

Entre los temas más queridos por el escritor, el americano, así formulado, sin matices aún, se convierte en una constante que reaparece con frecuencia en sus narraciones a lo largo del tiempo. Su configuración pudiera partir de una inicial motivación puramente cultural, alimentada también por la casi legendaria figura del indiano que forma parte del imaginario colectivo, sobre todo en el norte de España. Pero fue el contacto físico con América latina lo que determinó en Merino la fascinación por una entidad cultural y lingüística en la que se reconoce cercano, pero que a la vez se le muestra con toda la extrañeza de un mundo ajeno. A partir de finales de los años setenta, y sobre todo, desde el puesto de funcionario que desempeñaba en el Ministerio de Educación, Merino colabora con la UNESCO en proyectos para Hispanoamérica que le conducen a frecuentes viajes al otro lado del océano y determinan un buen conocimiento de países como Méjico, Guatemala, o Costa Rica. Este contacto geográfico se completa con el interés y la lectura de las crónicas de la conquista, a la vez testimonio realista y fabulación literaria, el conocimiento de los mitos precolombinos, así como los que aportaron los propios españoles en su admirado conocimiento de las nuevas tierras.
Esta experiencia de intercambio y mestizaje cultural suscitó en la literatura del escritor algunas reflexiones en relación con uno de los temas nucleares de su narrativa, el de la identidad, puesto en relación con el mestizaje, la alteridad cultural, el concepto del doble, la idea de América como espejo y prolongación de España. Algunos personajes representan excelentemente esta problematización de la identidad en el contexto español-americano, como el mestizo, o el español aindiado que renuncia a su cultura y raíces para vivir entre los indios. Este personaje aparece en El caldero de oro y en Las crónicas mestizas, inspirado, al parecer, en la figura real de Gonzalo Guerrero, el soldado que optó por una vida entre los indígenas a los que iba a conquistar. Es el personaje viajero en América que pierde su identidad originaria española para asumir otra nueva, voluntariamente olvidado de la primera. Pero también su anverso en el indiano, que tras años de vida americana regresa para recuperar sus raíces familiares españolas, pero ha de asumir entonces la pérdida de la otra identidad adquirida en su vida americana.
Quiero centrarme ahora en la doble identidad, no del mestizo, que le viene sobrevenida, sino del personaje viajero que busca en tierras americanas la realización de un sueño –ya sea de conquista, de aventura, de mejora personal o colectiva-, y esa experiencia lo transforma en otro. Esta experiencia del viaje a América se proyecta en la narrativa de Merino en tres estadios temporales perfectamente diferenciados y representado por tres figuras características:
1) El conquistador (en El caldero de oro, La orilla oscura y Las crónicas mestizas).
2) El emigrante del primer tercio del siglo XX que regresa a España como indiano enriquecido (En El heredero, cuya protagonista cierra el círculo del abuelo indiano trasladándose a su vez al final a vivir en América).
3) El joven idealista de la generación del 68 que, en los años setenta proyecta poner en práctica sus ideales revolucionarios en la lucha activa contra las dictaduras americanas (en el cuento Oaxacoalco y en la novela El centro del aire).
El viaje, el traslado espacial proyecta en los personajes otra vida más plena y rica, ajena a la previsible en el espacio familiar y conocido. El cuento titulado Oaxacoalco relaciona explícitamente la aventura americana con la superación de la enajenación existencial asociada al desencanto de la sociedad occidental contemporánea, mediante un motivo fantástico como es la metamorfosis. El protagonista vive en Madrid una vida de escritor fracasado, se siente enajenado, sin empuje vital alguno, una vez que los viejos ideales juveniles han dejado paso al desencanto. Refugiado en un chalet que le han prestado para ultimar un proyecto de novela eternamente pospuesto, su contemplación absorta del paisaje a través de la ventana propicia la súbita transformación de su realidad por otra en la que se encuentra viviendo otra vida diferente en algún lugar de América latina. El personaje sale de su estupor inicial para al fin asumir plenamente y con naturalidad esta nueva identidad suplantada y olvidar la antigua. La fantástica transformación de un espacio por otro, de una vida anodina por otra plena tiene por tanto un trasunto existencial. El camino de la vida es un sucederse de decisiones determinantes, pero el recurso a lo fantástico devuelve al personaje a otra proyección vital que pudo haber vivido de haber seguido su impulso juvenil de participar en la construcción de la sociedad latinoamericana en plena conflictividad. La nueva identidad adquirida en América se manifiesta como continuidad natural del proyecto vital soñado algún día en España.
