

La sima de José María Merino (Barcelona, Seix Barral, 2009) es una novela intelectual que viene a secundar los esfuerzos de quienes consideran un ejercicio de salud mental y política recordar y restaurar la memoria histórica. Fidel, el protagonista-narrador, regresa al pueblo de su infancia en las montañas leonesa, el 27 de diciembre de 2005, con el propósito de avanzar su tesis doctoral sobre la Primera Guerra Carlista, bastante estancada a causa de su depresión, y también con el de asistir a la exhumación de los restos de unos republicanos asesinados y arrojados a una sima de la montaña por orden de su abuelo materno, falangista, durante la Guerra Civil. Cuando a la mañana siguiente contempla desde el hotel en el que se aloja el paisaje nevado y la casa de sus abuelos, una multitud de recuerdos relacionados con su infancia y adolescencia afluyen a su mente y arrastran consigo la reconstrucción literaria de su propia biografía, plasmada en un diario que abarca exactamente diez días -jalonados cada uno de ellos por tres momentos: mañana, tarde y noche-, del 28 de diciembre de 2005, fiesta de los Santos Inocentes, posible alusión a las víctimas de la Guerra Civil, hasta la mañana de Reyes de 2006. En ese diario, soporte de la novela, va consignando Fidel los progresos y atascos en la redacción de su tesis doctoral, pero, a la vez, y esto es mucho más importante, ese diario se convierte en un instrumento que le permite indagar en su pasado, ordenar el flujo de sus recuerdos y comprender que el enfrentamiento de las dos ramas de su árbol genealógico (su padre era republicano y su abuelo materno falangista) así como la Guerra Civil tienen mucho que ver con su personalidad escindida, casi esquizofrénica, y con sus pulsiones de muerte.
Paralelamente a la redacción de la tesis doctoral, este joven de 34 años elabora en suma una novela de tesis basada en la hipótesis del cainismo patológico de los españoles, hipótesis muy atractiva desde el punto de vista ficcional, aunque insostenible desde el científico, según le señala el profesor Verástegui, director de su trabajo de investigación y a la vez uno de los tres destinatarios (narratarios) de su diario; los otros dos son don Cándido, maestro espiritual del muchacho, y su psiquiatra. Con el fin de comprender las razones de esa rivalidad histórica entre españoles, Fidel recurre a múltiples fuentes, lo que confiere al libro un carácter mestizo, polimorfo y ambiguo desde el punto de vista genérico. No en balde, son numerosos los mecanismos que proceden del ensayo, como la importancia de la exposición y la argumentación; la inserción de fragmentos de textos históricos, políticos o periodísticos; la dimensión informativa; el manejo de la documentación histórica, la labor de síntesis y, sobre todo, la formulación de una serie de tesis que reflejan un balance personal sobre la materia prima suministrada por la investigación. Pese a todo, prevalecen claramente los rasgos novelescos, y entre ellos conviene destacar la voz del protagonista que oficia como narrador y que, lejos de la enunciación neutral del ensayo, pone en evidencia la indagación exhaustiva de su conciencia.
Dicho de otro modo, a lo largo de toda la novela, se entretejen recuerdos fragmentados y discontinuos del protagonista con una multitud de textos diversos que desempeñan una función doble: por una parte, dar repuesta a las interrogaciones existenciales y psicológicas de Fidel y, por otra, sustentar científicamente su tesis sobre el comportamiento sangriento de sus compatriotas, verdadera obsesión del joven. Como buen científico, trata de avalar su tesis con la transcripción de fragmentos de textos de naturaleza diferente, como por ejemplo, crónicas de Indias (de Gonzalo Fernández de Oviedo o de Pedro de Cieza de León), libros de pensamiento político (La velada de Benicarló. Diálogo de la Guerra de España de Manuel Azaña), discursos (fragmento de uno de Azaña), epistolarios de personajes históricos (entre Fernando VII y su hermano Carlos), edictos de fe, proclamas y manifiestos, artículos periodísticos, etc. Todos esos documentos le permiten traer a colación algunos de los múltiples enfrentamientos históricos entre españoles, como por ejemplo, la pugna por el poder entre pizarristas y almagristas en el Siglo XVI después de haber unido sus fuerzas para derrocar al Imperio Inca, las Guerras Carlistas o la Guerra Civil (1936-1939), así como otros muchos acontecimientos que parecen prolongar en el momento presente esa maldición cainita, por ejemplo, los atentados etarras, la exaltación nacionalista, el atentado fallido del 23 de febrero de 1981, la excesiva polarización de la vida política, el enconado enfrentamiento dialéctico entre los principales partidos políticos en el poder, etc. En definitiva, aunque el tiempo de la narración es muy condensado, pues comprende únicamente los diez días de redacción del diario, el tiempo de la historia se dilata y abarca aproximadamente desde el siglo XVI hasta la actualidad, con breves incursiones incluso en el Imperio Romano. Y para demostrar que ese espíritu cainita está latente en todos los españoles, Merino nos enfrenta con dos desenlaces antagónicos, uno trágico y el otro feliz y esperanzador. En el primero, Fidel se ve contaminado por su propia tesis, ya que, cuando su primo José Antonio, el prototipo del joven violento, cruel, celoso y fanático, lo sorprende con Puri en la casa familiar, éstos lo matan a sangre fría y lo arrojan a un precipicio (una sima) sin mostrar mayor arrepentimiento (pp. 375-382). Sin embargo, inmediatamente después de ese trágico final se produce una ruptura abrupta del pacto ficcional y se nos comunica que la muerte de José Antonio ha sido inventada por el protagonista-narrador: “Así fue como empecé a urdir la ficción”, p. 387.
