OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

Logotipo de la revista OtroLunes
Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
otrolunes.com >> Sumario >> Unos Escriben

Poemas incluidos en el libro
Cumpleaños lejos de casa (Poesía reunida)

Ed. Seix Barral, 2006

 

 

Oh las muchachas de nuestra adolescencia
bajo la rosaleda, en las brillantes
mañanas de verano.
Recuerda
sus juveniles cuerpos en el agua
entre los chapoteos diamantinos.
Reconoce su risa salpicando, escurriéndose,
por los hondos rincones de la pena.

Oh las muchachas para solitarios,
para imposible amor.
Volaba sobre ellas la sombra aleteante
de materna advertencia y las muchachas,
simulando desconocer el protector conjuro
que las libraba de todo tocamiento,
paseaban ingrávidas.
Desafiaban con su esquivez la insidia
de las acacias luminosas.
Afirmaban presencia virtuosa
entre olorosas flores, insectos batidores.
Tremolaban prudencia
sobre la impúdica entrega de la tierra.

Las muchachas pasaban a nuestro lado
encendiendo las luces
de su esplendor recién nacido.
Sobre su frente pura, entre sus manos suaves
brillaban
los hilillos de los consejeros
gargajeados en píos habitáculos.
Allí donde ceñían la coraza bendita expectorando
loor a inmaculadas.
Allí donde sus dedos temblorosos
despachurraban cada brote nuevo.

Aquellas muchachas de nuestra adolescencia
—Oh Teresa, Esperanza, María Luisa, Beatriz—
con su inmediata lejanía dejaban cada tarde
quemaduras y pájaros en nuestros corazones.

Recuérdalo. Se iban
al aquelarre beato

y nosotros quedábamos más solos, sospechando
que celoso el Señor de sus encantos
nos las arrebataría para siempre.

Y en silencio bebíamos
amigo vino. Mirábamos morir
los fuegos de la hoguera,
entre la brava noche que traía
el olor de la vida.

El olor que es muy triste respirar
sabiéndose tan tántalo.

 

 

Estaré en el rincón
con los brazos en cruz, amortajado
en largas tiras blancas
de silogismos y bienaventuranzas, rellena
mi fosa craneal
con vuestras quintaesencias:
sulfuro sotanal, anhídrido
platónico,
raspaduras
de españa roja y gualda.
Estaré solitario y arrugado
durante miles de primeros sábados.

Pero un día,
cuando el conde de Carnarvon empuje
las hojas de la puerta y su linterna sobresalte chispas
en las corolas negras de los tinteros,
despierte tenebrosas referencias
en el estrado,

entonces,
cuando sus pasos sobre el polvo hagan
estremecer los ventanales
abiertos a la noche milenaria y batan
contra el borroso ciclo de la tenia,
las amarillas fotos de los líderes
y el desconchado mapamundi,

un día,
cuando el arqueólogo penetre
a través de los pises
y las cacas
para buscar con fervorosa inclinación indicios
de vida racional,
borrando con el dedo tanta pátina
hasta encontrar esvásticas, pililas,
corazones y espadas,
volcando papeleras orinientas
para seleccionar pedazos de secante,
renegridas cortezas,
fósiles gomas de mascar, mohosas
jaculatorias,

entonces
yo resucitaré.

Iré a buscaros
a los hondos rediles
de la noche románica.

Entonces,
ante vuestra asustada comprensión,
arrollador como la gracia,
os forzaré a deglutir
página a página,
historias y breviarios,
gota a gota
mares rojos y muertos,
grano a grano
rosarios,

mientras pringuen
entonces,
de vuestras espantadas comisuras,
apodos de monarcas,
efemérides,
misterios dolorosos.

 

 

Yo soy Simbad Merino, aquel que un día,
dilapidada infancia y pubertad perdida
inició los cortísimos viajes.

Yo soy Simbad Merino, vivo ahora,
tras el final naufragio, otra aventura
en las antípodas del paraíso.

Habito allí donde la Gran Esfinge
preside toda hora, donde nadie
descifra los enigmas.