El viaje americano se pone en relación en las distintas narraciones del escritor con motivos existenciales como la pérdida de raíces, la falta de seguridad en el mundo, y ello se manifiesta mediante motivos fantásticos como la contigüidad de los espacios, el desdoblamiento o la suplantación de la identidad, asuntos todos ellos habituales en el imaginario fantástico de José María Merino. El extrañamiento que produce la identificación de lo familiar español en el mundo americano proyecta a menudo la idea del espacio americano como desdoblamiento del propio, o la inquietante sensación de que dos realidades físicamente alejadas se solapan en una misma. El propio Merino ha relatado en alguna entrevista la experiencia que vivió al descubrir, en la universidad guatemalteca de San Carlos, el retrato de un obispo fundador en el que identifica las facciones de su padre. Esta conciencia de la contigüidad de dos mundos sólo aparentemente alejados le servirá como motor de la trama en una de sus novelas más paradigmáticas: La orilla oscura, donde integra en la ficción la experiencia vivida.
Esta novela de 1985 es seguramente la que con mayor complejidad aborda el asunto de la disolución de la identidad, la confusión de los sentidos. Su protagonista, un anónimo profesor español que se encuentra impartiendo un seminario en alguna universidad hispanoamericana, presenta un carácter propicio al ensimismamiento y la ensoñación que dificultan su reconocimiento seguro de la realidad. El descubrimiento en un museo del retrato de un independentista americano, que reproduce fielmente los rasgos familiares de su padre, produce en él un desasosiego que culmina cuando conoce a su paralelo americano, descendiente de un mismo antepasado común, y sus entidades se intercambian. La suplantación se produce de manera efectiva; el profesor español ocupa el lugar de su doble americano, un pequeño empresario y, a partir de este instante, va a percibir todas sus vivencias desde un perpetuo extrañamiento. La realidad se muestra con la textura de los sueños, donde nada es seguro, todo se diluye, se muestra con la apariencia de lo que no es. En este espacio, las seguridades cotidianas se desmoronan y al personaje le asalta a cada paso la sospecha de que tal vez no sea él. Y es que esta novela cuenta quizá la historia de un hombre perdido en su propia pesadilla, o en esa “orilla oscura” de la conciencia, donde las percepciones nunca terminan de cobrar la consistencia de lo real. Los motivos del doble, el apócrifo, la metamorfosis, la confusión de lo soñado y lo vivido, o de la leyenda y la realidad, se entrelazan en las confusas tramas de un laberinto ficcional, lleno de paralelismos, de falsas apariencias, de verdades contradictorias, de caminos sin salida, donde nada es seguro.
Pero si hay una obra que aborda en su totalidad el tema americano, ésta es, indudablemente, Las crónicas mestizas, la trilogía que reunió en 1992 El oro de los sueños (1986), La tierra del tiempo perdido (1987) y Las lágrimas del sol (1989). En esta trilogía ciñe su fabulación al imaginario suscitado por la conquista americana, una aventura fascinante que, como constata el propio Merino, asombrosamente apenas ha tenido repercusión alguna en la literatura española1. La materia histórica adecuadamente documentada es sometida en esta ocasión al cauce formal de la novela de aventuras2, cruzada con otros modelos narrativos de la tradición occidental, como son la novela bizantina, la novela de caballerías, la novela de aprendizaje, y desde luego, el paradigma universal del viaje que estructura las novelas, además de las propias crónicas en que monjes, soldados y aventureros nos legaron su visión de la conquista. La realidad americana aparece rigurosamente recreada, no sólo en lo que afecta a los acontecimientos históricos más relevantes de la conquista de Florida, Yucatán y Perú, sino también en los detalles que dan verosimilitud tanto a las aventuras más admirables, como a la reconstrucción de la vida cotidiana en Indias en la primera mitad del siglo XVI. A lo largo de las tres novelas encontramos alusiones a costumbres, hábitos de la conquista y creencias de los indios; a su primera recepción ingenua de los conquistadores a quienes toman por seres invulnerables, hijos del sol; a la participación de las órdenes religiosas en la colonización y evangelización de las nuevas tierras; a la práctica del requerimiento a los indios como justificación de toda clase de abusos; a la organización de las encomiendas; al saqueo sistemático de todas las manifestaciones culturales indias, sobre todo religiosas; al ansia de oro y la obligación de separar un quinto de las riquezas logradas para el rey español; etc.