Esta primera versión funciona, pues, como una “mise en abîme” de la famosa tesis de la confrontación entre hermanos y es una clara demostración de que esas bajas pasiones anidan en el corazón de todo lector potencial; por ello, implícitamente se nos exhorta a mantenernos vigilantes y a desconfiar de los hechos verosímiles, ya que la mentira también suele encerrar un grado elevado de verosimilitud.
El segundo desenlace en cambio es de signo opuesto y está en consonancia con la evolución moral y psicológica del protagonista así como con la lógica interna de la trama novelesca, pues, aunque José Antonio va al pueblo y dinamita con unos secuaces la sima de la montaña impidiendo así la exhumación de los cadáveres republicanos, no se presenta en la casa de los abuelos donde su hermana Puri y Fidel se han refugiado y, al fin, logran hablar, reconciliarse con su pasado y encontrar la paz.
Durante esos diez días, el protagonista apenas ha tocado su tesis doctoral (el ensayo histórico); sin embargo, no ha cesado de escribir en su diario y la escritura se convierte para él en un ejercicio de catarsis que le permite ordenar y descifrar los sucesos exorcizando con ello los viejos demonios que lo atormentaban. En cierta medida, la escritura es también una especie de exhumación de cadáveres propios y ajenos, ya que, como señala Ricardo Senabre (El Cultural, 29-05-2009), la sima que figura en el título sirve para representar metafóricamente la situación conturbada del depresivo Fidel, que tiene la sensación “de haber sido arrojado a una sima, de estar en el fondo de un pozo profundísimo a oscuras” (p. 310) y, al mismo tiempo, la exhumación de las fosas, en busca de desaparecidos a raíz de la guerra civil, es también “una excavación de la propia memoria” (p. 179), e incluso la representación de la propia escritura. Al final de la obra, parece plenamente consciente de sus logros: “Sin duda ha sido la mejor noche de Reyes de mi vida –dice– (…), después de arreglarme he bajado al salón y escribo, aclaro, ordeno, lleno de júbilo, como si hubiese salido otra vez al exterior, a la superficie, después de haber permanecido mucho tiempo en el fondo de una sima” (p. 414). En definitiva, esta experiencia no sólo le ha permitido superar sus traumas personales y comprender la historia de su país, sino que le ha hecho tomar conciencia de que hay aspectos de la vida y de la historia que se entienden mejor a través de la ficción que a través de un ensayo.
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Catedrática de literatura española en la Universidad de Neuchâtel (Suiza), dirige el “Centro de Investigación de Narrativa Española” de la misma Universidad desde 1996. Es directora de la colección “Cuadernos de Narrrativa” de la editorial madrileña Arco Libros, consagrada al estudio de los novelistas españoles contemporáneos y, hasta el presente, han visto la luz ocho volúmenes dedicados a los escritores siguientes: Javier Marías, Luis Mateo Díez, José Mª Merino, Enrique Vila-Matas, Álvaro Pombo, Cristina Fernández Cubas, Antonio Muñoz Molina y Juan José Millás. Actualmente están en prensa otros dos sobre Javier Tomeo y Bernardo Atxaga. Ha publicado varios libros, tres de ellos en la editorial Gredos, y numerosos artículos sobre la literatura española del siglo XX. En relación con el microrrelato, es editora del libro La era de la brevedad. El microrrelato hispánico (Palencia, Menoscuarto, 2008) y autora de una decena de artículos sobre el microrrelato español.