Y cada amanecer la Gran Esfinge
desparrama su cavernosa voz, pregunta
Qué es el hombre, y algunos balbuceos
contestan. Pero todos
encogemos los hombros. Y retumba
otra vez la sentencia que nos condena a muerte.

Aquí habito rodeado de las joyas
que conseguí en mis viajes.
Afilaesperas. Cachos
de incandescente sombra.
Piedras maravillosas que nacieron
en la vesícula de Alá.

Aquí habito temiendo cada día
la solución final de la Resolvedora.

Y cada noche, cuando el festín ha concluido,
evoco mis viajes.
Atravieso de nuevo los océanos
a la pálida luz de mi añoranza.

 

 

En mi fabricación fue necesaria toda clase
de menudillos.
Corazones intrépidos, hígados de gente agria,
mollejas de beata.

Y todos los despojos
se adaptaron a mí:
cerebros trasplantados
de su piamadre al nicho de mi cráneo,
retales de testículo, madejas de intestino
y pegajosos globos oculares
con veladuras ácidas, brillos enamorados.

Ungidas de untos ancestrales
otras pieles ajenas me cubrieron
tras minuciosa, mágica costura.
Pellejos con aroma de caricia,
de matadura, de pellizco.

Quién podría
enumerar las manos desguazadas
para hacer estas mías.

Pero ya todo preparado, me vendaron
con placentaria solemnidad
y cayó sobre mí la vida como un rayo
haciéndome nacer, incorporándome,
echándome a la huida,

entre los otros, los que me persiguen, a los que persigo
en la neblina de los bosques, junto al blanco
rescoldo de las cunas y las lápidas,

como yo, como todos, construidos
también con trozos de otros hombres idos.

 

 

No me esperaba nadie en el Paso de Borgo:
ni el negro carruaje
ni un lobo de pupilas llameantes.
Yo pensé «estoy salvado, acaso el Conde
ha olvidado la cita».
Fue la noche de San Juan y casi por compromiso,
la noche de San Jorge, la noche
sin agujeros de Santa Gualpurga
y nadie me esperaba bajo los nubarrones.
«Sin duda ha sido un triunfo del espíritu.
Por tanto, debo ahora
encontrar los caminos que llevan a Bucovina
lejana y sola,
andar y andar los caminos
en esta fría noche del cárpato inclemente,
seguir los senderos, porque todos
me llevarán al día.»
De esta manera razoné, y es cierto
que fui cantando unos kilómetros.
Pero se ha alzado súbita
la sombra entre la jara, y extiende
un ademán alado en el anochecer.
Alguien está ahí, alguien se acerca.
Un desconcierto ansioso desorienta mis manos.
Cómo encontrar el rosario de mi primera comunión,
la pata de conejo, el diente de ajo
la cantimplora de agua de Lourdes.
Después de tan largo viaje lo he perdido ya todo
y estoy aquí parado entre el trueno y la sombra
que llega a mí y despliega sus dedos afilados,
en el Paso de Borgo, en el pasillo
que enlaza la cocina con mi alcoba,
esta noche de marzo,
mientras aúllan los televisores
y la sombra se clava en mi garganta y chupa
concupiscente, muda, apasionada,
la poca sangre humana que me queda.

 

 

Cuando llegué a la playa estaba exhausto.
Es duro
sobrevivir tanto naufragio
y que el vaivén del mar te arroje siempre
a países extraños.

En el atardecer, después de larga ruta,
topé con una casa que empezaba
a cubrir la penumbra.

Un viejo bondadoso me recibió
y durante la cena,
se me iban presentando claves inesperadas:
soperas que tenían la redondez
de las vajillas de mi infancia,
muebles deshilachadamente mansos,
el rincón y el perchero del recuerdo primero.

En tal desasosiego transcurrió la velada
y cuando me acosté, la oscuridad tenía
las brumas de mi alcoba del tiempo juvenil.

Entre la paz del alba, sin alertar a nadie,
salí de aquella casa, encaminé mis pasos
al norte, por seguir algún destino.

