

LA MANO QUE ESCRIBE (De Días imaginarios)
Antes de que le hiciesen el transplante, él les recordaba a sus amigos, bromeando, las películas de manos terroríficas que obligaban a sus nuevos dueños a cometer atrocidades. Sin embargo, la posibilidad de dejar de ser manco y volver al momento anterior al accidente que le había privado de su mano, el deseo de sentirla otra vez unida a su cuerpo aunque proviniese de un cuerpo diferente del suyo, anulaban en él cualquier reticencia que pudiesen suscitar aquellas historias fantásticas.
Después del implante, toda su esperanza estuvo puesta en el éxito de la operación. Y su júbilo fué creciendo cuando, muy lentamente, los dedos fueron empezando a moverse, uno tras otro, y encontró en el vacío, antes fantasmal de aquella parte de su cuerpo, la presencia familiar de la mano, capaz cada día de mayor destreza.
Conocía bien el riesgo de que su cuerpo no acabase de asumir los nuevos tejidos, pero estaba dispuesto en lo más hondo de su voluntad a que la nueva mano se quedase con él para siempre. El problema empezó también poco a poco, en forma de perplejidad, al sentir que iba predominando en él, no su extrañeza ante la mano, sino la de la mano ante el cuerpo al que había sido unida.
Los médicos no acababan de entender lo que pasaba, pues los tejidos de la mano estaban cada vez más sanos y sólidos, pero el resto del cuerpo iba mostrando un descenso en las defensas que amenazaba con graves irregularidades.
El paciente fue cayendo en un progresivo desánimo, en una especie de apatía general de la que solamente su mano nueva parecía librarse. Tumbado en su cama del hospital, sometido a tratamientos que intentaban atajar el progresivo aniquilamiento de todos los demás miembros y órganos, solamente la mano nueva manifestaba vitalidad.
Cuando falleció, el cirujano, visto el relativo éxito de la operación, decidió conservar aquella mano para un eventual transplante.
En mi caso, ella y el resto de mi cuerpo parecen haber encajado estupendamente, aunque ella, a veces, escribe por su cuenta textos como este mismo que ahora parece terminar, que me llenan de admiración y sorpresa.
PARA UNA HISTORIA SECRETA DEL ÉXITO (De La glorieta de los fugitivos)
Al principio me conformaba con que algunos amigos del colegio admirasen mis invenciones escritas. Luego anhelaba publicar un libro, solo eso, y me sentí dichoso cuando tuve en las manos el primero de los trescientos ejemplares que imprimió aquel modesto editor. En mi siguiente novela ya me inquietaba no llegar a vender más de dos mil ejemplares, y las críticas, aunque favorables, me parecían pocas y mezquinas. Apenas hube ganado el premio editorial más importante del país, empecé a desear con ansia el Premio de la Crítica, y cuando me lo dieron, sentí que lo que de verdad me dejaría satisfecho sería conseguir el Premio Nacional. Me concedieron el Nacional, pero comprendí que mi obra no tenía toda la resonancia que merecía en el ámbito americano, y hasta que no me galardonaron con el Premio Rómulo Gallegos me encontré muy desazonado. La inquietud no cesaba, porque me parecía que mis libros estaban poco traducidos, y cuando se multiplicaron las ediciones extranjeras, el número de ejemplares no respondía nunca a mis expectativas de difusión. Se hacían tesis sobre ellos en bastantes universidades del mundo, aunque me mortificaba que en muchas otras fuesen menos valorados. Entonces deseaba vivamente ingresar en la Real Academia. Me nombraron académico, y empecé a sentirme desafortunado porque mi nombre no sonaba para el Premio Cervantes. Me concedieron el Cervantes, pero mi alegría duró poco, porque estaba convencido de que una obra de la envergadura de la mía era merecedora del Premio Nobel. Cuando por fin conseguí el Nobel, me defraudó que no fuese noticia clamorosa en todos los periódicos del planeta. Tanto desasosiego sobre mi significación literaria había ido debilitando mucho mi corazón, y fallecí de modo repentino, cuando todavía no era viejo, al salir de un homenaje en mi honor al que no asistieron todos los personajes que deberían haberlo hecho. Ahora, en el salón de juntas del Parnaso, compruebo con insufrible decepción que son otros, demasiados, quienes ocupan los sillones preferentes.
LA TACITA (inédito)
He vertido el café en la tacita, he añadido la sacarina, doy vueltas con la cucharilla y, cuando la saco, observo en la superficie del líquido caliente un pequeño remolino en el que se dispersa en forma elíptica la espuma del edulcorante mientras se disuelve. Me recuerda de tal modo la figura de una galaxia que, en los cuatro o cinco segundos que tarda en desaparecer, imagino que lo ha sido de verdad, con sus estrellas y sus planetas. ¿Quién podría saberlo? Me llevo ahora a los labios la tacita y pienso que me voy a beber un agujero negro. Seguro que la duración de nuestros segundos tiene otra escala, pero acaso nuestro universo esté constituido por diversas gotas de una sustancia en el trance de disolverse en algún fluido antes de que unas gigantescas fauces se lo beban.