Merino no ha recurrido a una visión ingenua de la conquista. Las obras muestran su cara más oscura, con robos, saqueos y asesinatos indiscriminados y brutales dictados por la ciega ambición de un oro a menudo inexistente, la leyenda negra que originó una obra como la Brevísima relación de la destrucción de Indias, de Bartolomé de las Casas. Pero tampoco parte de anacronismos enjuiciadores y refleja por igual la lógica imperialista de este acontecimiento, la legitimación de la conquista en la mentalidad de la época por un rey católico que separe a los nativos de su idolatría y cultos paganos para conferirles un lugar en el mundo civilizado. Personajes conquistadores, valerosos y honrados, así como la labor cristianizadora de las órdenes religiosas justifican desde dentro de las novelas la conquista y condenan sus abusos. También la novela recoge a un tiempo el mito del buen salvaje que Colón transmitió en sus primeras cartas, junto con otras muestras de su belicosidad, o referencias a sacrificios humanos como práctica ritual de ciertas culturas indias. Esta visión contradictoria, compleja y sin maniqueísmos se completa con la consideración del descubrimiento y conquista como una increíble gesta aventurera, a veces con tintes mesiánicos, que llevó a los hombres, por ambición de oro, de honores, o por afán de la misma aventura, a dejar sus casas, poner sus vidas y haciendas en un peligro cierto en incursiones temerarias sólo fiadas en quimeras, y las más de las veces saldadas con terribles pérdidas y gran mortandad.
Plasma el autor la fascinación que sintieron los españoles en el descubrimiento de un continente nuevo para el que no siempre tenían un referente en su viejo mundo: la grandeza de una naturaleza hostil, la admiración por las fortalezas, caminos y organización de la cultura incaica, la existencia de las grandiosas ciudades mayas de la selva abandonadas por sus habitantes. La confrontación entre los dos mundos genera mitos, y no sólo los ligados al más famoso de “Eldorado”, constantemente presente en las tres novelas como motor de la aventura, también otros como la creencia en la existencia de sirenas o de grandes monstruos marinos que acompañaron a los conquistadores desde el primer viaje de Colón y que recoge Merino en sus novelas.
Merino se distancia de la mera crónica y consigue ofrecer una visión humanizada de la conquista a través del protagonismo de Miguel Villacé Yólotl, hijo de un conquistador de Cortés y de una india tlaxcalteca, y que a su vez actúa como narrador. Así que, aunque el tema de la identidad aparece más desdibujado tras el relato de la crónica viajera, sí tiene su expresión en la figura del protagonista mestizo, en cuya relación de los hechos no sólo asistimos al desarrollo de episodios de la conquista, sino también a su proceso de aprendizaje, madurez y asimilación integrada de las dos naturalezas que lo constituyen. Miguel asume en sí dos culturas, dos religiones, dos lenguas, dos identidades y, pese a que su educación cristiana determina un peso mayor de una de las partes, la dualidad se pone de manifiesto desde el principio, en las palabras de su abuelo indio: “Estar así constituido no es común, ni fácil, mas debes obligarte a que nunca se pierda en ti el equilibrio de las partes”3. El racionalismo de la cultura española, más su educación cristiana predisponen a Miguel contra las creencias de sus antepasados maternos. Y sin embargo, desde su mitad india, el protagonista accede a una conciencia de lo real que corresponde a un estadio cultural en el que el mito aún es operativo como explicación del universo, y donde lo real no termina en los estrechos límites de la percepción racional. Esta cosmovisión se va asentado a lo largo de sus viajes en el contacto con diversas naciones indias, y en las experiencias irracionales con carácter onírico y premonitorio a las que tiene acceso. Asimilar esta dualidad forma parte de su proceso de formación y madurez, también respecto a la conquista. Pese a que ésta no constituye en principio para el protagonista contradicción alguna, puesto que su aldea, aliada de Cortés contra los aztecas, no ha sufrido violencia, las experiencias por él vividas y oídas, la contemplación de la barbarie y destrucción que los cristianos llevan a cabo en nombre de la religión, van abriendo fracturas en su comprensión del mundo. Al universo seguro y sin fisuras de la infancia sucede la necesaria comprensión y asimilación de los claroscuros que encierra una realidad sin verdades absolutas, donde se ponen en confrontación constante dos partes de sí mismo.
