura y en eso que dices hay mucho de cuento arquetípico, el del muchacho que viene con un zurrón de cuentos y que al final se lo compran en el palacio. Yo me considero tan novelista como cuentista…pero pienso que el hecho de haber escrito tantos cuentos y de haber orientado el cuento de una manera personal ha influido en esta elección.
¿Significa su nombramiento también una valoración académica del relato corto y hasta quizás un intento de potenciar su divulgación popular?
No, creo que no. Pienso que la Academia pretende siempre una composición armónica de diferentes sabidurías. Soy un novelista que además tiene una obra considerable como cuentista y eso puede añadir un matiz a los creadores, a los literatos que hay allí dentro. A la Academia le gusta tener una representación muy amplia de la creación o la imaginación que repercuten en el lenguaje. Y por eso mi labor de cuentista ha influido bastante en esto. ¿El cuento en la valoración popular? La Academia, en esto, tiene mayor sensibilidad que el mundo lector y editorial. El cuento se está refugiando en editoriales especializadas que son verdaderos héroes que hacen una apuesta arriesgada. La aceptación lectora y editorial del cuento están muy lejos de las de la novela.
¿Con qué intenciones llega a la Academia? ¿Qué labor le gustaría desempeñar?
Trabajar con las palabras. Por ejemplo: el otro día fui a la comida del director, la primera actividad oficial en la que he estado y donde lo pasé estupendamente. Ya me advertía mi padrino, Luis Mateo Díez, que es un lugar muy grato y con un espíritu de trescientos años de tolerancia y de trabajo. Bueno, pues en ese acto pensaba hablar de la hospitalidad. Entro en el diccionario y me encuentro con que hospitalidad es el acogimiento al extranjero desvalido y menesteroso. Continuamente utilizamos palabras a las que el diccionario no da el sentido ordinario. Ayer me comentaban que en una de las comisiones habían decidido desechar, por desuso, la palabra acercanza. Y de pronto, al darse cuenta de que era una palabra preciosa, varia gente se juramentó para utilizarse en sus artículos, tesis… Para intentar ponerla otra vez en circulación.
¿No habrá diferencias de criterio entre los técnicos –más utilitaristas– y los literatos, para quienes uno de los valores principales del lenguaje es la belleza, más allá de otras consideraciones?
Ya, pero hay que convencerlos. Yo aborrezco la palabra móvil, pero no hay más remedio que aceptarla porque está en la voz popular. Pero esa idea de ir allí, entrar en las palabras y volver a revisar su sentido, como en el caso de hospitalidad o acogida, me parece una labor apasionante.
La Academia, hace dos o tres décadas, era una institución mucho menos valorada que hoy en día. ¿Qué ha pasado en ese tiempo para que se haya prestigiado tanto?
Alvar y Lázaro Carreter tuvieron mucha importancia y Víctor de la Concha ha continuado y potenciado la línea de pensar que el español en España supone el diez por ciento de sus hablantes en el mundo. No podemos ir por ahí como los propietarios de esta lengua, sino saber que es una lengua común y establecer acuerdos para mantenerla entre todos. Ese ha sido el gran éxito de la Academia, éxito que España no ha tenido en otros terrenos. Trabajé con UNESCO en Centroamérica y vi que la actitud española era, muchas veces, de conquistador, de colonizador. Ese ser uno entre todos, un par, esa paridad de la Academia ha sido maravillosa y muy bien acogida en América, donde hace quince años se hablaba del mexicano y del argentino. Es decir, el español estuvo a punto de descomponerse por esa tendencia centrífuga que vemos en nuestro país y que el buen hacer de la Academia impidió.
¿Cómo ve esas tendencias centrífugas internas a las que se refiere?
Creo que es una auténtica necedad manchada de política corta de miras, de política nacionalista mal entendida. Pensar que para Galicia, lugar del que acabo de regresar, esta lengua española no es un patrimonio cultural es una barbaridad. Habría que quitar de la creación gallega a Valle, a Rosalía, a medio Cunqueiro, a Cela, a Torrente… Y también el español ha sido el patrimonio con el que muchos gallegos han rehecho su vida en América. Decir ahora que el castellano es suyo, que su única lengua es la gallega, es una barbaridad, una negación de la memoria histórica y de un hecho cultural incontrovertible. Vengo también de Valencia. ¿No es el castellano tan propia de Valencia como el valenciano? Negar todo es una gran necedad.
Merino es un escritor leonés y por allí todavía pueden verse pintadas que reclaman lliones a la escuela.
Conservar las lenguas está bien, todas son patrimonio de la Humanidad, pero lliones a la escuela no deja de ser otra necedad. Favorezca usted que la gente conozca esa hermosa y antigua lengua, pero cargar a los chicos con otra obligación que lo único que hará será empeorar su comunicación… Lo que pasa al querer imponer estatalmente ciertas lenguas, como el caso de la lengua vasca, es que limita las posibilidades de comunicación de los hablantes. Las lenguas sirven para entendernos, no para incomunicarnos. Convertir las lenguas en armas políticas me parece una necedad.
Me pregunto si esa circunstancia, la de ser Académico, puede influirle de ahora en adelante a la hora de escribir.
En cierto modo sí. Ahora voy a dar una charla a cualquier sitio y o bien me echan en cara las palabras machistas, o el halago que hacen a las feministas, o a preguntarme qué significa anacoluto. En cierto modo, sí que puede influir en la escritura, quizás te obligue a elegir mejor las palabras. Pero tampoco mucho. La Academia me encanta como cobijo para la vejez en el sentido de volver al diccionario. Desde niño me encantaban los diccionarios y ahora entro en él. Es como un cuento, y acabo mis días allí, rebuscando palabras, estudiándolas, diciendo un momento, que esto de la hospitalidad no está claro.
¿Sobre qué versará su discurso?
Será una reflexión sobre la ficción, casi el desarrollo de una ficción. Hablaré sobre cómo se me ocurre esa ficción, cómo me la planteo…
Publicada en la revista Mercurio, Número 110 – Abril de 2009