

Los mimbres principales de esta novela, una historia fantástica basada en el motivo de la invisibilidad, la reflexión metaliteraria y una visión crítica del mundo, aparecían ya en las obras anteriores de José María Merino (valga como ejemplo su cuento “Imposibilidad de la memoria”), aunque aquí los baraja de una manera distinta y les proporciona una nueva dimensión.
De las tres partes que se compone, la última es sólo un breve epílogo en el que en una definitiva vuelta de tuerca se apunta que el libro no es ni novela, ni nivola, ni siquiera una ficción, sino el relato de la crónica de Adrián, un personaje real. En las dos primeras partes se contrapone la teoría y la práctica literaria, aunque todos estos materiales diversos están al servicio de una historia que se cuenta en los treinta primeros capítulos y, en cierta manera, se recuenta y explica en los dieciocho siguientes. Se podría haber titulado, por tanto, a la manera unamuniana, Los invisibles. Cómo se hace una novela. Lo que se relata, en suma, es la transformación de Adrián, un hombre joven que al convertirse en invisible emprende un modesto viaje físico en el que sufre un proceso iniciático. Pues, a lo largo de su trayecto, no sólo conoce el mundo que lo rodea, la soledad, sino que también se le muestran tal y como son sus allegados, con sus miedos, egoísmos y mezquindades.
En esta parte inicial de la novela, lo que podríamos llamar la trama fantástica, pueden distinguirse cuatro momentos significativos: la transformación de Adrián; su primera andadura en solitario, como invisible; el encuentro con Rosa, la mujer que padece su misma condición y el descubrimiento de la comunidad de seres invisibles. Toda esta trayectoria vital podría sintetizarse en la relación que Adrián mantiene con cinco mujeres, símbolo aquí de otros tantos momentos de su existencia: Sara, un amor adolescente; su novia María Elena; su madre; Paquita, la actual amante de su padre, con la que él había tenido una aventura, y la ya citada Rosa.
Pero lo fundamental es el uso que hace el autor de la gramática de la fantasía para llamar la atención sobre cómo lo que hasta no hace demasiado tiempo era una de las quimeras del hombre, la invisibilidad, se ha acabado convirtiendo en una rémora. Y aunque haya muchas maneras de ser invisible, hoy, el que aspire socialmente a algo, tiene que mostrarse, ya que el que no se luce apenas existe. Pero también hay seres que por su propia naturaleza tendemos a no verlos, como -valgan sólo casos a los que aquí se alude- los mendigos, el hombre al que acribillan a navajazos en la calle, los guineanos y los liliputienses (cito por la ed. de Espasa Calpe, Madrid, pp. 56, 71, 76, 116)1. Todo ello, en parte, no es más que una manera de mostrar las insuficiencias de la mirada racional sobre el mundo, la desconfianza, el rechazo, el miedo que produce lo desconocido.
Además de estas cuestiones de método, Merino trae a colación otros asuntos no menos significativos. Así, el episodio en el que se relata la aventura “como ángeles” de Rosa y Adrían, no es más que una manera de señalar que los problemas no se arreglan con soluciones individuales. Y, una vez más, se pone de manifiesto una de las paradojas de nuestro tiempo: tenemos más información que nunca, pero sabemos muy poco sobre lo que nos rodea. O cómo el lenguaje está cada vez más lleno de “sentidos escurridizos”, de eufemismos. En suma, podría concluirse que “todo está trabado, y la cadena de la iniquidad es la más firme de cuantas existen” (p. 119).
En la segunda parte de la novela toma la voz el autor para mostrarnos los trucos del contar: cómo escribió la historia de la invisibilidad de Adrián, de qué manera reelaboró un delirante relato oral, con aires legendarios, y por qué usó unas determinadas técnicas para obtener esa realidad distinta de la que se compone la ficción. Y, en este sentido, el diálogo entre autor y personaje no es más que una manera de contarnos que un material que procede de la realidad puede transformarse en ficción y que la literatura necesita un equilibrio, una verosimilitud, que la vida no suele ni tiene por qué tener.
Así, en esta novela alegórica, en la que Merino ha pretendido introducir con naturalidad los sueños en lo cotidiano, hay también una reivindicación de la fantasía, de esa capacidad que se ha ido perdiendo en Occidente “para imaginar el misterio”. Con los habituales mimbres de lo misterioso, donde lo sugerido prima sobre lo descriptivo, logra una inteligente y entretenida fábula de la sociedad contemporánea.
Compaginar ética y estética no era fácil, pero el resultado -lograr encajar materiales tan heterogéneos- es más que convincente. Y sólo podría haberlo conseguido uno de los escritores que con más lucidez ha reflexionado sobre el hecho literario, acerca del cual están aquí, en síntesis, sus ideas2.
Notas del artículo:
1.- En el mismo sentido, puede leerse el artículo de Manuel Vicent, “Invisible” (A favor del placer. Cuaderno de bitácora para náufragos de hoy, El País/Aguilar, Madrid, 1993, pp. 143 y 144), en el que se afirma que “ser invisible no es sólo que no te vean, sino también que no te miren”.
2.- Esta reseña se escribió en el año 2000, recién aparecida la novela de Merino, por encargo de una revista académica que nunca llegó a publicarlo, nunca supe por qué. Hasta ahora, por tanto, seguía inédita.
![]() |
(Almería, 1954) es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha publicado un libro sobre La enseñanza de la literatura en el franquismo (1936-1951) (1983) y prologado y anotado textos de Enrique Jardiel Poncela, José López Rubio, Miguel Mihura, Joan Perucho, Miguel Delibes, Ignacio Aldecoa, Francisco García Pavón, Álvaro Fernández Suárez, Luis Goytisolo, Juan Marsé, Daniel Sueiro, Juan Luis Panero, Esther Tusquets, Luis Mateo Díez, Juan José Millás y Cristina Fernández Cubas. Es autor también de tres antologías de la narrativa breve más reciente: Son cuentos. Antología del relato breve español, 1975-1993 (1993) y Los cuentos que cuentan (1998), esta última en colaboración con Juan Antonio Masoliver Ródenas, y con Neus Rotger, Ciempiés. Los microrrelatos de `Quimera´ (2005). En 1999 obtuvo, con Juan Luis Panero, el XII Premio Internacional Comillas, que concede la editorial Tusquets, por Sin rumbo cierto. Memorias conversadas con Fernando Valls (2000). Sus últimos libros son La realidad inventada. Análisis crítico de la novela española actual (2003), El artículo literario. De Francisco Ayala a Javier Cercas (2006) y Soplando vidrio y otros ensayos sobre el microrrelato español (2008). Fue redactor jefe de la revista Cuadernos de Traducción e Interpretación, editada por la Universidad Autónoma de Barcelona, subdirector de la revista Las Nuevas Letras, y entre el 2001 y el 2006 director de la revista literaria Quimera. En la actualidad dirige las colecciones Reloj de arena y Cristal de cuarzo, de la editorial Menoscuarto, dedicadas en exclusiva a la creación y al ensayo sobre los distintos géneros de la narrativa breve. Y ha sido articulista y cultivado la crítica literaria de actualidad, a lo largo de distintas épocas, en diarios como El País, La Vanguardia, Cambio 16, El Mundo, El Sol y Diario 16. En la actualidad colabora habitualmente en las revistas Ínsula, Turia y Mercurio, y desde el 2007 mantiene activo un blog, La nave de los locos. Literatura y más...