También asistimos a otras consecuencias determinadas por la mezcla de culturas y razas y la crisis de identidad resultante. El mismo mestizaje afecta a otros personajes como Almagro el “Mozo”. Aparecen también los indios arrancados de su entorno natural y educados como cristianos, lo que los aboca a un necesario conflicto entre dos identidades en contradicción, escindidas en un doble impulso entre naturaleza y educación. Y su contrario, el blanco aindiado que olvida su primera existencia como conquistador, personificado aquí en la figura del padre de Miguel, dado por muerto en una escaramuza y reencontrado como cacique de un pueblo indio años después.
Al fin, Las crónicas mestizas constituyen la más compleja elaboración ficcional suscitada por el motivo del viaje y encuentro con lo americano que, como hemos querido atisbar en esas páginas, desde la fascinación primera del escritor, ha adquirido enorme riqueza de matices y sentidos sobre las recurrentes nociones del mestizaje, la doble identidad, la contigüidad de lo americano y lo español, o, en definitiva, la inquietante experiencia de la otredad.
Notas del artículo:
1.- Advierte Merino la pobreza literaria de un tema que suele limitarse a repetir lugares ya comunes, como los amores de Cortés con Doña Marina y las guerras entre pizarristas y almagristas en la narrativa del XIX, o la figura de Lope de Aguirre, rescatada repetidamente con ocasión del quinto centenario del descubrimiento y que, en definitiva, apenas tiene en la novela española apariciones más que esporádicas, como es el caso de Sender. Véase J. M. Merino, “Identidad y mestizaje (reflexiones americanas de un escritor español”, en Ángeles Encinar (ed.), España y América en sus literaturas, Saint Louis University, Madrid, 1993, pp. 127-139.
2.- No son raros los guiños a este género que el escritor ha hecho a lo largo de su obra. Cabe recordar el cuento “El Edén criollo” (en El viajero perdido), homenaje a La isla del tesoro de Stevenson, al igual que uno de los pasajes finales de El oro de los sueños, protagonizado por un nuevo Ben Gunn en la figura del artillero Benjamín, marinero que ha enloquecido tras su naufragio y las penurias que ha debido superar en total soledad, y que se muestra tan amante del queso como el personaje de Stevenson. En El centro del aire, encontramos también frecuentes alusiones aventureras, esta vez a Robinson Crusoe.
3.- El oro de los sueños, Alfaguara, Madrid, 1986, pág. 28.
Profesora titular de Literatura española en la Facultad de Letras de Ciudad Real (UCLM). Ha trabajado fundamentalmente en el ámbito de la literatura española contemporánea. Algunas de sus últimas publicaciones son: "La orilla oscura de la conciencia: el tema de la identidad en la narrativa de José María Merino", Ángeles Encinar y Katheleen Glenn (eds.), Aproximaciones críticas al mundo narrativo de José María Merino, EDILESA, León, 2000, pp. 225-243; Sabino Ordás, una poética, Diputación de León, León, 2001; La narrativa de Juan Pedro Aparicio, Universidad de Castilla-La Mancha, Cuenca, 2002; “El mito de la metamorfosis en la narrativa fantástica de José María Merino”, en Juan Herrero y Montserrat Morales (eds.) Reescrituras de los mitos en la literatura, ediciones de la UCLM, Cuenca, 2008, pp. 481-495; “La poesía de Fernando Beltrán y ‘la compleja estética de lo sencillo’”, Zurgai, Voces del norte, julio 2008, págs. 99-101; “Anotaciones a Poema para un nuevo libro”, en Jesús Barrajón y María Rubio (eds.), Estudios sobre la poesía de José Corredor-Matheos, Calambur, Madrid, 2009, págs. 143-162. También ha coordinado junto con Domingo-Luis Hernández el volumen de estudios Luis Mateo Díez: Los laberintos de la memoria, La Página, Santa Cruz de Tenerife, 2003.