Pero antes de alejarme volví atrás la mirada,
y hoy continúo huyendo todavía,
temeroso
de que yo sólo sea el fantasma viajero de los sueños
de ese anciano que, mientras me marchaba,
sonreía,
burlón y silencioso,
en la ventana.

 

 

Soñé anoche con ellos. Paseaban
cuando atardece
en la ribera de las excavaciones.

El más joven estaba melancólico
y era consolado
por la serenidad del compañero.

Detuvieron su lento caminar
y el joven se inclinó, tomó del suelo
un objeto que había resistido los evos.

«Mira (le dijo al otro)
Quizás aquí también hubo una vez
amores y pesares,

quizás en este objeto
un tiempo el pensamiento relampagueó
también horrorizado de su propio fluir.»

Sonreía el viejo al responder «Son fábulas
propias de fantasía juvenil.
Deja ya de urdir sueños,

porque está comprobado
que jamás en materia tan innoble
pudo encenderse vida.

Ese caparazón es solamente
un residuo geológico,
un insignificante resto mineral».

Anocheciera más y retornaron
a casa y devolvieron a la tierra el blanco objeto
que rodó, deshaciéndose.

Entonces desperté.
Era la mía
aquella calavera que rodaba.

 

 

Adiós muchachos, ya me voy,
no he de volver al barrio que dejé.
Caminaré los lúgubres caminos
solo y a pie.
Y serán mi sustento mendrugos del olvido
crepusculares brumas y tristezas en flor,
mientras pasa la noche y el minutero mueve
la pesadilla de su lenta traición.

Adiós muchachos, ya me voy,
lo que no tuve nunca nadie me ha de quitar.
Perfilaré de nuevo mi oscura melopea
y al evocar mi sino
de burgués vespertino
se dormirá en mis manos una gardenia ajada
y una corbata mustia y un pálpito temblón.

Si he sido explorador de calendarios
no fue por regodearme con su despojo atroz,
sino por traer la luz de mis hogueras viejas
para alumbrar estos paisajes de hoy,
todo el calor de las antiguas brasas
para caldear mi habitación.

Yo no busco en mi historia otra cosa que muecas
para probar mi identidad.
Así cada pedazo ya mohoso
se ajusta poco a poco a mi borrosa faz.
Allí donde reposa informe bulto
voy perfilando un rostro, un fantasmón.
Ordeno en las maletas bibelotes
que el tiempo trituró.

Y aunque todas las noches preparo el holocausto
trémulo de dolores incendiarios,
al cabo apago mi fervor, conservo
para otra noche los recuerdos, ando
un paso más en el planeta páramo.

Adiós muchachos, ya me voy,
lego a todos mis húmedas malezas
y las cartas marchitas que en tantas lecturas
me dicen las mismas mentiras que ayer.

De mi corazón quedan alientos plañideros.
A la salida de alguna estrofa
se oye una nena pidiendo pan.
Y con este vaivén de lo deseado
a lo vivido, con este bamboleo,
solloza mi poesía con aire charlatán.

Pero sólo en la ruta de mi destino
mejor el planto que el rebuzno.
Mejor sentir que en la hoguera de algún verso
se quemará mi sangre cualquier día.

Google Custom Search
Tamaño de letra:

Imagen de portada:

José María Merino

Fotografía

Sumario

Este Lunes

Las lenguas prohibidas

Rafael rojas

El flamenco y América Latina: un habla de ida y vuelta

Fernando Iwasaki

Condenado por tener hambre: Pánfilo, el estado peligroso y la situación de los cubanos negros

Leonel A. de la Cuesta

Contra la impunidad

Sanjuana Martínez

Por una nueva concepción de la Sociedad, el Estado y el Derecho cubanos

Faisel Iglesias

¿Quién es Herta Müller?

