

Hay algo irrenunciable en la literatura de José María Merino (La Coruña, 1941): su necesaria presencia en los manuales de Literatura Contemporánea Española que hablan de la narrativa posterior a 1975 y la diseccionan como parte de la tradición escrita de nuestro idioma. El verdadero valor de la palabra de José María Merino viene impreso por dos aspectos filológicos: el inevitable ejercicio de narrador maduro y la perfecta concepción del relato corto.
Personalmente me he acercado a la obra de José María Merino a partir de tres sugerencias: desde la poesía de Ana Merino; desde la indicación crítica de Miguel García-Posada y desde la mirada generacional que produce la realización de una tesis doctoral sobre la obra literaria de Joaquín Leguina. En la primera lectura tomé contacto con la prosa del narrador que dio lugar a novelas tan sugerentes y necesarias en los cánones de la narrativa de finales del siglo XX como Novela de Andrés Choz y El caldero de oro. Más adelante, ya como profesor, pude conocer la segunda e imprescindible vertiente del escritor leonés: los cuentos, notablemente la magnífica selección crítica de la editorial Castalia a cargo de Santos Alonso y dentro de la que destaco “El desertor”, un magistral cuento fantástico ambientado una noche de San Juan de la Guerra Civil de 1936 con un final propio de José María Merino. Por último, quedaba la lectura generacional en tanto que miembro de aquel “Grupo de León” que conformó junto a Juan Pedro Aparicio y Luis Mateo Díez. Aquella generación de posguerra ha dado una sustanciosa e imprescindible narrativa en nuestras letras que, aunque crece en estudios universitarios, aún está por explorar y explotar crítica y exegéticamente.
Para quienes construimos la Historia de la Literatura Contemporánea, sobre todo aquella que transcurre en las procelosas aguas que bañan el final del siglo XX y los inicios del XXI, José María Merino se inició en el mundo de las letras, al principio de los años setenta, como poeta, dando a la imprenta Sitio de Tarifa y Cumpleaños lejos de casa; obras de las que la prosa posterior recoge ecos, sobre todo en el uso de los adjetivos y en la concordancia de estos con el sustantivo empleado. Así pues, en mi opinión, el lenguaje literario de José María Merino desarrolla una estética madura, sólida, al servicio del relato, y combina la trama literaria con una lengua literaria asequible para el lector, pero al mismo tiempo, lo suficientemente cuidada y elaborada como para dotar al conjunto de su obra de un valor incuestionable; prueba de ello es su ingreso en la Real Academia Española en 2008.
El discurso de ingreso en la institución académica por excelencia de nuestras letras pone de manifiesto, en palabras del propio autor leonés, toda la existencia de su prosa, pero pone en orden aquel vocabulario que enriquece, por el conocimiento adquirido, su narrativa. Aquella “Ficción de verdad” que dio origen al título de su discurso de ingreso es un documento de incalculable valor, en tanto que nos habla de la estética que él desarrolla como autor y que, como suele ser habitual, es la verdadera, frente a la opinión más o menos acertada de los críticos.1
En los últimos años la verdadera ocupación de José María Merino, con notable éxito entre el público y con cualidades incuestionables, ha sido aquello que denominamos “el microrrelato” y que en el campo de la creación literaria es, precisamente, la quintaesencia de la narrativa o, por decirlo de una forma más llana, la parte más compleja de la construcción literaria. A partir de 2002 Merino da a la imprenta títulos como Días imaginarios, Cuentos del libro de la noche y La glorieta de los fugitivos: minificción completa, siendo este último volumen el que estéticamente más dice del José María Merino autor de microrrelato.
Si sostenemos críticamente que el origen del género citado surgió en Argentina, de la pluma de autores universales como Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, entre otros, José María Merino adapta la minificción a la tradición actual española, dotándola de un lenguaje vivo y actual y construyendo un conjunto de microrrelatos que no dejan de tener la brevedad, la temática y la intertextualidad que el género requiere y que el lector pide. Así, hemos podido saber que en muchas escuelas y academias de letras, de creación literaria de nuestro país, el modelo a seguir es el escritor leonés.
A grandes rasgos he querido trazar el verdadero valor literario por el cual José María Merino es hoy uno de nuestros clásicos de la literatura actual; un autor vivo que, por la rica y sólida construcción de su prosa novelesca y por la originalidad y maestrías de su minificción ha accedido a los manuales de literatura como uno de los autores imprescindibles después de 1975; solo y dentro del núcleo generacional denominado “Grupo de León”, que da lugar a un necesario epígrafe crítico y filológico de nuestra época. Pero, así mismo, la experiencia de la emoción que despierta en los estudiantes de secundaria y universitarios la lectura de relatos como “El desertor” nos lleva, sin duda, a establecer que José María Merino construye “ficción de verdad”.
Notas del artículo:
1.- Léase en este homenaje como parte de los escritos de José María Merino en ESCRITOS DEL AUTOR.
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(Tobarra, Albacete, 1977). Doctor en Filología Española por la Universidad Autónoma de Madrid. En 2002 fue profesor de Lengua Española en el Dartmouth College (EE.UU.). Ha escrito algunos cuentos y artículos literarios en revistas universitarias sobre diversos escritores y poetas; entre otros, ha investigado sobre Mario Vargas Llosa, Luis Alberto de Cuenca, Ana Merino, Mercedes Formica, José María Carrascal, Gladys Guzmán, Lauren Mendinueta y la ‘Generación del 2000’. Realizó la entrada biográfica de Josefina Aldecoa, Álvaro Pombo y Vicente Molina Foix para el ‘Diccionario Biográfico Español’ de la Real Academia de la Historia en 2008. Su tesis doctoral la dedicó al escritor y político Joaquín Leguina. Es profesor de Literatura y Creación Literaria y lo ha sido, así mismo, de Historia de España, Historia Universal e Historia del Arte.