LA SUPLANTACIÓN (inédito)
Aquella mañana, cuando Alberto se disponía a seguir echando la pequeña cabezadita matutina de su costumbre mientras su mujer se levanta para preparar los desayunos, sintió que le palmeaban dulcemente las espaldas. "Rosa, bonita, arriba", decía Rosa. Confuso como por efecto de un sueño, Alberto se levantó torpemente y fue al cuarto de baño, para encontrarse en el espejo hecho Rosa en su apariencia externa, aunque no en sus pensamientos, ni en la conciencia de su verdadera identidad. A partir de aquel momento, su estupefacción le hizo seguir, como un autómata, la rutina que debiera corresponderle a Rosa: preparar la cafetera, los zumos, calentar la leche, encender la tostadora, mientras animaba a los niños a levantarse y los conducía al cuarto de baño, y limpiaba a Raulito después de hacer caca, y vigilaba para que Javier y Ana se lavasen la boca, y los iba vistiendo a los tres. Cuando los niños estaban acabando de desayunar, entró en la cocina Rosa, como si no se hubiese dado cuenta de aquella monstruosa mudanza que había intercambiado sus figuras externas. Luego, mientras él terminaba de arreglar a los niños y preparaba sus mochilas para el colegio, Rosa se arregló, tomó la cartera con que Alberto iba cada día a la magistratura y se despidió con un beso, hasta la noche, porque dijo que aquel día tenía una comida con los colegas. También como en un sueño, pero sintiendo el paso de las horas, llevó los niños a sus colegios, fue a hacer la compra, arrastrando aquel carrito cada vez más pesado que el bueno del portero le ayudó a subir hasta el ascensor, puso la lavadora y el friegaplatos, hizo las camas. Casi no pasó el suelo, porque eso era cosa de la asistenta, que venía al día siguiente, pero todavía tuvo que planchar un rato, con prisas, pues tenía que ir sin falta al banco y a correos, antes de que cerrasen. Después de comer, fue corriendo a por los niños, porque había que llevar a la piscina al mayor, y a danza a la niña. Los recogió a su hora, y cuando estuvieron en casa los desvistió, los bañó y preparó las cenas. Javierín no entendía unas cosas del colegio y tuvo que explicárselas. Anita tenía algo de fiebre, pero no parecía nada importante. Por la noche, cuando llegó, Rosa le contó que, en el tribunal, habían desestimado la demanda de pensión, por incapacidad física, de una mujer de la limpieza. Tenía gran seguridad en lo que decía, y aseguraba, una y otra vez: “no se puede aceptar que las tareas del hogar supongan tanto esfuerzo”. Alberto no contestó nada pero, tras acostarse, tardó mucho en coger el sueño, en la desazón de que el despertar no volviese a poner las cosas en su sitio.
UN RECUERDO DEL MAR (inédito)
Cuando había transcurrido más de una hora y el fuego de la chimenea estaba casi apagado, en el silencio de la soledad montañesa empezó a filtrarse un confuso sonido rítmico, que fue aclarándose poco a poco y que lo sacó de su embeleso: era el eco del mar. En pocos minutos, el sonido se hizo muy fuerte, y resonaba violento debajo de él, como si un mar verdadero arrastrase sus olas sucesivas por el salón de la casona y golpease sus paredes, en el piso inferior. Aturdido, se levantó para dirigirse a las escaleras y descendió hasta encontrarse en el centro de aquellas rítmicas sacudidas, que eran solamente sonoras. Mas el invisible romper de olas que retumbaba en el salón le trajo un recuerdo intenso de mar, y se sintió sostenido por las aguas, se supo verdaderamente ajeno a su cuerpo humano hecho de miembros dispersos, se reconoció moviendo jubilosamente las aletas y la cola para cazar entre los cardúmenes huidizos. Qué hago yo aquí, que ha sucedido, pensó, mientras el eco del mar cesaba bruscamente.
LA VOZ PEQUEÑA (Inédito)
¿Habláis del cosmos? ¡El átomo es el cosmos!. ¿Habláis de vida? ¡La célula es la vida!. ¿Habláis de espacio? ¡Todo él cabe en la palma de vuestra mano!. ¿Habláis de tiempo? ¡Este mismo momento es la eternidad!.
Pero su voz era demasiado pequeña, y nadie se enteró.
DE LIBROS Y DE ROSAS (Inédito)
“En los pétalos de los libros y en las páginas de las rosas estuvieron escritas las mejores historias que el ser humano pudo imaginar”, pensó, cuando ya ni los libros ni las rosas existían.