Esther Andradi

La nueva utopía: Un día sin mexicanos & A wonderful world

Alfredo Antonio Fernández

Unos escriben

José María Merino

Otros miran

Gustavo Acosta

OtroLunes conversa

con Alejandro Aguilar

“No soy un escritor de academia”

con Alberto Chimal

“Renunciamos a nuestro libre albedrío para eludir responsabilidades”

con Lina de Feria

“No me arrepiento de nada”

con Manuel García Verdecia

“Nací en Marcané, en el batey de un central azucarero”

con Armando León Viera

“Viví diecisiete años como exiliado en mi ciudad natal”

con Juan Aparicio-Belmonte

“Mi fuerte no está en lo romántico”

Punto de mira

Ese imaginario llamado América Latina

 

Antonio Caballero
Antonio Skármeta
Eduardo Antonio Parra
Fernando Butazzoni
Javier Reverte
Leonardo Padura
Moacyr Scliar
César Verduguez

Cuarto de visita

Literatura Guaraní

En la misma orilla

El Diván, de Narrativa
a cargo de Amir Valle

Volar y Casting

José Lorenzo Fuentes

Relatos

Radio Puente

Héctor Huerga

Fragmento de Novela

Porcelana

Mariela Varona

Relato

Cine y literatura

Ricardo Bada

La lluvia que trajo el viento

Alcides Rafael Pereda

Relato

La tragedia de Regina

Roberto Quesada

Relato

Hasta el fondo

Yoenia Gallardo

Relato

La marmita, de Poesía
a cargo de Alberto García-Teresa

Manual para niños rusos

Rolando Jorge

Poemas

Claudio Bertoni

Dama del exilio

Oscar Kessel

Haikus

Rafael Álvarez Rosales

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

El Caribe de Antonio Benítez Rojo

Ignacio Padilla, las búsquedas del presente

Las «cuatro estaciones» de Leonardo Padura

Elia Barceló y los mundos imaginarios

Recycle

La Revolución Cubana y el golpe en Chile: Jorge Edwards

Jorge Edwards

El Socialismo es Inviable, según las propias leyes de la Dialéctica Marxista

Roberto Álvarez Quiñones

De lunes a lunes

Anunciados en La Habana los Premios Alejo Carpentier y Nicolás Guillén

Actividades de cierre del 2009 en la editorial Iduna

Anatomía de un instante, de Javier Cercas, libro del año 2009 en España

Círculo de Bellas Artes de Madrid acoge la poesía de Juan Antonio Villacañas

Biblioteca de OtroLunes

Librario

A cargo de Recaredo Veredas

Última rumba en La Habana

Fernando Velázquez Medina

Traiciones de la memoria

Héctor Abad Faciolince

Vivir en otra lengua

Esther Andradi

Los huéspedes

Rubén Sánchez Trigos

Invisible

Paul Auster

De mecánica y alquimia

Juan Jacinto Muñoz Rengel

Un poco de crematística

Juan Valera

Una revolución pequeña

Juan Aparicio-Belmonte

Los últimos días de Michi Panero

Miguel Barrero

Comunión

Eloy M. Cebrián

Pero sigo siendo el rey

Carlos Salem

A cargo de Alberto García-Teresa

Semilla insólita

Lydia Zárate

Una mirada diversa

Xuan Bello

La pasión según Georg Trakl: Poesía y expiación

Hugo Mújica

Pájaro relojero. Poetas centroamericanos

Mario Campaña

Sustituir estar

Julián Cañizares Mata

Última función

Marcelo Uribe

La casa que habitaste

Jorge de Arco

A cargo de Lorenzo Rodríguez

Los libros y los días

 

Skype MeT!
OtroLunes. Revista Digital. Tlf: +34 644 469 467. info@otrolunes.com
  • Icono de XHTML 1.1 Válido
  • Icono de CSS 2.1 Válido
  • Icono de conformidad con el Nivel Doble-A, de las Directrices de Accesibilidad para el Contenido Web 1.0 del W3C-WAI
  • Conforme WCAG 1.0 Nivel AA - Revisado con HERA.
  • TAW. Nivel doble A. WCAG 1.0 WAI

Web optimazada para resoluciones de 800 x 600 píxeles o superiores y para los navegadores: Firefox 2, Internet Explorer 6 y 7, Opera 9 y Netscape 8.1 para PC y Firefox para Mac.